LA BIBLIOTECA DE SEÑORITAS

Los contenidos periodísticos y literarios sobre mujeres, para mujeres, por mujeres, que se escribieron en la prensa eran los costureros diarios de la ilustración femenina. 
A la memoria de Emilia Pardo Umaña, la primera periodista Colombiana, se escribe esta sección.




EL PRIMER BAILE

Tomada de www.cartagena.es 


Por Emilia Pardo Umaña

    Era algo terrible que iba a trazar un definitivo cerco entre la vida pasada y la futura, cerco de ilusiones floridas o de tremendos desengaños, ese primer baile. La niña agradecida con la invitación empezaba a decaer y palidecer a ojos vistas, desde quince días antes de la fiesta. La angustia es como un flotador; sube y baja por el tubo digestivo, causando daños en el organismo entero y tapando definitivamente la garganta cada vez que algún alimento se pone ante la vista. Impide dormir, soñar, decir tonterías o escuchar las que dicen los demás.  Ningún páramo puede competir con el terrible frío que nos convierte en una nevera interior y nos hace estremecer sin sabe por qué, con los ojos espantados como cuando los fantasmas hacen su aparición, o se limitan cortésmente a "amargar. 

      Creía yo que, todo esto había pasado; hoy, con un ambiente de mejor camaradería, teniendo muchos amigos, consideraba al primer baile como una fiestecita más en grande, sin complicaciones ni temores. Y pensaba en aquellas de mis contemporáneas, lindas, admirables como dibujos del "Vogue", que lloraron silenciosamente antes de ir a decorar por primera vez los salones con una sonrisa forzada que parecería detenida en un gesto único, el cual, no obstante su mudez, tenía algo de aullido temeroso y algo de lamento. No parecía sino que marcharan al suplicio vestidas de seda y coronadas de rosas como de antiguos tiempos. 

       Pero ayer, una niña linda, me preguntó cómo debía uno portarse en el primer baile, qué debía hacer para tener éxito, y cómo era la gente de sociedad. Todo esto en un tono que me ha inspirado graves sospechas de que la tragedia aún no ha abandonado el mundo. Y como en el caso de esa niña, pueden estar muchas, creo conveniente dar algunas reglas generales para información seria de las que las necesiten, y risa burlona de aquellas que estén ya más allá  de este peligroso primer paso. Advierte que aunque no den su plena utilidad sino para el primer baile, conviene no olvidarlas en general.

 1. No se deje vestir por sus tías. Tienen siempre un gusto espantoso, y una afición a los lazos de cinta que termina  con cualquier toilette.

2. No espere conseguir un novio. Estos se encuentren en los "piches" de las procesiones, en los campos de fútbol o tennis, en las casas de las amigas (donde son novios de ellas), al salir de la casa, al entrar a la iglesia, etc. Pero en una baile jamás. 

3. No olvide que la pechera dura hace a la gente terriblemente mentirosa. De ahí la tradicional hipocresía de los ingleses, que usan mucho frac.

4.  No crea que estás bailando con una joven de porvenir. Los jóvenes de porvenir nunca van a los bailes, porque no los invitan. 

5. Avalúe la edad de su parejo al comenzar cada pieza, saque la mitad y el resultado indicara el número de los whiskys que puede resistir. Así, si tiene 20 años, no se puede bailar con él, cuando lleve más de diez whiskys, etc.

6. No baile con hombres casados. Eso se llama "pavo parado".

7. Pero si baila con un casado, no le crea cuando le diga que está arrepentido de haberla conocido "tarde". Esa frase  --- de reconocido sabor centenarista --- nunca ha sido verdad en los siglos que lleve el mundo dando  bailes. 

8.  Acepte para el día siguiente cuantas invitaciones le hagan a vespertina sus parejos. Y al día siguiente váyase por su cuenta. Ninguno cumplirá.

 9.  No de el número de su teléfono; conteste que está en la lista.  

10. Cuando su parejo diga que se va a fumar un cigarrillo, nunca lo acompañe. Déjelo ir solo.

11. Cuando un joven de correcta presencia le diga: "Yo no estoy borracho", no baile ni un momento más con él porque está alzadísimo y se le puede caer en medio de salón.

12. Huya de los hombres que tienen manos patinadoras...   

13. No baile con sus hermanos. Para eso está el dueño de la casa.

14. No hable de nada y ríase de todo.

15.  Pero si habla no cite autores; muchos bailes se necesitan para poder nombrar a Silva.

16. No deje que su mamá o sus tías le arreglen esas tres cintas que ningún broche ha podido  sujetar jamás y que se van sobre sus hombros. Usted tampoco se las esté poniendo a cada momento nerviosamente en su sitio.

17.  Tenga cuidado con el Champagne. No embrutece, pero emborracha.

18.  No lo pondere el bailado a su parejo porque puede que le cuente dónde aprendió. 

19. No cuente historietas divertidas que acaba de saber. Todos los del baile las saben desde su primera infancia.

20. No crea en ninguna declaración de amor. Todos los hombres adoran a todas las mujeres ---¡ menos a la suya claro! --- después del cuarto trago, y a veces desde antes.

21. No acepte que la lleve a su casa un joven que maneja su automóvil. Los accidentes de tránsito a la salida de los bailes se dan silvestres.

22. Convénzase de una vez, finalmente, que un baile no tiene sino dos etapas agradables. Recibir la invitación y quitarse los zapatos.

                                                                       

Agosto 13 de 1937








MEMORIAS DE UN MAL PERIODISTA


Emilia Pardo Umaña en la Plaza de Toros La Santa María, Bogotá (derecha, sentada). Foto: Colección Rosario del Castillo Pardo, Bogotá.


Por Emilia Pardo Umaña

    En "El Espectador" yo era un empleado de planta; es decir, un empleado de cualquier número de horas diarias, porque en esta profesión, que como todas, "también tiene su cernícalo", no es posible fijar horas de trabajo. Mi día estaba repartido en una forma salvaje, que a la larga fue la pauta de mi vida.

     Normalmente jugaba bridge de las 6 pm, a la una de la madrugada; leía de esa hora a las seis, dormía de seis  a nueve, me desayunaba a la carrera y a veces almorzaba y a veces no y aveces comía y a veces no, y muchas veces no dormía. Pasados los años, y cuando los médicos me dicen que debo cuidar mi digestión, por que los médicos tiene ciertas manías que no se desprenden de su diagnóstico sino de sus costumbres ---y ahora hablaré de eso---   conteste que sí. Porque realmente sospecho que dese hace algunos años yo no tengo digestión.  Para mí las horas de comida nunca están sujetas a un horario; como lo que puedo, lo que tengo al alcance, cuando puedo, sin que ese factor "comer" esencial par sostener la vida, haya podido cronometrarlo.

     ¿Les ocurre igual cosa a todos los periodistas? Generalmente sí; es raro el caso ---Roberto García Peña es uno--- del que se va a almorzar. Y eso sí, todos los administración. Creo que el personal de un periódicos serio, consciente, de los periódicos que se hacen para interpretar la opinión pública, de encauzarla, para que sea el público el eje director, no debiera dividirse en "personal de redacción" y "personal de administración", sino en "los que comen" ---los segundos--- y "los que no comen" ---los primeros ---. Que tampoco duermen.

     Los más extraño es que el hambre nunca llega si hay noticias: el hambre del periodista tiene su peculiar sistema nervioso, tan fuerte que domina el del cuerpo en sí. Recuerdo este caso:

     Iba a se la una de la tarde, un día y yo me moría de hambre. En el periódico todos se habían ido, los unos a buscar noticias, los otros a almorzar. Quedábamos un fotógrafo, Rodrígez, Gabriel Cano, fumando su pipa, y yo, esperando a que llegara cualquier de los redactores para irme a almorzar también.

     Sonó el teléfono y supimos de un polvorín ejército que acababa de estallar en San Cristobal, muy cerca del Hospital Militar. Se habían visto saltar escombros y no se qué más. Se nos advertía que aquello pensaban tenerlo en la mayor reserva (eso lo llaman "¡servicio de inteligencia?!") y que, por lo tanto, nadie podía entrar al sector en el que habñia ocurrido el suceso. Se me quitó el hambre al instante, y Gabriel Cano ordenó:

   --- Váyase ustedes dos a cubrir esa información.

    Nos fuimos Rodrígez y yo. Le pregunté:

   ---- ¿Almorzaste?

   ----No, señorita.

   ----¡Magnifico! ahora, ya cerca entramos a una tienda y te pides algo que nos podamos llevar y que nos permita gastar cinco minutos. ¿Entiendes?

     Llegamos, perdimos queso y un bocadillo y una cerveza que comenzamos a beber lentamente. En tan mala hora la ventera nos habló de aquella terrible cosa:

      ¡Parecía que había muertos!

    ----Anjá... ¿Por qué parece?

    ----Porque han puesto guardia en la puerta para que nadie entre y soldados rodeado la cerca de alambre de púas cada dos metros. Es que como que toso será muy reservado...

    ----¡Ah...!

   Salimos: "Oye Rodrígez, dejemos el taxi dos cuadras más allá, con orden de esperar. Tú bajas sin llegar hasta la puerta y yo subo por el potrero. Pasamos bajo la cerca de alambre, nos peinamos después y suavemente, sin correr, llegamos adelante de la puerta, al camino central, cerca del cuartel. Toma las fotografías que sean y te vuelvas al taxi por la puerta principal. Te vas al periódico y ninguno espera al otro: no es el caso".

    Subí, pasé bajo la cerca a espaldas de un soldadillo distraído, llegué al camino principal y entré.

   ---¿Qué ocurrió mi teniente?

  ----¿La autorización para entrar?

  ----Pues desde el momento en que estoy  adentro...

   ----Naturalmente: un depósito de pólvora que estalló cuando estaba cambiando la carga de unos cartuchos...

     Fue algo tremendo: recuerdo entre esos chicos muertos dos casos, el uno espantoso y el otro... que lo expliquen los ateos. El primero subió más alto que uno de los edificios. El cuerpo al caer taladró el tejado del segundo piso, el techo entre el segundo y el primero y el cuerpo sin cabeza, sin brazos, deshecho, estaba en el suelo.

    El segundo fue arrojado lejísimo, como todos los otros, por lo demás; pero no era masa amorfa. Estaba aquél en el Hospital Militar al que había trasladado; desnudo y absolutamente intacto, el escapulario de la Virgen del Carmen. No murió hasta que recibió la absolución. Sí, Ciertamente, pero muy rara.

   No dije nada de que era absurdo tener allí tan cerca de centenares de casitas, depósitos de pólvora. Eso se decía por prensa, y en aquél tiempo, cuando todo se podía censurar, hubo mil explicaciones y creo que alejaron los depósitos de pólvora enterrados cerca de la ciudad.



El Mercurio
Febrero 8 de 1956







LA MUJER QUE NO DEJÓ QUE LE PEGARAN

Retrato de Laura Restrepo- Tomada de Alfaguara.com

Por Laura Restrepo


    Como Emma, tres cuartas partes de las mujeres que están presas por homicidio, a quien mataron fue al marido o al compañero sentimental.
Los edificios interiores de la cárcel del Buen Pastor están pintados de gris ratón. En medio de un jardincito escaso, como cultivado por alguien prolijo pero sin imaginación, una imagen de Cristo en tamaño natural apacienta tres ovejas. Flota una pulcritud fría y desinfectada. No se ve gente ni se oyen ruidos.
Estoy aquí para entrevistar a Emma, la descuartizadora.
—Va a ser difícil que le hable —me advierte la guardiana que me acompaña—. Los primeros días vino mucho reportero y ella dio mucha declaración. Después salieron esos titulares que la llamaban monstruo y sádica, y ella no quiso hablar más.
Traen a Emma, que resulta ser una mujer muy joven, casi una adolescente, de gafas negras, labios pintados de rojo subido, camiseta y jeans trincados y un corte de pelo a la moda, aunque no sé bien qué moda será, con un copete tipo Alf. Se sienta en un murito al lado de las tres ovejas y se entrega a la tarea de comerse los padrastros. Pienso que desentona con el escenario: ciertamente no parece pécora mansa de ningún rebaño.
      —No me pregunte nada. Mejor dicho no me jodan más. Mejor dicho para qué les explico, si después salen a decir lo que les da la gana —me dice sin mirarme, siempre absorta en propios dedos. Vuelve a aclarar que no quiere hablar, pero al parecer sí quiere.
El cuarto alquilado que le puso Isidro había sido un buen vividero, con TV a color, equipo de CD y nevera llena, y ella lo mantenía bien arreglado. Qué más iba a hacer, si tenía todo el día para pasarla bueno, durmiendo a ratos, viendo telenovelas, ganando kilos sin control, pintándose las uñas y comiéndose los padrastros. Hasta que se cansó de tanto no hacer nada y de andar tan descuidada y empezó a hacer dieta, volvió a la minifalda, los tacones altos, el perfume y las candongas, como cuando estaba solterita y a la orden. Una noche al regresar del trabajo, Isidro la pilló en esas, estalló en ira y quiso saber dónde escondía al macho, para acabar con él. Como no lo encontró, decidió acabar con más bien con ella.

Y encima la llaman monstruo, a ella que tanto le gusta estrenar ropa de marca y lucirse por las discos
No era la primera vez ni habría sido la última; Emma ya se había acostumbrado a la escena y sabía lo que tenía que hacer, pedirle perdón mil veces, protegerse la cabeza con los brazos, agacharse sumisa, esperar a que la golpiza amainara, dejarse arrastrar hasta la cama y abrirse de piernas, sin resistir. Pero esta vez Isidro parecía inspirado y golpeaba fuerte y parejo, como dispuesto a liquidar el asunto sin más.
—Ahora sí nos matamos —repetía—, ahora sí.
—Nos matamos es mucha gente —me dice Emma que pensó. Como pudo echó mano de la varilla de trancar la puerta y se la descerrajó al hombre por la cabeza.

***
—Como Emma, tres cuartas partes de las mujeres que están aquí por homicidio, a quien mataron fue al marido o al compañero sentimental —me explicaría a la salida una trabajadora social—. Durante años les soportan golpizas, borracheras, patadas en el vientre, bofetadas a ellas y a sus hijos. Son mujeres que un día se cansan de todo eso y responden. A algunas se les va la mano, y luego pagan condena. No le digo que no haya asesinas aquí adentro, sí las hay, pero a la mayoría le sucedió como a Emma, que mataron al tipo cuando no aguantaron más.

***
Emma pasó el resto de esa noche despierta y sin saber qué hacer, con Isidro ahí tirado con una cara que metía miedo. Hasta que se dijo a mí misma, o te pones las pilas o vas muerta, hermana. Trajo cuchillos de la cocina, un martillo y unos alicates, y se dio a la tarea de despresar.
—¿Usted sabe a qué huele la sangre? —me pregunta, mostrando unos dientes bonitos y acomodando hacia atrás su copete, que tiende a caerle sobre los ojos—. Yo tampoco sabía, pero le juro que no se aguanta. El olor no se iba ni con la caja grande de FAB que restregué con cepillo, dele que dele.
Después de meter cada parte entre una bolsa plástica, se bañó y descansó. Luego empezó con el ajetreo de los buses. Tomó varios, de ida y vuelta, y fue repartiendo bolsas por todo el sur de la ciudad. Un brazo lo dejó por Las Delicias, los entresijos por Héroes de Ayacucho, el corazón por Vista Bonita. Y así, así, por aquí y por allá, hasta que por último tiró la cabeza a una zanja por los lados de Presidente Kennedy. Lo que siguió fue ir al salón de belleza a que le cortaran el pelo, que antes traía bien largo. Tenía que cambiar de aspecto, parecer otra, salir del cuarto alquilado y huir hacia la vida nueva que la estaba esperando.
—Pero antes tenía que platearme, ¿me entiende? —me pregunta—. Todo me lo había gastado en buses y sin plata no iba a llegar a ningún lado.
Así que vendió el televisor por lo que quisieron darle, y en eso se equivocó. Por ahí le seguirían la pista, y la encontrarían tres meses después.
Pero esos tres meses los pasó a lo bien, sin pesadillas ni remordimientos. Cada semana en un barrio distinto, cada noche en un inquilinato nuevo, o con algún desconocido en un amoblado de las afueras, rodando por donde nadie la conociera ni adivinara los recuerdos que guardaba en su cabeza, debajo del copete Alf.
Hasta que la Policía identificó la cabeza encontrada entre la zanja, y las sospechas recayeron sobre Emma. Dieron con el televisor vendido y luego la encontraron, mientras bailaba en una discoteca al otro lado de la ciudad.
***
Suena el timbre en el Buen Pastor y las demás presas salen al patio para sus treinta minutos de receso. Emma vuelve a replegarse sobre sí misma, se encaja los audífonos de su radiecito y de nuevo arremete contra los padrastros. Esa es, murmuran las internas al pasarle por enfrente, esa fue.
—Mire, no insista, ¿sí? No fue más y no voy a decirle más —me advierte ella a mí.
Yo soy romántica, me gusta la música romántica, les había dicho en los primeros días de presidio a los reporteros que venían a preguntarle cómo fue que cortó, con qué golpeó, por qué desmembró. Yo soy romántica, les decía, hasta que cayó en sus manos una de las crónicas de prensa en las que aparecía como protagonista: Sin inmutarse, con pasmosa sangre fría, Emma Vélez Montes, una joven de 20 años armada de cuchillos de cocina, descuartizó a su amante en un acto de sadismo, empacó los restos en bolsas plásticas y los diseminó por la ciudad”.
Con pasmosa sangre fría, dicen de ella, y la sacan en las fotos seria y fea. Y encima la llaman monstruo, a ella que tanto le gusta estrenar ropa de marca, ponerse zapatos de plataforma y lucirse por las discos, proyectando su reflejo en las bolas de espejos que cuelgan del techo, sintiendo en las piernas la neblina fría que inunda la pista, bañándose en luz negra y en rayos láser.
***
El timbre suena de nuevo y las demás presas regresan a sus celdas. El cielo se ha despejado y Emma se relaja un poco y se estira al sol. Conectada a sus audífonos y entregada a las canciones románticas que deben sonar por su radiecito de pilas, otra vez parece olvidada de mí.
—Todo eso ya para qué —dice un rato después—. Lo único que quiero es que me dejen sola, total a quién le importa, si mi vida yo ya la viví.
De pronto me nace tutearla, y confío en que no va a molestarse ante la pregunta que antes no me hubiera atrevido a hacerle.
—Dime una cosa, Emma, y por qué lo cortaste…
—Eh, avemaría, cómo le meten de misterio a eso, ¿no?
—Bueno, es, digamos… raro.
—Ahora contéstame tú a mí, ¿Tú eres rica?
—¿Cómo? —me desconcierta su pregunta.
—Rica, ¿eres?
—Pues, ni rica ni pobre.
—Pero carro sí tienes.
—Sí, carro sí.
—Por eso no entiendes.
—¿Cómo?
—Supongamos que es ati a la que le cae la malparida hora y tienes que matar a tu man.
—Supongamos.
—Lo metés entre el baúl de tu carro, lo tirás bien lejos y santo remedio. ¿O no?
—Tal vez.
Bueno, mija, a mí me tocaba en bus. Qué habrías hecho tú en mi caso, dime. Deshacerte de él de a poquitos, ¿sí o qué?

Tomado de El país, 13 de mayo del 2013





UN DIARIO SEDUCTOR



Por Gonzalo Arango


    A veces soy feliz, especialmente cuando amo. Dejo que la vida me pase por los ojos y me dejo existir con una pasividad que no hace resistencia al temor ni a la idea de morir. El espíritu de inquietud cede sus furores al silencio, y una especie de bruma adormece las impaciencias del alma.

      El amor tiene dos enemigos mortales: la felicidad total y la desdicha total. Ambos, si se erigen en sistemas eternos de vida emocional, acabarán por destruirlo. Lo ideal sería una verdad de amor cuyo equilibrio radicara en un poco de certeza y un poco de duda; de posesión y de lejanía; de plenitud y ansiedad; de ilusión y nostalgia. En la síntesis de estos opuestos el amor encontrará su centro de gravedad, su energía y sus fuentes de duración.

    Pero el amor, aunque es mi sentimiento más creativo, no puede ser nunca la imagen de un amor feliz. Tiene que ser, necesariamente, un sentimiento de turbación, de ruptura. Tenerlo a distancia para conquistarlo, en esa lucha radica su belleza. Poseer plenamente un ser es destruirlo. Así, un sol deslumbrante destruye la luz, sofoca la mirada y arruina el esplendor de los objetos. La posesión es mortal al deseo, le roba su encanto, su misterio, ese misterio que es la esencia del amor, su arma más seductora. Por eso, la mujer que oculta su identidad en un antifaz, es excitante hasta la locura: estimula nuestra pasión de posesión, nuestra pasión creadora. Su ocultamiento se abre como un desafío a nuestra sed de conquista.

    La mujer, al entregar su amor, debe conservar para sí una zona inédita, de penumbra, ésa que el hombre descubrirá después de la posesión, que casi siempre deja en el espíritu un sentimiento de rendición y nostalgia.

     Si en ese proceso de la conquista esa zona se ilumina con la plenitud, los amantes deben renovarla, crearle al cielo de la pasión una nueva estrella y una nueva distancia. Y así, el proceso creador del amor se hará infinito, y el sexo dejará de ser un reclamo transitorio del instinto, para convertirse en un poema de vida y atormentada belleza que sellará su duración, salvándose de las amenazas de la rutina y el tedio.

      No proclamo la astucia y la traición que son armas fraudulentas del amor pueril. Quiero excitar a la mujer a una rebelión de su naturaleza para que se sacuda los complejos seculares de la burda dominación que la tienen sometida a un destino miserable de objeto erótico y justificador del egoísmo viril. Esta liberación será posible cuando la mujer decida romper las antiguas estructuras que no le permiten más alternativa que una fatalidad procreadora, y cuando abandone el coqueto narcisismo del eterno femenino, por cuya imbecilidad ha pagado un precio demasiado caro. Entonces sí será un ser humano, un espíritu creador de valores cuyo porvenir no sólo es el hombre, sino la Historia.

    Todos amamos alguna vez, y fracasamos un poco. La experiencia, unida a la reflexión sobre los sentimientos, nos enseña a conocer la naturaleza del alma, que es compleja como el misterio del mundo.

      —¿Por qué nunca dices que me amas?
   —¿Para qué? Adivínalo. Si te lo estuviera recordando a toda hora te aburriría y dejarías de amarme.

    Tenía razón. Con su silencio ponía en movimiento mi fantasía, me excitaba a una lucha con sus fantasmas interiores, me ponía a dudar, a padecer los terrores de la esperanza, o las dulzuras de la desesperación.

     El único porvenir del amor es el presente, y merecerlo cada día. Pues el amor tiene la duración de las cosas efímeras: del día, de la ola, del beso. Su “eternidad” depende de ese movimiento continuo para que una ola forme a la siguiente, y el beso induzca de nuevo al deseo. Con este ritmo incesante el amor puede ganarse como una victoria para cada día, que es mejor que para toda la “eternidad”.

       Esa es, en esencia, la naturaleza y el destino del amor: lo que nace, vive, languidece, muere, y constantemente resucita. Y su resurrección dependerá del milagro que no es otra cosa que la Poesía. Pero esta poesía no son versos, ni se refiere a idealismos despojados de carne. Esa Poesía es Vida, está hecha del cuerpo de los amantes, sus deseos, sus silencios, y de cada átomo de energía viviente.

    El amor, esa efusión, no es un divorcio del cuerpo y del espíritu, sino sus bodas. No existe el amor carnal ni el amor ideal. Tales prejuicios son aberraciones de la moral. El auténtico amor, el puro amor, es la apoteosis de cuerpo y alma en la unidad viviente de dos seres triunfando sobre la muerte.

     Digamos en su honor que el amor es un misterio, y que su única evidencia es que existe. Pues sin duda existe y aclara otros misterios con su poder revelador. A veces, en noches de desamparo y amargo ateísmo, en brazos de una mujer, he descubierto el rostro de Dios. Por eso para mí es sagrado, porque colma en mi alma los abismos de lo divino, la necesidad de un ideal que dé sentido a la vida y haga florecer la tierra. Pues Dios es todo lo viviente, sobre todo una mujer amada, excepto cuando carga el amor de cadenas, de servidumbres, para hacer de la vida un infierno.

    Esos pensamientos que imprimo sobre el amor son la respuesta a una pregunta furtiva de una mujer burguesa. Ella quería saber si el amor era para mí algo espiritual o material. Yo le dije con sumo respeto:

    —Señora, son las dos cosas, pero en la cama.

     Como era célibe y puritana se escandalizó. Pero yo no tengo la culpa de que el rostro de la verdad sea, como en el amor, un rostro desnudo. Mejor dicho, dos rostros desnudos.


Tomado de Obra negra. Santa Fe de Bogotá, Plaza & Janés, 
primera edición en Colombia, abril de 1993, pp: 145 - 146.




Esta fue una de las columnas más exitosas de Emilia Pardo en El Espectador, donde escribía cartas para solucionar asuntos de amor y problemas de faldas.


CONTESTO A ENAMORADA
Emilia Pardo Umaña a sus 16 años de edad.
Foto: Colección Rosario del Castillo Pardo, Bogotá.


Por Emilia Pardo Umaña
(Ki-ki, la doctora en amor)

Usted demasiado largo, y eso está mal, por lo menos en lo que a mí respecta. Probablemente usted exagere los dos amores: el suyo y el de él. Simpatizan únicamente, al menos hasta ahora. Posiblemente ambos crean estar enamorados, pero la cosa no pasa de ahí. Creo de que debiera invitarlo muy sencillamente a tomar el té un día, pero con otros amigos amigas, para que él no pueda suponer un interés excesivo que la perjudicaría. Esté con todos, y también con él, muy amable , agradable, animada, pero para ninguno tenga una diferencia especial. Convendría que averiguara, si las cosas siguen adelantando, algo, y ojalá mucho, sobre él. Los extranjeros, cuando no son excelentes  son lo peor en que pueden amarse a una mujer. No hago consultas ni respuestas particulares, pero según anden sus asuntos, puede escribirme cuantas veces quiera. Con una corta introducción, para que la reconozca, y dejando de lado muchos detalles que nada valen, como aquello de que la creen coqueta, que su genio fue antaño alegre y juguetón, que hoy es pensativo y romántico, etc.


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Hace ya muchos años me casé por amor, es decir, sin un centavo ella y sin un centavo yo. Afortunadamente, mi buena salud y vocación para el hogar me han dado el título de esposo modelo, aunque sufriendo en silencio las amarguras de la pobreza. Mi mujer es extraordinariamente buena. Señora en todo sentido, pero ahora, después de 15 años de tranquilidad matrimonial, cuando la educación para seis mujercita pone en jaque el presupuesto de mi sueldo, se ha rebelado contra la pobreza, sin prestar oídos a mis reflexiones de optimista, de tal manera que ha logrado asustarme; he comprendido los peligros de la miseria, y lo peor de todo, mi incapacidad absoluta para producir más o proponerme ahorrar. Soy empleado de nacimiento y con 50 años de edad. 

¿Qué debo hacer? Resignarme a escuchar un eterno sermón de amarguras verdaderas irremediables sobre lo que he debido hacer: no casarme sin tener casa propia, economizar en la juventud, etc. ¡Imposible! Mi sistema nervioso no lo permitiría. Si continúo así, tengo la seguridad de suicidarme a la hora menos pensada. ¿Aceptar la discusión y quiere convencerla con con argumentos en contra? He agotado todos los medios imaginables de convencimiento, los argumentos afluyen a su imaginación de tal manera, habla doscientas cincuenta mil veces más que yo, y para evitar una molestia definitiva he tenido que enfurecerme y dejarla hablando sola; así es que tanto ella como yo vivimos en una azarosa expectativa. Ella probablemente esperando que yo haga algo raro, y yo temiendo interrumpir el silencio. Esa presión nerviosa nos tiene a ambos malhumorados y locos.  ¿Qué debo hacer?

Un calentano


También es que las mujeres son de una necedad incorregible!  Se pasan la vida de solteras poniendo trampas, urdiendo ardides, haciendo planes y desarrollándolos, para lograr que el novio se case con ellas. No lo esperan a que acabe de estudiar, no lo dejan pensar, lo subyugan, lo convencen y después resultan con que ellos se casaron y ella dizque no sabían lo que hacían, cuando no pensaban en otra cosa. Claro, que su mujer habla doscientas cincuenta mil veces más que usted. ¡La más callada sobre la tierra habla quinientas mil veces más que sesenta oradores demagógicos reunidos! Pero el matrimonio hay que llevarlo a dos, con todas sus complicaciones , que son, por cierto, muy fáciles de prever hasta para el más lego. ¿Que hacer? No le veo salida. No la convencerá usted ni la convencerá nadie. Cuando a las mujeres les da por creer que es fácil hacer plata, nadie les saca esa idea d ela cabeza.

Envíele un hombre respetable, viejo, sabio, ojalá un sacerdote o un tío, para que le diga que usted se casó siendo un hombre pobre, y que como tal ha cumplido plenamente hasta donde ha podido. Que si ella no podía vivir así, y necesitaba mejores condiciones, ha debido casarse con un rico. Que piense en sus niñitas  y trate de hacerle a usted la vida fácil. No dará ningún resultado, pero ensaye. A próxima discusión, ciérrele definitivamente, diciendo que puesto que usted no puede hacer más, dejará la casa y en paz. Y tal vez  éste podría ser el momento de practicar la sabia máxima de Balzac: "El poder no consiste en pegar siempre o con frecuencia, sino en pegar oportunamente".


Tomado de El Espectador, 7 de enero de 1938.








EL SOMBRERISMO   

Gustav Klimt  "Mujer con Sombreo"
Por Sofía Ospina de Navarro

  Nadie dejaría de reconocer que el sombrero imprime ---a quien sabe llevarlo---- aire de distinguida elegancia. Como ninguno habrá dejado de advertir tampoco que, en busca de comodidad, su uso va desapareciendo por instantes de nuestra indumentaria común. 
   
    Ya es el sexo masculino, no lo acepta sino en la edad madura cuando piensa juiciosamente en defenderse de un resfriado o en evitar a la cabeza calva el suplicio de la llovizna. Y se decide por el modelo sencillo y aristocrático, que da aspecto de persona importante y hasta permite recibir gratuitamente el título de "Doctor".

    Las que no hemos podido resolver el asunto definitivamente somos las mujeres. Ya se sabe que para ir al templo, sea cual fuera la edad y la posición social de la señora, está perfectamente admitida la pequeña mantilla de encaje a estilo español. Pero, cuando se trata de una pequeña reunión de alta categoría, viene el problema y la dificultad para resolverlo satisfactoriamente. 
   
     Si los modistos fueran personas amables y caritativas y al hacer sus creaciones pensaran que en el mundo existen damás jóvenes y viejas, las cosas serían muy distintas. Lo grave del momento es la injustificada desaparición en los nuevos figurines de aquellos inolvidables sombreritos cómodos y serios, que tan confiadamente usábamos feas y bonitas, pero, francamente, las locas ideas del día no pueden ser aceptadas con irresponsables sumisión, sin hacer caso de la edad, el tipo y hasta la personalidad.

    Es cierto que a esas reuniones o fiestas irán algunas señoras valientes, capaces de "chantarse" en la cabeza el balde, la paila, la canasta, o la torre. Pero en cambio hay muchas que no se resolverán a seguirlas, porque después de mirarse al espejo con el irrisorio aditamento, acaban por botarlo y ponerse en su remplazo el inofensivo velito de punto con motas y lacitos de terciopelo. Y quedan tranquilas, porque están convencidad de que nadie reirá al mirarlas.

   Señores modistos: Un poco más de compasión para con la humanidad. Devolvednos los discretos sombreritos que tuvisteis la indelicadeza de robarnos. Deteneos a pensar que vuestros últimos modelos solo son llevados por reinas de belleza, o candidatas a clínica mental...


Tomado de Cónicas, Medellín, Susaeta, 1983.





COSAS DE NOVIOS
"Parque de Los novios" Bogotá

Por Alfonso Castillo Gómez

    Todos los habitantes de Bogotá recordamos el fracaso de cierta idea de un ex alcalde , en el sentido de crear un "Parque de los novios" , que habría de ser sitio especialmente diseñado para que las parejas de enamorados llevaran a cabo sus encuentros con toda suerte de comodidades y en medio de un paisaje propicio para el romance. Fue una lastima, verdaderamente, porque los arrumacos han tenido que continuar celebrándose en las salas de cine, para envidia en unos casos, y mortificación en otros, de los demás espectadores, quienes sí concurren con el objeto de ver la película que se proyectan en la pantalla y no la que protagonizan en sus butacas los tortolitos.

"Parque de Los novios" Bogotá
    Claro que en la presente época ya casi nadie se molesta con el espectáculo de un joven y su amada entrelazándose en público como un par de pulpos friolentos. Es u un show que escasamente llama la atención de una que otra vieja beata. Y demás se ha llegado al extremo ---nos cuenta--- de cachifas que no tiene inconveniente en presentarse a su casa en compañía del novio de turno y suben juntos a encerrarse en la alcoba de ella a pasar la noche. Como la cosa más natural de la vida. Porque, para desencanto de muchos progenitores, se extinguieron los tiempos en que las visitas de novios se afectaban en determinado sofá de la respectiva casa y bajo la mirada vigilante de la señora mamá, quien no se movía del lugar, así estuviera con las quijadas adoloridas por los sucesivos bostezos  hasta el instante en que el pretendiente, desinflado, resolvía despedirse. O cuando papi, desde lo alto de la escalera, en piyama y descalzo, gritaba que "ya era hora".
   
    El frustrado parque hubiera constituido solución inmejorable. En los correspondientes planos figuraban acogedores matorrales, discretos bosquesillos, bancas reclinomáticas para dos personas  y otras instalaciones apropiadas para hacer tan fácil como grato cualquier téte-a-tété . Si mal no recordamos, aquel burgomaestre previsivo había planeado la elaboración de un manual en el que estarían consignadas instrucciones relativas a diversas formas de pasar el rato, amén de una lista de disculpas utilizables por la noviecitas para justificar su llegada tarde al hogar. Estamos seguros de que si a algún futuro alcalde se le ocurriera revivir tan útil servicio, se haría acreedor a por lo menos dos bustos simbólicos. 


Las costumbres en materia de noviazgo, sin embargo y como observábamos arriba, se han modificado. Para mejor o para peor, como ustedes lo prefieren. Hay un clima de libertad casi total, que facilita actuaciones como la de un gallinazo (antes los llamaban tumbalocas o picaflores) que ha logrado perfeccionar una técnica digna de admiración.



 Hace poco tiempo estaba afrontando dificultades para persuadir a su amiguita de que abandonara la terquedad con que se ceñía a principios morales que él calificaba de zanahorios.  Lo ensayó todo.  Suaves frases susurradas. Música romántica. Brusquedad machista. Unos traguitos. Pero ella resistía, inconmovible. Hasta un sábado en la tarde, cuando la condujo a una lujosa peletería donde pidió que le mostraran la colección de abrigos de piel, de entre los cuales hizo que la chica escogiera uno. Costaba una fortuna pero nuestro hombre le dijo al peletero que si tendría inconveniente en aceptarle un cheque. El comerciante explicó que, siendo sábado, los bancos estaban cerrados. 

                      ----Tiene usted razón ---dijo entonces el avivato----.
     Entonces dejemos aquí el abrigo. Volveré el lunes a recogerlo.
   Aquí está mi cheque.
                     El lunes en la mañana, cuando regresó al almacén, el peletero dijo, disgustado:
                ----Lo siento, señor, pero no puedo entregarle el abrigo.
           ----Sí, lo sé--- respondió el otro----. Simplemente vine a darle las gracias por un fin de semana maravillosos.



Tomado de Curul, Diners, agosto/septiembre, 1975.






LAS BELLAS BOCAS CON MICROBIOS

Tomado de yolandanueve.blogspot.com 
Por José Gers

    En todo el mundo se hizo conocer un cometario de la austera y especializada revista en cuestiones cientificas The Britain Medical Journal, en el que se insiste en los muchos peligros que tiene el beso.

     El articulista dice textualmente: "El beso ardiente y apasionado en el que los labios posan sobre otros labios, con diferente grado de presión y variable periodo de tiempo, envuelve, necesariamente, el intercambio de bacterias de la saliva de las dos personas particularmente en el acto". La alarmante advertencia alude exclusivamente a los besos dados en la boca, que son los que tienen más mercado, aunque hay otros que se dan en la frente, en la cabeza, en los lunares de una mujer bonita, etc. Pero lo probable es que en la frente , en la cabeza o en los lunares no existe bacterias o microbios porque en esos sitios los bacilos no tienen riesgos de prosperar. En cambio, en las bocas los bacilos viven como en su propio cultivo. Los besadores los presionan deliciosamente y los hacen penetrar hacia todos los confines del organismo humano. Y con el tiempo que a veces dura un beso, pues los microbios se calientan, se reproducen y pueden cambiar hasta de clima, o sea de boca.

Tomado de http://victor-marin.blogspot.com
     Los microbios no les conceden ninguna importancia a los besos de compromiso, a los que se dan como por cumplir con alguna persona ligada nuestra familia. Los besos realmente importantes son los de los enamorados, porque estos son, como dice el médico de Londres, "con diferente grado de presión y variable periodo de tiempo". A veces duran una noche y los practicantes acaban con toda la piel del rostro concentrada en la cara. En manifestaciones de tanta efusividad, las bacterias y los bacilos pasan una noche simplemente celestial, por que navegan en la saliva, se suben a la nariz y desde allá se dejan caer sobre el bigote o sobre los labios de los enamorados.

    Desde hace años los médicos están de acuerdo con lo siguiente: en que los ósculos son delicioso, que las dos bocas que los ejecutan se succiona hasta el frenesí, que todo eso estimula la euforia del organismo, pero que, desgraciadamente, en esos contactos los microbios hacen su trabajo y su intercambio, con mucho peligro para los poseedores de las bocas.

    Sin embargo, conviene advertir que nadie atajará la costumbre y, muy al contrario, los amantes han llegado a la conclusión de que los microbios son el más exquisito plato hasta hoy inventado. Además, si se eliminara el beso o se le desinfectara  acabaría con el amor y eso sí no sería consentido por nadie.

    El amor, que es loco y nada higiénico  impuso el contacto de las bocas como el modus operandi de la dulce llama amatoria. 


Tomado de el Relator, 2 de enero de 1953.




PARA LA MUJER FEA, CON UNA ROSA 


Por Daniel Samper Pizano

      Es muy fácil se mujer cuando las medidas van por el 90-60-90 y los varones hacen reverencias al paso de dos piernas macizas, una cintura diminuta y una cara fresca y lozana, como dicen los coronadores de reinas. Es muy fácil ser mujer  ---pienso yo--- cuando por un gesto se les enreda el habla en la garganta a cientos de admiradores y por una sonrisa empieza a agitarse como un despertador barato el corazón de miles de caballeros.

      La mujer bonita ha sido el centro del mundo. Poemas van y poemas vienes para ella. Se la compara con la rosa y el clavel y la paloma. Por ella se libran guerras y se destruyen naciones, Ante su linda indiferencia de han desmoronado héroes y se han suicidado valientes.

      Pero por cada mujer hermosa hay tres o cuatro feas. Debajo de esa pequeña corte que recibe todos los honores y todos los favores, sobrevive oscuramente un proletariado de mujeres feas para quienes todo es más difícil. Son las obreras del panal. La que, cuando van a pedir un puesto, saben que están derrotadas de antemano si otra mujer con menos sesos pero con más piernas se presenta en el debate. Las que empiezan a sufrir ocho días antes de cada fiesta pensando en si se atreverá alguien a invitarlas a bailar, o si habrán de pasar la noche sudando en un sofá mientras comentan tonterías con dos o tres compañeras de desgracia.

      Defender a las feas es un misión ingrata. Pero si hay discriminación alguna con las mujeres, esa es la que practica con las que no tienen la culpa de carecer de atributos físicos. La miel de los noviazgos es para las otras; es también para las otras el monopolio de la coquetería. La fea tiene que contentarse con soñar --- es una sociedad organizada para rendir venias a la belleza--- con un hogar medianamente educados. Cuando llega la temporada de exámenes y aún en la universidad o en el colegio, sabe que hay profesores que querrán salir pronto de ella y tendrán con sus explicaciones atropelladas esa severidad que se vuelve laxitud y cortesía frente a unos ojos azules.

     La feas no pueden aspirar a tener amores con el buen mozo del barrio, ni podrán presentarse --- sin el temor de hacer el ridículo--- a uno de esos concursos para escoger nacientes estrellas de cine. Si seleccionan rostros de Alain Delon o de Robert Wagner, tendrán que hacerlo en solitaria reserva. No se vería bien que los exhibieran en la carátula de los cuadernos, como lo hacen las bonitas del curso.
       Conseguir un aumento de sueldo es para ella una misión que debe emprender a mano limpia; las sonrisas ni los guiños de ojo le ayudaran. Para otras significan una falda algo más breve y un coqueteo de complicidad con el jefe. El día que llegue la poda burocrática, sabrá que, en igualdad de condiciones, la bonita queda. Pero no importa. La fea está acostumbrada a ser la de abajo. Por eso pasó los años de su adolescencia esperando a que timbrara un teléfono que nunca llegó a timbrar, y caminó por las calle con los dientes apretados cuando veía un grupo de muchachos que seguramente no le arrojarían piropos sino burlas crueles.

       Años más tarde, la fea se ha limitado a ver cómo, salvo excepciones  en la noticias aparecen únicamente las bonitas. Verá que nunca faltan elogios a la labor de las bonitas, como no les faltaron ramos de flores y cajas de chocolatines en su juventud, mientras que para ella todo es más duro y debe contentarse siempre con lo menos, con lo que sobra, con lo que dejan.

     Yo quiero dedicar esta nota a esa mujer. A la que sufre las peores injusticias en la lucha diaria, a la que el mundo observaba con el semblante hosco. La olvidada de la historia, la marginada de los poetas, la oprima por las discriminaciones. La fea. 


El Tiempo,  noviembre 1972



DÉJENNOS TRANQUILA
España rural, años 50

Por Sofía Ospina de Navarro

El sexo masculino se ha empeñado últimamente en convertir en un serio problema social el juego de cartas entre las señoras. Y aunque el asunto carece de la importancia que ha querido dársele, merece un análisis razonable.

Hay juegos de juegos. Y sería una injusticia atribuir al inofensivo pasatiempo del "bridge" o las "canastas" los peligros del azaroso correr de los dados sobre el tapete verde...

No es el juego achaque de la época. Cuánto hace que las viejas novelas europeas nos mostraron la escena de aquellas valiosas partidas al calor de lujosas chimeneas en las noches invernales.  Y a nadie se oculta que los hombres y mujeres de antaño, aquí en nuestra tierra fueron doctos del ajedrez, el tresillo y el tute.

Mujeres en una terraza de café, hacia 1925  en París.
 foto.fuente:elpais.com
Lo que sí tenemos que reconocer es que de tal esparcimiento no puede disfrutar lícitamente la totalidad de las señoras. Hay algunas que para hacerlo tendrían que dejar de un lado sus deberes de esposas y madres y la admiración completa de su hogar. Y a ellas corresponde el saber dosificarlo, por ese sedante espiritual como muchas otras medicinas usado con exageración de convertirse en veneno.
El juego,  como cura de reposo para quien ha ocupado ya una buena de su tiempo en servicio de la sociedad y la familia, es un placer no sólo justo sino útil  Es un estímulo de la amistad, y hasta un antídoto contra la vejez. Las mujeres que se sientan a la mesa de juego en compañía de un grupo de amigas alejan de su mente las preocupaciones  y se olvidan del almanaque. Además no tiene de chismear y vuelven a su hogar sonrientes y satisfechas porque se han divertido sin pecar. No importa que la suerte les sea esquiva porque el juego femenino no es más que un ir y venir de billetes de poco valor. 

Hasta hace algunos años fui una gran enemiga del juego. No podía conformarme con que hubiera desplazado de las reuniones el placer de la conversación. Pero poco a poco fui convenciéndome de que en lugar de ser la agradable compañera de mis amigas,  empezaba a convertirme en el obstáculo de sus programas. Hoy me agrada muchísimo y soy su defensora, especialmente para las que ya cumplimos nuestra misión.

PIERRE-AUGUSTE RENOIR: 
"Moulin de la Galette", 1876 
Y alguna vez dije a un sacerdote, que la condenada  ---Bueno Padre, convengamos en que el juego tiene sus inconvenientes... ¿qué nos ponemos a hacer las mujeres ya "jubiladas" entre la maternidad y el cáncer?... Tenemos que aprovechar el entreacto para salir a descansar.

Sobre el tema del juego hay graciosas anécdotas. Una de las más conocidas es la de la señora aquella que fue a confesarse y se acusó de se jugadora ¿---- Y pierde mucho tiempo?, preguntó el sacerdote --- No podre, apenas el necesario para barajar...

Otra aficionada, que viajaba en avión, se vio amenazada por una tempestad. Creyó llegada su última hora y entre sollozos hacía constantes actos de contrición. Y en medio de su angustia, ---lo que cuenta ellas misma--- se le ocurrió ofrecer a Dios, si la salvaba del probable siniestro, no volver a jugar en su vida. Pero instantáneamente se hizo esta reflexión: Y si acaso me salvo, ¿qué me pongo a hacer? ... No quiso, pues, comprometerse a nada, pero afortunadamente llegó a su casa sana y salva al día siguiente armó su mesita...

La vida no debe entregarse por entero al trabajo.  La expansión es indispensable para 
conservar a través de los diarios afanes siquiera una sonrisa. Y no es  "patente" de santidad, ni mucho menos, el carácter reconcentrado, arisco a la amistad y austero en demasía. 

Crónicas, Medellín, Susaeta, 1983.



LA SIRENA ESCAMADA

Sirena de plata -MARIAN SEMPERE

Por Gabriel García Marquéz 

La sirena era una criatura que tenía de mujer lo menos útil y de pez lo menos aprovechable. En vista de los cual, no hubo otra alternativa que dejársela a los poetas, las únicas personas capaces de sacarle algún partido a un ser que no ofrecía ningunas perspectivas ni como esposa amantísima ni como complemento del almuerzo.

Una sirena, por su lado humano y desprovista de la fronda erótica, no sería sino una buena señora en una silla de ruedas. Se le vería salir al parque,  en las tardes de diciembre, a tomar el sol, después de una larga temporada de vacaciones en la alberca del patio.  Miraría con tristeza a los niños en sus triciclos o en sus patines y apenas con un resentido sentimiento de superioridad a las damas que, en un banco, estuvieran remendando las medias. La sirena sería una solterona inválida, a quien el estado debería compensar con una pensión mensual la desgracia de ser mujer hasta donde no vale la pena y de ser pez desde donde serlo empieza a ser un serio inconveniente.  A los dieciséis años, se le vería pasar en su silla de ruedas, cubierta de la cintura para abajo  con un adredón a cuadros, y se diría: "¡ Qué lastima, ser invalida con esa cara!". Y al fin y al cabo, castigada por su femineidad cerebral, se vería morir de desesperación e impotencia frente a una zapatería.

Muriel Parra i Ferrer- Sirena de l'Escala
Si se considerara  por el lado contrario, como pez, la sirena sería completamente inoperante. Sería lo suficientemente inteligente como para morder el anzuelo y lo suficientemente torpe como para sentarse a cantarle a los navegantes, sin tener en realidad nada efectivo que ofrecerles.

Con semejante inutilidad, lo más prudente que habían podido hacer era lo que hicieron: desaparecer.

Ahora se informa, en un cable fechado en Viena, que por aquellos lados nació una criatura que al menos en su conformación anatómica era una sirena. Cabeza, brazos y pecho de mujer y cola de pez. Claro que no respiró  un solo segundo al aire de los mortales, sino que se vino prudentemente muerta desde su oscuro período pre-natal. Pero de todos modos, cumplió a cabalidad con todos los requisitos que en los tiempos modernos debe llenar una sirena que se respeta: tener medio cuerpo de mujer, medio de pez y estar muerta. Lo demás solo harán los poetas. Y después todo, por muy mal que lo hagan no tendrían nada de extraño que o hicieran mejor que ciertos columnistas de periódico que una tarde cualquiera se sientan a escribir sobre las sirenas, y no logran hacer ni siquiera una nota mediocre.


Tomada de "La jirafa", Textos costeños. 
Obra periodística 1, Bogotá, oveja Negra.



LAS MUJERES DEL FUTURO
Chicas americanas vestidas con vaqueros unisex y chaquetas de béisbol.


Por Lucas Caballero Calderón
 (Klim)

 Los sociólogos franceses, que se han dado a lucubrar sobre el futuro femenino, predicen que este será el futuro femenino, presiden que este será casi del todo masculino.  "Ellas" dejarán de ser como son ahora, resaltadas, curvilíneas, graciosas y gustadorcitas. Usarán el cabello corto, fumarán sin cesar, tendrán tacones planos y su traje habitual será el pantalón negro. Pero además --- y eso es lo que más entristece---, serán bustiplanas y estarán capacitadas para emprender caminatas hasta de veinticinco kilómetros sin causar ningún cansancio. Esto quiere decir que no podrán hacer clarear el tejido de los sweatters sino solamente en los codos como cualquier cachilo, y que tendrán piernas como de fondistas  o corredor amateur. En suma, pues, "que cualquier tiempo pasado fue mejor", como nos lo vaticinó el señor Manrique.


Las bases de que parten los sociólogos franceses para hacer tales afirmaciones, no son, afortunadamente, dogmas de fe. Ellos sostienen, por ejemplo, que las piernas femeninas fueron desplazadas por el busto en la admiración masculina, y ello no es así.  Lo que pasa es que todo depende de la mayor o menor exposición a que, según la época, sean sometidas las dos altas partes comparadas. Porque ojos que no ven corazón que no sienten, como lo dijo el poeta. Lo justo es decir que ellas se prorratean equitativamente esa admiración, como elementos complementarios e integrantes de un todo único que es la mujer, la cual ha atraído toda la vida al hombre, especialmente ahora cuando algunas se llaman Marilyn Monroe, Ritica Hayworth y Silvina Mangano. Épocas ha habido en que se ha usado la falda por encima de la rodilla y otras en que las blusas se han llevado rotas y desteñidas, y en los dos casos el hombre ha tenido que conformarse con lo dispuesto por la moda. Pero nada más. 

La predilección del hombre por el busto sobre la pierna es evidente hasta cierta época de la vida, pero debido a circunstancias especiales.  Ella es obvia e indiscutible durante el período de lactancia. Pero después, a partir de la época de la bigotación, esa predilección se reparte y oscila como un yo-yo de arriba hacia abajo, y de abajo hacia arriba, " siempre en ágil, continuo movimiento".  Los sabios sociólogos franceses olvidaron hacer esta aclaración, que es fundamental para la mejor comprensión del tema, el cual tiene tanto de ancho como de largo y requiere ser tratado con una sutileza infinita.
Esta consideración nos mueve a no ahondar más en la materia para dejar que cada cual piense de ella según su propio criterio. Pero, de cualquier manera, si la mujer del porvenir va a ser de busto plano y características acusadamente cachifoldes, como se prevé, nos parece que en el ramo comercial se pueden anticipar dos grandes novedades: la quiebra dramática de todas las fábricas de corpiños , brassieres y similares y el tope de producción de las industrias lácticas, porque tampoco nos parece posible dejar morir de hambre a los niños.

La teoría de los sociólogos galos, lo repetimos, pueden ser equivocada o no, pero los jóvenes de las actuales generaciones obrarían cuerdamente si cambiaran de estado a la mayor brevedad "por lo que potes contingere".


El Tiempo, 7 de enero de 1954.



LA JOVENCITA 
Por Adel López Gómez 

    Cuando terminé de bajar los ocho tramos de escalera desde mi cuarto de hotel (el ascensor estaba inservible), la jovencita estaba sentada en el banquito de madera que utilizaba el portero cuando las sillas de hule del recibido están copadas. Era apenas una adolescente de pecho plano, con un vestido de organdí. Con sus zapatos charolados y sus calcetines blancos de algodón. Con su pelito liso y huidizo, ni castaño ni rubio.Con sus manos delgadas que había dejado inertes y separadas sobre los muslos y que eludió luego con mal disimulado disimulo.

Interceptando la salida estaba la madre: cuarenta y ocho kilos de apergaminada estatura; ocho lustros o nueve de baqueteado existir; veintidós años de ejercicio magistral  un marido vago qué mantener y resistir; nueve hijos en serie de zampoña. Y en la primera caña del camarillo esta criatura desvaída del trajecito de organdí.

Los catorce años pálidos de la mozuela sonrieron difícilmente por medio de los labios, con una sonrisa pálida como ellos. La mano derecha se puso un momento en evidencia para elevar sobre la frente una guedeja desmayada. Y la frente, entonces, demasiado desnuda para atreverse, se humilló un poco, al par que los ojos, mientras la mamá nerviosa contaba la historia.

La trivial y adocenada historia de una expulsión. La hija, esta desdibujada adolescente que estaba allí sentada, en el banquito del portero, había sido expulsada del colegio por la monjita de su clase. ¿Cómo podía ser aquello? Qué haría ella ahora, madre de cinco hijos en edad escolar y otros cuatro a la buena de Dios, con padre holgazán, rancho ardiente, licencia inminente y primogénita expulsada?


Edgar Degas - Muchacha leyendo en el suelo.

Y aquella criatura sin llama ni claridad.... Aquella criatura del pecho plano y las huidizas manos. Aquella hijuela de anemia que apenas sí ocupaba la cuarta parte del espacio en el banco del portero.  Aquella personilla de catorce años que sólo parecían una docena...
----Pero bueno, señora: ¿y qué quiere usted que yo haga?
----Qué me ayude, por favor, para que me la reciban de nuevo.

Qué haré con ella si me la dejan en la calle. Estamos en marzo y ya no puedo llevarla a un colegio de seglares...

----Pero ¿quién soy yo, señora, para ordenarle a la monja que no haga efectiva la expulsión?

----Usted es el que manda en todo. Es cuestión de una orden solamente.
----No crea, señora, no crea .... Eso tiene sus bemoles.
----Pero si usted dice, si usted manda una tarjetica, si usted echa una telefoneada siquiera...
-----Pero en fin de cuentas.... ¿Cuál fue el motivo que tuvieron para echar a su hija? Al fin y al cabo la monjita debió tener una razón suficiente...

La madre doblada de maestra, redoblada de frustraciones, dijo amargamente, con orgullo retintín:

-----Claro que tuvo un motivo 
-----¿ Cuál fue, mi señora?
-----Esto

Y puso en mi mano un pequeñito libro de versos, un viejo poemario con el pie de imprenta de un editor español.

---- ¿Qué es eso, mi señora?

Al pronto ella no supo. Pero eran las rimas de Gustavo Adolfo Domíngez Bécquer.... Miré a la jovencita y me encontré con su sonrisa. Una sonrisa dulce, ensoñadora y clara que ---- torpe de mí---- no había visto hasta ese instante.  


El Colombiano, 5 de abril de  1962.


EL FATAL "EXTERMINIO"
Doris Lessing

Por Blanca Izasa de Jaramillo

   Señor ministro de Salud: Sé bien que usted tiene a su cargo infinidad de problemas de difícil solución; la salud pública de los colombianos, según la más recientes estadísticas de una deficiencia escalofriante y crear en el pueblo una conciencia higiénica es empresa de tremenda responsabilidad: me imagino cómo llegarán a diario a su escritorio solicitudes y peticiones y reclamos ; a veces tendrá miedo de naufragar en aquel blanco y sugerente oleaje de papeles. Y sin embargo, yo me atrevo a escribirle para contarle una pequeña tragedia cotidiana. Los poetas amamos todas las cosas sencillas; todos los motivos que son triviales para el común de las gestes, para nosotros tiene contornos dramáticos; sufrimos con el dolor de los olvidados y seríamos hasta capaces de desentendernos de una bomba atómica por salvar una copa tallada por Cellini o defender un gajo de rosas. Somos trabajadores y sentimentales; ya no es de usanza que nos pasemos el tiempo mirando hacia el azul, pero a veces interrumpimos el ritmo de la máquina de escribir por escuchar el canto de los canarios y cuando salimos de la oficina corremos el riesgo de que nos atropelle un cadillac por estar buscando en la lejanía la mentira dorada de la primera estrella. Y es bueno que aún quedamos personas así para lograr una armonía en el mundo, para que no todo sea ejes y bielas y máquina y egoísmo.

Ocurre, señor ministro que han inventado ahora unos tóxicos de tan tremendo poder destructor que han acabado con todos los gaticos domésticos; hace algunos días escribí probando a mis lectores que no es cierto eso de que los gatos sean desagradecidos, que no quieran al amo, que se vayan de la casa cuando en ella entra la pobreza; ese es una calumnia que les han levantado los panegiristas de los perros; los gatos son sibaritas, perezosos, enigmáticos,  suaves, llenos de una picardía de sus ojos se enciende a veces la luz maligna de un instinto asesino, pero son fáciles de educar, son alegres, son decorativos y tiene derecho a su existencia ociosa.
El gato negro - Nila Pérez - Ilustración
El veneno de que hablo a usted se llama Exterminio; tiene una apariencia engañosa, incitante, de caramelo licuado y mata los gatos en las más trágicas circunstancias; su agonía es torturada; no valen contra ese tóxico ni las inyecciones, ni las drogas costosas, ni el cariño, ni la compasión. El veneno lo emplean las gentes dizque para matar las ratas; pero yo le aseguro, señor ministro, que las ratas siguen haciendo de las suyas, que parece  se han vuelto inmunes o han aprendido a desconfiar de las redomas fatales en donde se les ofrece el exterminio y en cambio todos los gatitos han parecido; lo mismo los persas, que los angora o los criollos sin genealogía ilustre ; todos han muerto en una angustia casi humana, dilatadas las pupilas amatista, engarfiadas las manos enguantadas, erizada la pelambre de seda, hechos una rutina y un dolor.

Los gatos son una especie de detectives a domicilio; su sola presencia ahuyenta a los ratones; tan necesarios son, que usted bien sabe cómo después de la primera guerra mundial, cuando en Francia y en otros países europeos las gentes hambrientas se habían comido todos los gatos, la invasión se ratas fue tan espantosa que de los Estados Unidos se hizo una gran exportación de estos felinos; ahora mismo de alguna ciudades del valle, como Cartago, están pidiendo que se les despachen gatos pues todos han sido eliminados con el "extermino". No existe ninguna para las ratas que sea más efectiva y más fiestera que un gato. Por eso, señor ministro, yo le ruego que gaste unos minutos de su tiempo documentándose sobre esa crueldad inútil del "extermino" y que prohíbe  la venta de este tóxico que es más fatal que la guillotina y más fulminante que un balazo. No solo los gatos, sé de chiquillos que han muerto víctimas de su ocasional encuentro con ese veneno terrible.

No hay derecho a que se empleen estos medios tan insidiosos y soterrados para acabar con los gatos, que son unos sibaritas engreídos y unos símbolos vivos de la molicie, pero que han pasado por las páginas de Poe y por los libros de Maupassant con todo su enigma y su belleza y su filosófica manera de convivir en paz.

Tomada de Crónicas de ayer, Manizales, 1932.




DIÁLOGO EN EL BAILE

Por Juan Lozano y Lozano

Cuando yo estaba pequeño, decía Càndido, veía a las grandes damas y a los grandes caballeros de la sociedad con mucho respeto. Las damas estaban sentadas en asiento de alto espaldar, erecto el torso majestuoso, sin jamás inclinarse adelante para escuchar mejor una pregunta, sin jamás recostarse, sin jamás recomponer el ademán o el gesto. Los caballeros de alba y relucinante pechera se inclinaban cortésmente a su lado, decía alguna cosa en voz baja; y dama y caballero sonreían imperceptiblemente, como un tácito acuerdo de no sorprenderse ante las grandes lucubraciones del espíritu. Después salían a bailar el vals, lentamente, muy cerca el uno del otro, pero sin rozarse casi, rectos, negligentes; y de cuando en cuando se cruzaban una que otra palabra imperceptiblemente, que los hacía de nuevo sonreír imperceptiblemente. ¿Qué se dirán los caballeros y las damas cuando conversan en las fiestas?, se preguntaba el adolescente. Deben ser cosas finas, espirituales, agudas, galantes, impregnadas de elegancia y de sabiduría. 

Más tarde, ya actor incidental en el gran mundo, tuve ocasiones de satisfacer esa grande curiosidad de tiempos anteriores. Cambiados un poco los trajes, las bellas mujeres aristocráticas y los impecables caballeros seductores se movían en el mismo ambiente de corrección y prestigio. Una nueva generación añadía lauros nuevos al decoro de antaño; y dama y caballero departían con dignidad inalterable. Decía la dama: "Estoy preocupada porque no advertí a la sirvienta en dónde había dejado las llaves, y mañana va a sacar la disculpa de que no hubo huevos para el desayuno". Decía el caballero:  "No se preocupe usted, si, como me dice, a ella le sobró cambio del  mercado de ayer, seguramente saldrá por la mañana y comprará los huevos en la tienda de la esquina".

"El jardín de Cándido", obras selectas , 
Medellín, Editorial Horizonte, 1956.


EL ARTE DE CONVERSAR

Por Sofia Ospina de Navarro

Quino de su libro Sí, cariño.

En las reuniones sociales del día muy pocas veces se disfruta el placer espiritual de escuchar al buen conversador. Con frecuencia encontramos en ellas personas que teniendo capacidad y temas para sostener una amena charla, optan por oír lo que dicen los demás; como si para ellas constituyen un gran esfuerzo el tener que abrir la boca... Y dejan el campo a otras, para quien la dificultad parece consistir en saber cerrarla a tiempo...

 Para se un buen conversador no se requiere deslumbrar a los oyentes con bellas frases, ni hacer gala de erudición. Eso se deja para el conferencista, que cuenta con su clientela especial... Tampoco lo es el chistoso crónico, que corre el peligro de ofender con sus gracejos, no siempre mesurados y prudentes.

Yo creo que un buen conversador puede llamarse aquel que sabe manejar la batuta en la tertulia, sin dejar decaer a los que en ella actúan como lo hacen el director de orquesta con los músicos del concierto... El que acepta las interrupciones y las aliña con su ingenio o su gracia...

El que habla poco de sí mismo...Y del prójimo, solamente cuando se llegue el caso de contar de él alguna anécdota sustanciosa.

Y, ahora que hablamos de anécdotas, reconozcamos que siempre han sido ellas la sal de la conversación. Nada hay tan interesante como conocer la personalidad de las gentes a través de los hechos de su vida. Y el tema es inagotable, porque la humanidad es una mina que jamás acabaremos de explotar.

Por ejemplo,  a don Pepe Sierra ----el acaudalado antioqueño que no dejó al morir sólo millones, sino también sabias reglas para llegar a conseguirlos ----nos lo pinta de cuerpo entero  la anécdota de la vaca:

----Don José María ---le dijo alguna vez el encargado de una de sus haciendas---- se acaba de rodar por el precipicio una de las vacas y la encontraron muerta en la cabaña...

Pues no hay máa remedio que enterrarla, mi amigo.

----¿Enterrarla, don pepe...? La vaca estaba sana .... y los peones me piden que les deje aprovechar la carne...

---- No importa... Que la entierra ligero. No quiero que se me sigan rodando las demás.

Tomado de Crónicas, Medelin, 1983


l´ AUTORIDÀ

Por Emilia Pardo Umaña

   Nuestro cuerpo de policía  de tiempos inmemoriales hasta nuestros días, ha sido el más característicos reflejo de la vanidad, fatua, pedante y carente del sentido de las responsabilidades; no encuentro una comparación adecuada si no  es en los conocidos y poco apreciados "cachacos de pueblo". Un buen día, cuando Bogotá debía tener dos o tres mil habitantes, el señor alcalde contrató tres o cuatro individuos, les puso un uniforme, que en aquellas épocas, duraba todos los años que viviera su dueño; les dió un bolillo y quedaron convertidos en los representantes de lo denominaron nuestras "criadas", con los pequeños ojos en forma de ranura de alcancía, deslumbrados, y las bocas sensuales abiertas, dejando ver los maravillosos dientes sin una carie: "L´autoridá".

   Nuestros hombres se hincharon, como las cigarras en la tierra caliente, y pasearon sus satisfechas humanidades por calles y plazas, conduciendo a la central a todo el que, en su opinión, había cometido una falta. Siempre eran candidatos de preferencia para llenar la cárcel, el hijo del compadre odiado, de la tendera de la esquina, etc. A medida que las necesidades lo exigieron  el organismo policivo creció, llegó a tener uniformes incorrectos, se ocuparon de él los poderes dirigentes, trataron de inculcarle nociones del deber, etc. De todo esto hace muy poco tiempo; tal vez únicamente de diez años para esta parte se ha comprendido con enorme esfuerzo la labor necesaria de civilizar al policía, a fin de que se entere de la gran misión social a que está destinado, y que no es la de enamorar maritornes, más o menos tiernas, según los años y kilos que lleven a cuestas.

   Sin embargo, no ha sido posible de desterrar completamente de este cuerpo la costumbre de abusar de la autoridad de que se hallan investidos y que, por lo general, aun cuando hoy día en proporción afortunadamente mínima, les queda grande. Pero, uno de los más notables defectos de nuestra policía en general es su carencia total de sentido común.  En cuanto ignoran algo, desconcertados, asustados y temerosos de no estar a la altura del uniforme nuevo y del boliche  recién torneado, optan por las medias bruscas, dándose cuenta de que si logran que la víctima "les falte al respeto", ya de hechos quedan en buen pie.  En este fortuna, lectores, fue como logró llevarme a mí uno ate los jueces, dizque "por desobediencia y desacato a "l´autoridá", y ponía la queja con aire pedante, sufriendo creo que la más terrible desilusión cuando el juez no estimó mi falta suficiente para hundirme por tres o cuatro años en un calabozo.

http://orlandomazeyra.blogspot.com/2007_04_01_archive.html
   Este fue el curioso caso de ayer: una muchacha, con su bella silueta gentil, su sombrerito de última moda, quien parecía la cachuca de un Jockey, sus labios rojos, finamente retocados por el lápiz; sus orejas color violeta y sus medias trasparentes, pérfido invento de los mosdistos, ya que hacen la pierna  aún más suave y sugestiva que al natural, tuvo el capricho, simpático y alegre, digno de todas las alabanzas, porque fue despreocupado y original, de hacerse lustrar sus lindos zapatitos de glasé en la plaza de Las Nieves, viendo el correr rechinante de los tranvías, y el lento desfilar de los hombres indolentes y admirativos. El señor agente se desconcertó; ¿tal cosa está permitida?, ¿y si lo estaba porqué no lo había hecho ninguna antes? Reflexionó y lentamente, en su cerebro plano, obraron las influencias mentales que heredó con la sangre de sus antecesores. 

"Todo lo nuevo es malo", se dijo; y la solución brilló en su fisonomía clásica, achatada  hacia las narices y levantada hacia los pómulos. Enérgico, se vino sobre nuestra alegre damisela y le intimó prisión.

   Estamos, pues, es esta capital de una República que, en cuestiones políticas deja "regados" a Marx y demás apóstoles, que se ríe de Romeo y de Julieta, en el campo sentimental y sabe de modas, perfumes y toilettes, como un Word, o un Patou: capital en al que un policía se siente amo y dueño de la moral, en pleno año de 1936 y decreta que una mujer que se "embola" debe ir a la cárcel. ¿Por qué? Supongo que alguien habrá que dicte al respecto una providencia y ponga coto a las iniciativas de estos respetables funcionarios públicos. 

El Espectador, 7 de marzo de 1936


REGAÑO MÍNIMO
Por Tomás Rueda Vargas

Una bella y sentida nota, publicada por Swann en este periódico, dio origen a otra no menos bien escrita de Emilia en El Espectador. La muerte de la Victoria se llamaba el escrito de Swann. El paso de un vetusto carruaje por las calles animadas de la ciudad, llevando una flores funerarias, excitó la vena poética de un joven letrado que es, ante todo, un poeta. La reacción producida en él es de melancolía, de piedad ante el desvanecimiento de algo que fue; de algo que se define flojamente, porque no puede más. 

Siempre es que la sensibilidad femenina en estos tiempos motorizados es más dura que la del hombre. La reacción del mismo detalle sobre Emilia, a través de la nota de Swann, es opuesta. Lo que hizo asomar las lágrimas a los ojos de Swann, trajo la risa a los labios de Emilia.

Quiere esta niña que los entierros marchen a sesenta kilómetros al cementerio; que la gasolina pase antes que las flores; que las buenas gentes que aún conservan el privilegio de la vida no sean interrumpidas en sus diligencias cotidianas. Que no se demore nadie delante de un desfile fúnebre en su marcha hacia el mercado, en busca de las cebollas y de los rábanos, en su caminata hacia San Diego, a la cita con la novia. Ligerito, ligerito, no vaya a ser que el ataúd, y los dolientes, y los viejos coches senilmente florecidos, proyecten sobre el ánimo atareado del transeúnte la sombra fugaz de una tristeza.

El entierro, en Soacha, en 1958. Nereo López

No, Emilia. No es bueno quitar de la vista de las gentes el espectáculo del dolor y de la muerte. Una de las características de los tiempos modernos es la quiebra de los sentimientos. Y una de las superioridades que exhibimos nosotros frente a los pueblos que padecen de supercivilización aguda, es el culto reverencial a los muertos, es el ceremonial arcaico ciertamente, ridículo quizás, pero noble y sentimental, de nuestros entierros. Es bien conocida y muy general la angustia que oprime a los colombianos en viaje por tierras y ya "motorizadas",  al pensar en la propia muerte, en la del deudo o del amigo. ¿Por qué? Por el horror que inspira en esos lugares el muerto.  Allí no se trata sino de salir de él, de quitarle de la vista pronto, pronto. Que salga por la escalera de servicio, por la puerta excusada.

Nuestros entierros habían escapado a la velocidad reinante. Queríamos todos, todavía queremos que un resto de galantería presida el cortejo de nuestros muertos. Queremos, por una especie de coquetería última, decir a quienes no lo han de saber, que no tenemos afán de que se vayan. Pensamos quizá repetir al oído de quienes ya no nos oyen, la amable frase bogotana con que se intenta detener a los visitantes: " ¿Por qué tan pronto? Quédese usted un momento más". Anhelamos, quienes quedamos aún tambaleantes sobre el puente del bajel, prendernos con la mirada a la tabla frágil que lleva al náufrago.

No es usted, mi querida Emilia, a usted que tiene en su cuadernos de escritora elegías tan bellamente trazadas y tan hondamente sentidas----qué tanto lo sé, lo sabe Dios---- a quien corresponde abogar por la "motorización", por la modernización de ese postrer homenaje que en una forma anticuada rendimos a nuestros muertos. Y mucho menos si en esa campaña se lleva usted como se lleva a esos sobrevivientes de una especie desaparecida que se empeñan, desde lo alto de los pescantes desvencijados, en ser los últimos melancólicos guardianes de la lentitud. De esa lentitud que tanto mortifica a los modernos.

Permita usted, mi buena Emilia, que antes de que el sepulturero coloque el ladrillo que va a separar lo que fue de lo que viene, sintamos que es una mano compasiva, la mano amiga del viejo auriga que nos condujo en vida a la alegría, la que pone las últimas flores del recuerdo y la amistad en nuestra tumba....Y después, que la motorización cumpla su obra de progreso sobre el gris asfalto de las calles.

22 de mayo de 1938. Escritos, Bogotá, Antares


FANTASÍA EN PERFUME 
Por Adel Lopéz Goméz


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Para Olga Salcedo de Medina 
 Las nuevas generaciones, sensuales y soñadoras, que aman igualmente los goces precarios, han hallado la manera de fundir en una sola delicia las alquitaradas gradaciones emotivas de la carne y el alma  Tras el ocaso de Coty, el alquimista admirables se llama Max Factor. En sus esencias vagas, en sus perfumes intensos, en sus filtros hondos, la armonía ha tomado el color del ámbar.

La sugestión inexplicable de los recuerdos, la fuerza memoriosa de las imágenes distintas, el esfumado contorno de las cosas y de los seres, han sido captados en instrumentos de química, y reducidos a fórmulas y vaciados en vasos.
   
El hombre, que la hablar no conseguía decir sus angustias ni sus júbilos en toda plenitud, y al escribir sufría la indocilidad o la ausencia de las palabras, inventó el perfume, lo exprimió de la tierra, de las flores, de los bosques y del aire. Le dio la ondulación, el valor de acicate cerebral, la capacidad de caricia, sugestión divina y abstracta de las cosas indecibles.  

Hay el perfume ingenuo que abre ante nuestros sentidos ávidos su palpitante universo de criaturas impúberes y de jardines en flor. Hay la fragancia anónima que no procede de nada: del agua limpia, de la luz limpia y andante, de los colores claros y de los herbazales recién amanecidos. Hay los perfumes pensativos, los preparados eruditos, cuyo efluvio recóndito absorbemos con una vaga angustia voluptuosa.

Quedan los perfumes dilectos que usaron las mujeres a quienes amamos o hemos amado. El olfato incorpora a la sensación física de estos perfumes, la percepción intelectual de nuestras propias pasiones. ¿Rosas? ¿Narcisos? ¿Claveles?¿Violetas? No es nada de eso sino el alma balsámica de los efectos, el aroma de las ternuras, la fragancia tremenda de los minutos apasionados, el perfume desnudo de las palabras perdidas.

Esa mujer que pasa os ha dejado su estela y en ella la sombre armoniosa de una sombra. ¿ En qué maravilloso recuerdo del tiempo ido se os refugia el recuerdo? Nadie lo sabe. Los componentes materiales, los elementos dosificados por el perfumista están allí. Pero para llenar la laguna que se hizo en nuestra añoranza, falta la cantidad de vida y de personalidad femenina que una mujer determinada en el tiempo y la distancia impartió al simple perfume.

Está bien magnificar el perfume, en cuyos paraísos invisibles está situada la zona limítrofe del espíritu y la carne. 

El Tiempo, "Claraboya", 1950


En esta nota ligera la escritora antioqueña demuestra que los periódicos de pueblo son de piernas cortas pero de fuertes ilusiones y esmero. 

POR EL MUNDO DE LO PEQUEÑO
Por Blanca Isaza de Jaramillo

    A mí me conmueve estos periódicos pequeñitos que aparecen semanalmente en los olvidados municipios; ellos cifran una inquietud, un anhelo, un afán de progreso, un auténtico sentido de patria; casi siempre se orientan hacia la oposición, no importa que gobierne la República  ellos quieren ser depositarios únicos de la verdad, rebeldes, inconformes, orgullosos dentro de su parco formato y su limitada circulación; en ellos se publican los edictos, los remates, las listas de precios de los víveres y las invariables protestas con el alza de los arrendamientos. La vasta difusión de la gran prensa capitalina, de los diarios que tiene servicios exclusivos de todas las agencias internacionales, que poseen esplendidos talleres de fotograbado, que circulan casi al mismo tiempo que en Bogotá, en los más apartados pueblos del país, ha acabado literalmente con la mínimas hojas periódicas;  su vida es efímera y su distribución no traspasa los límites municipales sino por el envío de los cajes. Algunos traen ilustraciones hechas por el artista del terruño, con una simplicidad de trazos y de concepción artística que es francamente conmovedora. Yo los hojeo con cariño y me gusta marcar para ellos  en correspondencia a su atención la revista Manizales.

Me infunden estos periodiquitos transitorios el mismo respeto que tengo por los libros mediocres. 

    Nunca he creído la leyenda que se hizo en torno a Grabiela Mistral; leí una vez que la gloriosa maestra chilena tenía frente a la ventana de su habitación un pozo donde arrojaba sin abrirlos todos los libros que, por el nombre del autor desconocido para ella o por las palabras iniciales de la primera página, consideraba malos;  agregaba el comentarista que el pozo era profundo que él lo había visto lleno casi hasta la mitad. No es posible aceptar como cierta esta conseja, Gabriela tenía un amplio corazón maternal, un espíritu en permanente actividad  pedagogía, un alama buena para apreciar el afán de superación de los que entregaban a la prensa sus ensayos en prosa o sus versos de un romanticismo quejumbroso, para arrojarlos por la ventana en un desusado ademán de soberbia.

http://blog.eternacadencia.com.ar
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    Y es que hay que pensar en la cantidad de esfuerzos y de esperanzas y de sacrificios que representa la publicidad de un libro; primero, el pulir y leer y releer los originales; a veces el autor no tienen más oyentes que las indefensas personas de su casa, quienes  la mayor parte de las ocasiones no lo entienden, lo consideran un desadaptado, un inútil, un sujeto empeñado en perder el tiempo que pudiera dedicar al comercio o al desempeño de un empleo público, escribiendo tonterías. Balzac leía sus originales a la criada y se mortificaba de verdad cuando ella con un magnifico desparpajo le criticaba ásperamente la crudeza de algunas páginas. Luego el novél autor ha de empezar a trajinar por imprentas y casa editoriales;  gastar sus parcos ahorros parea lograr la publicidad de su libro; seguir ansiosamente todos lo detalles, corregir las pruebas, sufrir con paciencia todas las adversidades, señalar como día cívico para su vida aquel de la aparición de su libro, ponerle conceptuosas dedicatorias  y enviarlo pagando él mismo el aporte por correo recomendado a los diarios y a los escritores; y ponerse a esperar y a comprar diariamente todas la publicaciones de prestigio para ver en qué lugar destacado van a ocuparse de sus libro. Desventurado soñador; muchos de los destinatarios, a pesar del aviso de la oficina de recomendados, no van a reclamar el ejemplar y por allá cuando toda esperanza ha muerto en él, encuentra en algún periódico un pequeño comentario en donde se le dice con toda cultura que luego leerá su libro; vana promesa que nunca se cumple; el escritor queda tan inédito como antes. 

Cartel de Sorolla para el diario El Pueblo
       Los mismo pasa con los periódicos de pueblo, con esos semanarios que tiene todas las noticias atrasadas y que bien empaquetados y rótulos llegan a las redacciones de los grandes diarios; nadie los abre; allí mismo pasan a las canastas de lugar para hojearlos; nadie piensa en que esas páginas fueron levantadas a mano por un tipógrafo paciente, en que muchas veces el mismo editorialista tuvo que manejar la prensa  o hacer de cajistas; si los linotipos o las rotativas tuvieran alma, se conmoverían ante estos periódicos que llevan nombres rimbombantes y literatura discutible. Un amigo me contaba haber visto en un semanario se un pueblo caldense una nota de vida social que decía poco más o menos así; " Murió en la ciudad el conocido caballero don Atilano Ríos, quien fue un buen cristiano y un hombre muy trabajador. Ayer lo enterraron". Y a renglón seguido: " También ayer murió en Alemania el Mariscal Hindenburg, muy notable en la guerra europea y muy apreciado por sus amigos. Damos el pésame a todos los miembros de la familia del Mariscal".

     El inocente cronista de la información social creía que era de su deber registrar  en las columnas que estaban a su cargo la muerte de todas las personas importantes.  Ah, maravillosa simplicidad que conmueve a mi espíritu que gusta de vagar por el insospechado mundo de lo pequeño.

El Tiempo, 20 de noviembre de 1959.



LA ÚLTIMA MODA... 
Por Carlos Torres Durán (Car-Tor)

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    La moda que acaba de llegar a la ciudad, que ya empieza a dejarse ver por esas calles, y que consiste en llevar las mujeres el pelo corto, amontonado sobre las orejas y sobre la nuca, es una moda sencillamente deliciosa.

      Nuestras mujeres parece que la han acogido con la más amable de sus sonrisas. Se diría que le han salido al encuentro y que le han dado una bienvenida cordial.

   Ya se ven por ahí alguna lindas cabezas de mujer que llevan el pelo corto con una gracia, con una ligereza, con una coquetería verdaderamente irresistibles.

    Y en verdad, nuestras mujeres han sabido darse cuenta cabal, casi de súbito, del encanto nuevo, fino, adorable, que esta moda trae para ellas como regalo de primavera.

    La mujer toma, con la novísima manera de llevar sus cabellos, un aire infantil, un aire de chiquilla, un aire de colegiala, un aire de niña grande y traviesa, de criatura ligera y traviesa. 

    Claro está que esta moda, como toda las modas, tienen sus reservas. No es para todas las mujeres. No es amiga de todas. No a todas les va bien. La moda en esto es,  si se quiere,  un poco egoísta. 

    A la mujer que no tenga el pelo un poco rizado, un poco ondulado, un poco juguetón, un poco huracanado, la nueva moda no le cae bien, ni mucho menos.

elarmariodemama.com 

Una mujer que tenga los cabellos lacios, fríos, estirados, no puede llevar el pelo corto. 
Se expondría a que la tomaran el "pelo".

   Pero,  en cambio, a una mujer que tenga cabeza armoniosa y melenas rizadas, rebeldes, traviesas, la nueva moda le viene a la maravilla, le viene como anillo al dedo.

   Por otra parte, esta moda tiene ciertas exigencias estéticas, no solo en el detalles sino en el conjunto, en las cuales parece ser implacable.

   Una mujer para llevar el pelo corto necesita tener un cuerpo esbelto, grácil, airoso. En una mujer delgada, fina y ágil, la moda muestra todos sus encantos y alcanza todo sus prestigios.

En cambio, en una mujer baja, regordeta, apachurrada, la nueva moda, grita, gime y llora...

Esto ocurre frecuentemente con todas, con casi todas las modas.

montsesol99.blogspot.com 
      Yo he visto en el teatro, en el cine, en el paseo, en la calle, en muchas partes, cabezas de mujer cuya toilet responde rigurosamente al último llamamiento de la moda, y confieso que me han cautivado y me han seducido totalmente por su armonía, por su gracia y sobre todo por su adorable sencillez.

      Además, yo he comprendido la significación íntima que tienen esta nueva fase de la moda, la intención aguda que lleva, el fin principal que persigue, y que indudablemente no es otro que el de demostrar al mundo entero que el famoso filósofo alemán Schopenhauer se equivocó de medio a medio cuando dijo que la mujer es un ser "de ideas cortas y de cabellos largos", cuando en verdad, a juzgar por la manera como aparece hoy, es todo lo contrario: un ser de ideas largas y de cabellos cortos...

Cromos, 27 de septiembre de 1919.



EL AMOR QUE PASA...
Por Carlos Torres Durán (Car-Tor)
http://diegosandro.blogspot.com/2012/07/el-inexorable-paso-del-tiempo-en-la.html
     Cuando en la calle, o en la plaza, o en la avenida, se detiene uno por cualquier motivo, a esperar un tranvía, por ejemplo, o a esperar un amigo, lo que equivale casi siempre en este país, a esperar a quien no ha de venir; cuando en la calle, o en la plaza, o en la avenida, se detiene uno, en fin, dos minutos o dos horas, siempre ha de ver, inevitablemente, desfilar bajo sus narices el amor, el amor con sus gestos, con sus miradas, con sus sonrisas, el amor que viene, el amor que va, el amor que corre, el amor que huye, el amor que pasa...

     Se hace aquí  como donde quiera, el amor a todas horas y en todas partes " al salir a la calle, al entrar a la iglesia, al comer y al dormir"....
     
     Todas las mañanas, hacía las once del día  cuando se desparrama a lo largo de la ciudad el hormiguero de los empleados públicos, de los empelados del comercio, y cuando salen las muchachas que trabajan en los almacenes  en modisterìas, en las imprentas, la carrera séptima y la carrera octava se animan extraordinariamente  se pueblan de caras vivaces, de ojos inquietos, de bocas de mujer, frescas, rojas, incitantes. El amor va y viene por las dos carreras famosas como una lanzadera maravillosa.
     
       Cuando el día es claro, cuando el sol es de oro, cuando el cielo es azul, las frentes, los ojos, las bocas de las mujeres que pasan parecen decir, quieras que no, a todo lo que las mira, cosas frágiles  cosas ligeras, cosas fugitivas, cosas de amor, de simpatía, de ilusión. La juventud canta su canción de primavera...
El amor que pasa hace de las suyas.

    Tiene, indudablemente, una fisonomía propia, única, esas dos carreras que son las dos arterias principales de la ciudad por donde desfila la vida de cien modos diversos y por donde pasa el amor en sus mil manifestaciones...

    Hay quienes atraviesan la carrera séptima  de extremo a extremo, a eso de las once del día  un una, dos y tres veces, solo en busca de una sorpresa, de un hallazgo, de un encuentro.

    Hay quienes van y vienen a lo largo de la carrera, entre la muchedumbre, en busca de un rostro de mujer, de una mirada de mujer, de un a sonrisa de mujer...
    
    Hay quienes pasean indolentemente, displicentemente ----soñadores, artistas, poetas quizá -- en busca de una mujer de belleza extraña, vista una sola vez, en una hora radiante  tal vez en sueños y no encontrada nunca en la vida ni en la calle.


http://colombiadeuna.blogspot.com/2011/08/
y-que-paso-en-bogota-con-el-tranvia.html
Los tranvías 
pasan atestados 
de gente. 
Van en ellos, 
a veces lindos 
rostros de mujer...


    Hay quienes se abandonan al tráfago callejero, entre las once y las doce del día  porque saben a ciencia fija que en su paseo han de encontrarse invariablemente con la mujer amada y han de cambiar una sonrisa con ella y han de sentir un saborcito de miel en los labios. 

    A las cinco de la tarde, cuando el sol empieza a ponerse dorado, dorado, dorado; cuando el cielo se hace de un azul pálido  cuando el viento sopla su canción vieja, las dos carreras famosas se animan de nuevo, toman una faz alegres, aparecen amables y pintorescas, se llenan, como a las once del día  de caras vivaces, de ojos inquietos, de bocas de mujer. frescas, rojas, incitantes.

     La muchedumbre que va y viene por la carrera séptima tiene, a esa hora, una expresión simpática  tiene un gesto penetrante, tienen un "no sè qué" peculiarísimo.

    Los tranvías pasan atestados de gente. Van en ellos, a veces, lindos rostros de mujer, La mirada acariciadora que vemos fijarse sobre alguien que está abajo, en la calle, mientras el carro azul o amarillo se para, la mirada que vemos extenderse, alargarse, es la mirada del amor, del amor que pasa...

La muchacha que vemos salir del almacén, la muchacha que ha encontrado allí de compras y que al volver  a la calle basca afanosamente con los ojos a alguien que se ha quedado fuera y cuyo encuentro de pronto la hace sonreír, nos deja ver, en medio de todo, la sonrisa clara, diáfana, sutil del amor que pasa...

la sonrisa clara, diáfana, sutil del amor que pasa...


     Y así, sucesivamente, a todas horas y en todas partes, desfila bajo nuestros ojos, bajo nuestras narices el amor con sus gestos, con sus miradas, con sus sonrisas, el amor con sus deliciosas frivolidades, con sus adorables majadería, el amor que corre, el amor que huye, el amor que vacila, el amor que pasa...

Cromos, 1 de febrero de 1919

    
   



DE LA FELICIDAD FEMENINA

Por Joaquín Quijano Mantilla



 Ilustración al romance de Joaquín Quijano Mantilla
Efraín Villamizar Uribe, "Villz
"Crónicas y Romances", julio 20 de 1960.
       En Colombia, decía un gran señor que conocía íntimamente nuestras costumbres y las extrajeras, ninguna mujer es capaz de arruinar a un hombre: es que los hombres se arruinan y nunca llegan a tenerlas satisfechas, porque las fastidian con sus imposiciones. 

       La mujer sueña con su vida tranquila, con su huerto y sus flores, con sus gallinas y con sus pájaros. Cuando viven en Chapinero o en un campo cualquiera, su ilusión mayor son las gallinas.

     Si el hombre es paciente, gozará infinito a costa de muy poco esfuerzo.

     Creo que nadie ignore este obligado trámite de la vida de hogar. Desde que se decide el viaje, la mujer principia a sentirse rica; porque, parece increíble, pero nuestras mujeres más disponen en realidad de su dinero, aun cuando sean millonarias.

    Y las cuentas son claras: cincuenta gallinas son cien huevos diarios.

   A veces tienen momentos de ilusión, en que parecen arrepentidas de sus esfuerzos, y yo recuerdo un párrafo de una carta dirigida a un amigo, que decía así:

    "Esas compañías de gallinas no resulta. Yo les di dos a las viejas de Alto, y no me entregaron sino una, y eso, con mucho trabajo. La mejor, dijeron que se la había comido el zorro. No me dieron sino doscientos huevos en seis meses y ¡ni un pollo ni nada!...En cambio, tu compañía ha sido ´para mí una felicidad, pero los hombres no saben agradecernos, y nos pagan simpre con ingratitud..."

    Como generalmente el marido es quien paga las gallinas y se las come, ellas acaban por resignarse y callan discretamente cuando algún intruso les hace las cuentas, y les dice meneando la cabeza: 

                  "Animal de pico, a nadie hace rico"  
    
"Mujeres de Argel en sus habitaciones" de Eugéne Delacroix

    Nosotros no podemos aceptar como lógico ese estado de inconsciencia que llamamos felicidad. Necesitamos recargar el motivo de pasados oropeles: lo queremos hacer conforme a  nuestro capricho, y lo que logramos es torturar a nuestras compañeras y hacernos verdaderamente empalagosos.


      "Fulana es feliz---suele decir algunos---. Tiene automóvil, pianola, gramófono  bicicleta y patea balón, como un hombre".


     Cuando la casualidad me pone al alcance de estas criaturas envidiadas, siempre las oigo lamentarse de no tener lo que desean y de no poder practicar sus gustos.

    Y es que con ellas sucede como con los niños, según la observación de un escritor; se les lleva los juguetes más caros, se les ponen los vestidos más finos, y ellos se dejan en mangas de camisa, cogen el palo de la escoba, y acaballo se sienten más felices que rodeados de esos costosos elementos que les complican sus gustos ¿, y no están de acuerdo con su imaginación.

   Hablando de esto en días pasados con un amigo muy inteligente y soñador me decía:
              
      ---- Yo me perdí en la vida de la felicidad--- Y me habló de una bellísima niña a quien durante dos años siguió por calles y plazas. Al fin un día lo determinó. Tras una semana de regalos, de flores, y miradas en las iglesias y en los parques, le fue concebida la entrada a la casa. Rebosante de dicha fue una noche.

    ----Legué---me decía---y por cualquier incidencia me quedé solo con ella. Quise decirle todo lo que sentía, pero no encontraba palabras a mi gusto. La niña, por disimula, se puso a leer El Gráfico y yo, sin saber cómo, me quedé dormido.
    
     Ignoro cuánto tiempo duraría así: solo sé que al despertar mi bella amiga cerró el periódico y dijo, arrojándose despectivamente sobre una mesa:

             ¡He tenido tiempo de leer hasta los avisos!

     Y se despidieron sin haber comprendido que la suerte les había deparado ese instante del cual no hay consecuencia, y que luego añoramos como un bien perdido. 
    
              ¿Es factible la felicidad femenina?

   Sí lo es, pero no reside como lo creemos en la veleidades vertiginosa, en las veladas en torno de una bomba de quinientas bujías, en las bicicletas y en las pianolas, ni en el patiar un balón como los hombres: ¡Basta cuatro gallinas y un huerto de flores, un marido socarrón que se deje hacer cuentos alegres, y un marrano gordo para repetírselo a las amigas entre suspiros y sonrisas!




 El  Espectador, 1 de mayo de 1920



LAS ENAMORADAS 

Por Emilia Pardo Umanña




       En este ir y venir del amor hay una aspiración que, al menos las mujeres, ponen en primera linea; el matrimonio. Es una aspiración muy digna de elogio; pero no lo es que tanto él como ella y las familias de ella y de él digan en forma unánime:
                                       
  ---Es mejor que se conozcan bien antes de casarse  El matrimonio es muy grave, dura la vida entera y....

     Y ocurre que como a las mujeres no les pasa el amor por ningún sistema conociéndolo y a los hombres sí, en cuanto se conocen bien y, precisamente por esa razón de conocerse a cabalidad, el hombre piensa que lo mejor por el momento es no casarse. Hay que ver lo que significa compartir  la vida tan larga y tan trajinada con una persona que no divierte en absoluto al partner, ni lo intriga; con una persona de la que se pueden calcular fácilmente todas las reacciones y omisiones porque se la conoce bien. Dicen los que se han casado  ---y son legión--- que el matrimonio es algo aburrido, como toda costumbre bordeada de deberes por todas partes.
   
Si ellos no se conocieran bien, es probable que al principio encontraran es nueva vida divertida. Luego a él lo empezaría a carcomer la curiosidad, la intriga, el deseo de saber bien qué piensa, qué hace, lo que siente esa mujer que es suya y de la cual no sabe a las claras ninguna de sus aspiraciones. Lentamente pararían los años y se iría formando el hogar, con él la costumbre y con ella la camaradería.

    ¿Y el amor? No basta para vivir desahogados, sin resuello, perdiendo el lino y la calma, esperando un telefonema, imaginando una carta, un suicidio, una venganza poniéndose flacas y llorando como Margarita Gauthier; no bastaría con dos meses? Creo que es de sobra.

     Se sabe que nadie es perfecto en este mundo de Dios. Al conocerse bien se conocen la imperfecciones y de la manera más normal del mundo empiezan a fastidiar. Si no se conocen sino ya dentro de una camaradería que llene una base muy sólida, los intereses creados, los hijos ¿, la forma de invertir los cuatro reales ganados con el mayor esfuerzo, nada hay que moleste. El marido diría sencillamente:
                                                                       
                   ---¡Mi mujer es así! Dejarla.
     
      En cuanto a la mujer amarla pero parece que ese es su destino sobre la tierra, y que ella ama el sufrimiento, la angustia, la duda y otras cosas del mismo estilo. Bueno: ¡por la libertad luchó Bolívar! Si ella ama no tener paz, pues que no la tenga. ¡Tampoco es posible pasarse la existencia consolando a quien no quiere consolarse porque no, y no, y no alita! Pero en viste de que las mujeres aman, dulce, lenta, resignada y apasionadamente, que los hombres puedan tratar de arreglar el mundo, cosa que no es fácil.

             ----¿Pero conocerse? ¡No! Que se casen en cuanto a lo primero: el conocimiento es cosa de poco momento, ante todo, por sobre todo, salvar la especie humana.


(El Tiempo, 28 de enero de 1954)


                                                                 

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