EL RELATOR

Recordar los periodistas que hicieron de la realidad en Colombia una relevancia escrita. Esto es una recopilación de las notas ligeras y crónicas literarias que le dieron vida a las grandes plumas, porque sabían contar de lo habitual y un poco más allá.




LOS RELOJES

Pintura de Salvador Dalí

Por Álvaro Bejarano

      Los relojes pierden el tiempo, dijo Luis Vidales en su momento cenital como poeta mayor de Colombia. Otros más hablaron de la clepsidra del tiempo. No hemos logrado entender por qué los humanos tienen semejante preocupación por el desgranar del tiempo "si con el nacer solo buscamos un sitio que la muerte no señala". 

       Aquí en las pocas veces que abrimos la radio escuchamos entre atónitos y sorprendidos que nos dicen qué hora es en diferentes ciudades del mundo como queriendo con ello conectarnos con una realidad circundante. ¿Si nuestro pueblo vive matinalmente la angustia de su vida desamparada, para qué infiernos le importa saber qué hora señala el reloj de Moscú o de Berlín?

     Es el tiempo quien nos vive y como eso es un desleírse hacia la muerte, la mejor prefiguración del tiempo es la que nos dio en sus desdoblados y desajustados relojes el gran histrión catalán que es Salvador Dalí. Los relojes del catalán universal se desgonzaban en un vano empeño de cobijar la soledad del tiempo.

       Aquellos relojes se estrechaban como la cintura de la mujeres imposibles y goteaban las horas que se iban en fuga irremisible.

     Los otros relojes que por absolutamente silenciosos fascinan nuestra visión del tiempo, son los de arena que gotean las construcción que nunca pudo consolidarse con esas arenas agarradas a la orillas de un mar que se devora el tiempo. 

    Si el tiempo valiera la pena no debería ser medido. Por ejemplo, un niño que vive su mundo elemental de ensoñación nunca sabe qué hora señalan los relojes. En ellos está la felicidad de su existencia . Los relojes se hicieron para medir las angustias, por ejemplo la del condenado a muerte que mira mientras agoniza en vida, la agónica manera de correr las manecillas del reloj.

    ¿Y para qué las manecillas? ¿Para qué sirve una mano que nunca ha de estrechar otra mano? ¿Quién inventó ese término absurdo? Sin duda alguien que entrelazó la suya con otra mano enamorada.

     Pobrecitos los relojes que no se dan cuenta que marcan la hora del amor, la hora de la amistad, la hora de la entrega, la hora de la esperanza.

     ¿Quién bautizó su ruido como el tic-tac?  Sin duda fue alguien que no escuchó jamás el vasto rumor de la sangre prisionera que clama por salir y expresar en vida, en vida que será medible. Sin lugar a dudas los relojes pierden el tiempo. Todos los tiempos fueron perdidos porque lo que realmente vive está más allá de la esclavitud de los relojes. ¿Qué le importa al enamorado saber la hora que precede al beso tierno? ¿Qué le importa a la parturienta esperanzada la hora o el minuto en que sale al mundo su tierno mamoncillo?

     Qué horror son los relojes. Son esclavistas sin látigo. Carceleros sin llave. Bedeles sin ojos. Cantores mudos. Oidores sin oídos. Los relojes pierden el tiempo.

      Por ejemplo, son las cinco de la madrugada cuando escribo esta nota. ¿Para qué me sirve el reloj? Para comprobarme que estoy esclavizado del tiempo. De un tiempo que no podré buscar como Marcel Proust, porque estoy satisfecho de haberlo perdido. Satisfaga la vida que se hizo a sí misma en amoroso enlace sin saber qué hora es. 



10 de octubre de 1974, 
Redes y vientos, Cali, Universidad del Valle, 1978.







LOS CALLOS


Tomada de El Tiempo

Por Lucas Caballero Calderón
(Klim)


    Los seres humanos y las cosas, por accidentes bautismales que escapan a su control, reciben a menudo nombres que tuercen y confunden el ánimo cuando se les juzga de oídas. Nadie, basado en el solo impacto fonético de la palabra, pensaría que la penicilina es una droga de ensalmo, sino creería, por el contrario, que es cicuta o cuando menos "miscuisca".

     Ese prejuicio se lo tenía este servidor de ustedes a esa soberbia creación de la culinaria española que se denomina los callos. Los callos ---oía decir yo--- e inmediatamente se me venía a la imaginación la figura adolorida de esas señoras de mantilla verde que van todos los días a la misma andando a saltos y que, al marchar únicamente apoyan al contrafuerte de las botas chonetas. O pensaban en don Juan Belmonte, que acortó increíblemente las distancias entre el matador y la fiera, creando una escuela revolucionaria dentro del toreo, porque se paraba en la mitad de la plaza y de allí no podía volver a moverse en toda la tarde, debido a la feroz impedimenta de los callos. 

    Un día, a título de simple curiosidad, pregunté con qué ingredientes los preparaba y en cuanto se me dijo que uno de ellos eran los garbanzos, juré no probarlos jamás. Los garbanzos caseros son como sir Luis Ignacio Andrade, que jamás se enternece ni se ablandan, y comerse un plato de ellos elaborado a domicilio ---yo lo sabía por experiencia propia--- era como comerse un puñado de botones de botas amarillas puestos a cocinar.


 Estando los callos hechos de garbanzos 
no era cosa de ir uno a correr el riesgo de reventarse, comiéndolos. 


     El garbanzo colombiano posee la dureza del diamante, y si no se le sabe mullir, que es lo que de ordinario ocurre aquí, la conserva aún hasta después de muerto y sepultado. Pasa con él, sí señores, lo que todos ustedes están pensando y de ello pueden dar fe cierta en los laboratorios: el garbanzo colombiano, sometido a los procedimientos de la culinaria vernácula, es indigerible, y después de correr toda suerte de peripecias se le reencuentra intacto, como recién cogido de la mata. Estando los callos hechos de garbanzos no era cosa de ir uno a correr el riesgo de reventarse, comiéndolos. 

     Eso pensaba yo, porque no había probado nunca antes los que preparaba don Antonio Bernadas de la Huerta, en su famosos establecimiento Barrachita. La salsa que los reboza es de relamerse y los garbanzos colombianos, nuestros garbanzos  ---que si no fuera porque los venden, se pensaría que son guijarros--- adquiere una blandura y una molicie indecibles. Ese es el secreto de don Antonio, quien para enternecerlos quizá les lea, antes de retirarlos de la olla, La María, El gran galeote o El derecho de nacer. 

      Otro grande español, el profesor don José Pratt y García, siempre me había recomendado que probara esa suculenta creación de la cocina española, sin lograr vencer jamás mis resistencias. Hoy debo darle la razón, y repetir las mismas que él empleaba para calificar los callos, poniéndose una mano encima de ellos ---me refiero a los del abdomen no a los de los pies--- y llevándose los dedos de la otra a los labios para retirarlos inmediatamente y exclamar con deleite: ri-quísi-mos, ri-quí-si-mos, riquí-si-mos, tres "vezes" ri-quí-si-mos.




El Tiempo, 7 de enero de 1954.





LAS BUENAS MANERAS, ¿QUÉ SE HICIERON?


Gabriel García Márquez, Álvaro Cepeda Samudio, Alfredo Delgado, Rafael Escalona y Alfonso Fuenmayor: el denominado Grupo de Barranquilla. foto.fuente:eltiempo.com

Por Alfonso Fuemayor


     La de aquí generalmente ha sido gente de buen humor, predispuesta, si se quiere, a la sonrisa, a la risa y hasta la carcajada, dotada de una sensibilidad casi desconcertante para descubrir, muchas veces sepultado bajo sucesivas capas de disimulo, el lado cómico de las situaciones. A eso se debe, por supuesto, la feliz circunstancias de que tanto éxito alcancen las películas de Cantiflas y que no pocos episodios de los filmes de este histrión mexicano, que roza lo genial, se hayan incorporado al mecanismo rutinario de las conversaciones, ya sean estas graves o triviales.

     Pero se advierte ciertos indicios de que esta manera de ser, que habría que considerar   como una bendición del cielo, está, para nuestro infortunio, deteriorándose, perdiéndose, extinguiéndose.  Y hay buenas razones para pensar que la ha sido nuestra idiosincrasia tradicional, si así pueden hablarse, está siendo sustituida por una gratitud beligerancia, por esa irritabilidad, por eso intolerancia que caracteriza a los "malos" de las películas de vaqueros. Nos estamos volviendo, diríase que a velocidades supersónicas, gentes de pocas pulgas.

     El buen humor más que un subproducto de la inteligencia, más bien es uno de los elementos constituidos de si esencia y de la misma cultura, por supuesto. Y no vayamos ahora a perdernos, por fuerte que sea la tentación presumiblemente estériles sobre el sentido de la palabra cultura que tantos suelen confundir con la erudición y que convoca, como a una junta de "alto turmequé", ilustrísimos nombres de la sapiencia humana. Hay gentes cultas que han leído muy poco, casi nada, y hay incultos ---muchos más de lo que suele creerse--- que en prolongadas vigilancias han devorado libros y más libros de reputada excelencia.

     La falta de humor, podría decirse con, apenas, un leve margen de error, es signo inequívoco de que las cosas no andan a satisfacción por el lado de aquellas células grises de las que hablaba Hércules Porot. A eso se debe, y se diría que está más allá de toda duda, que se considere como una de las diferencias entre la criatura que fue hecha a imagen y semejante de Dios y los animales que apestan en los zoológicos o merodean en las selvas, en que estos son incapaces de reír. Rabelais, el padre del rey de los Dipsodas y de otras divertidas criaturas, dijo muy claro y lo dijo para siempre, dirigiendose a sus semejantes: "Reíd, reíd, pues la risa es propia del hombre".

     De qué manera se les ha agrietado el carácter a los que conducen automóviles. Tienen el insulto a flor de labio cuando sucede algo que no es de su agrado, así se trate de una nimiedad casi imperceptible. Entonces los de nuestros de todos los calibres, manejados como una implacable artillería, sino un simple roce que alguna huella deja en la carrocería, allí mismo surgen sin cortapisa, sin inhibiciones, con todos sus fierros, el mismo dios de la guerra.

     Acérquese usted, teniendo bien asimilada la urbanidad de Carreño a una oficina pública en solicitud de una información, o a indignar por un dato, inclusive, a pagar un gravamen o a comprar una de las tantas estampillas que el Estado exige y no le dará crédito a sus ojos ni a sus oídos, por el empelado correspondiente, es recibido con buenas maneras.

    Su alguien le hace ver al empleado que los repele sin atenuantes que se le está dispensando no tratamiento indebido, el servidor público se muestra aún más exacerbado y sabiendo que disfruta de una protección, de un padrinazgo que lo hace una movible, se limita a decir con jactancias altanería:

          ---Quéjese.Hágame botar. A ver si puede....

     En alguna parte Ortega y Gasset dijo que España, su patria, era "un país con dolor de muelas". Por el permanente mal humor de que se hacen gala tantos y tantos barranquilleros, podría decirse, parodiando a don Pepe, que ésta es una ciudad con dolor de muelas.


Tomado de la Revista Huellas, Universidad del Norte (Nos. 63 al 66)







HISTORIA DE UN ESTORNUDO




Por Germán Arciniegas



    Como de costumbre, bajé a la oficina del director. Fui a pedirle órdenes. Me coloqué delante de su escritorio y adopté mi actitud de todos los días: un cincuenta por ciento circunspecto, un cincuenta por ciento regocijado. 

     —Buenos días, doctor. ¿Tiene material? 
      —No... No he visto nada. ¿Usted qué tiene? 

    El cruzó la pierna izquierda, trenzó las manos sobre la nuca, hizo girar suavemente la silla y, echándose de espaldas hacia atrás, se quedó mirándome. ¿Qué tenía yo? He debido decirle: un estornudo. Aquello hubiera sido imbécil, pero era exacto. Yo no tenía sino un estornudo en perspectiva. Me hacía cosquillas bailándome en los pelos de la nariz. Metí rápidamente la mano en el bolsillo del pantalón y apreté el pañuelo.  Aquello debería ser obra de un instante, pero ¡nada! El estornudo estaba ahí, pero no se resolvía.  El director me miraba.  El no comprendió. Bajó las manos a los brazos de la silla, tomó luego un lápiz, se inclinó sobre el escritorio y trazó, distraído, posiblemente fastidiado, unas palabras. Yo estaba confundido. Dije dos o tres frases y salí atortolado. Tomé las escaleras que conducen al tercer piso, llegué al vestíbulo y no entré a mi oficina. Había que terminar con «aquello». Yo lo sentía vivo. Ahí estaba. Me seguía haciendo cosquillas adentro de la nariz, pero ¡nada! 

    Empecé a pasearme por el vestíbulo. Caminaba con la cabeza inclinada, lo mismo que hacen los sabios cuando tienen algo grande en el magín. El equívoco era perfecto, porque yo tengo una cabeza en forma de huevo, y así son muchas cabezas de gente que piensa. ¡Qué diablos! Lo único que yo tenía en el fondo de mi conciencia era un estornudo. Si alguien me hubiera visto, hubiera dicho: Es un filósofo. Así es la vida: cualquiera confunde la filosofía con un catarro. Yo respiraba fuerte. Absorbía aire con violencia, pensando: si le doy una ayuda se resuelve. El airecillo del vestíbulo entraba a la nariz, revoloteaba, pero no coincidía. No daba en el punto. ¿No habéis observado cómo, en los estornudos, todo consiste en dar con el punto? Lo mismo que en filosofía, lo mismo que en política. Pero el airecillo entra mal, se va por donde no es, no se deja conducir. De pronto, como que parecía que ya. Yo sacaba el pañuelo, hacía los movimientos previos a la descarga, pero ¡nada! 

    Todo era para mí inexplicable. Sentí varias veces un frío como de mentol que creí fuese un aviso, y no lo fue. Contuve la respiración, y nada. Resolví olvidarme de todo. Entré a mi oficina. Pensé: «Ya se fue, ya se irá, si no se ha ido». Me indigné al recordar el aire o de sabiduría o de idiotismo con que me estaba paseando. Por qué será, me decía, que... 

     —Schásss! 

  ¡Qué pena, Dios mío! Dispénseme usted, lector. Fue algo repentino. Yo ya estaba escribiendo, tranquilo, resuelto. ¡Quién iba a esperarlo! ¡Quién jamás a contenerlo! Así le debió pasar a Arquímedes cuando encontró el tornillo que le faltaba. Así a Newton con la manzana. Etcétera. 


Tomado de 
Diario de un peatón
1936. Columna Glosario Nacional




DICCIONARIO DE SÁBADO



Por José Joaquín Jiménez

IMPIOS. Pollos que no pían. Débese ello a ciertas maleaduras que sufren cuando no son animales, sino huevos. Ejemplo:
 “Ay, aquestos gallos míos
se vuelan de mis corrales.
Semejantes animales
con plumas, y tan impíos!
                                                Salomón Gallo”.
TALENTO. Lo que no anda o está funcionando lentamente.
PANDO. Clase de pan musical, muy usado por los antiguos asirios. La fécula se adobaba con algunas substancias misteriosas, que producían la nota do.
FECULA. Fe que no sirve para nada.
OBISPO. Macho de avispa.
ATRIO. Modo, manera, método de cantar, producir, hablar o actuar tres personas. Ejemplo:
“Don Luis de Socabarrás
ganó la justa de Satrio;
él valía por dos, o más!
Diole victorias el atrio.
                                        Juen de Tibillete”.
CONVIDADO. Voquible formado de con, vid y dado. Era esta una fiesta en que, luego de gustar manjares, se libaba el vino y se jugaban dados. Convidados fueron todos los banquetes de Nabucodonosor; como también los de Baltasar.
MANDAMIENTO. Del inglés man; del castellano da; del español miento; inflexión de mentir. Hombre que da mentiras.
ALABAR. De ala interjección convidadora y bar, nombre de los expendios de licores. Quiere decir, hijo, vamos a tomarnos un trago. Ejemplo:
“Mi compadre Luis Matute
cuando sale del lugar,
diez mil pecados embute
y luego, torna a alabar.
                                        Michea Hunprhinus”
OBESO. Alternativa de besar.
MANTECO. Del inglés man, hombre, y de Teca, población mexicana. Ciudadano mexicano oriundo de Teca.
MANDABA. Nombre de un dios egipcio, compuesto de man, hombre en inglés y daba, inflexión de dar. Era el dios que daba hombres para las batallas. A él eran muy devotos los faraones que construyeron las pirámides.
SALUD. De sal, cloruro de sodio y ud. contracción de usted. Invitación a que usted coma sal. Ejemplo:
“A las vacas de mi aprisco
las llevaré hacia el Talmud...
Imítelas usted, pisco, engorde y coma salud!
                                                                             Guzmán de Alfandoque”
CACIQUES. Cosa que casi es, pero con mala ortografía.
IDOLOS. Término marino usado por los cartógrafos de la Edad Media, que antecedieron a los grandes descubrimientos. Los cuales pintaban en sus cartas olas y olos, y les agregaban, para ahorrarse el trabajo, la partícula latina id. (ibídem).
CONSUELO. Lo que tiene suelo y puede dar afincamiento.
COSTIPA. Cos que dan las tipas, o mejor dicho, las indias de cierta curiosa tribu del Caquetá. Son muy ladinas. Ejemplo:
“El noble Zaquenzazipa
se enamoró de Blangaza
mas perdió toda la masa
pues la dama era costipa.
                                            Juan de Catalanos”.
AMENAZAS. Asas de donde se colgaban los amantes en los templos antiguos.
MUCURA. Vaca curandera usada por los indios Matipanchotes, que, como es sabido, eran grandes pastores. Al mu de la vaca, curaban los gusanos de las reses.
REBAÑOS. Cosas que tienen dos o más baños.
APOSTOLES. Tipos que apuestan entre sí. El pueblo, para castigarlos, los ha esdrujulizado.
RINCON. Cosa que tiene rin. Rueda de automóvil. Ejemplo:
“Tiene Roberto un camión
de modelo interesante;
no marcha nunca adelante
y se para en el rincón.
                                      Jesús Ford”
TONELADAS. Toneles que usaban las hadas para guardar las aguas con las cuales se aseaban y bañaban.
PIRAMIDE. Medida de pira.
NOVEDAD. El hombre que no ve las dades. Las dades son cinco, a saber: adad, edad, idad, odad y udad. Iguales a las letras vocales de nuestro alfabeto.
CALCULO. Cal que se coloca en parte vergonzosa.
CALCULAR. Untar la cal en la misma parte.
CALMOSA. La cal recién nacida o moza aún. Ejemplo:
“Veredes don Juan, veredes
que la chica de Hinojosa
tiene rudas las paredes
aunque parezca calmosa.
                                           Pedro de Zigüenza”
VERDAD. Quien ve la dad; lo cual es mucho ver.
SALCHICHA. Chicha con sal. La tomaban los indios parapujodecontes.
MANCEBO. Del inglés man, (hombre) y de sebo, grasa. Hombres que eran de pura grasa. Ejemplo:
“Mandó el teniente Pedraza
darle garrote al tunebo;
mas no se topó la traza,
pues era puro mancebo.
                                          Diego de Higuerilla”.
PARPADOS. Par de pados muy usados, que se les adjudican a dos personas.
MARCHITADO. Mar a quien los dioses hicieron silenciar. La biblia nos habla del mar muerto.
SEDIENTA. Invitación que los dientes les hacen a las muelas. Entre las piezas de la boca también hay sus temblorcitos. Ejemplo:
“De modo fenomenal
el colmillo toma afrenta
de la siniestra cordal
que no quiso ser sedienta.
                                                 Luis Mamaviejos”.
PARTICULAR. Parte que queda en la espalda, un tanto abajo de la cintura.
SERAFIN. Angel final.
PANTALON. Pan que se comía por los talones. Ejemplo:
“Era Manuela María
dama de gran corazón
pues tan sólo pantalón
daba su panadería
                                 Lope del Trigo”.
MISERIAS. Las cosas serias de uno mismo.
LASCERIAS. Las cosas serias de los demás.

Sábado. 12 de agosto de 1944. Columna Babel del Día.




El CEMENTERIO DE LOS AUTOMÓVILES


Por Héctor Rojas Herazo

   Alli ---en uno de esos solares donde antes hubo una casa con alcobas, con ventanas, con llantos y risas de niños, con llamados de mujeres al medio día--- está el cementerio de los automóviles. Es un trozo solitario entre la apretura de los edificios. Un sitio hueco y verde que podemos mirar por las anchas heridas de una puerta de madera. Las hierbas y las plantas  crecen con furia, con hambre de seguir viviendo. Y entre ellas, como grandes animales oxidados, están los automóviles muertos. Grotescos esqueletos que se desintegran cada día bajo el sol y la lluvia. Allí, entre el zumbido de un viento que no tiene voces que deshacer ni cabelleras que empujar, aparecen los grandes cráneos metálicos, los potentes costillares, los trozos de parabrisas como flecos de una carne podrida. Ya no hay faroles en aquellas órbitas descuajadas. 

    La luz se ha ido para siempre de aquellos trozos de vidrio que semejan pupilas destrozadas, baba visual conquistadas por el orín y la mugre. Las yerbas, bravas, furiosas, se meten por los carcomidos guardafangos, aposentan sus semillas en los entresijos de los motores, arañan, como garras hambrientas, los flacos derrotados. Estos automóviles han venido a morir a un sitio concreto de la tierra como los elefantes. Ha dejar sus huesos, a derramar el último aceite de sus vísceras mecánicas en este hueco de la ciudad, ese charquito, ese poco de ocre humedad que tiñe las hiervas bajo sus corpachones, fue su última saliva. Ahora es un poco de materia, algo negruzco, que el viento ha de deludir finalmente convertido en hollín. 

    Estos automóviles muertos, son tal vez lo más muerto que hay en toda la ciudad. Estos son los animales urbanos, las bestias de la nueva civilización mecánica. Han sido vida, velocidad, alarido entre las avenidas. Se han untado de hombre, de olor de hombre para el placer, para la destrucción, para la locura y el orden. Ellos han rugido ---jóvenes, gozos--- entre la hirviente selva citadina. Tuvieron lustrosos lomos. Amamantaron, sedientos, en los pezones de los puestos de petróleo. Gozaron, en suma, de una vida que los venía de hombre. Fueron hechura del hombre para vivir y morir. Y ahora están aquí  ---criaturas de la muerte--- entre desperdicios y hociqueados por las fauses de la herrumbre. 

    Mirándonos los pobresitos automóviles, con su cuencas vacías. Suplicándonos, casi, un responso para sus inocentes alamas de gasolina. Tal vez perdidos en un purgatorio de tornillos y alicates donde no hay ángeles justicieros que viste de overol.  Con sus tripas de caucho, con sus encías de cuero. Resistiendo, en un solar abandonado, el empuje del tiempo. Del tiempo que parece viento y hacer rodar, en torno de sus cadáveres yodados, calderetas vacías, trozos de periódicos que flotan súbitamente como aves de rapiña sobre el señuelo de sus carroñas metálicas.


Tomado de  Diario de Colombia, "Telón de  fondo", 27 de septiembre de 1954.

Fotografías tomadas de :http://www.motorpasion.com 






Gwyneth and Blythe by Annie


DECADENCIA DE LAS SUEGRAS

Por Álvaro Cepeda Samudio



   Las suegras están definitivamente en decadencia. Ante el asombro y complacencia de los hombres, las suegras se han ido convirtiendo en un animal perfectamente domesticable.


    Las suegras han sido, desde que nuestra madre Eva casó a su primera hija hasta que el campesino en Bohemia logró "enchiquerar" a la suya, el principal enemigo del hombre. Y se tienen fundadas sospechas de que cuando el Padre Astete redujo a tres los enemigos del hombre y no concluyó entre ellos a las suegras, demostró que un hombre que no es casado no está en capacidad para dogmatizar sobre estas cuestiones.

    Las suegras son el blanco preferido para los insultos que el iracundo marido suele lanzar cuando encuentra alguna falla definitiva en su compañera. Verbigracia, cuando descubre que su flamante señora baila muy bien el boogui-boogui pero desconoce los más elementales fundamentos de esa ciencia base de la felicidad conyugal que es la culinaria.

    Sobre las suegras, como sobre las loras, es el objeto que más ha servido para hacer chistes. Y los maridos son, precisamente, las personas que más gozan con esta clase de chistes, de loras y de suegras.

Tomado de: http://iscisa-misfotografias.blogspot.com
    Pero, a pesar de todo lo que se ha dicho y escrito contra las suegras, todavía no ha salido a la luz el libro fundamental que las catalogue y clasifique con lujo de detalles. Se ha dicho que una suegra no se diferencia en nada de otras suegra. Que proceden exactamente igual todas las suegrasdel mundo, así sea en el centro de África, o en la plácida Bohemia. Y parece que el cable ha dado la razón a los que así lo afirman.

    La metamorfosis de las suegras es, sin duda, el punto más interesante y que más asombra a las que han sufrido. Así como no hay ninguna diferencia entre una suegra y otra, no hay ningún punto de contacto entre una suegra en potencia y una suegra en acto.

    Las suegras en potencia, aquellas que tienen una media docena de hijas por colocar, son la amabilidad y zalamería personificadas. Los "buenos partidos", es decir, aquellos ciudadanos que por infinidad de razones son malísimos "cuartos", constituyen la más visible debilidad de las suegras potenciales. No bien un "buen partido" se insinúa cuando ya la futura suegra le ha hecho sacar el más cómodo de los mecedores, arregla discretamente la iluminación de la sala, de manera que cierto rincón se conserve en penumbra , da instrucciones a todos en la casa para que no se moleste a la pareja, y , sin falta, todas las noches hay algo que brindarle al futuro yerno.  Aunque sean unas almibaradas conservitas de leche que son, según las palabras de la señora, un anticipo al sabor de la vida conyugal de los futuros.

    Pero a medida  que el cristiano se va metiendo debajo del yugo, la dulce señora comienza a apretar. Y cuando está definitivamente "cazado", la suegra da el viraje. Se acaba la penumbra, comienza las interrupciones continuas y, un poquito antes de las diez, los ruidos más sospechosos y variados empiezan a oírse en la casa. Y de las conservitas no se diga.

   Y cuando la suegra recibe sobre su satisfecha humanidad toda la epístola de san Pablo, entonces es cuando entra en el reino de los odios imperecederos de los hombres.

   Pero hasta ahora las suegras habían conservado ese carácter amenazante de autoridad suprema y única en el hogar de las hijas. Y el símbolo de una suegra era un león de alborotada melena y gesto feroz  Pero resulta que un simple y sencillo campesino de Bohemia, que ni siquiera ha merecido el honor de ser nombrado, logró reducir a su suegra a los estrechos e incómodos límites de un chiquero y hacerle llevar por más de un mes vida "cochina". Esta hazaña, indudablemente una de las más grandes de los últimos tiempos, marca con seguros caracteres la decadencia de las suegras. En más de un hogar ¡, al leer la noticia, hubo hoy el irrealizable deseo de imitar al campesino de Bohemia.


Tomado de Antología, Bogotá, Concultura, 1977.







EN LA MUERTE DEL MAESTRO
Tomado del www.elporvenir.com.mx

Por Hector Rojas Herazo

     Agustín Lara es de esos hombres que "salen" de repente. Cuando menos lo esperamos. Ante un muelle, bajo un claro de luna, acodados a una ventana. De repente Agustín Lara. Como si fuera dueño de lo que memoramos. Y lo es, de veras. Es el dueño de los más puro e irresistible de nosotros. Hablo nuestra cursilería. De la buena, de la de abajo, de la que está escondida entre las vísceras, entre la sangre. Hablo de esa cursilería que se vuelve retrato y suspiros y toses nunca olvidables. Y tíos mostachudos, con pantalones arrugados y una mano puesta, al desgaire, sobre un florero canilludo. Sí, de ese Angustín Lara pequeño, de color de tierra con mantequilla  de voz menesterosa y ademanes de moribundo.

Tomado del  www.elporvenir.com.mx
      Durante toda su vida nos habló con lentitud, sin esperanza. Con una tristeza que le venía de los huesos, de la irreparable fealdad, de esa vida comida poco a poco entre cabareteras hediondas a pachulí. Tenía duende el maestro. Un duende deshilachado y obsesivo. Y cuando ponía sus manos sobre el piano ---unas manos falcas, apenas con su rugoso tegumento, puros tendones y falanges donde la muerte había lamido con anticipación y paciencia---- lo hacía como el dipsómano que acaricia una botella llena de licor. Se tomaba su tiempo aquel hombre disecado en su propia sensiblería. Después, salían de su boca aquellas noches manchadas, aquellos largos hilos de sangre que enhebran labios adúlteros, espejos cruzados por peyendas iracundad, largas avenidas donde la soledad desplegaba sus pendobes de luto. Y su voz nos hablaba , también de días secretos, de cartas que nunca pudieron ser escritas, de palabras duras y hambrientas, que jamás encontrarían ni unos labios ni una oportunidad de revelarse. Entonces Agustín Lara no era un oír. Era un padecer. Un quedarse, quieto y hondo, con el cigarrillo entre los dedos y la copa, ya vacía, girando como unaestrella olvidada en nuestras manos.

      Esto lo digo cuando muerto. Que cuando vivo, ya era un poco la muerte. Lo que la vida nos hunde en el recuerdo cuando ya empezamos a momorar nuestros propio fantasma. Y una canción. Un dura y filuda canción de Agustín Lara, que llega y se aleja con monorritmo de ola. Que no acaba nunca y que ningún sitio ha tenido comienzo.


Tomado de Señales y garabatos del habitante, Concultura, s.f





DIVAGACIÓN DEL OPTIMISTA
"enfermos de libros", su autor es Carl Spitzweg (1808-1825)

Por José Umaña Bernal


   Para las dolencias del espíritu  puede ser la enfermedad una terapéutica excelente. La enfermedad aceptable. Sentida, resentida y consentida. Y mejor, si es el suave quebranto crónico, que impone la cotidiana cautela, y libra de sorpresa orgánicas.

   Bogotá es el sitio ideal para estar enfermo. El paisaje, ---cielo alto, árboles escuetos y aire limpio--- es un paisaje de convaleciente y la convalecencia es otro modo de estar enfermo; un suplemento de la enfermedad.

    También a mí, hace tiempo que me ocurre muchas cosas; por ejemplo, estar enfermo con apaciguadora periodicidad. Cultivo una leve  enfermedad de confianza, que, como amiga fiel, me acompañó toda la vida, me libró, hasta la hora, de la enfermedad desconocida, y me lleva de la mano,  por mundos y trasmundos, en un régimen de cautelosa prudencia. Es la dolencia coloquial, la enfermedad de cabecera. Viene conmigo de muchos años atrás; y le debo deliciosas angustias, y discretas compensaciones de amor y de amistad. Sería injusto, y poco elegante, quejarme. Y yo creo todavía en la sintaxis, y en la compostura interior que es la sintaxis del espíritu. 

    Puedo, a través de ese quebranto (funcional, según los médicos), hacer el cuadro clínico de una vida. Cada crisis marca un recuerdo y una imagen ausente: primavera gloriosas, cálido estío  y ahora prolongado otoño; ya con los picos nevados del invierno en torno. Y siempre en el espíritu las inevitables intermitencias, el pulso desbocado, como en el verso de Darío:    

Potro sin freno se lanzó mi instinto,
mi juventud montó potro sin freno,
iba embriagada, y con puñal al cinto.
si no cayó fue porque Dios es bueno.

HENRI DE TOULOUSE-LAUTREC:
“Dans le lit (en la cama)", 1893
    Los nervios siempre en permanente ducha escocesa. Lo que los médicos llaman "desórdenes no estructurales".  Que me libraron del derrumbe fisológico, a través de una vida libre, errante y pródiga.  Como el bastón nudoso, en la noche de los trenes, y en la madrugada de los barcos. Sin romper la arquitectura exterior, ni el eje de la conciencia. Hasta en la algazara de la política fue oportuna la angustia cordial. Su rauda punzada cortó en seco la calmante oratoria, y sofrenó el entusiasmo. El ángel guardián de la enfermedad sin remedio.

    Hay, para mí, dos experiencias extraordinarias: viajar y estar enfermo. Cada una a su tiempo. ( Opiniones personales, que son las únicas opiniones con buena conciencia). Formas de desplazamiento, de escapismo, de huir de los demás, y refugiarnos en nosotros mismos.  El wanderlust auténtico; la enfermedad congenial. La quieta esencia de la soledad; viajar enfermarnos  y morirnos solos.  La enfermedad es un viaje sin rumbo; y el viaje una dolencia orgánica.  Hay que vivirlos ambos con madurez y lentitud. Solo en la mitad del camino de la vida se aprenda a viajar y a estar enfermo. Deleitarnos en la noche de insomnio  bajo la lámpara amortiguada, entre el aroma de los sedantes y el brillos helado de las jeringas. O hacer la travesía de los barcos entre la niebla, la manta sobre las piernas, el libro que no leemos, y la pipa extinguida. Viajar y estar enfermo con moderación. "Hay que se virtuoso con moderación", decía Montaige.

    También estar enfermo es como entrar a ejercicios espirituales. Y prepararse para una confesión general. La autoconfesión para el arrepentimiento. Eso fue la obra, y el mundo maravilloso de Marcel Proust. Y Virginia Woolf quería que alguien escribiera la novela de la influencia, el poema épico de la congestión cerebral, y el lamento lírico de la deshidratación progresiva.

CHARLES CONDER: “Día de vacaciones en Mentone”, c.1888 
   Siento una repugnancia invencible por las gentes con cédula permanente de buena salud. Me parece la expresión exacta de la estupidez. Y no comprendo cómo no se ha escrito todavía la tesis académica sobre las relaciones entre la enfermedad y la inteligencia. No se enferma el que quiere, sino el que puede. Y el que sabe estar enfermo. Los demás ignoran la enfermedad. En estas cosas no hay honoris causa.

  Escribir enfermo es una deleite; y una experiencia temeraria. Hasta un resfriado nos pone más cerca de la muerte. Una gota de sangre mal conducida por el túnel de las venas, y a lo mejor nos despertamos con la escolta de arcángeles de cabellos dorados y arpas de luna. Solo que , antes, el mal nos conduce a la infancia. " Escribo para ser fiel al niño que fui", decía Bernanos. Y don Miguel de Unamuco: " No sé cómo puede vivir quien no lleve a flor de alma los recuerdos de su niñez". Y Rilke, en el castillo de la muerte, recorre solitario, en sus últimas cartas, todos los caminos de la infancia. La enfermedad es la infancia recobrada. Esas cosas no se explican. Pero se sienten. Y hay que dejarlas para las páginas del diario. Que se escribe siempre y no se publica nunca.


Tomado de Carnets, Bogotá, Concultura, 1976.




LA TIENDA

"Señoras gordas" Frenando Botero
Por Eduardo Zalamea Borda
(¿)
Sobre un "tercio" de papa, en la tienda, están sus cien kilos de gelatinosas grasa vestidas de zarazas profusas. Los ojuelos de indígenas  que quisieran ser maliciosos pero no pueden dejar de ser crueles, siguen los movimientos de los contertulios que la rodean. Varones son todos, en su mayoría "obreros del trasporte". Esa es su corte suburbana. Todos, como si se tratara de un rito, levantan rítmicamente las botellas de cerveza que se vacían casi de un solo golpe de codo, en sus honrados gargueros cantados por Baudelaire, que no estaba pensando solo en el trabajador de Francia cuando lo celebraba en el acto de beber su vino.

La conversación es interrumpida por las carcajadas de los presentes, con excepción de ella, la singular figura de reina bárbara, que apenas permite sonreír y formular alguna observación   ---que todos celebran--- sobre el último accidente de "El Zipa" Efrín Forero. El radiorreceptor parece, como nunca, en la penumbra de la tienda que huele a cerveza derramada, a cigarrillos baratos, a orines, a sudor,  ---aromas todos que forman el incienso que sube hasta la Gorda, esa Gordota del cuento inolvidable de José de la Cuedra--- un artefacto mágico, por cuyo intermedio se comunica el "piache", el hechicero, con sus fieles.

Estampa de actualidad, se deshace entre un poco de humo y unas sonrisas en tanto ebrias cuando ella, pasándose el dorso de la mano derecho por los abultados labios para limpiarse la espuma de la cerveza y disimular un regüeldo, con sus doscientas libras de gelatinosas carnes en movimiento, da la señal de partida. Hasta la próxima "etapa". Hasta mañana.


Intermedio, "La ciudad y el mundo", El Espectador, 15 de enero de 1954.




TANGO

Por Eduardo Caballero Calderón

(Swann)

"Valparaíso"- Chile 1963. Sergio Larraín
La última vez que vi bailar un tango arrabalero fue en una taberna de La Boca, cerca al Riachuelo y no lejos de Quinquela Martín el gran pintor argentino. Todo a media luz como en una letra de tango. Un galán y una pebeta fané y descangayada como como en otro tango, con medias de seda igual que en otro y a semejanza de otro ante una cumparsita de bacanes. Por más señas era antes de la Segunda Guerra Mundial, con el melancólico recuerdo de la Primera en cinco medallas que por cierto héroes le legó la patria a la vieja Italia que entró con un golpe de viento helado, a la media noche, para anunciar la " quinta" de "Crítica" o la  " primera" de "Cabildo".  Y tengo que confesar que me barrenaba las entrañas aquella música nostálgica y melancólica y ese baile entre gimnástico y erótico, lo mismo que el fervor y la violencia desenfrenada del galán ante la sujeción de la hembra, pues era una hembra antes que una mujer, cuando los dos se trenzaban y se desenlazaban siempre cogidos de la mano para no dejarse caer del todo, cada uno, en el sueño o en la realidad.


En aquella atmósfera cargada de humo de tabaco, impregnada de olor a lujuria y a sudor, en la penumbra de veladoras y pantallas y arrullado por el lamento del bandoneón, percibía muchas  cosas; en primer lugar la nostalgia del inmigrante que dejó su Toscana, su Sicilia, su Umbría, su Nápoles, su Roma, del otro lado del mar.  O que en la pampa inmensa, barrida por el pampero, no encuentra sus montañas gallegas que bordean la ría ni el chirrido de la carreta que carga uva al lagar a las orillas del rió Tuy, en segundo lugar percibía allá en lo hondo de esos gañanes que cerraban los ojos al salir a bailar, el tormento de la soledad que silba en los oídos cuando el gaucho, acostado sobre el pescuezo del cabello, se dispara hacia el horizonte queriendo huir de recuerdos que lleva en ancas y de los cuales no se puede librar. 


Sin titulo, Buenos Aires. 1950. Sameer Makarius.
Ecos de música serranas y lejanas que entrechocan como bolas de billar en la planicie interminable. Más que un espectáculo para los demás , pensaba yo mientras apuraba a largos sorbos mi vaso de vino, el tango es un espectáculo interior, intransferible  solo para el galán que ahora, rabioso, hace girar a la mujer como una peonza con la punta de los dedos.  Y para ese hombre que baila y para los bebedores de la mesa del rincón que están cebando un mate mientras descansan del aguardiente y del vino, yo soy los demás, el que está demás, el extraño y el forastero. Aun cuando todos, menos yo, se sientan forasteros y extraños en esta tierra americana que también es suya auqnue sea en otra donde dejaron hincados, como espuelas en los ijares del cabello, sus recuerdos y su nostalgia.

En el exterior  de los acordeones, la queja de los violines las lágrimas que los acordes derraman sobre el piano  la música del tango era la agonía no solo del Viejo Mundo en el Nuevo, de una Europa que saltó el mar para caer en la grupa de un potro todavía cerrero, sino de una época en que todos creíamos al mundo demasiado ancho y no ajeno, cuando criollos e inmigrantes, nativos o forasteros, con el vino en la mesa soñábamos en la mujer inalcanzable y en lo que encontraríamos o en lo que habíamos dejado al otro lado del mar.



Tomado  de Lecturas Dominicales, 29 de junio de 1975.


LOS BANDOLEROS
1899. Conservadores y liberales preparándose para el banquete de la guerra

Por Juan Cristóbal Martínez

(Juancé Martinéz)

No se explica uno por qué razón la prensa colombiana acepta para los bandoleros las denominaciones políticas que ellos quieren darse con el objeto de amparar sus fechorías.

Jamás vemos  en los diarios que cuando se da cuenta del robo de una custodia, se diga que ocho conservadores o seis liberales entraron a la iglesia en Florida o Girón y se llevaron la preciosas joya.

Pero en cambio pueden cometerse los más horrendos asesinatos, los asaltos más cobardes y los abusos más incalificable y a nadie le da vergüenza con su partido cobijar a esos bandoleros con el título de conservadores o liberales.

El día en que ellos no cuenten con ese amparo, pasarán a ser simplemente lo que deben ser: criminales vulgares, a quienes se aplica la sanción penal sin contemplaciones.

Esa es sencillamente la causa eficiente para que no haya podido acabarse con el bandolerismo en Colombia.  

La guerra de los mil días. Banco de la República
Mientras esas gentes depravadas y sin ley ni Dios tengan la seguridad de verse tratadas en los respectivos periódicos como funcionarios públicos de una colectividad respetable que no siente vergüenza en prestarle su sombra para que se amparen, no se acabará el bandolerismo, entre otras cosas, porque hay mucha diferencia entre el que honradamente tiene que ganarse trescientos cincuenta pesos al mes, levantándose temprano, concurriendo a la oficina y echando pluma durante ocho o nueve horas, y el que con un asaltado audaz y en una noche oscura, se hace a un capital que no hubiera ganado en diez años de trabajo honrado.

En las reminiscencias de José María Cordoves Moure se hace referencia a un ingenuo bogotano víctima del bandolerismo que azotó la Sabana a mediados del siglo pasado, y quien al ser preguntado sobre el particular decía: " Veinte guerrilleros conservadores y veinte guerrilleros liberales son cuarenta ladrones".

Y al se interrogados sobre quiénes eran peores o mejores, afirmaba: "Los guerrilleros conservadores son algo asesinos y muy ladrones, y los guerrilleros liberales son algo ladrones y muy asesinos..."


Tomado de Quince minutos de intermedio, 1935  



LOS INCASABLES 
Pieter y David Oyens

Por Libardo Parra Toro 
(Tartarín Moreira y Dr. Barrabás)


Es tropa. Es escuadrón. Es casi una plaga en esta tierra el número de los tipos incasables, de los solterones que ya empiezan a desinflarse por los cachetes y a quienes se les ven venir los años por boca y nariz.

¡Y las mujeres que se dan casa tropezón por cada uno de estos abuelos fracasados!

Y ellos como si nada.

Por que ahora están las mujeres que se agarran de la primer pretina que se les ponga a tiro, como el naúfrago a la primera tabla de barril que pase sobre una ola. Van y viene lanzando unas miradas de tatabra convaleciente, como pidiendo socorro, en un grito que se deshace en la angustia de sus ojos, de esos ojos medio cenizos que ya empiezan sitiar profundas arrugas en donde el polvo ser mete por trimestres vencidos.

Y ellos, como si nada.

Oyens
Vesjestorios, que aún sueñan con paseítos, a la luz de la luna, miraditas al sesgo, sesión se patines y five tee o cloks, resistiéndose al empuje de los almanaques, a la manera de esas mulas  sartas que no quieren pasar de la puerta en donde se les picó caña durante veinte meses. Cuarentones pasteurizados que no han pensado nunca en el devenir tristísimo de la soledad absoluta, en el crepúsculo de la vida... (¡Upa!)

Pero cada uno hace de sí lo que se le da la gana, y ellos están en su derecho de envejecer, de sentir que se les afloja las rodillas, de que al levantarse dan un pujido y al mirarse al espejo parecen cepillos viejos con pelos diseminados alrededor de los mofletes escurridos.  Están en su derecho y bien pueden esperar los sesenta sin haber incurrido en la debilidad de estrenar botines y "chimenea" para ir de brazo al tramojo femenino ante un sacerdote que los descabelles con la fatal epístola. 

Y puede que hasta tengan un poquito de razón.

¡Pero que no patinen!

A esa edad cualquier movimiento fuerte es peligroso, y yo he visto en el Rialto a más de cuatro ancianos ( vulgo solterones) bregando por adquirir elegancia, sacando a flote un magaltrio más flojo que una enjalma vieja, exponiéndose en cualquier caída a un par de coronas y un tejemaneje en la Agencia Mondragón. En el Rialto los he visto haciendo nucas a las muchachas de catorce, dando la impresión de un abuelito complaciente que sale a rodar con la nieta, y los he visto en sus casas (por docenas) repantingados en los butacones elegantes, adormecidos como esos perros viejos apestados de chanda, con un mechón de canas sobre la frente rugosa.

Oyens
Les parece que esos "cuarenta y nueve tan bien conservados" les van a durar toda la vida, y que a los ochenta todavía hay por allí una vieja que quiera cargar con ellos.

Y se equivocan.

A ninguna mujer le gusta un marido todo desbaratado, lleno de pestes, con la nuca plegada y las narices chorriadas a toda hora.

Un marido que se está quejando de reumatismo y que confunde un arrebol con una nube para echarle mano al paraguas; un marido que no más se duerme abre tamaña boca y empieza a emitir unos ronquidos de marrana madre.

Que no se estén creyendo.

Está bien que no se caen. Bastarían dos circunstancias para no resolverse al negocio. La Empresas Públicas Municipales y la sirvienta. Eso es suficiente para hacer fruncir a cualquiera, para hacerlo "mamar" si acaso está comprometido. Y todo esto sin contar la traílla de chismosos que siguen la vida ajena, con el exclusivo objeto de lanzar al mercado de los malévolos la última invención de sus mentes pervertidas. No se había visto gente más "marrana", más insolente y más estúpida para hacer chismes que la de esta tierra de las múltiples congregaciones pías.

Y los solterones son los más veteranos del chisme.

Pero el día se les llegará de la soledad absoluta, para desquite de nosotros los perfectamente casados. El día de levantarse arrastrando las tiras de los calzoncillos, tosiendo y frunciéndose por detrás a cada pujido, tocando una rapsodia con las alpargatas con acompañamiento de estornudos secos traqueteantes, de esos que acaban en un prolongado y ronco quejido. El día de encontrarme con la camisa sin botones, unas medias con la punta como de carey, el sombrero lleno de polvo y la cobija oliendo a revolcada de mico.

 Porque ya es sabido que no hay solterón maduro que se preocupe del aseo, no por falta de dinero, que a veces son hasta ricos, sino por falta de una mujer. Hay que ver las lidias para sacarse una igual de un jarrete, con las barrigazadas de hipopótamo que se manejan algunos. Y hay que verlos por la mañana, quejándose de gota, con las dos patas delanteras como las de un elefante, sin una compañera que les ayude a lidiarse las novedades.

 En fin. Si con este careo no entran, que pierdan la esperanza esas otras candidatas a dormir eternamente solas, y hasta algunas mocosillas que irían de buen agrado al pie de la viciaría con uno de estos "quedados", tan sólo por el gusto de seguir la corriente. La corriente de casarse con cualquiera, pero que sea asunto de "ya".

Porque eso tienen las ganas de casarse. Que les da a todas y a toda hora, y el pequeño arquero que adornan los tocadores mandan sus flechas hacia los cuatro puntos cardinales.


El Bateo, 23 de mayo de 1928.
  





OTRA VEZ EL TRANVÍA

http://www.alfonsoespinel.com/2008/09/bogotanos-del-47.html
Por Ricardo Uribe Escobar

No me explico porqué motivos ---viejo desconfiado--- me dejé llevar del entusiasmo en la otra semana al hablar del tranvía. Me parece que por allá en abril o junio había dicho yo sin recato mis sentimientos de viejo práctico,  a propósito de la llegada de los rieles al Parque de Berrío. Después el otro día, cuando estrené mis posaderas en uno de los caracoles eléctricos, me enloqué completamente y quise convertir en aeroplano el tranvía, es decir, ponerlo por la nubes, deslumbrando con la bonitura de los vagones y con algún contacto esférico femenino que me tocó en suerte esa ocasión y del que no había querido acusarme, porque no está bien que las personas serias hablemos de esas cosas.

Pues ayer tarde volví a hacer la gracia. Había subido yo a Buenos Aires a dar un paseo y se me antojó bajar arrastrado. Esperé la máquina en una esquina por más de media hora. Llegó al fin, alcé la mano izquierda, para que lo pararan, me acerqué y de pronto me vi empujando y estrujando y tirado sobre uno de los asientos, porque cuando yo trataba de subir, diez o doce muchachos y cuatro o cinco hombrones se precipitaron a la portezuela, y sin pagar siquiera, casi por sobre mi cadáver, se metieron al carro, sin que el conductor hubiera tenido tiempo de cobrar, ni de imponer el orden, ni de hacer sus devoluciones en la máquina registradora. Ya colmados los ánimos, tomó camino el aparato; pero a las dos cuadras se detuvo porque dizque el colega que subía tenía que cambiar primero, no sé dónde. Cansados de aguardar, a los cincuenta minutos nos bajamos todos los pasajeros y nos vinimos en el caballito del Señor, que es el único que no se resiste, ni hace cambios, ni pone función.

Cuando el Ferrocarril de Amagá hacía sus primera salidas, venía por la carrilera una mañana,  tropezando por con los polines, una pobre vieja con un racimo de plátanos a la cabeza. Uno de los pasajeros, compadecido, en una de las frecuentes paradas que hacía antes los trenes de esa línea, le dijo a la viejecita:

----Súbase, mi señora, que yo le pago el tiquete.
----Dios se lo pague, mi amo, pero es que voy de afán --- le contestó la vieja.

Diciembre 7 de 1921


Tomado del Almanaque de don Alfonso Ballesteros, 1983.




De como comienza y termina una acuarela del caricaturista Ricardo Rendón en palabras de Barba Jacob

INTERMEZZO CÓMICO


Por Porfirio Barba Jacob


Todavía un poco más en vaga relación con los animales, Ricardo Rendón, el prodigioso dibujante colombiano de flamígera inteligente---y que se mató por propia mano, como José Asunción Silva y por causas análogas---, pintó una vez una acuarela en que figura como protagonista un jumento flaco, flaco, tal como si saliera de un versículo de Kempis. El animal se halla en su pesebre sin un bocado de paja, meneando con pereza el rabo escueto para espantar las moscas, y parece casi bostezar ....de hambre y de murria.

Y entonces aparece sobre el muro, en un fastuosa iluminación de sol vespertino, el mozo el establo, un mozo rubicundo que lleva una brazada de pienso verde, verde, para dárselo al animalito como sustento de ese día.

El jumento, al ver el pienso, mueve la cabeza con un ritmo, con una manera tan llena de expresión, que uno adivina, o columbra ya que va a pasar algo.

Los único que pasa es que Rendón, al terminar su punzante acuarela, pone al pie esta leyenda, que sintetiza el alma instantánea del poder animal:

                                                             ¿Pienso? ¡Luego existo!

Últimas noticias, 5 de mayo de 1936


¿Usted puede decirme cómo es su casa?

EL ESPÍRITU HURAÑO DE LA CASA
"Cortertulios del café victoria"  1933. Adolfo Samper Bernal
Eduardo Zalamea Borda, Leon de Greiff, Jose Vicente Combariza (Jose Mar) y Alberto Lleras Camargo .
Por José Vicente Combariza

     Dicen los periódicos de la mañana que la inundación de ayer descubrió da los ojos de las gentes callejeras todas esas cosas dulces que hay en la casa del hombre municipal, del buen hombre que tiene su hogar, su sabroso hueco donde  puede calzar las pantuflas y sumirse en un silencio cariñoso. Una cara descubierta, ofrecida como un vientre abierto a la mirada de los extraños, da la idea de una horrible profanación.

No es posible concebir las innumerables y modestas cosas que constituyen la amada fisionomía de la casa fuera de su sitio habitual. Es un rincón insustituible donde la respuesta cómoda revela toda su personalidad de señora ordenada que les teme a los ladrones. La cama acogedora no tiene para nosotros su alma materna sino en el sitio de penumbra que un día, cuando hicimos el trasteo turbados como unos emigrados, le escogimos con el mismo cuidado que ponemos al elegir en la visita el lugar para la silla de nuestra madre vieja y enferma. 

Si una mañana para mejor hacer el aseo del comedor la gruñona sirvienta casa al patio los asientos y la mesa desnuda del mantel, tenemos la impresión de un acto injusto y nos parece, mirando a través de los vidrios, por encima de las soperas rechonchas, que ese alegre cuartico, el más frágil y ruidoso de la casa, no es el mismo donde todos los días tomamos el caliente desayuno y pensamos en nuestras graves cosas de nosotros.

Yo tengo del hogar una noción antisocial, egoísta y feudalista. Me encierro en él con lo que es mío, entrañablemente mío, lleno de un inefable sentimiento de clausura y de soledad, y me siento profundamente libre dentro de esta prisión, única cosa tranquila sobre esta loca bola del mundo. Cuando cierro tras de mí el portón y pierdo la odiosas visión de la calle con sus ruidos y sus gentes, me parece que he roto heroicamente todas mis relaciones gregarias y recuperando una dignidad apacible y triunfante. Y si un visitante viola mi aislamiento, sus "buenos días" me dan la impresión de un grito de guerra que yo recojo en lo posible de mi ser y devuelvo con mis ojos huraños, con mi grávido silencio, fuente de emoción en la suave soledad, coraza magnífica ante el enemigo.

Dentro de la casa el enemigo es el extraño que llega de la calle, con su criterio ciudadano, su grasa social, su terca cortesía y se sienta en nuestras sillas familiares, contempla los retratos de los nuestros y mira nuestras flores que ha cuidado, con a sus manos blancas, nuestra amada mujer.

Sé que la hospitalidad fue una virtud de gran eficacia en otos tiempos, cuando no había nacido la industria de los hoteles; pero pienso que hoy no tiene razón de ser, y que sólo a base de una buena hospitalidad al visitante se puede sentir lo que es la casa, vivir el hogar, saborear este ambiente grato de las cosas que uno, y sólo uno, ve en las horas domésticas, cuando nos desprendemos de la guerra pública. Un hombre hospitalario es probablemente un héroe sublime, o un estúpido que no entiende el maravilloso don de la soledad, o un depravado que ha perdido la aptitud para la libertad.

No, no es bueno ni humano ceder, ofrecer, prostituir en el comportamiento este rincón del mundo donde uno ama y descansa , este pequeño cofre lleno de cosas queridas cuyo oculto sentido ningún extraño puede comprender. Guardemos nuestro refugio caliente y cerrémoslo al mundo grosero, porque en él somos amados y solitarios.


El Espectador, 25 de abril de 1925.
Tomado de La obra literaria de José Mar, 1994.




¿Qué significa la pipa para Alberto Lleras? ¿Qué hay de inusual escribirle a esa pipa viajera, impregnada de culturas, historias y un toque de vanidad?
Eso se lo dirá esta nota ligera


MI PIPA
Paul cezanne "fumatore di pipa"
Por Alberto Lleras Camargo

   Aquí, larga, sin sinuosidades, porque es mi pipa aristocráticamente recta, la veo extendida sobre mi mesa. Yo quiero mi pipa. Y la quiero por su forma, por su humo, por su color. Lo único que, a pesar de quererla tanto, no me despierta ningún sentimiento de posesión. No.

   La miro durante un cuarto de hora, durante media hora, como tonto, estúpidamente. Junto a ella, en la mesa está abierto el cajoncito de tabaco. Pero no quiero poseerla. Tomarla, mascarla, chupar su humo amargo, de un olor penetrante, todo eso son profanaciones que no quiero hacer a mi pipa, la pipa del humo azulado y sutil.

  La pipa me sirve de espectáculo profundo, la magia de mi pipa, la sabiduría sádica de viajar.

   Coloco mi pipa en la mesa, como está ahora. Hasta mí debe llegar el olor penetrante, seco, enérgico, del tabaco apagado. La imagen de la pipa va borrándose, esfumándose. Solo queda a mis ojos idiotas el agujero siniestro, negro, enorme, Y por ese agujero surge, como de una gárgola maravillosa, una teoría feérica de paisajes, de vidas, de hombres que no hay de cosas que no existen, que no serán nunca.

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   De esta manera he estado en Bagdad, y en Esquís, la ciudad rosa de los mil elefamtes azules. Y en Sikah, la de las estatuas, y en Abarah-ahzim, la de los dromedarios.

   ¡Oh! ¡Abaraah-ahzim!... Sobre un fondo de nieve se veían grotescamente maravillosas las cupulillas de los dromedarios. 

   Las pipas tienen la misión humana de evocar. No se han hecho para cometer en ellas el acto de echar dentro un poco de tabaco, ni el acto vulgar de prenderlo, ni el acto grosero de chupar un humo áspero, como un antiguo ron tropical.

   Conocí aquel matemático  absurdamente insentimental. No sentía. No se emocionaba sino antes los encerados hostiles, en los cuales habíia logrado convertir al mundo en una gran cifra. Y a aquel hombre lo he visto con los ojos húmedos, azulados, llenos de ensueño, ante una pipa vulgar, retorcida, de madera ordinaria.

      ----Me siento un lobo de mar, me decía... Y sus ojos soñaban.

   La pipa da además al hombre un aspecto hosco de masculinidad. Nuestras mujeres no quieren que el hombre fume pipa. Pero suponeos si las mujeres de la tundra, de ojos oblicuos, o las de los ojos grises de la Bretaña, podrían comprender el amor, sin ese tubo impregnado de humo, acre, salino, enérgico.

   Eso es la pipa. ¿Y mi pipa? Eso es otra cosa. Es única. Porque cada día me voy por entre su agujero oscuro hacia lejos, hacia Bagdad, y hacia Esquís, la de los elefantes azules y a Sikah, la de las estatuas y a Abarah- ahzím, la de los dromedarios. Y porque me hace ver el efecto grotescamente maravilloso de las cupulillas de los dromedarios sobre la nieve.


Cromos, 4 de abril de 1925.



LOS HOMBRES DE LA CARRILERA

Por Calos Torres Durán

Estos hombres rudo, sencillos, astrosos, que reparan aquí y allá, a tarde y a mañana, los daños que ocurren en la carrilera del tranvía, siempre que los veo inclinados sobre los rieles, escarbando la tierra, amontonándola y dominándola con palas y picas, me dan una lección humilde lucha, de trabajo, de constancia, y me recuerdan la dura verdad de que se necesitan muchos esfuerzos para que "las cosas anden sobre rieles".

En la media noche, cuando uno regresa a la casa, del teatro o del cine, cuando el corazón va cansado y el sueño se va subiendo poco a poco a los ojos, cuando se va soñando quizás en que la vida es buena, el encuentro con estos hombres que en la Plaza de Bolívar  o más acá o más allá, trabajan inclinados sobre la tierra negra, lo vuelve a uno a la realidad, a la terrible realidad de la vida y de las cosas, y pasa uno junto a ellos, tocándolas, rozándolas consigo una impresión punzante  casi dolorosa.

Forman estos hombres que reparar la carrilera un cuadro, confuso, en la media noche, en pleno corazón de la ciudad, mientras las gentes se escurren por ese calles en busca de sus lechos, mientras las horas se desgranan con una lentitud mortal, y arriba, en el azul nocturno, tiembla impasible el oro viejo de las estrellas.

Yo los he visto en la noche de hoy. He pasado junto a ellos y me he quedado en silencio, mirándolos largo rato, me han dado una sensación casi montaraz. Me han hecho pensar en las cuadrillas de trabajadores que he visto muchas veces al borde de los caminos, en tierras distantes, en montañas lejanas, con palas y picas, inclinados sobre el surco oscuro.

Me han dado estos hombres que reparan la carrilera en altas horas de la noche la impresión de un pequeño hormiguero humano, que labrara su propia cueva en actitud humilde, laboriosas, inquietante....

Cromos, 5 de noviembre de 1919.



EL ELOGIO DEL ZAPATO 
Por Luis Tejada

   Una de las pocas diversiones delicadas que puede proporcionarse el ciudadano de está metrópolis triste, es la de recorre por las noches las calles centrales viendo los escaparates de los almacenes de lujo;  hay algo alucinante y delicioso en la contemplación de todas esas cosas luminosas, ricas y puras, que aparecen detrás de las vitrinas ofreciéndose al viandante; aun el alma más sería y adusta de varón se vuelve un poco femenina ante una camisa de seda o ante uno de ese frágiles bibelotes de escritorio, el pisapapel fantástico o la decorada pantalla.

   Pero, a todos los escaparates, yo prefiero los de los almacenes de zapatos. El zapato, sobre todo el zapato bien hecho de mujer, es un adminículo singularmente espiritual, lleno advierte en él ya la potencia del ritmo, la virtud del movimiento posible.

harpo.blogcindario.com
 Es indudable que el zapato perfecciona el pie; el pie desnudo es torpe y feo; el zapato lo agiliza y lo embellece;  porque no es el pie el que conduce el zapato, sino el zapato el que rige y entona los movimientos del pie y le da pureza de línea y aristocracia compostura. 

   Un tipo de hombre perfecto, fuerte y delicado, bello y sencillo, solo viene a dar en el mundo por la selección oscura y constante de razas milenarias; el zapato perfecto es también un flor de selección,  el resultado último de una larga y laboriosa revolución industrial en que se ha ido acumulando la experiencia consecutiva de innumerables obreros; y en virtud de esa revolución progresiva, el zapato ha llegado a construir lo que es hoy:  esa entidad sutil, pura y armoniosa, llena de inteligencia y de agilidad.

    Por eso en los pueblos nuevos, que no poseen aún aristocracias de ningún clase, es imposible que se construyan zapatos aceptables; hasta dentro de doscientos años, más o menos, no logramos producir nosotros un zapato perfecto.

   Y no es una de nuestras menores desdichas, esa esa de que lo más bellos y lo más emocionante que podemos ver en nuestras ciudades, unos piecesillos criollos bien calzados, se lo debemos al extranjero, como el arte y como las ideas.


El Espectador, 7 de julio de 1922.




UNA HORA MÁS
Por Armando Solano


Fotografía de Estefania Almonacid Velosa. "Amanecer"
   Parece que hará buen camino el proyecto de adelantar los relojes en una hora u hora y media. A mí me gusta la cosa, porque hoy se está perdiendo en parte lo único que todavía podemos perder: la luz del sol. Si nos levantamos más temprano, aunque sea con la luz eléctrica  siempre lograremos de vez en cuando, si no llueve, contemplar el despertar de la ciudad, el amanecer de la Sabana, que es un maravilloso, dulce y tranquilizador espectáculo, desconocido casi por todos los habitantes de Bogotá. 

No sé de nada tan suave, tan infantil, tan puro, como esa pálida neblina cuyos copos, empujados por el viento, se van disolviendo poco apoco sobre la serenidad de las colinas. Vale bien la pena salirse de la cama para asomarse desde una ventana a mirar la mañana que se despereza con la inocente voluptuosidad de un niño. La única dificultad que se me ocurre con respecto al avance matinal, es la de la misa de cinco, institución raizal si la hubo, que merece todo respeto y que contribuye a darle a Bogotá su fisonomía  Es posible que la misa de tres y media de la mañana resulta un poco fuerte, un poco pesada. Y si la dicen a la misma hora, cuando ya todo el mundo está levantando, pierde todo su encanto romántico, todo su airecillo pecaminoso y confidencial.

Fotografía de Estefania Almonacid "Atardecer"
     En cuanto a la tarde, encuentro más serio el asunto. Se dice, con la mejor intención, que si los trabajadores salen de sus oficinas a las tres de la tarde, podrán gozar un oficio fecundo, pasear distraerse, instruirse. Mentira piadosa y optimista mentira. ¿Pasear por dónde, si no tenemos paseos? ¿Distraerse con qué, si no tenemos distracciones sanas y accesibles al pueblo? ¿Instruirse cómo, si carecemos de medios de instrucción popular? No hay parques adecuados para que la gente se pierda en ellos, coma sobre la hierba y vea jugar a sus chiquillos. Además, los trabajadores no se atreverían a proceder así, por timidez, por miedo, por vergüenza de su traje y de sus modales. No hay más diversión que el cine carismático  generalmente malo, embrutecedor y corruptor. Cuando llega, como ahora sucede, una buena cinta, hay prensa que la difama. Aparte de eso el precio de las entradas suelen ser prohibitivo. 

Para instruir al pueblo no tenemos museos, no tenemos monumentos ni obras de arte de esas que en las capitales cultas son una enseñanza elocuente, que graban en la mente infantil, en la mente popular, una indeleble lección de historia o de belleza. Los trabajadores se aburrirían horriblemente, con su hora a cuestas. No sabrías cómo colocarla. Durante esos minutos alcanzaría a medrar mucho mal pensamiento. Para mí, el avance de la hora oficial, sería, por tal aspecto, una grabe amenaza. Y no concibió que lo salude con alegría sino quien tenga interés directo o indirecto en el negocio sombrío de los licores fermentados. Porque las familias trabajadoras caerían en masa para matar el tiempo, la famosa hora sobrante, a las chicherías. De tres a siete, por lo menos, estarían allá consumiendo su salario devengado, comprometiendo el futuro, envenenándose  degradándose, asesinándose, todo, antes que ir a devorar su tedio en las míseras covachas donde viven. 

http://ciberimaginalia.blogspot.com/2010_02_01_archive.html

Porque, cosa sorprendente, pero que es preciso aceptar inmediatamente que se comienza un ligero estudio del problema de la habitación, ese es mucho más agudo en la capital de la República que en las de provincia, que en las aldeas y en los campos. Diríase que siendo eso así, la hora que les obsequiamos a los trabajadores les serviría precisamente para huir de la casa. Pero aparte de que esa fuga es un mal, por cuanto deja en abandono a la mujer y a los hijos, vuelve a surgir el fantasma de la chicha, el fantasma lívido del veneno con que el  Estado no solo imprevisor sino suicida, mata al hombre, al ciudadano, al productor y al contribuyente. Prefiero mil veces al obrero encerrado en la fabrica, absorbiendo toda suerte de gases deletéreos, que no libre, pero también encerrado en la chichería, que es el hogar de casi todas las desventuras nacionales. 

http://byricardomarcenaroi.blogspot.com/2011/04/
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  ¿Y la clase media, nuestra clase media, que muere de pobreza, de abulia, de autoconocimiento y de indoctrinarismo, qué hará con su hora? Indudablemente para ella podría ser más provechosa. Ella tiene, o tuvo, preparación, contactos y vinculaciones. Pero ese fin, mal puede alcanzarse con este hosco espíritu que nos individualista que nos adorna. Habría que asociarse, habría que cooperar en centros de educación y de limpio esparcimiento para la adquisición de nociones que todavía pueden salvar a esa clase numerosa, que se asfixia entre la doble presión de los capitalistas y de los obreros manuales. Pero no será así. Una hora más de murmuración, de chistes y de trago barato. ¿Para qué?

    Sin embargo, el avance de la hora oficial se hará probablemente porque parece el único proyecto viable para la celebración del centenario.

Glosas y ensayos, 1923-1945. Concultura







VEGETARIANOS DE CAMAMA

Por Julio Vives Guerra




   

Lo del vegetarianismo me parece una filfa, una guasa, una tomadura de pelo.

Fotografía tomada por Estefania Almonacid. En el centro de Bogotá
        No hagan ustedes caso de los apóstoles del vegetarianismo, o como se llame el hecho de alimentarse uno con yerba y cogollo, que es, en suma la teoría vegetariana.

     Esos propagandistas llegan al comedor de un hotel y piden vegetales á grito pelado, no se los comen, sino que á furto, se los echan al bolsillo, y luégo van á sus casas y se ponen redondos como cuarteleros, a fuerza de bisteques.

        Todas estás sapientísimas reflexiones me las sugieren la lectura de este suelto, que copio de una revista madrileña:

        "Para conmemorar el sexto aniversario de su fundación, celebró un banquete la sociedad Vegetariana Española. Solo se comieron vegetales. Hubo elocuentes brindis".

        Hasta aquí, lindo aquello; pero como el vino viene de las uvas, y las uvas, estén ó no verdes, son vegetales, el alzón que los socios se arrimarían debió de ser digno de Alejando Magno, quien, aunque no vegetarianizó, se amarraba cada magna que temblaba Macedonia.

         Para cuando funden aquí una sociedad vegetariana, ya me imagino el menú del primer banquete:

          Sopa de plátanos- Caldo de yucas-Arracachas en Sopa- Caldo de papas, Plátanos en caldo-Sopa de yucas-Caldo de arracacha- Sopa de papas. etc.

        Así, variadito, para que los socios no se aburran, y el que se aburra es por desigente.

       Nose tocará piano, porque las teclas son de marfil, y el marfil es animal, sin perjucio de que pueda serlo el pianista.
  
      Todo con mucha escrupulosidad, porque, ó es uno vegetariano ó no lo es.

Fotografía tomada por Estefania Almonacid 
     ¡Los discursos! 
     Aquello será de alquilar balcones:

       "Señores----dirá el Presidente cuanto vegetariano, ----nos hemos reunido como lo granos de una mazorca, en torno de esta mesa de pintado fino, para comernos sobre limpio mantel de algodón, este suculento banquete preparado por una cocinera que, maguer animal, por lo flaca puede asimilarse á una caña mecida por el viento.

      ¡Ah, queridos cuanto vegetarianos colegas! Ved aquí la papa, cuyo redondo vientre semeja uno de esos astros que en las noches alumbra los cereales; contemplad esos plátanos, que, como el caudoso huésped de Halley, son cometas del cielo vegetariano; admirad esas yucas, pituita castísima de las gripas de Ceres; ¡extasiáos ante ese arroz, vía láctea de la frugalidad!....

     ¿Y qué es vegetariano, señores? ¡Ah! Un hombre que, después de madura papayas, digo, de maduras reflexiones, torna á la senda florecida en donde el verde de la yerba,  el amarillo del plátano y el morado de la arracacha, forman como los colores de la bamndera vegetariana, y... y..."

     Aquí el orador se le atraviesa en el garguero  un palo de yuca, y tose en medio de repetidos aplausos.

      ¿Los vegetarianos? ¡Bah! 
     
       Por ahí anda don Ciriaco, un Tolstoy del vegetarianismo, quien siempre que me ve, me da la gran lata catequizándome.

       El otro sía tópeme con él, de manos á boca, sin que pudiera yo sacarle dos lances y salir por los pies.

        ----¿Qué hay?----me gritó---. ¿Siempre carnívoro?
        ----Se hace lo que se puede, contéstele.
        ----Hombre, deje la carne.
        ----Más bien dejo el demonio.
        ----Nó, Le digo que deje de alimentarse de carne. No hay como el método vegetariano. Vea cómo estoy yo.

        Efectivamente, don Ciriaco usa unas sotabarbas nerónicas.

       Le pregunté:
      ----¿Cómerá usted chicharrones, mantequilla, huevos, pescados; beberá leche, en reemplazo de la carne?
              -----Nada. Vegetales y solo vegetales, como decía no recuerdo si Balaán O Hamlet.
             -----Debió ser la burra, que fue vegetarian por parte de madre....¿De modo que usted se hubiera muerto de hambre, siendo Noé?
              -----No, eh. ----Porque me supongo que habría vegetales en el Arca.

             Sí, ya había Ciriaco me lanzó una mirada tan olímpica, como desde la cumbre de un saco de maíz, y se alejó, cuan vegetariano es.

              Anoche le vi al llegar al Hotel América.

          ----Sírvame una comuda, gritó, en la cual no entra mimgún animal.
      -----Don Cririaco, ledijo el mozo humildemente, es que tengo que servirla yo.
       -----Por supuesto, y andando.
        -----Es que como usted dice que no entre ningún animal....

         Traé la comida vegetariana, pronto.

http://www3.eltiempo.com/100/separatas/
         El mozo, que no ha oído en jamás de los jamases esa palabreja, sirvió la comida de costumbre. Don Cririaco se hizo el distraído, y chuletas van, mocillas vienen, gallinas corren y pollos vuelan.

       -----¿Y eso es vegetarianismo?  Le pregunté á D. Ciriaco, entrando de repente.

         Me miró, se puso rojo de la tupa, tosió, empuñó un galápago de gallina y respondió con voz unciosa: 
                
    -----Fue que....fue que....¿Pero no se acuerda que estamos en cuaresma? Hoy es viernes y....
      ----¿Y qué?
   -----Pues que ustedes ayunan con carne, y nosotros los vegetarianos ayunamos lo vegetales.

             Aquello era tan lógico, que me dejó perfectamente edificado.
  
              Fíense ustedes de los vegetarianos.
             A lo mejor son capaces de comerse una oreja.


Volanderas y tal, Medellín , Imprenta Departamental, 1911.



ESAS CALLES
Por Clímaco Soto Borda

http://www.banrepcultural.org/node/9888
 ...por la estrechez de nuestras pobres calles, de ribete llenas  de postes y de obstáculos, de asfaltados que más bien parecen  emboladas de a peso, cuando se aglomera la gente, como en  Semana Santa, vamos como sardinas atomatadas,  
amontonados a millares, sudando a chuzos, dándonos de codazos, echando piches...   DEL  TRANVÍA AL TRASMILENIO.
     
El Código Penal, decía el doctor Murillo Toro, es un perro que no muerde sino a los de ruana. 
Pero sea por eso, o porque vaya mucha gente de frac que se le ve la ruana, se respeta más ese Código de lo que se respetan otros.
El Código de Policía, por ejemplo, es un infeliz a quien trata todo el mundo a patadas. Pero aquí no está todo el mal: ya sabemos que el hombre es rebelde, que el buey muje y el perro es fiel, pero la perra no. Lo malo está en que las autoridades no hacen respetar, ni por pienso, las disposiciones policiales. Esos artículos, siempre que no sean los agresivos artículos que extraen los impuestos adheridos a la mandíbula, siempre que no hieran y den de golpes, se quedan escritos, acurrucados en los libros y acaban con aquello de Hamlet: palabras... palabras... palabras...
—¿Y qué? ¿Y todo esto a qué viene?— Señor... Sobran botones para muestra. Pero va un solo tema. Desenrosquémoslo.      Nuestros primeros padres americanos —chapetones, criollos o lo que quieran—, aunque Lope de Vega, el Fénix de los ingenios, predijo algo, no se imaginaron, no se soñaron ni en pesadilla, cuando tiraban sus cordeles para trazar estas calles santafereñas, que un día lejano, el progreso, orgulloso y graznante, vendría a esponjarse y a abrir las alas como un pisco que marcha!
http://www.universocentro.com/NUMERO34/TranviaLigero.aspx
         
         No soñaron ellos, nuestros tataradueños, tan ufanos con su litera, tan campantes con la carroza del Virrey, que tuvo que ser como un carro mortuorio que conducía la libertad, no pensaron en que algún día habría de venir la locomoción crepitante y violenta gritando como gritan los niños en sus juegos: campo y anchura que ahí va la hermosura.
http://historybogota.blogcindario.com/2010/02/00001-
la-bogota-de-antes.html
   Jamás! No soñaron con el tranvía de mulas, pobres pero honradas. En el altivo, aplastante y despampanante tranvía eléctrico, que no respeta ni a su madre la carrilera, que grita como un desaforado y que tiene tanto de ancho como de largo. En el volador cupé, con su tronco fogoso que se encabrita en cada esquina. En el landó episcopal y grave, con sus personajes dentro y la pareja piafadora que se bebe los vientos. En el destartalado bialocho cargado de estudiantes, que va como un ratón por esos asfaltados. En la victoria que conduce a un político en derrota. En la carreta, con la valet de pied con su colosal porse y que como una flecha, lleva dos pájaros al nido. En la tartana o la manuela, con su postillón “ebrio de un vino luminoso”, en el coche presidencial que va y viene con al vaivén de la política. Ellos, que andaban a paso de tortuga, no pudieron, en fin soñarse jamás ese animal ruedípero que llamamos el automóvil. El auto, esa fiera de rompe y rasga que no tiene cuentas con nadie, sino con el que lo queda debiendo, con su olorcillo gasolinesco, de alquilar narices, con sus apretujados viajeros, con su chofer que desparpaja y que atropella como un cobrador de empréstitos, con sus llantos que causan llanto silencioso, con su feroz trompa y con su trompete estridente, esa tromba que así salva inverosímiles distancias, como no salva a nadie en sus inverosímiles catástrofes. Nuestros conquistadores vinieron de Centauros, de aquí su triunfo, por el terror del indio, mas no soñaron esos hombres con el trotón normando, carne de cadetes y spormen, que anda como un quebrado, saltando matones y sacudiendo a su agarradísimo jinete como si le hubieran recetado algún masaje auricular o a paso de Pedrera.
    Nada de esto soñaron los que adelantaban nuestra Santafé religiosa, y demarcaban esas calles y esos callejones tortuosos, apretados, sombríos y tenebrosos como cantados por Zorrilla. Tenían estrechez de miras y de calles. Nuestros centros nerviosos son puros varienetos, como escapador de la ciudad ciega de Granada. Nuestra tan espantable calle real, por ejemplo, no tiene de real ni los tres cuartillos. Un atorón en Arrancaplumas, el rendez vous de lo flamante, lo amante, lo noticioso, lo contentivo administrativo, donde se barajan el chiste con lo serio, la bohemia rica con el pobre dólar, donde la hermosura se sonroja ante los del corrillo y la pindonja ríe sin vergüenza con el piropo del truhán, un atascamiento en semejante esquina, es la muerte.
     Imaginaos. Un tranvía de mulas descarrilado, tres detrás atascados; dos eléctricos, uno que va y otro que viene. Un coche parado, dos autos en un grito... un trasteo, una silla de mano con su respectivo viejo barbudo; el carro-eminencia de la energía eléctrica; un acreedor a la bayoneta, otro en lontananza; un cura a quien hay que darle la acera, por aquello del concordato, una gran dama e hijas idem idem... el doctor Pacheco; el General Tarascón. Otro acreedor fuerte del sexo débil; dos pereques de horca y cuchillo, y por último, señor mío Jesucristo!... la novia! el horror de la novia! Va con suegra, y todo una vieja madre. ... En fin, que por la estrechez de nuestras pobres calles, de ribete llenas de postes y de obstáculos, de asfaltados que más bien parecen emboladas de a peso, cuando se aglomera la gente, como en Semana Santa, vamos como sardinas atomatadas, amontonados a millares, sudando a chuzos, dándonos de codazos, echando piches y sin saber en ese cul de sac... tal como iremos los miles de candidatos minoristas que no vamos a caber ni en el Congreso ni siquiera en la nona. Con los que hemos lanzado basta y esos deben salir.
El desfile militar del 20 de Julio pasa frente al Parque Santander,
sobre la Calle Real (ca.1910). 
Justo Pastor Velásquez
   Todas esas divagaciones, valga la verdad, ni conducen a nada ni le importan a usted un comino. Pero no. Para mí conducen a refrescar a los lectores un caso doloroso, trágico, que mana lágrimas y que pide misericordia. De Santa Bárbara a Las Cruces la vía es tortuosa como un tahur, estrecha como el cerebro de un ministro. En uno de estos días Santos, y tan Santos, una madre amantísima, en una tienda de esa calle, flagelaba, daba como una bestia los cinco mil y más azotes a su hija, ternezuela niña de ocho años. Un instante la pobre rapaza se zafa de los crueles, inicuos, inmisericordes latigazos de la flageladora, y perseguida a golpes huye ciega y llena de espanto. Y es fatalmente ese el momento preciso y pavoroso, el momento que crispa, en que un desatentado eléctrico atraviesa como un relámpago. La niña, cogida entre un monstruo de carne y hueso y un monstruo de acero, es hecha trizas, despedazada entre los rieles.
    Omito comentarios acerca de esa madre, infeliz presa de su ferocidad y su cultura, para pensar en esa adolescente muerta, víctima de las dulces caricias maternales y del dulce y cauteloso correr de los eléctricos.
   Correr, dije. El tiempo también corre y esta pluma ya va corriendo mucho. Hasta luego, señores.     
      
El Espectador, 13 de abril de 1915.

EL GOZQUE MORIBUNDO


Por José Asunción Silva  


Fotografía de Estefania A
   Está el cielo de un color blanco sucio. Cae con ligeras intermitencias una lluvia finísima que no moja pero que irrita la piel en los puntos en la toca, ni más ni menos que un  pinchazo de agua sutilísima. En medio de la calle sobre el polvo ligeramente humedecido está un perro gris en las convulsiones que padecen y determinan la muerte de un organismo envenenado con nuez vómica. El animal no se queja. La poca vida que le resta parece concentrada en los ojos sobre los cuales no pasa la sombra de la muerte sino el brillo siniestro de la tortura. Las piernas se encogen y se estiran sin ritmo, y a veces vibran como un trozo de madera fijo por una extremidad. El jadeo es rápido, los movimientos del pecho revelan ansiedad suprema. 

           La gente va pasando, sin mirar al moribundo. Solo dos chicos se paran a contemplar la escena como si fueran artistas. Uno de ellos tras corta observación se agacha  a coger polvo humedecido y se lo tira por manotadas en los ojos y entre la boca abierta a la bestia moribunda; el otro sin preliminares ningunos contraviene las leyes de policía y salubridad derramando sobre la piel del enemigo indefenso un líquido transparente, color de oro que se evapora a medida que va cayendo. En los ojos de estas criatura s se ve el gusto cruel del animal inerte que encontrará un enemigo formidable en incapacidad de hacer daño. El odio recogido por la lucha de la niñez merodeadora contra los guardianes de la propiedad, se ve en aquellas figuritas mugrientas medio desnudas. 

        Un struggleforlífero recostado en la verja de hierro bronceado de un chalet delicioso, contempla la escena con serenidad de emperador romano. El vestido gris se destaca sobre el color de la verja, y por entre los barrotes de esta se alcanzan a ver las palmas de Australia, los helechos arborescentes  las parásitas de palidez enfermiza  que oscilan en sus tiestos suspendidos de alambres delgados  ya las ramas aterciopeladas de la capuchina que van escalando los muros color ladrillo, y matizando lo verde con lenguas de fuego. Pasa un coche rápidamente y unas señoritas que están cerca dan gritos de espanto porque van a despedazar al perro y les va a mostrar sangre. Se cubren el rostro, buscan donde esconderse, siquiera sea las unas detrás de las otras, confundidas, piadosas, llenas de lástima para con el que sufre. El coche para y suben en él ára asistir a las  corridas de toros.

El Telegrama, en 1891

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