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Mostrando entradas de junio, 2016

Despedida para Mercedes

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María Mercedes se salió de la fiesta, con un portazo como siempre, y yo sigo buscándola. Fue este último viernes, hacia el amanecer. Tenía 58 años, una hija, cuatro o cinco libros de poemas, un pasado repleto de cicatrices y fantasmas, deudas y amoríos pendientes. Se lamentaba de estar sobregirada en afectos y en bancos, pero tenía dos casas: el empinado apartamento de La Macarena, que pagó por cuotas, y la solariega casa de José Presunción Silva, que se tomó a la brava y manejaba como si fuera suya.
Tenía miedo, estaba sola, se sentía triste y se había vuelto pendenciera. Había sido bella como toda mujer que se desea, pero estaba entregada a la amargura de envejecer con rabia en un país de locos insensibles que cierran los ojos y se taponan con cera los oídos, como Ulises, el amante que no escuchó su ruego: “Quiero que Ulises me haga el amor/ y en la cama me cuente/ cómo eran los vestidos de Helena/ y si Paris fue como lo pinta Rubens”.
María Mercedes se salía de las fiestas, pero de…