sábado, 26 de marzo de 2016

Emma Reyes, la pintora de las cartas

La pintora Emma Reyes y el intelectual Germán Arciniegas



El encuentro con Emma Reyes fue el 5 de marzo en medio de un bus en Bogotá. En la solapa del libro ‘Memorias por correspondencia’ decía que era la historia de una pintora colombiana que le escribía cartas a un tal Germán Arciniegas; ese mismo que conocí en libros años atrás en la Biblioteca Nacional y me enteré que era un intelectual de orgullo nacional.

Busqué en Google el nombre Emma Reyes y apareció la imagen de una niña con el rostro sucio y ropa rasgada, rostro triste y confuso. Vi otras fotografías a blanco y negro y apareció Emma sentada en una silla de perfil mirando la prensa al estilo de Frida Kahlo, también observé el retrato de los dos y el recuerdo de:

“Mi querido Germán”

Emma Reyes
Era así como comenzaba sus sentidas cartas, los documentos de testimonios sobre su niñez que iniciaban en una desvencijada casa del barrio San Cristóbal al sur de la ciudad, justo donde pasaba el tranvía.  Quién iba a imaginar que una niña de corazón tímido y asustado, maltratado, en pleno abandono, inquilina de un convento volaría por el mundo a pintar y a escribir las cartas de sus memorias.


Sabia ingenuidad

Leer las cartas de Emma es como estar descubriendo la vida de las abuelas, tías y madres que han visto temblar sus manos. Es hablar con una niña al oído de sus primeras impresiones ante la vida, con asombros de ver por primera vez una animal, una pianola o un lunático que aparece de repente tras bambalinas; como si fuera la primera vez que se nombraran las cosas.

“Yo me quedé como paralizada, miraba ese mueble (pianola) arriba por abajo y no veía los músicos, pregunté si los músicos estaban encerrados entre el mueble, todos rieron, el cura con grande paciencia me explicó que la música salía de los huequitos del papel.  Ese buen cura me enseñó el mejor juego de mi infancia”.

O la vez que sintió como su hermanito dolía y le arrebataban un pedazo de ella misma.

“Creo que en ese momento aprendí de un solo golpe lo que es injusticia y que un niño de cuatro años puede ya sentir el deseo de no querer vivir más y ambicionar ser devorado por las entrañas de la tierra. Ese día quedará sin duda como el más cruel de mi existencia.”

'Memorias por correspondencia'
Hubo momentos en que el libro era peligroso, un abismo entre la desgracia y los fracasos existentes. Uno quedaba sin aliento y con un ‘es mejor no continuar’. Emma Reyes lo notó, por eso sus manos se quebraban al escribirle a Germán.

“Sumercé, estoy triste porque esta carta no me salió como yo hubiera querido, pero no me siento incapaz de repetirla”.

La bella Emma, la que vivió su infancia en el abandono, comiendo un pan tieso y almorzando los vestigios de una mazamorra que a veces no la había, tuvo días en que pasaban en el encierro junto a su hermana Helena con la panza vacía. ¡Pobre Emma! Ella que había nacido para ser artista y lo descubrió cuando conoció el pueblo de Fusagasugá y vivió en un teatro donde había vestidos, un escenario al aire libre y una pianola, esa misma que el cura del pueblo le enseñó a tocar, pero por cuestiones de la vida le quitaron con violencia la melodía de sus manos y le tocó junto a su hermana devolverse a la fría Bogotá a aguantar hambre. Aún más pobre cuando María, la mujer que las cuidaba, le decía a Emma que era una desgracia y que había nacido muy fea por tener los ojos bizcos.

De ahí la incertidumbre de siempre y el miedo de no hacer las cosas bien…

“Tú no me haces correcciones y no sé ni siquiera si lo que escribo es compresible. Hay momentos que me parece confuso y no sé si en conjunto se puede seguir la historia. Yo no dejo copia directamente y ya no me acuerdo de lo que he escribí antes.”

Así fue como terminó una carta para Germán Arciniegas. 


Afuera del convento: el mundo

Después de vivir más de 10 años encerrada en un convento Emma Reyes sale a la luz del mundo. Divaga y no se sabe cuántas desgracias y eventualidades tuvo que pasar para que a los 21 años llegara a Buenos Aires (Argentina) a principios de los años 40; fue en esa época su primer acercamiento con la pintura.

Además el pintor argentino Álvaro Medina le regaló unos lienzos y con ellos empezó a pintar las plazas y mercados de su viaje. Años después, en 1974, Emma ganó una beca de la Fundación Roncoroni para realizar estudios de pintura en el exterior. Entonces la niña de los ojos asombrosos viaja a París y asiste a clases de arte en la academia de André Lothe; el pintor francés fue artífice para que en 1949 Reyes realizara su primera exposición en la galeria Kléber.

Emma Reyes en su taller de artes
Después Emma Reyes fue una viajera con su pincel en las manos. De París se fue a Estados Unidos, luego a México como delegada del Primer Congreso Panamericano de la Unesco y tuvo el placer de habitar el taller del gran muralista Diego Rivera y trabajó junto a las artistas mexicanas Lola Álvarez y Frida Kahlo, eso a finales de 1950. 

Luego se traslada a Roma y gracias a que Germán Arciniegas, entonces embajador en Roma, pudo conseguir una estancia de 18 meses en Israel para una residencia artística. Después en la década de los 60 se va a la ciudad de Perigueux (Francia) y cuando le dio la vuelta al mundo regresa a su mítica Colombia para exponer sus mejores cuadros en Bogotá, Medellín y Cali.

Geometría, rayas salvajes, paralelos, desconfiguración, laberintos, horror, colores, flores, frutas y verduras, rostros, siluetas… Su arte se extendió hasta que sus fuerzas se lo permitieron después de tanto caminar, al final decidió irse a Burdeos (Francia) junto a su esposo para continuar su labor pictórica hasta el año 2003, la fecha de su fallecimiento...

“Antes de ponerme en marcha hacia el mundo me di cuenta que ya hacía mucho tiempo que yo ya no era una niña. En la calle no había nadie, solo dos perros flacos y uno le estaba oliendo el culo al otro.”

Fue en ese instante donde comenzó la verdadera travesía de Emma. 




 Escrito por Estefania Almonacid Velosa

Marzo-2016

miércoles, 9 de marzo de 2016

Importación de aureolas







      A pesar de que el teatro no interesa a la mayoría de los colombianos como profesión ni como espectáculo, existe en el país una considerable cantidad de comediantes. Casi podría afirmarse sin temor a exageraciones, que Colombia no trabaja, ni piensa, ni juega. Colombia, simplemente protagoniza comedias. La comedia económica, la comedia política, la comedia social, la comedia bárbara. 

        En la escena intervienen varios millones de compatriotas, desde el modesto obrero que "hace papel" de técnico hasta el abigarrado conductor cuyas frases obedecen al consueta. La principal preocupación es la representar, con desparpajo, una serie de actitudes -tal vez a ello se deba la trascendencia colombiana de la palabra "gesto"- ajenas a la intimidad de cada individuo, pero muy efectivas en el campo de las apariencias. 

      Pocas personas aman su propia actividad y casi todas prefieren sentirse de tránsito en el oficio ejercido hoy. Los poetas buscan la manera de ingresar al comercio, los comerciantes anhelan ser escritores, los obreros dedicados a la albañilería persiguen la independencia de los electricistas, los electricistas se inclinan a favor de la carpintería, los carpinteros piensan consagrarse a la agricultura, los agricultores desean comprar industrias urbanas, los industriales quieren pontificar como estadistas, los estadistas se enamoran de la política, los políticos intentan revolucionar la filosofía, los pesadores prefieren pronunciar discursos. Naturalmente, nadie va a las raíces de la profesión, de su actitud vital, para darle la fuerza a la marcha racional del país, sino que "guardan las apariencias", representan la comedia y el conglomerado de las improvisaciones. 

      Síntoma objetivo de esta realidad teatral son los títulos endilgados al compatriota que descuella en cualquier plano de la vida colectiva. Nunca la profundidad de sus estudios, la categoría de su arte o la pericia de sus dotes personales alcanzan para singularizarlo fuera de la comedia. Apenas logra que se les reconozcan un nombre en razón del noble extranjero al cual se ha acogido. 

       Por eso abundan los títulos grotescos: 'El Sartre nacional', los 'Chavillos de la Sabana', 'La Conchita Contrón del Cauca', el 'Cantinflas costeño', el 'Neruda de la Generación' y hasta 'Los Panchos bogotanos'. No hay, en este país, un Rodríguez auténtico, ni un Pérez capaz de decir, con acento propio, sin importación de aureola: "Yo soy Pérez, nada más ni nada menos que Pérez".

       Con tan notoria vocación escénica es lamentable la ausencia de teatro, a menos de que esperen la aparición del 'Shakespare colombiano' y de su complemento: el 'Lawrence Oliver nacional'. 



Escrito por: Próspero Morales Pradilla.
El tiempo, 16 de junio de 1951. 



Próspero Morales Padilla nació en Tunja en 1920 y murió en Bogotá en 1990. Periodista u escritor, colaborador de El Tiempo, El Espectador, Estampa, Sábado y El Nacional de Caracas. Alternó la literatura, el periodismo y la diplomacia. A partir de los años cincuenta publicó dos columnas en El Tiempo: 'El mirados de Próspero' y 'Compás de espera', esta última especializada en el mundo literario. 'El mirador...' era una columna breve, ligera y exquisitamente escrita, en la que filosofaba sobre asuntos filosóficos, urbanos y culturales.