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Corre, luego existe

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Siempre me gustó ver a papá corriendo... Unas piernas morenas, ágiles y fuertes que emocionaban a mi corazón de niña, que en esa época empezaba a sentir con certeza. Verlo en esas maratones con las que comprendí que el humano puede burlarse del tiempo. Y el sudor de su cara, y el número en el pecho y las zapatillas y la espalda que añoraban unas alas.

      Papá es eso, incluso más, el aplauso, el pódium y el trofeo. Siempre me pregunté por qué corría tanto, de qué huía, era capaz de correr un día entero, a dónde quería llegar, qué éxtasis traspasaban en su cuerpo cuando el viento golpeaba a remazos. Al parecer, existía con el latir acelerado y con las bocanadas de la espiración. Y es así que jamás he olido un sudor tan masculino como el de mi padre, en el sentido terrenal de la palabra; esto me hace recordar a mi abuelo Arsenio que caminaba por días de pueblo en pueblo con un bulto de papas en el hombro.
   Papá siempre llegaba de las competencias con el sudor en su frente  y la humeda…