Importación de aureolas







      A pesar de que el teatro no interesa a la mayoría de los colombianos como profesión ni como espectáculo, existe en el país una considerable cantidad de comediantes. Casi podría afirmarse sin temor a exageraciones, que Colombia no trabaja, ni piensa, ni juega. Colombia, simplemente protagoniza comedias. La comedia económica, la comedia política, la comedia social, la comedia bárbara. 

        En la escena intervienen varios millones de compatriotas, desde el modesto obrero que "hace papel" de técnico hasta el abigarrado conductor cuyas frases obedecen al consueta. La principal preocupación es la representar, con desparpajo, una serie de actitudes -tal vez a ello se deba la trascendencia colombiana de la palabra "gesto"- ajenas a la intimidad de cada individuo, pero muy efectivas en el campo de las apariencias. 

      Pocas personas aman su propia actividad y casi todas prefieren sentirse de tránsito en el oficio ejercido hoy. Los poetas buscan la manera de ingresar al comercio, los comerciantes anhelan ser escritores, los obreros dedicados a la albañilería persiguen la independencia de los electricistas, los electricistas se inclinan a favor de la carpintería, los carpinteros piensan consagrarse a la agricultura, los agricultores desean comprar industrias urbanas, los industriales quieren pontificar como estadistas, los estadistas se enamoran de la política, los políticos intentan revolucionar la filosofía, los pesadores prefieren pronunciar discursos. Naturalmente, nadie va a las raíces de la profesión, de su actitud vital, para darle la fuerza a la marcha racional del país, sino que "guardan las apariencias", representan la comedia y el conglomerado de las improvisaciones. 

      Síntoma objetivo de esta realidad teatral son los títulos endilgados al compatriota que descuella en cualquier plano de la vida colectiva. Nunca la profundidad de sus estudios, la categoría de su arte o la pericia de sus dotes personales alcanzan para singularizarlo fuera de la comedia. Apenas logra que se les reconozcan un nombre en razón del noble extranjero al cual se ha acogido. 

       Por eso abundan los títulos grotescos: 'El Sartre nacional', los 'Chavillos de la Sabana', 'La Conchita Contrón del Cauca', el 'Cantinflas costeño', el 'Neruda de la Generación' y hasta 'Los Panchos bogotanos'. No hay, en este país, un Rodríguez auténtico, ni un Pérez capaz de decir, con acento propio, sin importación de aureola: "Yo soy Pérez, nada más ni nada menos que Pérez".

       Con tan notoria vocación escénica es lamentable la ausencia de teatro, a menos de que esperen la aparición del 'Shakespare colombiano' y de su complemento: el 'Lawrence Oliver nacional'. 



Escrito por: Próspero Morales Pradilla.
El tiempo, 16 de junio de 1951. 



Próspero Morales Padilla nació en Tunja en 1920 y murió en Bogotá en 1990. Periodista u escritor, colaborador de El Tiempo, El Espectador, Estampa, Sábado y El Nacional de Caracas. Alternó la literatura, el periodismo y la diplomacia. A partir de los años cincuenta publicó dos columnas en El Tiempo: 'El mirados de Próspero' y 'Compás de espera', esta última especializada en el mundo literario. 'El mirador...' era una columna breve, ligera y exquisitamente escrita, en la que filosofaba sobre asuntos filosóficos, urbanos y culturales. 


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