sábado, 26 de septiembre de 2015

Su majestad el bolero

Amalia Aguilar con el músico y poeta Agustín Lara.  
Tomada de http://un-viaje-en-blanco-y-negro.tumblr.com/


     El mejor invento del género humano, después de las mujeres y los huevos con jamón, es el bolero. Únicamente se le asemejan, y podrían compararse con él, la empanada de maíz que venden en el mercado de Lorica y los crepúsculos amarillos que uno puede ver a través de una ventana cuando llega diciembre en Cartagena.

       Los periódicos han dedicado en estos días una verdadera marejada de papel y una lluvia de tinta para registrar lo que se ha bautizado como el centenario del bolero. Las crónicas afirman que fue un cubano, hace exactamente un siglo, el que compuso la primera canción con apariencia de bolero.


        Se equivocan, naturalmente, porque el bolero es como el amor y como el odio, como el dolor y la alegría, que no tienen padre ni madre. Porque no pueden tenerlo. Yo estoy seguro de que el bolero nació cuando puso sobre la tierra sus pies el primer hombre, en Java o en Cromagnon, en Neanderthal o en La Habana.


          El bolero más viejo del mundo es el de Adán y Eva. El argumento es perfecto para Roberto Cantoral: el hombre melancólico, como distraído, triste, un poco zurumbático, mirando lejos, con los ojos alelados, como si tuviera lombrices sabiendo qué era lo que quería pero sin poderlo pedir. Ni siquiera sabía cómo se llamaba porque el mundo era tan reciente que esas cosas no tenían nombre y había que señalarlas con el dedo.


        Ella, a su vez, sabiendo lo que el hombre añoraba, viéndolo padecer, sintiendo su respiración jadeante, oyéndolo hablar a solas, pero sin arriesgarse a ofrecerle la medicina para sus males. Como dice el maestro Esteban Montaño en su vallenato inmortal, "lo iban a dejar morir por falta de ese remedio".


          Entonces llego la víbora, sibilina y cínica, y creyendo que resolvía el problema lo que hizo fue provocar su expulsión del Paraíso. Ese es el bolero más viejo que conozco, y el mejor, de manera que a mí no pueden venir a contarme cuentos sobre inventores y pioneros. Sería como creer que el doctor Barnard invento el corazón simplemente porque se atrevió a cambiarlo de sitio. Sería tan majadero como creer que alguien puede ir con un memorial a la Oficina de Propiedad Intelectual del Ministerio de Gobierno a registrar la patente del amor.


         Quienes hemos crecido alimentándonos con la leche nutricia del bolero, con la voz de Alberto Beltrán diciendo que cantando quiero decirte lo que me gusta de ti, el bolero es como el aire que respiramos, como el jabón que nos limpia por dentro, como el purgante que quita los parásitos y limpia los intestinos del alma. El bolero es una parte de nuestra propia vida, como la madre, la mujer, los hijos y el trabajo.


       El otro día, en la estupenda revista Diners, Daniel Samper Pizano escribió unas crónicas tratando de rastrear aquellos boleros en los cuales se invoca a Dios para bien o para mal, para agradecerle que nos haya regalado el amor de la muchacha o para increparlo por una traición femenina. Antonio Abello Roca, desde Barranquilla, prosiguió con la lista iniciada por Samper, y descubrió una joya auténtica en la que el hombre le pide a Dios una oportunidad para tener el discreto encanto de una aventura con una señora casada. Tamaña solicitud no se le ocurre ni al Fondo Monetario Internacional, pero es que en los territorios románticos donde crece el bolero hay licencia hasta para la herejía, y para pedirle al Señor que se nos vuelva alcahueta de un adulterio.


          Yo recuerdo, ahora que viene al caso, el único ejemplo de un bolero en el que se invoca a Dios no solo una vez, sino dos, y de una manera abiertamente desafiante. La verdad es que esa obra no nació como bolero, sino como valse peruano, pero el inolvidable Pedro Infante la volvió eterna cambiándole la melodía. Se llama "El plebeyo" y fue el primer disco que vi girar en mi vida, cuando llevaron a San Bernardo del Viento la radiola de madera de mi tía Saide.


        Luis Enrique, el plebeyo, se enfrenta valerosamente con la Divina Providencia y le pregunta a gritos por qué los seres no son de igual valor. Semejante cosa no se le había ocurrido, con música, ni a Carlos Marx. Pero, como si fuera poco, diez compases más allá envalentonado por la falta de reacción de la ira celestial, Luis Enrique, el plebeyo, el hijo del pueblo, el hombre que supo amar y que sufriendo va esa infamante ley de amar a una aristócrata siendo un plebeyo él, se arriesga a lanzar esta afirmación: "Siendo el amor humano tiene algo de divino. Amar no es un delito porque hasta Dios amó". Y sigue tan tranquilo con su dolorosa letanía. No se inmuta, claro, porque sabe que Dios le perdona todo a los boleros.


        En fin. Ustedes no le paren bolas a ese cuento del centenario. El bolero, como estado de alma es anterior al hombre. Porque tenía que existir para que el bípedo parlante cantara sus dolores y sus angustias. Primero fue el bolero y dirán ustedes que después fue el hombre. No: después fue el encoñamiento, que es el resultado natural de todo bolero. De manera que, con un bolero en el corazón y una mujer al frente, no había estado de pureza que resistiera.


       Acabo de hacer un terrible y sombrío hallazgo de carácter teológico: lo que perdió a Adan no fue la desobediencia, ni la serpiente, ni la fruta del bien y el mal. Fue el bolero. La culpa la tiene Agustín Lara...




Escrito por: Juan Gossaín
Revista Semana. Febrero 1986. 




 Juan Gossaín nació en San Bernardo del Viento, Córdoba, en 1949. Se dio a conocer con sus crónicas y reportajes en El Espectador El Heraldo. Trabajó también en Cromos antes de convertirse en director nacional de noticias RCN. En los últimos años se ha dedicado a la novela. En la revista Semana publicó su columna "Desde San Bernardo de Viento", que recopiló en el libro La nostalgia del alcatraz. Recibió el Premio  Vida y Obra, del Círculo de Periodistas de Bogotá en el 2006 y es miembro de la Academia Colombiana de la Lengua.



lunes, 14 de septiembre de 2015

Milagros del verano tropical


La pequeña Marilyn. Fotografía de  Edouard Boubat, París, 1975

         Estas noches de verano me tienen enamorado. Cuando la luna aparece encima de las montañas, en esos minutos durante los que se desnuda, aún amarilla, encima de la gasa azul del firmamento, dan ganas de salir corriendo a un libro romántico, ponerse a releer versos, a evocar anocheceres de juventud, a caminar por territorios como los de don Jorge Issacs. 

        Los vallecaucanos lo han vivido en este dulce tránsito de julio a agosto, cuando el cielo es más cielo y la tersura de en las manos cerradas de un bebé, vuelve a aterrizar desde el cielo en una música que se oye lejana, se levanta en el humo desde las quemas en los cañaduzales.

       Las estaciones se marcan severamente en las ciudades de este trópico. En la franja que va desde Cartago, al sur de la zona cafetera, hasta el mar seco del Patía, antes de que empiece en Junambú el ascenso hacia las montañas de Pasto, el verano estampa una dura marca. Se vuelve más transparente el cielo, se imprime en esta geografía sobre la tierra y resuda encima de la piel de los habitantes. Por eso aquí el calendario escolar es distinto que en todo país. Por eso en el medio del año aquí la gente se viste de otra manera y el tiempo adquiere un tono liviano, una forma de se aún más sencilla.

        Quien llega de las tierras frías o de las zonas montañosas se ve tomado por ese cambio. Nada se comporta igual en el verano. En las calles ardidas de resolana se ven paraguas abiertos al mediodía para proteger a las ancianas. Bajo el sol hay viseras y sombreros de paja tupida, como los del Pacífico, para crear sombra en los rostros. 

        La ciudad disminuye un poco su trajín y se respeta al calor. Las piscinas y ríos se pueblan de visitantes. El tráfico automotor se hace un poco más suave en las horas ardorosas del sol fuerte y con el caer de la tarde los centros comerciales vibran en una nueva alborada, esta vez, de anochecer.

       Me encantan las vacaciones recreativas que se programan para los niños. Soy entusiasta de ese tiempo vacío cuando se los ve en en todo tipo de actividades. La nostalgia de los paseos de olla, del prender fuego entre las piedras para cocinar un sancocho o asar unos trozos del lomo de res o dorar unos plátanos me vuelve agua la boca. Me maravilla iniciar la candela con trocitos de hojas secas. Me gusta el humo que avasalla desde el forgón ardiendo. 

         En cambio me parece traído de los cabellos inventar cabalgatas de asfalto por la ciudad. O hacer comparsas comerciales de chrivicos. O anunciar bailes sin bailarines. O lanzar a la vía saltimbanquis despistados. O poner en aprietos a zanquilargos de ladera. Mi espíritu conservador se queda se queda con las costumbres sencillas de tiempos viejos. Estoy más acompasado con un bolero que con un reguetón.

       Pero que vengan todas las alegrías del verano. Que los amaneceres sigan estallando con fuerza amarilla sobre las suaves montañitas del oriente caleño. Que el viento alce faldas. Que la gente sonría sin motivo y que haya fresca expresión en todos los rostros. Que el verano nos siga regalando la luz inesperada.



Escrita por Álvaro Burgos Palacios
Tomada de El País, "Campana", 3 de agosto de 2004.





Álvaro Burgos Palacio, periodista, escritor y abogado, nació en Bogotá, en 1945. Máster en Ciencias Políticas en la Universidad Javeriana de Bogotá. Ha ejercido como juez y catedrático universitario. Redactor del diario El Tiempo, jefe de redacción de Cromos y coordinador editorial de El País de Cali. Ganador de varios premios de periodismo. Su obra literaria figura en los libros colectivos Obra en marcha y Antología enédita de Colombia.