miércoles, 26 de agosto de 2015

Eduardo, la voz maravillosa


Tomada por Estefania Almonacid Velosa


         “¡Señoras y señores, amigos y amigas, sean bienvenidos al primer escenario de cultura popular de nuestro país de teatro al aire libre La Media Torta. Tenemos hoy el gusto de presentarles a los mejores artistas!” Así es como Eduardo Corredor presenta todos los fines de semana y desde hace 34 años a los mejores cantantes, bailarines y actores del país y del mundo que han pasado por este lugar desde el año 1938, fecha de su inauguración.   

      Eduardo Corredor llega a La Medita Torta en traje formal y luce gafas oscuras, el escenario está vació y en las escalinatas del público solo se encuentra él que contempla los recuerdos de todos los artistas que ha presentado, están fijos, casi intactos como cuando Piero se subió al escenario cantando Mi viejo y la gente se estremeció; o cuando se presentó el grupo Menudo y las chicas se enloquecieron.

     “Para sacar a Menudo de este escenario fue terrible, las chicas lloraron al punto de la histeria, al escenario cayeron sostenes y cucos, además algunas de las chicas se filtraron y les tocaban a los integrantes del grupo sus partes íntimas, varios de ellos se sintieron violados”, dice riendo este músico, melómano, locutor, periodista e investigador bogotano, además padre de 6 hijos.

Eduardo corredor en las emisoras El Dorado en 1980.
      La voz de Eduardo es afinada y fuerte, por eso hasta un simple saludo lo da con la misma entonación de sus presentaciones, menos mal no se equivocó el día en que teniendo 12 años se prometió ser presentador en esos días maravillosos cuando sus padres lo llevaban a La Media Torta.


       “Cuando  tenía 12 años mi padre y mi madre nos traían a este lugar a ver espectáculos, me fascinó tanto que decidí que quería hacer en la vida. Vivíamos en barrio Fátima y tomábamos el bus que demoraba 45 minutos para llegar a La Media Torta, en ese momento el presentador era Paco Hugueta, él hacía la misma labor que yo hago, formaba público”, cuenta Eduardo que no le gusta que le reconozcan como presentador sino formador de público.

       Pasaron los años y Corredor logró alcanzar el sueño de estar presentado ante miles de personas a los más grandes artistas, era el año de 1981 cuando comenzó todo, además la juventud estaba a flor de piel pues comenzó a trabajar en La Media Torta y al Instituto Distrital de Cultura y Turismo cuando apenas tenía 20 años.

        “Mi madre quería que yo fuera médico, pero a mí nunca me gustó por lo tanto fue una decepción para ella, también estudié música y trabajé con una orquesta que se llamaba el Clan Latino, incluso hice teatro experimental, posteriormente estudié locución y publicidad. Le dije  a mi madre que desde muy pequeño había definido qué quería hacer, eso era lo que me fascinaba”, narra este hombre que se trasforma cuando está en el escenario con micrófono en mano y se entrega al público como un artista.

       ---Eduardo, ¿qué es La Media Torta en su vida?---

      Las escaleras se enfrían, dubitan,  el cielo se vuelvo ceniciento.


Los Melódicos de Venezuela en 1960, en la Media Torta. 

     "La Media Torta para mí ha sido la vida como presentador, formador y como investigador, este lugar ha logrado que yo haga muchísimos amigos, no solamente por parte de los artistas, también del público, por eso para mí es muy gratificante ir por la calle y encontrarme a personas que me dan las gracias por la labor que realizo en La Media Torta", cuenta Corredor quien es un experto en música colombiana. 

         Ahora Eduardo Corredor baja las escalinatas de La Media Torta y mira sus zapatos con nostalgia, señala el resplandor del escenario rememorando todos los festivales que nacieron en el lugar. Suspira y trata de borrar el malestar de la pensión que le rechazaron a pesar de tantos años de trabajo, sin embargo este hombre seguirá alzando su voz el tiempo que le permitan para decir: ¡Señores y señoras, bienvenidos a La Media Torta!


Escrito por Estefania Almonacid Velosa
Agosto 2015





lunes, 17 de agosto de 2015

El negocio de la sonrisa

Tomada de http://blogs.infobae.com/

          Los Estados Unidos están comercializando la sonrisa. No es una cosa extraña en nuestra sociedad de consumo, pero tampoco se trata de un adefecio. Detrás de Mr.Smilie, el mono esquemático que sonríe y que ahora aparece en botones, chalecos tejidos, relojes de pulso, joyas, mancornas, afiches y hasta sobre la parte trasera de los pantalones de alguna preciosa muchacha, hay una intención psicológica explicable y poderosa: hacer sonreír a la gente. Algo más de ocho millones de norteamericanos ---y norteamericanas--han comenzado a usar estos símbolos. Y ello, en el breve espacio de diez meses. La demanda de todos estos objetos, con la cara de Mr.Smile, aumenta a cada momento. Tal vez esta moda, como tantas otras, llegará hasta nosotros. Y será oportuno. Oportuno ver sonreír a un empleado público tras su escritorio, o a un funcionario inflado, de esos que tanto abundan en nuestras oficinas y despachos. No sería justo, sino paradójico, un rostro agrio o demasiado importante, mientras en la solapa le sonríe, al mismo ciudadano, el mofletudo y simpático símbolo de los nuevos norteamericanos. 

          A nosotros nos hace falta sonreír, efectivamente. Y sonreír con una buena y cordial sonrisa, que no es precisamente abrir la boca y mostrar los dientes. Ya se sabe. Lo contrario de la risa no es el llanto: es la sonrisa. En el camino que va de las lágrimas a la carcajada, se encuentra ese ademán sugestivo, ese esguince que el hombre tardó milenios en incorporar a su vida. Muchas gentes que descubren el milagro de la sonrisa en un paisaje, en una mirada o en unos labios ---y que la consideran como un gesto connatural de todo rostro-- caen en el mismo error de perspectiva de aquellos que imaginan que el amor nació al mismo tiempo que el sexo. La verdad resulta bien distinta. Porque entre el uno y el otro, entre el amor y el sexo, se interpone una buena distancia de siglos. La risa, el llanto y el sexo, es innegable, rondan continuamente a nuestro lado. Son atributos biológicos que nacieron con el primer hombre en el paraíso. Pero el amor y la sonrisa, por el contrario, son mecanismos del alma que demandan una madurez espiritual y una proceso de cultura. La risa, el llanto y el sexo se dan silvestres, son gérmenes que proliferan lo mismo en la ciudad que en la caverna. El amor y la sonrisa, en cambio, necesitan una quietud de laboratorio. Son como las flores de cultivo. Necesitan riego y los afanes de unas manos. 

        La sonrisa es oficio de los labios, en tanto que la risa es oficio de los dientes. Nos obstante, la sonrisa sabe invadir todo el rostro y se escapa por los ojos, aunque los labios permanezcan cerrados. Todos hemos visto tal vez, frente al rostro que amamos; una sonrisa que cruza por la mirada, sin bajar a la boca y, muchas veces, en los labios, una luz que anticipa y no alcanza a subir a los ojos. El viejo Hugo, poeta entre los poetas, y por lo mismo, un intuitivo, solía decir que la sonrisa de la mujer que amamos se comunica aun entre la oscuridad de un cuarto. 

            Reír y llorar son negocios físicos, casi groseros. Plauto y sus amigos, en el mercado de la vieja Roma, contrataban a los hombres, los enmascaraba, les enseñaban deliciosas vulgaridades para que contagiaran con su risa a las gentes los romanos de nuestro tiempo, los americanos, están buscando algo parecido. Desde que el mundo es mundo, el negocio de las plañideras que se deshacen en lágrimas remuneradas, no se ha cancelado en este paradójico tiempo del átomo. Risa y llanto se pueden comprar al antojo. Pero la sonrisa es tremendamente independiente. Es como el placer, que se puede pagar en cualquier esquina, en tanto que el amor no será nunca negociable. Porque la risa, como ciertas formas del llanto, como el sexo mismo, es una manifestación social. En tanto que la sonrisa será siempre solitaria. 

       A Bergson---primo político de Proust---que escribió sobre la risa, no se le ocurrió escudriñar la ironía, la gracia recóndita que suponen unos labios que sonríen. En el Infierno hay carcajadas, y Dante nos transcribe ese eco al través de su accidente viaje. En el Purgatorio y en el Paraíso, en cambio, solo la sonrisa tienen sus dominios. Nunca, ni en Biblias ni en libros de devoción, se habla de la risa de Dios o de sus santos. Solo de su sonrisa. En cambio, la carcajada del Diablo--del pobre Diablo ahora tan venido a menos--- espantaba a la gentes desveladas en las noches de la Edad Media. Y un país, lo mismo que un hombre, solo en la plenitud de sus virtudes, cuando el demonio no lo habita, solo en la garantía de un porvenir pagadero en letras a poco plazo, sabe sonreír. Los países, los pueblos sojuzgados por la tiranía o el desmedro, usan apenas del llanto o de la carcajada. Por eso es tan importante que aprendamos a sonreír. Que abrochemos sobre nuestro ojal, como lo ha hecho sobre su nalga la muchacha que ilustra estas consideraciones, a Mr.Smilie, símbolo de esa ancha sonrisa que tanta falta nos hace. 

         


Escrito por Eduardo Mendoza Varela
Tomado de Lecturas Dominicales, El Tiempo. 3 de octubre de 1971.





Tomada de http://www.banrepcultural.org/
Eduardo Mendoza Varela. Poeta y periodista boyacense (Guateque, marzo 29 de 1918 - Bogotá, marzo 8 de 1986). Erudito intelectual, Eduardo Mendoza Varela se interesó especialmente por establecer las relaciones entre lo nacional y lo universal. Fue colaborador de las revistas Mito (1955), Lámpara, Boletín Cultural y Bibliográfico y Correo de los Andes; profesor de humanidades de la Fundación Universidad de América y secretario de la Embajada de Colombia en México. Durante dieciocho años, 1958 a 1977, trabajó en el periódico El Tiempo, donde dirigió las Lecturas Dominicales y fue subdirector general y director encargado. Allí mantuvo dos columnas: "Primer Plano", que aparecía en las páginas editoriales, y "Cruz y Raya", en el Suplemento, de la cual se publicó, en 1973, una selección.






martes, 4 de agosto de 2015

Borges y los periódicos


Tomada de http://www.diariodecultura.com.ar/

         El escritor Jorge Luis Borges odiaba los periódicos. Decía que le parecían objetos inútiles porque sus páginas estaban llenas de noticias insignificantes. Según él, bastaba con que se publicara un diario cada 400 ó 500 años, cuando ocurrieran sucesos realmente importantes para la humanidad y la gente pudiera leer titulares como éstos: “Ayer Cristóbal Colón descubrió América” o “Bizancio cayó en manos de los infieles”. 

         A Borges le gustaba borrar pistas de sus personajes no sólo en sus cuentos sino en su vida. Por eso nunca confesó a lo largo de su vida, en ninguna entrevista, que él había trabajado en un periódico. ¿Borges periodista? Cuando algunos estudiosos de su obra le preguntaron por detalles de la época en que trabajó en la “Revista multicolor de los sábados”, publicada por el diario Crítica, de Buenos Aires, él  se limitó a decir varias veces que sus tareas en la revista no sobrepasaron las de un modesto colaborador.

         Parece que Borges prefería evitar esos recuerdos. Sin embargo, alguna vez llegó a reconocer que el verdadero comienzo de su carrera de escritor se sitúa entre los años 1933 y 1934, cuando publicó la serie de cuentos recogidos en su libro “Historia universal de la infamia”, aparecido en 1935.  Pues bien: gracias a un trabajo cuidadoso y ejemplar realizado por Nicolás Helft, con el apoyo del Fondo Nacional de las Artes,  en Argentina, ha salido a la luz pública la edición completa de la “Revista multicolor de los sábados”, un suplemento cultural editado entre 1933 y 1934 por el diario Crítica. Hasta 1991, la “Revista multicolor de los sábados” estaba guardada en archivos vedados incluso a los especialistas por la carencia de ejemplares y por el deterioro de muchos de ellos. El material fue bellamente compilado en un libro que reproduce algunas de las páginas impresas con los mismos colores de las ediciones originales del diario y un CD-ROM con la totalidad del contenido de la revista. La primera sorpresa para los lectores desprevenidos es ésta: la revista fue dirigida por Ulyses Petit de Murat ¡y Jorge Luis Borges! La segunda: hallar en sus páginas amarillentas algunos de los cuentos de “Historia universal de la infamia”. La tercera: leer las traducciones de algunos de los cuentos de autores ingleses y orientales de la “Antología de la literatura fantástica” que Borges publicó años después con ayuda de Adolfo Bioy Casares y Silvina Ocampo. 

              Según Horacio Salas, Borges llegó al diario Crítica por sugerencia del director del periódico, Natalio Botana. Crítica era un gran periódico popular de tinte amarillista que publicaba crónicas policiales, historias de grandes crímenes, y noticias del fútbol y las carreras de caballos. Borges tenía entonces 34 años y hacía diez que había publicado su primer libro, “Fervor de Buenos Aires”. Botana le propuso al periodista Ulyses Petit de Murat dirigir el suplemento cultural y sugirió el nombre de Borges como copiloto. Petit de Murat cuenta que recibió la sugerencia con algunos prejuicios: “¿Borges aceptaría, no digo ya a Botana, sino a un tipo de trabajo nervioso, en el que los minutos cuentan, hay que hacer muchas diligencias y acciones que pertenecen más al oficio que al intelecto? ¡Ese Borges que pedía diez días para concretar una respuesta de quince líneas a una entrevista cualquiera, que ponía un adjetivo y sacaba otro, insaciablemente, todas las santas tardes de Dios!”

            Salas dice que Botana buscaba un tipo especial de redactor: “el que iba al taller y conocía de memoria el catálogo de tipos, la posibilidad de titulación, los que suministraba la máquina Ludlow. Borges había estado en imprentas de libros pero prontamente se asimiló a las que daban tarea a las gigantescas rotativas Hoe. Hizo rápida amistad con linotipistas, matriceros y diagramadores”. Según Salas, contra todos los pronósticos, Borges cumplió a cabalidad con sus obligaciones y disfrutó su nuevo oficio, gracias al afecto con que lo recibieron varios compañeros de la revista “Cuadernos de Martín Fierro” que ahora eran periodistas, y gracias, sobre todo, a la genuina amistad que trabó con Francisco Loiácono, cronista policial del diario, apodado “Barquinazo” porque caminaba contoneándose como un borracho. Borges escuchaba con gusto y atención sus historias criminales e intercambiaba con él leyendas de guapos que había recogido entre los amigos de su padre y en largas conversaciones con guardaespaldas jubilados a los que entrevistó para escribir su biografía del poeta Evaristo Carriego.

           Botana exigía que los directores del suplemento también publicaran textos propios al menos cada dos semanas. Esto obligó a Borges a inventar ficciones que todavía estaban muy ligadas a sus lecturas: los cuentos de  “Historia universal de la infamia”, publicado en 1935 por el sello editorial Tor.  Salas dice que los cuentos de este libro, en realidad, fueron el inicio de un camino de narrador que Borges siguió cuando escribió “Pierre Menard, autor del Quijote”, primer cuento enteramente suyo y que él dictó a su madre durante la convalecencia de una septicemia provocada por un accidente que estuvo a punto de causarle la muerte. El accidente ocurrió en el año 1938. Borges habla de él en su cuento “Sur”.  En el relato, la historia le sucede a Juan Dahlmann, un secretario de una biblioteca municipal de Buenos Aires que llega a una vieja casa en una estancia del Sur, ansioso por leer un libro: “Ciego a las culpas, el destino puede ser despiadado con las mínimas distracciones. Dahlmann había conseguido, esa tarde, un ejemplar descabalado de las Mil y una Noches de Weil; ávido de examinar ese hallazgo, no esperó que bajara  el ascensor y subió con apuro las escaleras; algo en la oscuridad le rozó la frente ¿un murciélago, un pájaro? En la cara de la mujer que le abrió la puerta vio grabado el horror, y la mano que se pasó por la frente salió roja de sangre. La arista de un batiente recién pintado que alguien se olvidó de cerrar le había hecho esa herida”. Después de una larga estadía en el hospital, acosado por las fiebres, el cirujano que le salvó la vida le dijo que había estado a punto de morir de una septicemia. El hombre –igual que Borges-  se puso a llorar.


          Un paso fugaz por la redacción de uno de los diarios que tanto odiaba y un golpe mortal con el ala de una ventana en medio de la oscuridad: son dos episodios casi desconocidos en la vida de Jorge Luis Borges. Ninguno de ellos mereció un titular de un periódico. Y cambiaron su vida.

Escrito por Juan José Hoyos
Publicado en la Revista Sole
Septiembre 23 de 2011