martes, 14 de julio de 2015

La vida sin carro

Fotografía de Carlos Caicedo. "Elegancia en cicla"


          El que vive a pie vive, literalmente, con los pies en la tierra, y por contra, el que vive en carro vive en las nubes, sin contacto con el mundo, con la realidad, desasido, desarraigado.Signo de la alienación del hombre contemporáneo (del hombre burgués, para decirlo sin tanta saliva) es el carro y su dependencia. 

           Mi sobrino compró hace cinco años una Subaru, bellísima. Estaba exultante. Parecía enamorado de su Subaru, no digo como si fuera una esposa (pues el que se enamora de su esposa es un tarado), sino como si fuera una moza japonesa, una geisha, para el caso, de esas que te ponen a ver pajaritos (según dicen). Tal su pasión, que esa primera noche se acostó con la Subaru; seamos más precisos, aunque el resultado sea el mismo: se acostó en la Subaru. 

         Y ahora, cinco años más tarde, ya vieja la Subaru, un sobrino de mi sobrino -también profesional de alta alcurnia- se acaba de comprar un Toyota 1.8 Corolla, color verde marqués: ante su sobrino, mi sobrino quedó pordebajiao, como si este carro nuevo de su prójimo, comparado con el suyo, ya viejito, le hiciera creer al mundo exterior que estaba retrocediendo en la conquista de la vida. Si no compro carro nuevo, me caigo ante la sociedad. 

         Y yo, tío del primero y tío-abuelo del segundo, vivo feliz a pata limpia por el mundo, desasido de la máquina y, parejamente, de las coyundas sociales. Los placeres más puros en este orden burgués en el que va uno embutido, por fuerza, son placeres negativos: no comer mondongo, no ir a Disneyworld, no tener el premio Simón Bolívar. Y éste, que se goza a cada instante: no tener carro. Vivir sin carro es vivir en sí; vivir con carro es vivir fuera de sí. La medida de tu valor no es tu ser, sino tu carro

            Hace años, y después de veinte de no vernos, invité a mi casa a un viejo amigo, de vida triunfadora; al entrar, miró hacia el garaje y noté en su rostro un gesto entreverado de lástima y reproche: "¿Y todavía tenés el mismo carro?". Me sentí como un escarabajo. Ahí estaba el mismo Volkswagen, modelo 54, encogido, color verde rata. Aunque había escrito un libro y miles de artículos, aunque era magistrado del tribunal, aunque había sido profesor universitario, aunque dirigía un cineclub y una revista de cine, yo había fracasado en la vida porque tenía el mismo pichirilo de hace veinte años. Por una reacción de adversidad, y no fuera que yo mismo me sintiera bajito por no cambiar de cáscara, pocos años después lo mandé al tarro; no al amigo, sino al carro. 

           Recuperar el uso de las dos piernas, no sólo para andar, sino para conocer y reconocer el mundo, sintiendo más pleno el cuerpo. El carro es una especie de prótesis al revés: en vez de darte habilidad para el movimiento, te inhibe, te vuelve inválido: ya no eres capaz de caminar dos cuadras. Como el cojo el bastón, necesitás el carro para desplazarte a cualquier sitio, incluso para irte a motilar en la barbería de la esquina. Porque si llegás a pie, el estilista te trasquila. Además, en el TransMilenio, en el Metro o en el bus estás en contacto con la gente común. En el carro vivís como en una campana de cristal, que te crea un medio aséptico y, por eso, insulso. 

            Es dichoso estar en una fiesta sin el temor soterrado de que al salir, con tremendo aguacero, a las tres de la mañana, encontrés una llanta en el suelo. Montar llanta, con un gato mediocre (todos los gatos son perversos), bajo la lluvia, con diez rones entre el pecho, es una antesala del infierno. Se maldice, no ya a los gatos y a los carros y a los clavos, sino a la humanidad entera. Y qué cosa tan triste cuando vas llegando al motel Los Cuatro Vientos y se revienta la correa del ventilador. ¿Cómo llamar al mecánico, que es un chismoso? Por su lado, la niña, espantá, te deja en mitad de la sucia carretera. No es de fiar un hombre al que se le revienta la correa del ventilador. 

           Y la dicha mayor es no tener que enfrentar la violencia y la arbitrariedad de un policía de tránsito, prefigura del tirano.




Escrito por: Alberto Aguirrre
Tomado de la Revista Soho. 16 de octubre de 2003



Alberto Aguirre, según datos de su autoobitaurio publicado en la revista Soho, donde ha sido colaborador habitual, se form{o como abogado, fue juez a los veintitrés años, magistrado a los treinta y profesor de Derecho, pero se desvió hacia el mundo editorial y editó la primera obra de García Márquez (El coronel no tiene quien lo escriba). Fundó el Cine Club de Medellín y la primera revista de cine que hubo en Colombia (Cuadro), como se llama la columna que inició en El Mundo de Medellín, compilado en 1984. Dirigió la agencia France-Presse en esa ciudad y fue corresponsal internacional durante siete años. Su columna de Cromos, " La lengua", fue modelo de crítica e ironía. 

miércoles, 8 de julio de 2015

El aguardiente




Fotografía de Jorge Panchoaga



       1.
     No conozco muchos textos literarios que hablen del aguardiente. Tal vez, entre nosotros los paisas, el más celebrado son las décimas que le envió Diego Calle Restrepo a un amigo, desde Estados Unidos, pidiéndole que le enviara una botella de su añorado licor. Comienzan así:

"Mi querido amigo Luis:
hace seis meses cumplidos
que aquí en Estados Unidos
suspiro por un anís;
porque en este gran país
por espantosa ironía
cualquier cosa se hallaría
que la fantasía invente,
pero un trago de aguardiente
¡nunca se conseguiría!"

        El autor de esas décimas era un prohombre antioqueño, político, gobernante, hombre de empresa, bambuquero (un bello bambuco, Lejos de ti, tiene letra suya) y, como quedó visto, fiel bebedor de aguardiente. Fue también, por si fuera poco, amigo de León de Greiff. Ya en su vejez León escribió en una pared de la tienda que corona el alto de Otramina la segunda versión, mucho más concisa, del Relato de Ramón Antigua:

En el alto de Otramina
yendo pa Titiribí,
me topé con Diego Calle
colorao como el ají.

     Pero es difícil, repito, encontrar referencias de cuño literario al aguardiente o a los aguardienteros, referencias que por supuesto abundan, a lo largo del mundo y de la historia, sobre los licores nobles. Tomás Carrasquilla, que escanciaba a placer aguardiente en el Café La Bastilla, lo llamaba "El hermano Anís", y así consta en su espistolario, no en sus cuentos, novelas y crónicas. Eduardo Escobar, en el prólogo de su novela Fuga canónica, le reprocha a don Tomás que en un relato suyo, no menciona cuál, describe con sumo detalle una fiesta pueblerina, sin dignarse mencionar la música que sonaba, los músicos que la tocaban y mucho menos el trago que se bebía. El mismo De Greiff, al menos el trago que se bebía. El mismo De Greiff, al menos después de sus poemas sobre el País de Bolombolo ("...allá venden aguardiente/de Concordia, ¡cosa brava!"), y muy bebedor del blanco en El Automático, dedicaba más elogios al vodka (que él llamaba la vodka), olvidando, en pro de las letras, sus otras apetencias etílicas. 

      Sucede y sucedió que muchos de nuestros escritores aguardienteros llevan o llevaron a la práctica, y no a sus páginas, el gusto por el impoluto. Yo, que no soy escritor, me veo ahora ante el mismo problema. Durante 40 años he sido más o menos fiel a ese producto, sin preocuparme al respecto de nada distinto a empinar el codo, y ahora se me pide que escriba 8.000 caracteres que describan, exalten o cuenten algo sobre el asunto.

      Me declaro incapacitado. No dispongo de teorías, ni tampoco de anécdotas. Nunca, valga el ejemplo, he empezado el día con un trago de aguardiente, como hacen muchos adictos, y hacían también algunos campesinos antioqueños, que empezaban su faena diaria con una copa de tapetusa. Aunque la mayoría bebían a esa hora los llamados "tragos", un tazón de aguapanela enriquecido con algo de guaro o de ron. Un amigo mío, ya fallecido, se tomaba un aguardiente antes de afeitarse, para afinar el pulso. A otro amigo, dibujante de profesión, le tiembla espantosamente la mano gracias a sus muchos años de libaciones. Por paradoja, solo el aguardiente logra ponérsela en condiciones. Como no toma de día, se convirtió en un trabajador de la noche. Hay, en fin, los que ingieren esa copa matinal como remedio o prevención contra la artritis.

       Pero lo normal, por supuesto, es empezar a libar cuando cae la tarde. O un poco antes. Dice la leyenda (o la historia) que los empleados públicos bogotanos se inventaron un eufemismo, "las onces", como frase clave y secreta para darse una escapada al bar de la esquina; once letras, claro está, tiene la palabra aguardiente. Con el tiempo, la fórmula perdió su acepción pecaminosa y hoy las onces bogotanas equivalen al "algo" de los antioqueños. O, más globalmente, al té de los ingleses.

        Amigo inseparable de tantos colombianos, vertido en muchos modelos y fórmulas regionales, todos válidos y deleitosos, el aguardiente carece de prosapia. No brinda, que se sepa, efectos afrodisíacos ni de otra clase, y los que lo usufructuamos ni siquiera sabemos del todo si sabe bien. Saben bien, tienen aroma y buqué los tragos de los blancos. El aguardiente entra bien, y eso nos basta. Quienes lo oficiamos somos gente mísera de tropa, y los que no lo son, como ya se dijo, no lo mencionan. No da estatus, ni siquiera literario. El bohemio que brinda por su madre el 31 de diciembre alza una copa de vino, y el personaje de 'Guayabo negro', la obra maestra de Efe Gómez, se emborrachó con brandy.

      2.
     Dice el María Moliner sobre el aguardiente: "Bebida fuertemente alcohólica obtenida por destilación del vino". Más adelante concede otra acepción: "Aguardiente de caña: El obtenido directamente de la destilación de la melaza de la caña de azúcar". No nos nombra doña María, pero sí lo hace Michael Jackson (no ese Michael Jackson, sino el autor de Guía internacional del bar): "... En América Latina, especialmente en Ecuador y Colombia, puede referirse (el término) a un aguardiente áspero de caña, aromatizado con anís". Nada aporta a lo que todos sabemos, pero nos ubica: es el nuestro, bien claro está.

        Hecho de caña gorobeta y anís, con diversas variantes y nombres en la producción de cada departamento, siempre bajo el férreo patrocinio del Estado, que no permite demasiadas variantes gustativas. Aun así, las hay. No saben igual el Néctar de Cundinamarca, el Platino del Chocó, el Cristal de Caldas, el Ónix Sello Negro de Boyacá, el Blanco del Valle, el Taparroja del Tolima. Pero, en el fondo, todos son uno.

        Lo curioso es que este producto desaparece en el sur. No lo hay en Ecuador, con perdón de Michael Jackson, porque el que allá se consume recuerda más ciertos tragos españoles, como el famoso Anís del Mono. Perú y Chile son, en ese sentido, territorios del pisco, que se hace de uva. Según los entendidos, su sabor difiere en los dos países. Es mejor, dicen algunos, el de Chile, pero ni peruanos ni chilenos suelen beberlo puro, sino convertido en pisco sour, un coctel rico en zumo de limón, yerbas aromáticas, una pizca de bitter y hielo. Siguen muchas hectáreas vinícolas, que incluyen el Brasil gaúcho.

           En ese país vuelve a aparecer el aguardiente, bajo el nombre de cachaza o pinga. Pero la cachaza, de libre fabricación, ofrece por lo tanto muchas opciones. Algunas son de temer, y hasta las mejores son algo crudas para el actual paladar colombiano; recuerdan de algún modo a nuestra ilegal tapetusa (también, como el tequila, una destilación del fique), muy confiable y sabrosa, valga el ejemplo, cuando provenía de Guarne y otros secretos alambiques del oriente antioqueño. O de Medellín.

        Hay jugosas historias sobre la fabricación y el contrabando de la tapetusa. El mismísimo Pelón Santamarta, nuestro bambuquero estrella, cultivaba en su barrio de Guanteros ese oficio clandestino, y ante la inminente amenaza de cárcel se autodesterró. Gracias a ello recaló en México, sembró allá la semilla del bambuco, fue soldado de la Revolución, conoció a Barba-Jacob y al poeta guatemalteco Rafael Arévalo Martínez. Arévalo escribió de él una semblanza titulada El hombre que parecía un perro, en la que lo pinta, tomando tequila y cantando sus endechas quejumbrosas, bajo la sombra tutelar del Señor de Aretal. Por cierto, el Señor de Aretal, o sea Barba, dijo de los cantos de Pelón que tenían "una excelencia de flor que se mustia, de miel que se acendra". No conozco más precisa y preciosa definición de los viejos bambucos y pasillos, ya perdidos para siempre. Pero ese es otro cantar.

      Volviendo al aguardiente antioqueño, debe decirse que ha cambiado a lo largo de los tiempos. Antes tenía más anís y era más peligroso. Su porcentaje de alcohol llegó a ser de 45%, cosa brava, pero hoy se limita a un 29%, cuota que permite a un bebedor no compulsivo ingerir diariamente una media sin mucho temor a los estragos del guayabo. Muchos lo siguen tomando a la usanza antigua, de beberse de un solo trago la copa entera. Otros hemos optado por consumirlo a sorbos, costumbre heredada, tal vez, de los gringos que por aquí llegan, y así lo toman. Acaso lo estamos irrespetando, pero el resultado es el mismo.

       El aguardiente sirve para muchas cosas. Como cualquier licor, propicia riñas, disputas, hace aflorar odios, confesiones antes no dichas, agresiones, incluso suicidios. Pero sigue sirviendo ante todo para conversar, para acompañar las noches de amistad en tiendas, graneros, bares y casas, sin que esa costumbre, a veces diaria, nos permita presumir de nada, ni resulte demasiado onerosa. En los viejos cafés de Medellín las meseras te llevaban, con las copas (dobles) de aguardiente, pasantes suculentos: platillos con camarones, piña, aceitunas, naranjas, uvas, cocos, tajadas de mango biche. Algunos llaman a esos pasantes tapas criollas, en alusión a las españolas. Pero estas hay que ordenarlas, y las otras llegaban con el pedido. Hacían parte del rito, como los boleros del piano.

       Por fin, la mención obligada a un coctel que no registran las guías: el submarino. En un vaso de cerveza se deja caer una copa llena de aguardiente. La copa permanecerá hasta el fin en el fondo del vaso. El compuesto, que va brindando curiosas tonalidades, se bebe lentamente. Es óptimo para desenguayabar, y no conviene su abuso.

Escrito por 
Elkin Obregón
Tomado del libro "Dios es colombiano"



Elkin Obregón

Nació en Medellín en 1940. Caricaturista, poeta y pintor. Ha escrito crónicas para publicaciones de diversa índole, y traduce del portugués para casa editoriales nacionales, y extrajeras. Autor de Grafismos, Más grafismos, Versos de amor y de los otros, Los invasores, Memorias enanas, Como si fuera un niño y Trazos.