lunes, 22 de junio de 2015

Las tres de la tarde, hora ideal para ver cine


¿Por qué va usted a matinée?


Teatro Faenza. Centro de Bogotá. 1978. Tomada de http://museofueradelugar.org
        
           El sentimiento de culpa del matineé. "La peor manera de trasnocharse". La función ideal para el especialista. Cuando tenga un problema sin solución, váyase a metinée.

       A las tres de la tarde y mientras la ciudad trabaja, un moderno automóvil particular se detiene frente a un teatro. El chofer sin uniforme desciende del vehículo, abre sin ceremonia la portezuela posterior y da paso a un anciano pequeño, con piel de fruta deshidratada y escrupulosamente vestido, que se dirige a la entrada del teatro arrastrando los pies mientras el conductor de su automóvil compra la boleta. 

         Cuesta trabajo creer que a esa hora pueda haber ambiente para un espectáculo de cine. La encargada de vender las boletas para las funciones de las tres y quince es casi siempre la misma que vende las boletas de la función nocturna. Pero tiene una apariencia enteramente distinta. A las tres de la tarde, el suyo es un trabajo rutinario, sin ningún atractivo, que la empleada ejecutiva con despaciosa negligencia. En el mejor de los casos, un miércoles vende veinticinco boletasen medio hora. Una de ellas, casi invariablemente,  es para el anciano con automóvil, chofer particular y aspecto distinguido, que entra al teatro poco después de las tres, con una puntualidad que tal vez no habría tenido nunca para asistir a la oficina.


        Un sentimiento de culpa 

       A la hora del matinée ---una palabra francesa metida a empujones en el castellano--- en el interior de los teatros se respira una atmósfera lúgubre. Parece como si las palabras sonaran menos en el piso alfombrado, pero la realidad es que quienes asisten a la proyección de esa hora procuran, inconscientemente, pasar inadvertidos. "Es el sentimiento de culpa del matinée", ha dicho alguien, definiendo en esa forma la atmósfera e misterio y clandestinidad que tienen los teatros a las tres de la tarde.

      Antes que comience la función vespertina, que es la función de los enamorados y de quienes no lo están aunque parecen estarlo, se oyen palabras sueltas, frases interrumpidas. En la función nocturna, la gente aguarda a los invitados en la antesala, saluda a los conocidos, conversa con ellos. Hay un ambiente de saludable entretenimiento . En matinée no se oye un ruido. Es como si cada uno de los asistentes ---quince, veinte, veinticinco--- se hubiera refugiado a esa hora en la oscuridad de un teatro para esconderse de su propio sentimiento de culpa. 


            La hora del cine 

           Muchas personas no van a metinée, aunque podrían hacerlo, para evitar la depresión. "Ir a metinée es la peor manera de trasnocharse", dicen, y prefieren hacer otra cosa cualquier en lugar de disfrutar cómodamente de dos horas de buen cine. A lo que más se parece un teatro a la hora de matinée, esa un museo. Ambos tienen un aire helado, una quietud funerio. Y sin embargo, las tres de la tarde es la hora que prefieren para asistir al cine los verdaderos cineastas. 


              El verdadero cineísta

             Es difícil definir al verdadero cineísta. Existe el especializado, el que devora dos horas de proyección en persecución de un detalle, de un ángulo fotográfico o de un acierto de dirección, y presencia la proyección con el mismo sentido con que un erudito descifra un pergamino antiguo. Es bastante discutible que ese sea el verdadero cineísta. Y sin embargo, también el matinée es la función más adecuada para el especialista. Los teatros donde se exhiben películas antiguas están llenos de ellos a las tres de la tarde. 

           El verdadero cineísta asiste al teatro casi siempre solo. Se sienta invariablemente en los sectores laterales. No mastica chicle ni como ninguna clase de golosinas. No lee periódicos ni revistas, sino que permanece en las nebulosas, contemplando la pantalla con cierto aire de concentrada estupidez, hasta cuando comienza la proyección. Entonces se desabrocha el cinturón, se desajusta los cordones de los zapatos y el nudo de la corbata, y trata de apoyar las rodillas o de trepar los pies en el asiento delantero. Cinco minutos después de comenzada la proyección, puede estallar una bomba en el teatro, en que el verdadero cineísta no caerá en la cuenta. La película puede ser excelente o puede ser un mamarracho, eso no importa. Si a un verdadero cineísta se le dice en la calle que una película es insoportablemente mala, asistirá entusiasmado a la próxima exhibición, para convencer de que es mala en realidad.


            Rossellini va a dormir  

              No todo el que sabe mucho de cine es buen espectador. Roberto Rossellini, el gran realizador italiano, se duerme profundamente y ronca como un oso durante la proyección. El mismo ha declarado que se ha dormido incluso durante la exhibición de sus propias películas. René Clair, el insuperable director francés, ha manifestado que para entender la mayoría de las películas, debe serle explicado el argumento después de la proyección. De André Gide se ha dicho que en sus últimos años tenía por costumbre encerrarse desde las primeras horas de la tarde en los cines continuos, envuelto en bufandas y frazadas, que se iba quitando de encima a medida que progresaba la proyección. Azorín asistía a toda clase  de películas y las veía y entendía a su manera. No como un cineísta, sino como un literato. En sus prolongados matinées tuvo origen un libro que nada tiene que ver con el cine: El cine y el momento, en el que Azorín hace interesantes comentarios literarios sobre "High Noon", la extraordinaria película de Fred Zinemann,  y descubre que Gary Cooper es un caballero manchego, como Don Quijote. Su actor favorito, al parecer, era Gregory Peck. 


           ¿El cine para qué?

          De manera que la mejor clientela del matinée es la gente a la que realmente le interesa el cine. Pero también va a matinée la gente a quien el cine le importa una higa. Es bastante difícil encontrar en funciones vespertinas o nocturnas a espectadores que no estén allí por algún motivo que de alguna manera tenga que ver con el cine. La mayoría de quienes van al cine, lo hacen atraídos por los actores. 

             El juicio que les merece la producción depende en primer término de la manera como el actor haya correspondido a la simpatía que se le tiene. Y casi siempre la simpatía está condicionada a la clase de papeles que se les asigne al actor favorito. "No me gustó esa película, porque ella muere al final", es un comentario corriente entre los asistentes a las funciones vespertinas a metinée emiten ese juicio. Algunos, porque entienden bastante de cine. Otros, porque no saben qué ha pasado en la película, ni les importa. 


          No están todos los que son

          Es bastante probable que la clientela de los matinée disminuirá notablemente si se cerraran los colegios de bachillerato. Los estudiantes, que ordinariamente van al teatro en grupos, no tienen otro interés que refugiarse en un lugar seguro, mientras transcurren las clases. Como todos lo hemos hecho alguna vez, es muy probable que ese sea el origen del "sentimiento de culpa" y la sensación de clandestinidad que padecemos algunos adultos en matinée.

         Debido a la escasa asistencia, un teatro a las tres de la tarde es el lugar más seguro para una cita incógnita, para los amores secretos ---por cualquier motivo--- y para escapar a una obligación inaplazable. 

          "Cuando tenga un problema sin solución, váyase a matinée", le decía hace algún tiempo el gerente de una importante empresa a su jefe de relaciones públicas. El miércoles de la semana siguiente se encontraron a la salida de una matinée. 


           La terapéutica del matinée

           En Bogotá, el personaje más curioso que asiste a los teatros de estreno, a las tres de la tarde, es el anciano escrupulosamente vestido, cuyo automóvil lo aguarda a la puerta  hasta cuando termina la exhibición. Casi a siari, el redactor cinematográfico de este periódico lo ha visto entrar y acomodarse silenciosamente en uno de los asientos de la zona lateral. Su comportamiento es el de un cineísta perfecto: no mastica chicle, no come golosinas, no leer los periódicos no se pone en pie hasta el instante preciso en que aparece en la pantalla la palabra "Fin".

           Sin embargo, según su propia declaración, ese inveterado asistente a matinée ni siquiera recuerda el nombre de los actores. Es propietario de un almacén de víveres, y no tiene sino una sola explicación para su encantadora costumbre. 

          ---Desde hace nueve años vengo a matinée todos los días, por recomendación del médico. 




Escrito por Gabriel García Márquez
Octubre, 1954

Tomado del libro Crónicas y reportajes



miércoles, 17 de junio de 2015

Mi pobre máquina


Tomnada por Estefania Almonacid Velosa

         El linotipista de SEMANA--o como le digan ahora a ese que antiguamente se llamaba linotipista--se va a llevar la sorpresa más grande de su vida cuando le llegue esta crónica escrita a mano, con letra temblorosa, en renglones torcidos y de pronto con algunos caracteres ilegibles.

          Pero como todo tiene su explicación en esta vida, menos la muerte, me voy a tomar el trabajo de contarles lo que ha sucedido. Escribo a las once de la noche acorralado por el insomnio, en medio del silencio que arropa al mundo. Acabo de descubrir, entre otras cosas, que el silencio se oye como si fuera un ruido. Hay un rumor sordo entre la quietud.

          Estoy vestido con una alcandora de dril para mitigar el frío. Me veo en la obligación de utilizar un lápiz viejo, de punta roma, porque mi máquina de escribir, de súbito, ha sufrido un colapso. Por los síntomas que alcanzo a percibir podría diagnosticar que se trata de un ataque de apoplejía. Renquea penosamente y se niega a seguir trabajando.

           La verdad es que, desde hace varios meses, le vengo notando a mi máquina algunas señales alarmantes de la terrible enfermedad.
Por allá en enero le empezó una epilepsia evidente en la tecla de la "j". Después le sobrevino una bronquitis aguda que la hace toser con espasmos cada vez que trato de marcar la "b".

        Como podrán suponerlo, y a causa de todos estos achaques a los cuales hay que añadir los caprichos del espaciador y los saltos que pega en las vocales, mi máquina escribe como habla el Presidente de la República: comiéndose media palabra, poniendo una coma donde no debe y convirtiendo cada frase en un galimatias.

         Mi mujer, que nos conoce muy bien a mi máquina y a mi, me regañó la otra noche. "Si tú te enredas sólo, sin necesidad de ese aparato descompuesto-- me dijo sin piedad-- ¿por qué no te deshaces de ella y consigues una máquina nueva?".

          Su propuesta me cayó en el alma como un chorro de agua helada. Jamás me desprenderé de mi máquina, pase lo que pase, y aunque me toque cargarla por el resto de mi vida. No lo hago ni lo haré por la misma razón por la cual uno no cambia a su madre simplemente porque le ofrezcan una más joven, mejor pintada, bonita y saludable. Desconfío de esas máquinas eléctricas modernas que tienen todos los botones del mundo, pero les falta el alma. Son como seres vivos, que saltan apenas con mirarlas, y parece que fueran a hablar.

         Abandonar a mi máquina porque está viejita y andrajosa sería un imperdonable acto de ingratitud. Una deslealtad repugnante. Ni siquiera he tenido coraje para ponerla en manos de un mecánico, porque me duele pensar que la van a amontonar junto con otras máquinas, que ella ni siquiera conoce ni son sus amigas, en el rincón polvoriento de un taller, aguantando frío por las noches, quejándose de su reumatismo y sin nadie que la consuele, mientras yo duermo a pierna suelta. Atrocidad semejante no cabe en mi corazón.

           Aprendí a escribir en máquina cuando apenas levantaba una cuarta del suelo. En la bodega de su tienda, en medio de bultos de arroz y fardos de tela, mi padre tenía la máquina más antigua que se había visto en San Bernardo del Viento. Era una"Underwood" de vapor, y para que funcionara había que echarle agua por un costado y aceite de motor por el otro. Se le daba manivela durante cinco minutos, luego resoplaba como una vaca, arrojaba una vaharada de humo y quedaba lista para ser usada, montada en su carricoche de madera.

           La segunda máquina que conocí es esta misma, enferma crónica, que me ha acompañado por medio mundo, en las buenas y las malas, e incluso en las peores. Fue en su hombro donde lloré la pérdida del primer amor. Es su caparazón de pasta irrompible la que ha soportado las patadas que le propino cuando pierdo los estribos. Para mí es una compañera, una amiga, la amante que mitiga mis penas, pero también es algo más que eso, es mucho más: es una víscera adicional. Es el tercer riñón, por el cual orino espiritualmente. Es el segundo corazón, con el cual amo, gozo y padezco. Es el otro hígado que cuela mis tormentos. Es el único pulmón por el que verdaderamente respiro.

            No voy, pues, a abandonarla como una anciana expósita. En la navidad pasada, mi familia, para darme la grata sorpresa, me trajo de aguinaldo una pequeña máquina monstruosa, mitad computador y mitad escribiente. El último invento de los sabios japoneses. "¡Saquen esa intrusa de aquí! --ordené a gritos-- ¡Sáquenla antes de que la vea mi máquina y se vaya a resentir!


           De manera, señor linotipista, que ya sabe usted los motivos por los cuales esta crónica le llega escrita a mano. Estoy dispuesto, parodiando el lema de los combatientes espartanos, a morir con mi máquina, o sobre mi máquina, pero nunca sin mi máquina. Ahora mismo está convaleciendo de sus achaques. La noto ligeramente restablecida y espero contar con ella para la semana entrante. Y también espero encontrar un tema sobre el cual escribir, vea usted...




Escrito por Juan Gossaín
Semana, 1 de abril de 1988.

jueves, 11 de junio de 2015

Béisbol: juego de astronautas y poetas



         Mientras llevo a cuestas la pesada maleta de mi mujer, por los interminables pasillos del aeropuerto, me detiene un jovencito con el propósito de preguntarme cómo hace para aprender a jugar béisbol. O por lo menos para entenderlo. Es estudiante y tiene cara de serlo. Tiene 14 años y sus abuelos llegaron de Montería hace más de medio siglo. Me imagino, ahora que está creciendo, que sus ancestros caribes lo están llamando a través del río de la sangre. A lo mejor en su casa bogotana todavía almuerzan los sábados con mote de queso y caballito de papaya revuelto con piña, mientras oyen en el tocadiscos un porro de San Pelayo.


Tomada de www.culturarecreacionydeporte.gov.co
       
         Aprovecho la pausa de su pregunta para descansar y le digo, jadeando por culpa del equipaje, que ya es muy tarde para esas iniciaciones. El muchacho, consciente de su adolescencia, me mira perplejo, pero yo no tengo tiempo de explicárselo, porque llegó la hora del abordaje y mi mujer me mira con la misma cara de reproche que pone cada vez que me detengo a conversar con la gente en la calle.

         Como ni siquiera tuve tiempo de averiguar su nombre, voy a contestarle por escrito y en público. Empiezo por decirle que cualquier edad es tardía para comprender el béisbol, después de seis meses de haber nacido, a menos que lo hayas mamado en la leche materna o en la botella del tetero. Lo más grave es que puedes dedicarle la vida entera, pero no terminarás de entenderlo nunca, ni siquiera bajo la tierra del cementerio, porque el béisbol, como las cosas más bellas de la vida -como las muchachas bonitas y los libros, como los huevos revueltos y la chicha de patilla, como la poesía y el amor, como los boleros y el arroz con coco, como el color del mar y el viento que sopla en agosto- no se acaba jamás porque se reinventa a sí mismo cada día.

            A la gente le asombra que haya tantos beisbolistas gordos, viejos y calvos. Eso se debe a que el béisbol no es un deporte. Es un estado de alma, una actitud ante la vida, un homenaje del hombre a sus propias ilusiones y a las alas creativas de su corazón. De ahí que se juegue con la misma intensidad tanto en el aire como en la tierra. Porque es un juego para que lo practique el que tiene extravíos de poeta, vocación de astronauta y espíritu de niño. Una pelota blanca con costuras rojas, que vuela como una paloma bajo el cielo azuloso de las seis de la tarde, es en los confines del universo lo que más se parece al primer lucero de las constelaciones.

            Qué sería de la vida si no existiera el béisbol? , se preguntaba Ernest Hemingway, en sus tiempos de periodista, durante un viaje de aventuras por el Canadá. Siempre he pensado que el béisbol no es un asunto de vida o muerte. Es mucho más serio que eso. Es, por ejemplo, la única frustración verdadera que yo he sufrido en la vida. Cuando apenas levantaba una cuarta del suelo me veían pasar, bañado en el barro que producen la mezcolanza de sudor y polvo, por las calles de San Bernardo del Viento, persiguiendo una pelota de caucho. Soñaba despierto y dormido con salir en hombros del Yankee Stadium, aclamado por la multitud, cubierto con las ramas del laurel, a través de la misma puerta que cruzaron Ruth y Di Maggio rumbo a la inmortalidad. A cambio de eso, como todos los deportistas malos, terminé convertido en árbitro, que en la indescifrable jerigonza de los especialistas se llama umpire, y que los costeños pronunciamos el ampáya. Todavía hoy, anciano y sin pelo, con reumatismo y dolores en los músculos, cuando me pongo a comer arroz antes de acostarme, hay madrugadas en que me despierta la misma pesadilla, pero ahora estoy vencido y abucheado por la muchedumbre. El sudor del espanto me cubre la frente.

           El mejor pelotero.

           En el béisbol, como en la vida, y al contrario de lo que pasa en el fútbol, lo importante no es ganar ni perder, sino el placer que te produce el juego. Es igual que en el amor: el asunto no consiste en triunfar, sino en fracasar con gracia. El lugar más solitario de este mundo es el montículo del lanzador. Ahí el pobre hombre está solo, como un amante abandonado, con su imaginación y su conciencia, y con sus dudas. Qué le mando a ese bateador?. Una curva a la cabeza o una recta a las rodillas, una bola abierta o pegada al cuerpo, cerca del pecho o del cinturón? Quién es esa muchacha de pelo largo que está en la gradería? Le lanzo una lenta o una rápida? Bonita tarde. Yo debería estar en la playa. Le voy a lanzar una curva que vaya cayendo entre las rodillas y la cintura.

          -El béisbol es un juego demasiado lento -me dijo alguien una vez.

             Es cierto. En el béisbol no gana el más atlético ni el más apuesto, sino el que tiene tiempo para pensar y soñar. Y para inventar. Cualquier cosa que se te ocurra es posible. Por eso, precisamente, lo llaman el ajedrez de los estadios . Es un juego de imprevistos y sorpresas, como la vida misma. Luis Angel, que es antioqueño, lleva como veinte años tratando de entenderlo y no ha podido pasar de la primera base.

                El mejor pelotero que yo he visto en mi vida es Pascual Miranda, un campesino negro y flaco, a quien llamaban La Perra . Venía todos los domingos a San Bernardo del Viento, procedente de los montes de José Manuel de Altamira, vendía sus plátanos, ponía su machete en el suelo, se quitaba las abarcas, guardaba la mochila, se remangaba la camisa de dril y empezaba a lanzar. Sonreía. Los vencía a todos y seguía sonriendo. A la hora de la vespertina, en aquel potrero pelado y sin luz, entre la penumbra sólo se veían sus lanzamientos de humo, la bola que viajaba como una estrella desprendida del cielo y su dentadura reluciente que se confundía con el titilar de los cocuyos.

             Una vez le preguntaron por qué se reía siempre. Sus adversarios sospechaban que se estaba burlando de ellos con petulancia.

            -No -contestó él, avergonzado y sonriente-. Es que me estoy divirtiendo

Escrito por Juan Gossaín
El Tiempo, lecturas fin de semana
13 de octubre de 2002


Tomada de www.colombialink.com
*Juan Gossaín nació en San Bernardo del Viento, Córdoba, en 1949. Se dio a conocer con sus crónicas y reportajes en El Espectador y El Heraldo. Trabajó también en Cromos antes de convertirse en director nacional de noticias RCN. En los últimos años se ha dedicado a la novela. En la revista Semana publicó su columna "Desde San Bernardo de Viento", que recopiló en el libro La nostalgia del alcatraz. Recibió el Premio  Vida y Obra, del Círculo de Periodistas de Bogotá en el 2006 y es miembro de la Academia Colombiana de la Lengua.

  *Tomado del libro "Notal lijeras colomnianas" Maryluz Vallejo y Daniel Samper Pizano. 

viernes, 5 de junio de 2015

La arruga es bella...



        Cuando el diseñador español Adolfo Domínguez impuso en el mercado, hace veinte años, la ropa de lino, transmitió un mensaje subliminal a su distinguida clientela: la arruga es bella . Mató dos pájaros de un tiro: recordó que la perfección del planchado era una convención mandada a recoger y que la arruga, en la ropa y en los rostros, daba un toque de distinción a sus portadores. Mejor dicho, a sus beneficiarios.

Tomada de www.carlosduque.com.co


         El lino y el rostro. Si la calidad del tejido se medía por las arrugas que daban un toque de negligencia al vestido masculino o femenino, esas mismas arrugas, obra del tiempo que pasa por los seres humanos, embellecían como embellece la plenitud de la vida.

        La obsesión por disputarle al tiempo el efecto que causa sobre la piel se ha convertido en la última década en la base de un inmenso negocio de reingeniería estética. Mujeres y hombres acuden al colosal mercado de los cosméticos y a las clínicas de cirugía estética para borrar las huellas que la vida imprime en sus rostros.

        Sin embargo, nada más bello que una arruga o un pliegue. Si nos asumiéramos como seres que envejecemos, la tiranía de la juventud no sería hoy una servidumbre costosa, estimulada por una industria que pretende ponerle zancadillas al paso del tiempo. Los años, que escriben complejos garabatos en un rostro, nos llenan de expresividad y significados misteriosos. Donde no se inscriben las señales que llamamos arrugas o pliegues, nada parece haber pasado ni sucedido. Y esto es precisamente lo que pretende imponer la estupidez de ocultar lo vivido como si fuera la marca del envilecimiento.

         Sabemos que vivimos desde hace años lo que Lipovetsky llamó la era del vacío. Nos vamos vaciando de contenidos para aceptarnos como imagen o superficie. El juego de simulacros que nos impone la cultura del narcisismo, ha vuelto afrentosa la arruga. De allí el afán de borrarla del mapa de los rostros, de allí la impostura de creer que se vive para no dejar huellas ni rastros, que la felicidad efímera o los dolores duraderos no hacen mella en el cuerpo. Nos suponemos inmunes al regocijo de envejecer porque rehusamos acompañar el envejecimiento con la discreta sabiduría que produce aceptarnos como somos.

        Las multinacionales del rejuvenecimiento y los reinados de belleza han impuesto esta nueva servidumbre. El mundo de superficies convertidas en profundas obsesiones hace de las suyas en la conciencia colectiva de nuestro tiempo. La arruga dejó de ser bella porque la belleza de hoy es un uniforme insulso que pretendemos ponernos para estar de moda . Más allá de lo que parecería ser un tema banal, el simulacro de lo joven va dejando víctimas encarceladas en complejos y exclusiones. Los damnificados del artificio renuncian al placer de hacer de sus vidas una obra de arte: vivir de dentro hacia fuera.

        Si se hiciera un inventario clínico del malestar que produce el rechazo a envejecer, nos encontraríamos no sólo con costuras ocultas, ásperas y desagradables, sino las peores costuras de la psique. Los patrones de belleza apuntan hacia el unanimismo. En el afán de esconder señas de identidad que afloran en la superficie, luchamos tenazmente contra el tiempo, pero el tiempo, implacable, hace su trabajo con dedicación de orfebre.


Escrito por Óscar Collazos 

Tomada de El Tiempo
11 de noviembre de 2004



Tomada de www.colarte.com

*Óscar Collazos nació en Bahía Solano en 1942 y murió en el 2015. Escritor dramaturgo, narrador, ensayista, colaborador de numerosas publicaciones nacionales y extranjeras. Ha publicado varios títulos de novela y cuento, y en el 2002 recibió el Premio de Periodismo Simón Bolívar a la mejor columna. Sus columnas han aparecido en El Espectador y El Tiempo. En este último diario escribe cada semana "Quinta columna". Es autor de varios libros  de crónicas y novelas. 


*Tomado de "Notas ligeras colombianas". Selección y prologo Maryluz Vallejo y Daniel Samper Pizano.