martes, 26 de mayo de 2015

Elogio del bacán

Tomada de yousearch.co





           La palabra pudo haber venido del tango. Debió de haber nacido en el malevaje de barriada y con el lunfardo, el dialecto suburbano de los inmigrantes europeos a Argentina. Llegó y se aclimató en el Caribe, que da la vuelta por el canal de Panamá y se adentra culturalmente hacia el Pacífico, hasta Guayaquil, esa ciudad gemela de Buenaventura, con grandes dosis de turcos . Quizá descienda hasta Lima, por el Callao, donde la bacanería pudo haber llegado por el modo de ser y de vida que llevaron en la memoria viajeros marinos.

           Llegó tal vez a Barranquilla, la que fuera primera ciudad cosmopolita de Colombia, cuando Bogotá era una aldea ensimismada que miraba más hacia Londres que hacia el Caribe. Llegó a Barranquilla y, desde allí, ha colonizado el habla de casi todo el país. Bacán es hoy el término que señala bondades de todo tipo, el sustantivo adjetivado que califica las virtudes de personas y cosas. Es un elogio a la alegría de vivir. El bacán es la persona; la bacanería, la suma de bondades concentradas en un evento cotidiano y magnífico.
         
          Primero fue el adjetivo chévere , llegado probablemente de Cuba. El chévere del navajazo, recordaba Nicolás Guillén. Y hay cubanos que atribuyen el origen de la palabra a un tal Cheveret, caballero francés a quien sustantivo o sustantivo adjetivado recuerdan por sus bondades. Así que el bacán y el chévere se juntan para parecerse un poco al pachuno mexicano, criatura de barriada a la que Octavio Paz consagrara páginas memorables en El laberinto de la soledad.

           Los eruditos barranquilleros, empezando por Nelson Pinedo y Miguel Iriarte, dicen que una cosa es el bacán y otra el camaján , el dicharachero y pintoso personaje que el columnista conociera en Buenaventura. La verdad es que, desde mi adolescencia, camaján y bacán se confunden. Quizá sean el mismo perro manso, lanudo y danzarín con distinto collar, porque ambos son mansos y pacíficos: ladran pero no muerden; gritan pero no insultan.

            Los mismos eruditos dicen que el bacán es una propuesta de vida y paz. Es cierto, pero yo le añadiría otra virtud: el bacán es una respuesta a la compulsiva necesidad de producir, una salida por la tangente al círculo vicioso del trabajo, una administración placentera del ocio, una negación time is money de anglosajones y yuppies. El bacán es un narcisista inofensivo. En medio de la soledad urbana que crece como crecen las neurosis de la época, el bacán reivindica la solidaridad y la vida de grupo. Un bacán solo sería un onanista. Prefiere hacer el amor porque en el acto conoce más gente. A veces baila solo, para que no le dañen el paso.
         
Me atrae el lado convivencial, lúdico y festivo del bacán. Si se pudiera convertir a un violento en alguien distinto, habría que darle lecciones de bacanería. (En esto residió el triunfo y la derrota de Jaime Bateman: quiso una revolución festiva). Contra la amargura, la risa; contra el odio, ese amor que el bacán tiene por sí mismo; contra el segregacionismo social, la sociabilidad que el bacán comparte con pobres y ricos, aunque él sea pobre y nunca se haya propuesto ser rico. De allí su generosidad, su desconocimiento de la usura. El bacán es una entidad social con desarrollo sostenible. Lo quiere todo el mundo porque nunca ha demostrado odios a nadie. Si se enferma, pide que lo visiten; si se muere, pide que lo bailen.
                   
         Nos piden que escribamos sobre lo bueno del país. Para satisfacer la demanda, evoco pues al bacán, al camaján de mi infancia, al chévere que los buenos llevan como una marca de vida. El bacán, como la música que los acompaña, ha colonizado parte del país andino. Y chévere que así sea. En tiempos de guerra, toda conducta de paz es bacanería. Lo demás es barro.


           
Escrito por: Óscar Collazos

Tomado de El Tiempo, 5 de octubre de 2000





*Óscar Collazos nació en Bahía Solano en 1942 y murió en el 2015. Escritor dramaturgo, narrador, ensayista, colaborador de numerosas publicaciones nacionales y extranjeras. Ha publicado varios títulos de novela y cuento, y en el 2002 recibió el Premio de Periodismo Simón Bolívar a la mejor columna. Sus columnas han aparecido en El Espectador y El Tiempo. En este último diario escribe cada semana "Quinta columna". Es autor de varios libros  de crónicas y novelas. 



*Tomado de "Notas ligeras colombianas". Selección y prologo Maryluz Vallejo y Daniel Samper Pizano. 

jueves, 21 de mayo de 2015

Labranza bajo la lluvia



Tomada por Estefania Almonacid Velosa




         Eran las seis de la mañana cuando el pueblo estaba desierto. Lo colmaba una neblina que había venido amenazando los últimos días. Las calles tenían un aspecto parco que lucían con el frío intacto de un reloj detenido.

          Amaneció siendo domingo para que el viento abriera a la fuerza las puertas. De ellas salía el olor del caldo hirviendo y del chocolate espumeante sobre mesas decoradas con canastos y panecillos de maíz. Había razones, era día de fiesta.

        Al estar el día en plena expresión llegaron los camiones cargados de verduras y frutas en la plaza de mercado. La mañana suspiraba en cada esquina, el frío se envolvía en penosos rayos de sol, al parecer las estaciones se iban turnando en cada cuadra.  En el parque central de Úmbita llegaban hombres y mujeres con sombrero y ruana impecables, en sus manos cargaban bultos de papa, costales con mazorcas, bolsas de envueltos, frutas, dulces caseros y cañas de azúcar. Alrededor del parque se asentaron en grupos que llevaban el nombre de las diferentes veredas: La palma, Palo Caido, Tambor chiquito, Tambor Grande, Sisa, El Bosque, Boquerón, El Uvero, Alta Misal, Nueve Pilas y  Los Rosales.

Tomada ´por Estefania Almonacid Velosa

           Pequeños mercados conformaban la ofrenda para el santo San Isidro, patrono de los campesinos. En la entrada de la iglesia estaba él, lucía un sombrero, miraba con devoción al resplandor y en su ruana colgaban billetes que le dejaban los habitantes del pueblo, las personas iban llegando, se quitaban el sombrero para rezarle y dejaban colgando el billete y algún alimento.

             La carranga que trasmitían desde una tarima ambientaba la alegría de los allegados. Una carpa de dulces hacían ver definitivo el encanto de la festividad, los niños sonreía, parecían haber comido pomarrosas porque sus mejillas contenían el aspecto rozagante de la felicidad. Correteaban y comían helado, tomaban a sus madres de la mano y entraban a las tiendas pidiendo a gritos golosinas.
         
      Entrando la tarde los campesinos se conglomeraron en la mitad del parque, todos estaban atentos al trapiche que los brazos fuertes de más de cinco hombres movían en circunferencia. Las mujeres ansiosas pasaban la caña al trapiche y miraban con orgullo al sacerdote que con la sotana puesta y la biblia en la mano ayudaba a los hombres a hacer fuerza.  El dulce de caña caía en dos baldes para luego repartirlos en vasos a los que se encontraban acompañando el ritual.

            A las tres de la tarde ya estaba listo el primer grupo musical que tocaría para los úmbitanos. La carranga con mezcla de norteña empezó a sonar fuerte en los instrumentos de seis hombres vestidos de pantalón negro, chaqueta tabaco, botas texanas y el infaltable sombrero de cuero. El público los aplaudía pero ninguno se atrevía a bailar todavía, la maratón de carranga bailable sería más tarde, al parecer estaban ahorrando energías para ganarse los quinientos mil pesos.

          Ya era tarde para el almuerzo, pero cuando es domingo las horas se estiran para que el día parezca más largo. Los restaurantes inspiraban olores de condimentos, gallina y fritos, ya se veían familias enteras escogiendo el lugar para almorzar, otras ya tenían la presa de pollo en sus bocas y agachados en los platos de caldo disfrutaban saludando a personas conocidas. Sin embargo el lugar más apetecido para comer era en Fritanga Doña Amparo. Dos comedores largos, el mesón donde una señora sudaba fritando las papás criollas, la rellena y la longaniza, la nevera de las bebidas y un almanaque de un restaurante de comida oriental, componían el restaurante donde entraba y salían personas con aspecto de satisfacción agradeciendo al mesero que secaba el sudor de su cuello y frente con una bayetilla roja.

Tomada por Estefania Almonacid Velosa

           A las cuatro de la tarde el día dio un vuelco inesperado.  Las tiendas fueron el primer indicio para saberlo, después del almuerzo las personas esperaban caminar para hacer la digestión, pero no se pudo, al contrario, tuvieron que elegir una tienda, pedir cerveza y esperar que la lluvia calmara. Todas los establecimientos alrededor del parque estaban atiborradas de miradas ausentes, una a una las cervezas hacían fila para todo el que entrara.

              Los músicos subían sus instrumentos al carro, la vaca que iba ser subastada esperaba impaciente el llamado, dos niños la llevaban en un lazo y parecían contentos como llevando a su mascota a pasear, el animador era el menos animado, el agua invadió los mercados y las gallinas amarradas en la puerta de la iglesia se mojaban sin piedad. Las ofrendas de cada vereda se fueron subastando, un afortunado podría llevarse todos los alimentos a su hogar, cuatrocientos mil fue lo máximo que dieron y así, poco a poco fue desapareciendo el colorido del parque. ¿Y la maratón? Cancelada. Nadie quería atreverse a bailar en medio de la lluvia. La música se apagó, la tarima quedó vacía, los puestos de artesanía se escondieron y la iglesia cerró sus puertas, quizás San Isidrio no soportó el frío y se fue a dormir.

            Los buses hacía las veredas estaban listos para partir, se oyeron despedidas  y los canastos estaban  llenos. De un momento a otro los camiones arrancaron y el Castillejo, nombre de la gran montaña que se ve desde el pueblo,  extendió sobre el pueblo una bruma intensa ese domingo del mes de mayo en Boyacá.



 Escrito por Estefania Almonacid Velosa
Mayo 2015.

lunes, 11 de mayo de 2015

La línea


Tomada de smoda.elpais.com


       El mundo femenino está de plácemes con la llegada al comercio de un famoso producto adelgazador que dizque obra verdaderos prodigios. Es un polvo con sabroso sabor a vainilla y otras esencias ---propias para atraer a las señoras golosas--- que disuelto en agua y tomado tres veces al día, aparta de la mente de los gordos la imagen de un pollo frito... una esponjosa tortilla...un bistec con tocineta...una crema de ostras o cualquiera otra tentación en las que los hacen caer tan frecuentemente.  Nutriéndonos además con sus vitaminas y dejándonos perfectamente satisfechos. 

        Todo esto puede ser muy cierto. Pero también debe serlo que la tal "colada" lleve consigo la melancolía al espíritu de quien la toma. Ella ha sido la compañera inseparable de todo régimen alimenticio, porque el hecho de acercarse a la mesa para no comer, o comer con desagrado es para cualquiera motivo de sufrimiento moral. 

       Hace muchos años se puso también de moda una dieta milagrosa, a la cual me referí en el siguiente comentario que vuelve a ser de actualidad. 

       "La palabra línea sugiere rectitud, impone sacrificio y es respetable: Línea de conducta... línea de combate...línea de fuego...Pero llega a su significado máximo cuando se dice línea femenina...".

        En honor a la línea corporal muchas mujeres no solamente sacrifican todo deleite gastronómico, sino que lleguen hasta el heroísmo. 

        Cuando la aguja de la balanza pasa de límite exigido por las reglas de la estética, la señora que se pase exhala un triste suspiro y oculta muy bien en la secreta de su billetera el desdoroso comprobante.... Tomando la resolución de empezar en propia hora el tratamiento cumbre conocido con el nombre de "régimen de la manzana". Esta dieta, efectiva sin duda, es un programa de hambre más o menos así: Desayuno: una taza de café tinto sin azúcar y una manzana. Almuerzo: cuatro hojas de lechuga, un huevo cocido y una manzana. (Les faltó el canario...) Comida: una taza de caldo desgrasado, una tostada de pan, legumbres cocidas y una manzana. 

        Todo marcha a las mil maravillas. La señora se siente más ágil, se deleita ante el espejo observando los sorprendentes resultados y tiene que buscar costurera para que les varié las medidas a los trajes... Pero el régimen sigue y en la tercera semana sufre algunas variaciones de consideración.:

         Desayuno: jugo de naranja, una tajada de queso, riña con el marido... y una manzana. Almuerzo: jamón magro, "echada" del servicio ... medio tomate y una manzana. Comida: un vaso de leches descremada , un huevo escalfado, zanahoria cruda, "pataleta" ... llanto y una manzana. 

        Si el carácter no sufriera menoscabo con el régimen, todas las mujeres, jóvenes y viejas, haríamos algo por contribuir a la belleza de la raza, luciendo por las calles siluetas impecables. Pero ocurre que a muchas, el hambre nos reduce el espíritu a las más mínima expresión: se nos olvida charlar y sonreír... las ideas abandonan su morada... los presentimientos siniestros nos asedian... y  el sueño se niega a visitarnos sin la compañía de las drogas sedantes.

       No hay más remedio pues, que aceptar con resignación esa carga (que por fortuna pesa más al público que a quien la lleva a cuestas) con fortuna pesa más al público que a quien la lleva a cuestas) con la seguridad de que ella, por desgracia, será eterna. Pues para colmo de males, Dios Nuestro Señor nos quitó toda esperanza de mejorar siquiera en la otra vida; al notificarnos ---por boca de sus profetas--- que el día del gran juicio resucitaremos con los mismos cuerpos que tuvimos en la tierra... ¡Qué lástima! Ni aun en el cielo podremos usa "sueter" y prescindir de la estorbosa fajita...


Escrito por Sofía Ospina de Navarro.
Tomado de crónicas. 1983. Medellín


martes, 5 de mayo de 2015

El cine doméstico

       


     Los domingos parecen inspirados en el cine. Es el día indicado para ver la vida pasar en una pantalla. Una tras otra para olvidar que será lunes y algo dolerá. A su vez cualquier alma libre comprenderá que para el cine no hay día inoportuno.

       El desplazamiento del teatro al cuarto fue definitivo, después de tanta soledad no hacía falta volver atrás. Las seis de la tarde, la llegada a casa, el café y las galletas, la cama extendida, el desliz del gato y al frente la pequeña pantalla. Evocar al profesor de historia que le encantaba las películas de amor (Posdata: Te amo) y a la hermana de pelo corto que disfrutaba las películas de mujeres solas (Violett), qué decir del papá que se encerraba por horas viendo las clásicas películas de un hombre mexicano bastante pintoresco (El profesor).

      El cine se encargó de darle temperamento a la cotidianidad, los recuerdos se volvieron responsables, ya no hacía falta la reconciliación con el exterior para darle posibilidades al existir. Mal o bien se iba creciendo, se fortalecía ese mundo intimo en el que todos habitaban. Amar, llorar y temer en un comienzo que no necesitaba final porque lo visto ya no tenía marcha atrás.

    Desde el primer plano el viaje era definitivo,  el insinuar perderse era la fascinación.

       Todas las casas se convierten en palacios cuando hay un lugar de refugio, un florero en un esquina de sombra puede ser la solución al momento de zozobra. Ver una película a solas es emprender una vida incandescente, se aprende que la anatomía del silencio frente al dialogo, la fotografía y la banda sonora son el acuerdo para convivir con uno mismo. Sin embargo, la compañía siempre es grata cuando se contempla con la misma pasión, vale más dos asombros que uno, y ese pequeño giro para mirar con el rabillo del ojo al compañero para saber si se durmió o está atento o llorando es confortable para el cinéfilo.

      Detener la película para ir al baño, respirar, tomar algo y volver a la trama. Saber que el resto de la casa está sola y que solo una pantalla titila como luciérnaga entre los edificios. El placer en la oscuridad es enigmático en el acto amatorio o viendo una película, es la única forma donde el insomnio se convierte en personaje.

       Odett, una comedia de la felicidad es perfecta para verla con la mamá un sábado en la tarde, vendría bien una dona de chocolate con café, ella  sonreirá en toda la película. El ladrón de palabras es ideal para verla un domingo después del almuerzo en compañía de la familia, está cargada de tensiones y melancolías cubiertas de encuentros desencadenantes. Alex y Emma es una comedia romántica sobre un escritor y su problema de construir una historia, el lunes es el día para verla con manzanas rojas y almendras. 

        El martes es difícil para ver una película porque es un día donde todo se olvida, ya está presente el cansancio de la monotonía, no obstante El juego del matrimonio tiene el encanto de la seriedad de las relaciones humanas, la seducción y los escenarios urbanos son propicios para la expresividad del derroche. El siguiente es el miércoles para ver La llave de Sarah, tiene la fortuna de narrar el holocausto nazi en la voz de dos mujeres, de paso llega el jueves para prepara la cena y después ver Un toque de canela,  un alma gemela debe probar esto y ver el encanto de hacer caer azúcar en el seno materno. 

       Por fin llega el viernes con El lector, perfecta para verla con la ventana del cuarto despejada, dejando vislumbrar el ruido de las estrellas, una compañía amorosa sabrá disfrutar el paseo en bicicleta: una escena  memorable.


         Así, sencilla y sutilmente el calendario se va derritiendo y las historias se irán amontonando en un alma sensible que pueda desvestir sus deberes para ocuparse del atrevimiento de envolverse en el amor al cine. 


Escrito por Estefania Almonacid Velosa