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Mostrando entradas de febrero, 2015

Antolín Díaz, el cronista

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      Cuando muere un cronista, casi siempre en medio del olvido, me pregunto qué sería de la historia de un país sin sus cronistas. Con ellos muere una parte de nuestro pasado que nadie más puede contar.

        Pienso en Germán Pinzón, el último de los grandes de la generación portentosa de la década del cincuenta, quien murió hace un mes. También, en Luis Tejada, José María Cordovez Moure, José Joaquín Jiménez, Felipe González Toledo, Jairo Zea, por decir sólo algunos nombres. Ellos hacen parte de una tradición olvidada. Nos contaron con sus voces las historias de las que fueron testigos: el transcurrir doloroso de un siglo de guerras civiles en un país pobre y aislado del resto del mundo; la vida cotidiana de las pequeñas ciudades de la primera mitad del siglo XX que se convertían en metrópolis; las grandes huelgas de los trabajadores petroleros, de los braceros del río Magdalena y de los bananeros de la costa Atlántica; la violencia política de los años cincuenta; la criminalidad …

En la oscuridad de la noche

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En la oscuridad de la noche trato de encontrar una emisora que me remplace a la HJCK  que hace poco tiempo salió del aire. Acuérdese, porque en Colombia todo pasa y se olvida. 

      Como si fuera un Ulises que busca su regreso a casa, navego, para usar un término que en la antigüedad ponía a temblar a los hombres de mar y hoy llena de gozo a los ciberadolescentes de cuerpo o de alma. Pero, ¡Oh, Zeus! surcar nuestro ámbito hertziano es igual que atravesar el Mar de los Sargazos que Odiseo no conoció.

    En una isla oigo a una pastora protestante imponer a gritos la fe en dios, de una manera menos encantadora que las sirenas de la Odisea. En el otro extremo del dial un hombre vocifera y milagrosamente levanta y hace caminar a los tullidos. 

       Sigo mi curso. Dejo atrás los puertos de música basura de todo origen. Pocos pueden reivindicar la defensa del patrimonio nacional cuando domina el falso vallenato y el chucuchucu a la lata.

     En una bahía oigo una voz que me parece conocida.…

Las perlas de la Guajira

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Estoy conociendo La Guajira en avioneta monomotor, y ando corto de gasolina. Aterrizo en el arenal que sirve de aeropuerto a Uribia, una ciudad que parece diseñada en el desierto por Le Notre con avenidas y Round Points , pero con pocas casas. Lleno mi tanque con la única gasolina que hay, que es para camión, y despego hacia la costa. Sobre el sitio que mi mapa denomina Carrizal, se me apaga el motor. No le gustó la gasolina.

Aterrizo en la duna detrás de la playa y veo que corre hacia mí una turba de Wayú casi desnudos (taparrabos con borlas) gritando uchí, uchí . Uno lleva colgada al cuello una cruz de hierro alemana; durante la guerra en estas playas descansaron submarinos. Habla un poco de español, y me explica que uchí significa ave . Los demás me toman de la mano y me llevan a su poblado en la playa: hamacas colgadas de estacas, alguna garita, y unas canecas extrañamente interconectadas. Las mujeres llevan largas mantas de algodón que se les pegan al cuerpo con el viento; algún m…