viernes, 20 de febrero de 2015

Antolín Díaz, el cronista

      Cuando muere un cronista, casi siempre en medio del olvido, me pregunto qué sería de la historia de un país sin sus cronistas. Con ellos muere una parte de nuestro pasado que nadie más puede contar.

        Pienso en Germán Pinzón, el último de los grandes de la generación portentosa de la década del cincuenta, quien murió hace un mes. También, en Luis Tejada, José María Cordovez Moure, José Joaquín Jiménez, Felipe González Toledo, Jairo Zea, por decir sólo algunos nombres. Ellos hacen parte de una tradición olvidada. Nos contaron con sus voces las historias de las que fueron testigos: el transcurrir doloroso de un siglo de guerras civiles en un país pobre y aislado del resto del mundo; la vida cotidiana de las pequeñas ciudades de la primera mitad del siglo XX que se convertían en metrópolis; las grandes huelgas de los trabajadores petroleros, de los braceros del río Magdalena y de los bananeros de la costa Atlántica; la violencia política de los años cincuenta; la criminalidad cotidiana de nuestras grandes capitales.

         Pienso en cronistas casi desconocidos que contaron cómo eran nuestras regiones. Uno de los más importantes es Antolín Díaz. Nació en San Carlos, Bolívar, en 1895.

        Según cuenta su biógrafo Albio Martínez Simanca en el libro Vida y obra de Antolín Díaz . El coloso del periodismo empezó su carrera en una pequeña tipografía de Montería llamada Fiat Lux, donde fundía el plomo, manejaba los chibaletes, armaba las cajas y montaba las páginas que se iban a imprimir. Luego viajó a Magangué, donde fundó los periódicos El Decoro y el Pequeño Diario entre 1921 y 1922. Después fue cronista de La Nación , de Barranquilla, en una de sus épocas más brillantes; luego trabajó en El Mercurio , de Cartagena; El Correo de Colombia , de Medellín; El Espectador, El Tiempo, El Liberal, La Razón, Sábadoy Clarín , de Bogotá. En 1931 abandonó su cargo de oficial mayor en la Biblioteca Nacional para recorrer el país. Trabajó como corresponsal de guerra de El Tiempo durante la guerra con el Perú después de enrolarse en las filas del Ejército colombiano. Durante los agitados años cuarenta fue subdirector de la revista Estampa . Perteneció a la masonería, participó en la creación de un grupo de ideas socialistas que apoyaba desde los periódicos la candidatura presidencial de Jorge Eliécer Gaitán. De esta época son sus libros A la sombra de Fouché, Pequeño proceso a las izquierdas, Los verdugos del caudillo y de su pueblo y Biografía popular de Jorge Eliécer Gaitán.

       Sus libros más importantes los escribió después de la guerra con el Perú. En Lo que nadie sabe de la guerra , narró su vida de periodista y de soldado en el frente de batalla. En sus páginas recogió las crónicas que envió desde las selvas y que nunca aparecieron publicadas en El Tiempo debido a la censura. Son memorables sus historias sobre los soldados que morían de paludismo en el frente esperando una orden de asalto a las trincheras del ejército peruano que nunca llegaba. También sus relatos sobre las prostitutas que acompañaban a las tropas, a pesar de los riesgos: Elisa, Blanca, Pastora, Sara, Juana, María, Berta. Él las llamaba los medallones de la guerra.

       En 1935 escribió el libro Sinú, pasión y vida del trópico , un recuento de sus experiencias como ayudante de Manuel Santiago Manga, un pastor protestante que andaba por las sabanas de Bolívar catequizando a los campesinos con un cargamento de cinco mil biblias. Su obra causó revuelo en Bolívar porque narraba en forma cruda el abandono en el que se encontraba esa región donde, en contraste, cuando eran sacrificadas, se hallaban granos de oro en el buche de las gallinas. "En este gran reportaje, el reportero denuncia la tragedia que ocurrió en febrero de 1931 en Montería. Según su versión, ocho mil hombres armados de machetes atacaron a cuatro mil conservadores inermes. El enfrentamiento terminó con decenas de muertos que fueron arrojados al río Sinú y un incendio que devoró buena parte de la ciudad", cuenta la periodista Maryluz Vallejo. Eran los comienzos de la violencia partidista de mitad del siglo XX.

"Soy y seré pobre, casi miserable, pero libre. Vendo las futilezas que escribo para el diarismo", decía de sí mismo Antolín Díaz pocos años antes de morir, en 1968. Los cronistas como él no escriben la Historia: hablo de la Historia, con mayúsculas. Su oficio se reduce a ser testigos de su época. Pero ¿qué sería de la historia de un país sin los cronistas?


Escrito por: Juan José Hoyos
Tomado de El Colombiano
17 de julio del 2010

lunes, 9 de febrero de 2015

En la oscuridad de la noche

Tomada de http://lomas.excite.es/


     En la oscuridad de la noche trato de encontrar una emisora que me remplace a la HJCK  que hace poco tiempo salió del aire. Acuérdese, porque en Colombia todo pasa y se olvida. 

      Como si fuera un Ulises que busca su regreso a casa, navego, para usar un término que en la antigüedad ponía a temblar a los hombres de mar y hoy llena de gozo a los ciberadolescentes de cuerpo o de alma. Pero, ¡Oh, Zeus! surcar nuestro ámbito hertziano es igual que atravesar el Mar de los Sargazos que Odiseo no conoció.

    En una isla oigo a una pastora protestante imponer a gritos la fe en dios, de una manera menos encantadora que las sirenas de la Odisea. En el otro extremo del dial un hombre vocifera y milagrosamente levanta y hace caminar a los tullidos. 

       Sigo mi curso. Dejo atrás los puertos de música basura de todo origen. Pocos pueden reivindicar la defensa del patrimonio nacional cuando domina el falso vallenato y el chucuchucu a la lata.

     En una bahía oigo una voz que me parece conocida. Habla de cine, libros y música. Pero, de vez en cuando rellenan espacios con grabaciones de emisoras extrajeras. En otro puerto hay un señor que tiene la voz muy parecida a Belisario, pero no los es. Lleva años haciendo entrevistas con largos trasnoches. Por lo menos muestra un panorama de este país. En una cala, dos paisas hablan de cualquier tema docto. Después, sus oyentes llaman por teléfono para decir cualquier cosa sin recibir respuesta o ilustración. Solo se agradece el que hayan participado. Vaya participación. Llegó a una península donde se practica un escandaloso y instantáneo mini psicoanálisis. Es una psicotegua que escucha cualquier historia que le cuenten, hace preguntas morbosas e interrumpe para pasar a comerciales. Deja al paciente colgando de la brocha. 

       En un islote, una numeróloga dicta los ganadores del chance y la lotería, pone a la venta su libro de cifras mágicas e invita a los incautos a una consulta personal. Vaya suerte la de los que caigan en sus manos. Descubro que estoy en un archipiélago de embaucadores. No faltan los yerbateros, los que dan consulta médica telefónica, los astrólogos y el que pésimamente imita a un chamán. Todos acaban exigiendo a los radioescuchas que vayan a sus consultorios, casas de hierbas, iglesias y farmancias para recibir el tratamiento completo. Me imagino los costos. No hay duda, los charlatanes que veíamos en los mercados y las calles de nuestras ciudades y pueblos han ascendido a las ondas hertzianas. 

         Cuando creo que el claror ya llega, resulta que el agitado océano es similar tanto de día como de noche. En las emisoras, rodeadas por todos los lados por propaganda, emergen las entrevistas insidiosas, los regalos de calcomanías, discos baratos y libros ilegibles para aumentar sintonía. La música diurna es tan mala como la nocturna. Hay todos tipo de programas prepago de consejos de salud, belleza, quiromancia y demás atrapabobos. Debates de fútbol, transmisiones y comentarios van con la misma gritería que los sermones. Hay comentarios políticos torcidos, morbo criminalista y lloriqueo en las entrevistas de las víctimas de tragedia. Hurgan hasta la empuñadura. 

       En muchos sitios mi nave ha encallado con frases tales como enrtsuyduiocgmsalud. Un genio de la publicidad se inventó la letra chiquita verbal que ahora agregan a las propagandas. No se entiende, pero son las frases que deben proteger la salud y el bolsillo del público. Casi todos dicen "aplican restricciones". Se burlan del consumidor. 

       ¿Quién controlará todo esto? ¿Las leyes del mercado? ¿Los rating? Se les fue la mano en la asignación de frecuencias. ¿Las emisoras siguen el diseño con el cual obtuvieron licitaciones? Tenemos el piélago de la radio miti mala y miti pésima. ¿No hay Estado en el aire?

      Aunque también oigo un bello solo de violín, regreso rápidamente a Itaca para escapar de esta perpetua oscuridad de la noche.



Escrito por Carlos Castillo Cardona

Tomada de El Tiempo, 2 de enero de 2008.



Carlos Castillo Cardona nació en Barcelona en 1040, pero a los nueve años migró a Colombia. Es sociólogo de las universidades Nacional de Colombia, Católica de Lovaina y Cornell. Ha sido profesor universitario e investigador de Naciones Unidas. Ha publicado varios libros y artículos sobre temas sociales, urbanismo y estética. Es columnista de El Tiempo y fue colaborador regular de la revista Cambio. Es autor de las novelas JMS y su perseguido y A qué país me habéis traído. 

Tomado de el libro: Antología de notas ligeras colombianas. Maryluz Vallejo y Daniel Samper Pizano. 

        

lunes, 2 de febrero de 2015

Las perlas de la Guajira

Tomada de  www.colombia.travel

 
Estoy conociendo La Guajira en avioneta monomotor, y ando corto de gasolina. Aterrizo en el arenal que sirve de aeropuerto a Uribia, una ciudad que parece diseñada en el desierto por Le Notre con avenidas y Round Points , pero con pocas casas. Lleno mi tanque con la única gasolina que hay, que es para camión, y despego hacia la costa. Sobre el sitio que mi mapa denomina Carrizal, se me apaga el motor. No le gustó la gasolina.

Aterrizo en la duna detrás de la playa y veo que corre hacia mí una turba de Wayú casi desnudos (taparrabos con borlas) gritando uchí, uchí . Uno lleva colgada al cuello una cruz de hierro alemana; durante la guerra en estas playas descansaron submarinos. Habla un poco de español, y me explica que uchí significa ave . Los demás me toman de la mano y me llevan a su poblado en la playa: hamacas colgadas de estacas, alguna garita, y unas canecas extrañamente interconectadas. Las mujeres llevan largas mantas de algodón que se les pegan al cuerpo con el viento; algún misionero les enseñó a no andar desnudas pero no pudo prohibirle al viento que les dibujara sus cuerpecitos.

Me guindan una hamaca debajo del ala de mi avioneta. Hace frío, pero arropado en mi saco de vuelo duermo bien y de madrugada me despierta el griterío de los pescadores de perlas que bajan sus canoas al mar. Zarpo con ellos. En cada canoa va un viejo con una gran totuma, y varios jóvenes que muerden guantes de piel de chivo para ablandarlos, llenan sus pulmones, y se hunden en el mar agarrados a unas piedras de lastre. Reaparecen uno por uno, le entregan al viejo puñados de ostras, él las abre y echa las ostras con su jugo a la totuma. Cuando hay perla la guarda con cuidado en un taleguito que lleva al cinto. Los jóvenes silban intermitentemente antes de volverse a zambullir; por qué? Para oxigenarse; los indios ecuatorianos hacen lo mismo cuando caminan volcán arriba.

Al anochecer se reúne todo el pueblo en la playa alrededor de un fuego sobre el que hierven lentamente las ostras. El más viejo empieza a contar cuentos de mar con mímica que hasta yo entiendo. Se ve rondar el tiburón y el viejo le clava su cuchillo en la tripa; se ve cómo la barracuda se roba de un bocado la mitad de un pescado pero huye como un perro cuando el viejo nada hacia ella.

Al fin, en una pausa, todos se fijan en mí y resuelvo preguntar si aquí hay pulpos. Hago tentáculos con los dedos. Pu po, pu po , pregunta el viejo tratando de entender. Hago ventosas con la mano y hago como si chupara. Pu po, pu po dice el viejo, como empezando a comprender. Me envuelvo a mí mismo en un gran abrazo y peleo como si el pulpo quisiera llevarme al fondo. Matrimonio dice el viejo con una sonrisa triunfal, y todos sueltan la carcajada. Seguramente el misionero que trajo las mantas también explicó a los Wayú nuestras extrañas costumbres matrimoniales, y lo que logró fue que al pulpo lo llamaran matrimonio.

Apunto a una joven bonita y haciendo como si le diera el brazo logro averiguar cómo es entre ellos el matrimonio. Primero la madre cobra varios corderos por la novia, luego la encierra en una garita hasta que su tez blanquee, y finalmente anuncia al novio que su novia ha hablado con la luna y se puede casar. Si luego el marido la quiere devolver, la madre le devolverá los corderos; de pulpo, nada. Lástima no haber traído unos cuantos corderos en la avioneta.

La sopa de ostras es deliciosa. El Pacho , otro plato típico es menos apetitoso: cordero hecho pedacitos a machetazos y cocinado en su propia sangre, sin desperdiciar nada. El trago se destila en las canecas interconectadas a base de cabuya mascada y pilas viejas, y al lado hay unas estacas en las que las mujeres amarran a sus maridos cuando han tomado demasiado chirrinche , para que rían todo lo que quieran sin molestar a nadie.

Sin mucho afán limpio el carburador de la avioneta y cuando prende el motor viene medio pueblo a echarle machete a todo lo que pueda obstaculizar mi despegue. Los Wayú se despiden de mí gritando uchí, uchí , y ese es el recuerdo que me llevo de este mundo idílico, más un par de perlas.

Años más tarde llevo a La Guajira a Lita, mi mujer, que a pesar de las perlas nunca ha creído del todo mi cuento. A Carrizal ya llega un carreteable y vamos en jeep . De lejos se ven varias pequeñas construcciones de mampostería, y a la entrada del pueblo un viejo vende langostas. Mientras regateamos me mira de reojo y, pagadas las langostas, me dice: No fue usted el que aterrizó aquí hace años? .

A pesar de la llegada de nuestra dudosa civilización occidental , todavía es poco lo que aquí ha ocurrido. Lita ahora sí cree mi cuento.


Escrito por Mauricio Obregón 

Tomado del periódico El Tiempo 

13 de junio de 1995