Milagros del verano tropical


La pequeña Marilyn. Fotografía de  Edouard Boubat, París, 1975

         Estas noches de verano me tienen enamorado. Cuando la luna aparece encima de las montañas, en esos minutos durante los que se desnuda, aún amarilla, encima de la gasa azul del firmamento, dan ganas de salir corriendo a un libro romántico, ponerse a releer versos, a evocar anocheceres de juventud, a caminar por territorios como los de don Jorge Issacs. 

        Los vallecaucanos lo han vivido en este dulce tránsito de julio a agosto, cuando el cielo es más cielo y la tersura de en las manos cerradas de un bebé, vuelve a aterrizar desde el cielo en una música que se oye lejana, se levanta en el humo desde las quemas en los cañaduzales.

       Las estaciones se marcan severamente en las ciudades de este trópico. En la franja que va desde Cartago, al sur de la zona cafetera, hasta el mar seco del Patía, antes de que empiece en Junambú el ascenso hacia las montañas de Pasto, el verano estampa una dura marca. Se vuelve más transparente el cielo, se imprime en esta geografía sobre la tierra y resuda encima de la piel de los habitantes. Por eso aquí el calendario escolar es distinto que en todo país. Por eso en el medio del año aquí la gente se viste de otra manera y el tiempo adquiere un tono liviano, una forma de se aún más sencilla.

        Quien llega de las tierras frías o de las zonas montañosas se ve tomado por ese cambio. Nada se comporta igual en el verano. En las calles ardidas de resolana se ven paraguas abiertos al mediodía para proteger a las ancianas. Bajo el sol hay viseras y sombreros de paja tupida, como los del Pacífico, para crear sombra en los rostros. 

        La ciudad disminuye un poco su trajín y se respeta al calor. Las piscinas y ríos se pueblan de visitantes. El tráfico automotor se hace un poco más suave en las horas ardorosas del sol fuerte y con el caer de la tarde los centros comerciales vibran en una nueva alborada, esta vez, de anochecer.

       Me encantan las vacaciones recreativas que se programan para los niños. Soy entusiasta de ese tiempo vacío cuando se los ve en en todo tipo de actividades. La nostalgia de los paseos de olla, del prender fuego entre las piedras para cocinar un sancocho o asar unos trozos del lomo de res o dorar unos plátanos me vuelve agua la boca. Me maravilla iniciar la candela con trocitos de hojas secas. Me gusta el humo que avasalla desde el forgón ardiendo. 

         En cambio me parece traído de los cabellos inventar cabalgatas de asfalto por la ciudad. O hacer comparsas comerciales de chrivicos. O anunciar bailes sin bailarines. O lanzar a la vía saltimbanquis despistados. O poner en aprietos a zanquilargos de ladera. Mi espíritu conservador se queda se queda con las costumbres sencillas de tiempos viejos. Estoy más acompasado con un bolero que con un reguetón.

       Pero que vengan todas las alegrías del verano. Que los amaneceres sigan estallando con fuerza amarilla sobre las suaves montañitas del oriente caleño. Que el viento alce faldas. Que la gente sonría sin motivo y que haya fresca expresión en todos los rostros. Que el verano nos siga regalando la luz inesperada.



Escrita por Álvaro Burgos Palacios
Tomada de El País, "Campana", 3 de agosto de 2004.





Álvaro Burgos Palacio, periodista, escritor y abogado, nació en Bogotá, en 1945. Máster en Ciencias Políticas en la Universidad Javeriana de Bogotá. Ha ejercido como juez y catedrático universitario. Redactor del diario El Tiempo, jefe de redacción de Cromos y coordinador editorial de El País de Cali. Ganador de varios premios de periodismo. Su obra literaria figura en los libros colectivos Obra en marcha y Antología enédita de Colombia. 

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