lunes, 17 de agosto de 2015

El negocio de la sonrisa

Tomada de http://blogs.infobae.com/

          Los Estados Unidos están comercializando la sonrisa. No es una cosa extraña en nuestra sociedad de consumo, pero tampoco se trata de un adefecio. Detrás de Mr.Smilie, el mono esquemático que sonríe y que ahora aparece en botones, chalecos tejidos, relojes de pulso, joyas, mancornas, afiches y hasta sobre la parte trasera de los pantalones de alguna preciosa muchacha, hay una intención psicológica explicable y poderosa: hacer sonreír a la gente. Algo más de ocho millones de norteamericanos ---y norteamericanas--han comenzado a usar estos símbolos. Y ello, en el breve espacio de diez meses. La demanda de todos estos objetos, con la cara de Mr.Smile, aumenta a cada momento. Tal vez esta moda, como tantas otras, llegará hasta nosotros. Y será oportuno. Oportuno ver sonreír a un empleado público tras su escritorio, o a un funcionario inflado, de esos que tanto abundan en nuestras oficinas y despachos. No sería justo, sino paradójico, un rostro agrio o demasiado importante, mientras en la solapa le sonríe, al mismo ciudadano, el mofletudo y simpático símbolo de los nuevos norteamericanos. 

          A nosotros nos hace falta sonreír, efectivamente. Y sonreír con una buena y cordial sonrisa, que no es precisamente abrir la boca y mostrar los dientes. Ya se sabe. Lo contrario de la risa no es el llanto: es la sonrisa. En el camino que va de las lágrimas a la carcajada, se encuentra ese ademán sugestivo, ese esguince que el hombre tardó milenios en incorporar a su vida. Muchas gentes que descubren el milagro de la sonrisa en un paisaje, en una mirada o en unos labios ---y que la consideran como un gesto connatural de todo rostro-- caen en el mismo error de perspectiva de aquellos que imaginan que el amor nació al mismo tiempo que el sexo. La verdad resulta bien distinta. Porque entre el uno y el otro, entre el amor y el sexo, se interpone una buena distancia de siglos. La risa, el llanto y el sexo, es innegable, rondan continuamente a nuestro lado. Son atributos biológicos que nacieron con el primer hombre en el paraíso. Pero el amor y la sonrisa, por el contrario, son mecanismos del alma que demandan una madurez espiritual y una proceso de cultura. La risa, el llanto y el sexo se dan silvestres, son gérmenes que proliferan lo mismo en la ciudad que en la caverna. El amor y la sonrisa, en cambio, necesitan una quietud de laboratorio. Son como las flores de cultivo. Necesitan riego y los afanes de unas manos. 

        La sonrisa es oficio de los labios, en tanto que la risa es oficio de los dientes. Nos obstante, la sonrisa sabe invadir todo el rostro y se escapa por los ojos, aunque los labios permanezcan cerrados. Todos hemos visto tal vez, frente al rostro que amamos; una sonrisa que cruza por la mirada, sin bajar a la boca y, muchas veces, en los labios, una luz que anticipa y no alcanza a subir a los ojos. El viejo Hugo, poeta entre los poetas, y por lo mismo, un intuitivo, solía decir que la sonrisa de la mujer que amamos se comunica aun entre la oscuridad de un cuarto. 

            Reír y llorar son negocios físicos, casi groseros. Plauto y sus amigos, en el mercado de la vieja Roma, contrataban a los hombres, los enmascaraba, les enseñaban deliciosas vulgaridades para que contagiaran con su risa a las gentes los romanos de nuestro tiempo, los americanos, están buscando algo parecido. Desde que el mundo es mundo, el negocio de las plañideras que se deshacen en lágrimas remuneradas, no se ha cancelado en este paradójico tiempo del átomo. Risa y llanto se pueden comprar al antojo. Pero la sonrisa es tremendamente independiente. Es como el placer, que se puede pagar en cualquier esquina, en tanto que el amor no será nunca negociable. Porque la risa, como ciertas formas del llanto, como el sexo mismo, es una manifestación social. En tanto que la sonrisa será siempre solitaria. 

       A Bergson---primo político de Proust---que escribió sobre la risa, no se le ocurrió escudriñar la ironía, la gracia recóndita que suponen unos labios que sonríen. En el Infierno hay carcajadas, y Dante nos transcribe ese eco al través de su accidente viaje. En el Purgatorio y en el Paraíso, en cambio, solo la sonrisa tienen sus dominios. Nunca, ni en Biblias ni en libros de devoción, se habla de la risa de Dios o de sus santos. Solo de su sonrisa. En cambio, la carcajada del Diablo--del pobre Diablo ahora tan venido a menos--- espantaba a la gentes desveladas en las noches de la Edad Media. Y un país, lo mismo que un hombre, solo en la plenitud de sus virtudes, cuando el demonio no lo habita, solo en la garantía de un porvenir pagadero en letras a poco plazo, sabe sonreír. Los países, los pueblos sojuzgados por la tiranía o el desmedro, usan apenas del llanto o de la carcajada. Por eso es tan importante que aprendamos a sonreír. Que abrochemos sobre nuestro ojal, como lo ha hecho sobre su nalga la muchacha que ilustra estas consideraciones, a Mr.Smilie, símbolo de esa ancha sonrisa que tanta falta nos hace. 

         


Escrito por Eduardo Mendoza Varela
Tomado de Lecturas Dominicales, El Tiempo. 3 de octubre de 1971.





Tomada de http://www.banrepcultural.org/
Eduardo Mendoza Varela. Poeta y periodista boyacense (Guateque, marzo 29 de 1918 - Bogotá, marzo 8 de 1986). Erudito intelectual, Eduardo Mendoza Varela se interesó especialmente por establecer las relaciones entre lo nacional y lo universal. Fue colaborador de las revistas Mito (1955), Lámpara, Boletín Cultural y Bibliográfico y Correo de los Andes; profesor de humanidades de la Fundación Universidad de América y secretario de la Embajada de Colombia en México. Durante dieciocho años, 1958 a 1977, trabajó en el periódico El Tiempo, donde dirigió las Lecturas Dominicales y fue subdirector general y director encargado. Allí mantuvo dos columnas: "Primer Plano", que aparecía en las páginas editoriales, y "Cruz y Raya", en el Suplemento, de la cual se publicó, en 1973, una selección.






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