miércoles, 17 de junio de 2015

Mi pobre máquina


Tomnada por Estefania Almonacid Velosa

         El linotipista de SEMANA--o como le digan ahora a ese que antiguamente se llamaba linotipista--se va a llevar la sorpresa más grande de su vida cuando le llegue esta crónica escrita a mano, con letra temblorosa, en renglones torcidos y de pronto con algunos caracteres ilegibles.

          Pero como todo tiene su explicación en esta vida, menos la muerte, me voy a tomar el trabajo de contarles lo que ha sucedido. Escribo a las once de la noche acorralado por el insomnio, en medio del silencio que arropa al mundo. Acabo de descubrir, entre otras cosas, que el silencio se oye como si fuera un ruido. Hay un rumor sordo entre la quietud.

          Estoy vestido con una alcandora de dril para mitigar el frío. Me veo en la obligación de utilizar un lápiz viejo, de punta roma, porque mi máquina de escribir, de súbito, ha sufrido un colapso. Por los síntomas que alcanzo a percibir podría diagnosticar que se trata de un ataque de apoplejía. Renquea penosamente y se niega a seguir trabajando.

           La verdad es que, desde hace varios meses, le vengo notando a mi máquina algunas señales alarmantes de la terrible enfermedad.
Por allá en enero le empezó una epilepsia evidente en la tecla de la "j". Después le sobrevino una bronquitis aguda que la hace toser con espasmos cada vez que trato de marcar la "b".

        Como podrán suponerlo, y a causa de todos estos achaques a los cuales hay que añadir los caprichos del espaciador y los saltos que pega en las vocales, mi máquina escribe como habla el Presidente de la República: comiéndose media palabra, poniendo una coma donde no debe y convirtiendo cada frase en un galimatias.

         Mi mujer, que nos conoce muy bien a mi máquina y a mi, me regañó la otra noche. "Si tú te enredas sólo, sin necesidad de ese aparato descompuesto-- me dijo sin piedad-- ¿por qué no te deshaces de ella y consigues una máquina nueva?".

          Su propuesta me cayó en el alma como un chorro de agua helada. Jamás me desprenderé de mi máquina, pase lo que pase, y aunque me toque cargarla por el resto de mi vida. No lo hago ni lo haré por la misma razón por la cual uno no cambia a su madre simplemente porque le ofrezcan una más joven, mejor pintada, bonita y saludable. Desconfío de esas máquinas eléctricas modernas que tienen todos los botones del mundo, pero les falta el alma. Son como seres vivos, que saltan apenas con mirarlas, y parece que fueran a hablar.

         Abandonar a mi máquina porque está viejita y andrajosa sería un imperdonable acto de ingratitud. Una deslealtad repugnante. Ni siquiera he tenido coraje para ponerla en manos de un mecánico, porque me duele pensar que la van a amontonar junto con otras máquinas, que ella ni siquiera conoce ni son sus amigas, en el rincón polvoriento de un taller, aguantando frío por las noches, quejándose de su reumatismo y sin nadie que la consuele, mientras yo duermo a pierna suelta. Atrocidad semejante no cabe en mi corazón.

           Aprendí a escribir en máquina cuando apenas levantaba una cuarta del suelo. En la bodega de su tienda, en medio de bultos de arroz y fardos de tela, mi padre tenía la máquina más antigua que se había visto en San Bernardo del Viento. Era una"Underwood" de vapor, y para que funcionara había que echarle agua por un costado y aceite de motor por el otro. Se le daba manivela durante cinco minutos, luego resoplaba como una vaca, arrojaba una vaharada de humo y quedaba lista para ser usada, montada en su carricoche de madera.

           La segunda máquina que conocí es esta misma, enferma crónica, que me ha acompañado por medio mundo, en las buenas y las malas, e incluso en las peores. Fue en su hombro donde lloré la pérdida del primer amor. Es su caparazón de pasta irrompible la que ha soportado las patadas que le propino cuando pierdo los estribos. Para mí es una compañera, una amiga, la amante que mitiga mis penas, pero también es algo más que eso, es mucho más: es una víscera adicional. Es el tercer riñón, por el cual orino espiritualmente. Es el segundo corazón, con el cual amo, gozo y padezco. Es el otro hígado que cuela mis tormentos. Es el único pulmón por el que verdaderamente respiro.

            No voy, pues, a abandonarla como una anciana expósita. En la navidad pasada, mi familia, para darme la grata sorpresa, me trajo de aguinaldo una pequeña máquina monstruosa, mitad computador y mitad escribiente. El último invento de los sabios japoneses. "¡Saquen esa intrusa de aquí! --ordené a gritos-- ¡Sáquenla antes de que la vea mi máquina y se vaya a resentir!


           De manera, señor linotipista, que ya sabe usted los motivos por los cuales esta crónica le llega escrita a mano. Estoy dispuesto, parodiando el lema de los combatientes espartanos, a morir con mi máquina, o sobre mi máquina, pero nunca sin mi máquina. Ahora mismo está convaleciendo de sus achaques. La noto ligeramente restablecida y espero contar con ella para la semana entrante. Y también espero encontrar un tema sobre el cual escribir, vea usted...




Escrito por Juan Gossaín
Semana, 1 de abril de 1988.

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