Béisbol: juego de astronautas y poetas



         Mientras llevo a cuestas la pesada maleta de mi mujer, por los interminables pasillos del aeropuerto, me detiene un jovencito con el propósito de preguntarme cómo hace para aprender a jugar béisbol. O por lo menos para entenderlo. Es estudiante y tiene cara de serlo. Tiene 14 años y sus abuelos llegaron de Montería hace más de medio siglo. Me imagino, ahora que está creciendo, que sus ancestros caribes lo están llamando a través del río de la sangre. A lo mejor en su casa bogotana todavía almuerzan los sábados con mote de queso y caballito de papaya revuelto con piña, mientras oyen en el tocadiscos un porro de San Pelayo.


Tomada de www.culturarecreacionydeporte.gov.co
       
         Aprovecho la pausa de su pregunta para descansar y le digo, jadeando por culpa del equipaje, que ya es muy tarde para esas iniciaciones. El muchacho, consciente de su adolescencia, me mira perplejo, pero yo no tengo tiempo de explicárselo, porque llegó la hora del abordaje y mi mujer me mira con la misma cara de reproche que pone cada vez que me detengo a conversar con la gente en la calle.

         Como ni siquiera tuve tiempo de averiguar su nombre, voy a contestarle por escrito y en público. Empiezo por decirle que cualquier edad es tardía para comprender el béisbol, después de seis meses de haber nacido, a menos que lo hayas mamado en la leche materna o en la botella del tetero. Lo más grave es que puedes dedicarle la vida entera, pero no terminarás de entenderlo nunca, ni siquiera bajo la tierra del cementerio, porque el béisbol, como las cosas más bellas de la vida -como las muchachas bonitas y los libros, como los huevos revueltos y la chicha de patilla, como la poesía y el amor, como los boleros y el arroz con coco, como el color del mar y el viento que sopla en agosto- no se acaba jamás porque se reinventa a sí mismo cada día.

            A la gente le asombra que haya tantos beisbolistas gordos, viejos y calvos. Eso se debe a que el béisbol no es un deporte. Es un estado de alma, una actitud ante la vida, un homenaje del hombre a sus propias ilusiones y a las alas creativas de su corazón. De ahí que se juegue con la misma intensidad tanto en el aire como en la tierra. Porque es un juego para que lo practique el que tiene extravíos de poeta, vocación de astronauta y espíritu de niño. Una pelota blanca con costuras rojas, que vuela como una paloma bajo el cielo azuloso de las seis de la tarde, es en los confines del universo lo que más se parece al primer lucero de las constelaciones.

            Qué sería de la vida si no existiera el béisbol? , se preguntaba Ernest Hemingway, en sus tiempos de periodista, durante un viaje de aventuras por el Canadá. Siempre he pensado que el béisbol no es un asunto de vida o muerte. Es mucho más serio que eso. Es, por ejemplo, la única frustración verdadera que yo he sufrido en la vida. Cuando apenas levantaba una cuarta del suelo me veían pasar, bañado en el barro que producen la mezcolanza de sudor y polvo, por las calles de San Bernardo del Viento, persiguiendo una pelota de caucho. Soñaba despierto y dormido con salir en hombros del Yankee Stadium, aclamado por la multitud, cubierto con las ramas del laurel, a través de la misma puerta que cruzaron Ruth y Di Maggio rumbo a la inmortalidad. A cambio de eso, como todos los deportistas malos, terminé convertido en árbitro, que en la indescifrable jerigonza de los especialistas se llama umpire, y que los costeños pronunciamos el ampáya. Todavía hoy, anciano y sin pelo, con reumatismo y dolores en los músculos, cuando me pongo a comer arroz antes de acostarme, hay madrugadas en que me despierta la misma pesadilla, pero ahora estoy vencido y abucheado por la muchedumbre. El sudor del espanto me cubre la frente.

           El mejor pelotero.

           En el béisbol, como en la vida, y al contrario de lo que pasa en el fútbol, lo importante no es ganar ni perder, sino el placer que te produce el juego. Es igual que en el amor: el asunto no consiste en triunfar, sino en fracasar con gracia. El lugar más solitario de este mundo es el montículo del lanzador. Ahí el pobre hombre está solo, como un amante abandonado, con su imaginación y su conciencia, y con sus dudas. Qué le mando a ese bateador?. Una curva a la cabeza o una recta a las rodillas, una bola abierta o pegada al cuerpo, cerca del pecho o del cinturón? Quién es esa muchacha de pelo largo que está en la gradería? Le lanzo una lenta o una rápida? Bonita tarde. Yo debería estar en la playa. Le voy a lanzar una curva que vaya cayendo entre las rodillas y la cintura.

          -El béisbol es un juego demasiado lento -me dijo alguien una vez.

             Es cierto. En el béisbol no gana el más atlético ni el más apuesto, sino el que tiene tiempo para pensar y soñar. Y para inventar. Cualquier cosa que se te ocurra es posible. Por eso, precisamente, lo llaman el ajedrez de los estadios . Es un juego de imprevistos y sorpresas, como la vida misma. Luis Angel, que es antioqueño, lleva como veinte años tratando de entenderlo y no ha podido pasar de la primera base.

                El mejor pelotero que yo he visto en mi vida es Pascual Miranda, un campesino negro y flaco, a quien llamaban La Perra . Venía todos los domingos a San Bernardo del Viento, procedente de los montes de José Manuel de Altamira, vendía sus plátanos, ponía su machete en el suelo, se quitaba las abarcas, guardaba la mochila, se remangaba la camisa de dril y empezaba a lanzar. Sonreía. Los vencía a todos y seguía sonriendo. A la hora de la vespertina, en aquel potrero pelado y sin luz, entre la penumbra sólo se veían sus lanzamientos de humo, la bola que viajaba como una estrella desprendida del cielo y su dentadura reluciente que se confundía con el titilar de los cocuyos.

             Una vez le preguntaron por qué se reía siempre. Sus adversarios sospechaban que se estaba burlando de ellos con petulancia.

            -No -contestó él, avergonzado y sonriente-. Es que me estoy divirtiendo

Escrito por Juan Gossaín
El Tiempo, lecturas fin de semana
13 de octubre de 2002


Tomada de www.colombialink.com
*Juan Gossaín nació en San Bernardo del Viento, Córdoba, en 1949. Se dio a conocer con sus crónicas y reportajes en El Espectador y El Heraldo. Trabajó también en Cromos antes de convertirse en director nacional de noticias RCN. En los últimos años se ha dedicado a la novela. En la revista Semana publicó su columna "Desde San Bernardo de Viento", que recopiló en el libro La nostalgia del alcatraz. Recibió el Premio  Vida y Obra, del Círculo de Periodistas de Bogotá en el 2006 y es miembro de la Academia Colombiana de la Lengua.

  *Tomado del libro "Notal lijeras colomnianas" Maryluz Vallejo y Daniel Samper Pizano. 

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