miércoles, 11 de marzo de 2015

Cuando se hereda el dolor

Parte de la familia Velosa Huertas. Archivo familiar.


        Aquí todo ha pasado. Ellas siguen sonriendo con el leve recuerdo de la pesadilla, sin embargo cargan una rosa con orgullo, una flor que puede cuadrar perfectamente en un cementerio. El miedo habla de cuartos que guardan el terror de la humillación. 
         
         ¿Qué les pasó a los hombres de la estirpe? Ninguno amó, ninguno pensó en el peligro que podía suceder si seguían ensuciando las paredes. Ellas fueron naciendo, fueron doliendo, fueron desintegrándose. Luego de la nada surgió un ser femenino que fue gemela de la desidia de sus generaciones. Es el dolor el que más se hereda y ellos murieron sin saberlo.
       
        Balsamina Torres, la bisabuela de la estirpe, le pertenecían tantas tierras como destinos.  Nació en 1890, era conocida en la vereda de “Tambor Chiquito” en Úmbita Boyacá como matrona.  Siempre los del pueblo la veían en caballo de silla, entrando en las cantinas con vanidad y saliendo borracha, tomaba tanto que apostaba las tierras en medio de la juergas, pero no le importaba, poco estaba en casa y  la embriaguez en sociedad era más importante que dejar solos a sus 10 hijos: Olivia, Julia, Isabel, Luisa, Claudia, Emiterio, Campo Elías, Polonia, Verónica y Silvina.  Balsamina lo perdió todo, sus hijas fueron las que más pagaron la ausencia.
         
      Silvina Huertas nació el 31 de diciembre y eso la hizo especial porque se fue a los 52 años en el momento justo, cuando ya no soportaba más la vida.  Después de vivir ordeñando vacas todo el día, viviendo con un vestido que cambiaba cuando el anterior ya no resistía un rota más y caminando siempre descalza. También tuvo que criar a sus hermanos menores, tener once hijos en piso de la cocina,  aguantar hambre, sufrir el miedo de que llegara Arsenio borracho a darle patadas hasta dejarla aturdida,  cocinar todo el día, conseguir la comida y aguantar fiebres y tormentas hasta que comenzaran las cosechas. Dijo que su vida no vida iba seguir así y decidió morirse el 8 de diciembre de 1982, el día de la virgen.

            ---Mamá ¿la vida me va a doler?---

     Eso fue lo que le preguntó Luz Aurora a Silvina Huertas cuando tenía siete años. Después de pasar noches enteras en el monte cuidando al ganado y agarrando moras en un canasto de fique, regresaba a casa con el temblor del miedo disfrazado de frío. Llegaba en silencio a la casa de barro, con la voz entrecortada y su ruanita como escudo. La calma llegaba cuando Silvina estaba sola en la cocina amasando la harina de maíz a la luz de la luna, al otro día habría arepas al desayuno, una bendición de la naturaleza. Como un gato Aurora iba ronroneando las faldas de su madre hasta entrelazarse en su regazo. A ella ya se le había pasado el mal genio, el castigo de Aurora ya había terminado, no obstante Silvina nunca dejó esa cara de angustia, para su hija  ese fue el mayor castigo, aún más que pasar toda la noche en el monte.


           No es temblor, es puro miedo, una calamidad que aprende a vivir en los cuerpos frágiles y también acorazados.  Es llorar como niña enferma el fracaso de Claudio Huertas, Aureliano Velosa y Arsenio Velosa. 


Escrito por Estefania Almonacid 
Marzo 2015.

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