sábado, 19 de diciembre de 2015

Cortázar, el argentino que se hizo querer

Tomada por culturacolectiva.com

  Fui a Praga por última vez hace unos quince años, con Carlos Fuentes y Julio Cortázar. Viajábamos en tren desde París porque los tres éramos solidarios en nuestro miedo al avión y habíamos hablando de todo mientras atravesábamos la noche dividida de las Alemanias, sus océanos de remolacha, sus inmensas fábricas de todo, sus estragos de guerras atroces y amores desaforados. 

      A la hora de dormir, a Carlos Fuentes se le ocurrió preguntarle a Cortázar cómo y en que momento y por iniciativa de quién se había introducido el piano en la orquesta de jazz. La pregunta era casual y no pretendía conocer nada más que una fecha y un nombre, pero la respuesta fue una cátedra deslumbrante que se prolonga hasta el amanecer, entre enormes vasos de cerveza y salchichas de perro con papas heladas. 
   
      Cortázar, que sabía medir muy bien sus palabras, nos hizo una recomposición histórica y estética con una versación y una sencillez apenas creíbles, que culminó con las primeras luces en una apología homérica de Thelonius Monk. No sólo hablaba con una profunda voz de órgano de erres arrastradas, sino también con sus manos de huesos grandes como no recuerdo otras más expresivas. Ni Carlos Fuentes ni yo olvidaríamos jamás el asombro de aquella noche irrepetible. 

    Doce años después vi a Julio Cortázar enfrentado a una muchedumbre en un parque de Managua, sin más armas que su voz hermosa y un cuento suyo de los más difíciles: La noche de Mantequilla Nápoles. Es la historia de un boxeador en desgracia contada por él mismo en lunfardo, el dialecto de los bajos fondos de Buenos Aires, cuya comprensión nos estaría vetada por completo al resto de los mortales si no la hubiéramos vislumbrado a través de tanto tango malevo; sin embargo, fue ese el cuento que el propio Cortázar escogía para leerlo en una tarima frente a la muchedumbre de un vasto jardín iluminado, entre la cual había de todo, desde poetas consagrados y albañiles cesantes, hasta comandantes de la revolución y sus contrarios. Fue otra experiencia deslumbrante. 


     Aunque en rigor no era fácil seguir el sentido del relato, aún para los más entrenados en la jerga lunfarda, uno sentía y le dolían los golpes que recibía Mantequilla Nápoles en la soledad del cuadrilátero, y daban ganas de llorar por sus ilusiones y su miseria, pues Cortázar había logrado una comunicación tan entrañable con su auditorio que ya no le importaba a nadie lo que querían decir o no decir las palabras, sino que la muchedumbre sentada en la hierba parecía levitar en estado de gracia por el hechizo de una voz que no parecía de este mundo. 

    Estos dos recuerdos de Cortázar que tanto me afectaron me parecen también las que mejor lo definían. Eran los dos extremos de su personalidad. En privado, como en el tren de Praga, lograba seducir por su elocuencia, por su erudición viva, por su memoria milimétrica, por su humor peligroso, por todo lo que hizo de él un intelectual de los grandes en el buen sentido de otros tiempos. En público, a pesar de su reticencia a convertirse en un espectáculo, fascinaba al auditorio con una presencia ineludible que tenía algo de sobrenatural, al mismo tiempo tierna y extraña. En ambos casos fue el ser humano más importante que he tenido la suerte de conocer. 


    Desde el primer momento, a fines del otoño triste de 1956, en un café de París con nombre inglés, adonde él solía ir de vez en cuando a escribir en una mesa del rincón, como Jean-Paul Sartre lo hacía a trescientos metros de allí, en un cuaderno de escolar y con una pluma fuente de tinta legítima que manchaba los dedos. Yo había leído Bestiario, su primer libro de cuentos, en un hotel de Lance de Barranquilla donde dormía por un peso con cincuenta, entre peloteros más mal pagados y putas felices, y desde la primera página me di cuenta de que aquél era un escritor como el que yo hubiera querido ser cuando fuera grande. 


      Alguien me dijo en París que él escribía en el café Old Navy, del boulevard Saint Germain, y allí lo esperé varias semanas, hasta que lo vi entrar como una aparición. Era el hombre más alto que se podía imaginar, con una cara de niño perverso dentro de un interminable abrigo negro que más bien parecía la sotana de un viudo, y tenía los ojos muy separados, como los de un novillo, y tan oblicuos y diáfanos que habrían podido ser los del diablo si no hubieran estado sometidos al dominio del corazón. 

     Años después, cuando ya éramos viejos amigos, creí volver a verlo como lo vi aquel día, pues me parece que se recreó a si mismo en uno de los cuentos mejor acabados 'El otro cielo', en el personaje de un latinoamericano sin nombre que asistía de puro curioso a las ejecuciones en la guillotina. Como si lo hubiera hecho frente a un espejo. Cortázar lo describió así: 


      "Tenía una expresión distante y a la vez curiosamente fija. La cara de alguien que se ha inmovilizado en un momento de su sueño y se rehúsa a dar el paso que lo devolverá a la vigilia.". 

     Su personaje andaba envuelto en una hopalanda negra y larga, como el abrigo del propio Cortázar cuando lo vi por primera vez, pero el narrador no se atrevía a acercársele para preguntarle su origen, por temor a la fría cólera con que él mismo hubiera percibido una interpelación semejante. Lo raro es que yo tampoco me había atrevido a acercarme a Cortázar aquella tarde del Old Navy, y por el mismo temor. 

      Lo vi escribir durante más de una hora, sin una pausa para pensar, sin tomar nada más que medio vaso de agua mineral, hasta que empezó a oscurecer en la calle y guardó la pluma en el bolsillo y salió con el cuaderno debajo del brazo como el escolar más alto y más flaco del mundo. En las muchas que nos vimos años después, lo único que había cambiado en él era la barba densa y oscura, pues hasta hace apenas dos semanas parecía cierta la leyenda de que era inmortal, porque nunca había dejado de crecer y se mantuvo siempre en la misma edad con la que había nacido. Nunca me atreví a preguntarle si era verdad, como tampoco le conté que en el otoño triste de 1956 lo había visto, sin atreverme a decirle nada, en su rincón del Old Navy, y sé que dondequiera que esté ahora estará mentándome la madre por mi timidez. 

   Los ídolos infunden respeto, admiración, cariño y, por supuesto, grandes envidias. Cortázar inspiraba todos esos sentimientos como muy pocos escritores, pero inspiraba además otro menos frecuente: la devoción. Fue, tal vez sin proponérselo, el argentino que se hizo querer de todo el mundo. Sin embargo, me atrevo a pensar que si los muertos se mueren, Cortázar debe estar muriéndose otra vez de vergüenza por la consternación mundial que ha causado su muerte. Nadie le temía más que él, ni en la vida real ni en los libros, a los honores póstumos y a los fastos funerarios. Más aún: siempre pensé que la muerte misma le parecía indecente. 


     En alguna parte de La vuelta al día en ochenta mundos un grupo de amigos no puede soportar la risa ante la evidencia de que un amigo común ha incurrido en la ridiculez de morirse. Por eso, porque lo conocí y lo quise tanto, me resisto a participar en los lamentos y elogías por Julio Cortázar. Prefiero seguir pensando en él como sin duda él lo quería, con el júbilo inmenso de que haya existido, con la alegría entrañable de haberlo conocido, y la gratitud de que nos haya dejado para el mundo una obra tal vez inconclusa pero tan bella e indestructible como su recuerdo.


Escrito por Gabriel García Márquez.

Texto leído por su autor en la mesa inaugural del Coloquio “Julio Cortázar revisitado”, celebrado del 14 al 17 de febrero del presente año en Guadalajara, Jalisco, y organizado por la Cátedra Extraordinaria Julio Cortázar de la Universidad de Guadalajara. (2004)


martes, 1 de diciembre de 2015

De pasteles y otros recuerdos...


       La última cena puede ser un pastel de masa negra, con almendras, cubierta con crema de leche y adornado con fresas. Aún tibio, dividido en el trozo de la celebración, el olor se contagiaría mientras las lágrimas corren por las mejillas que aún rememoran las manos de una mujer que quería hacer especial un momento.

         Es así como los pasteles se vuelven importantes en tu vida y llegas a la casa con el calor del día  entre las costillas, preparas los ingredientes, luego el delantal y empiezas la alquimia de los días de descanso.

       “¿Por qué si no es el cumpleaños de nadie? ¿Por qué un ritual? ¿Qué preparan las mujeres cuando están solas?”, dijo la señorita M, a quien no le contesté.

          Entonces veo la vitrina de las pastelerías del centro y de los pequeños cafés de las librerías y soy parte de esa mujer que fue mi abuela, quien me preparaba el pastel al medio día mientras escuchaba la estación de radio que aún sintonizaba la nostalgia del melómano. Me detengo como un mendigo a mirar los colores apacibles que rondan los chocolates que se derritieron en la boca.

       “Primero los huevos, harina, esencia de chocolate, colorante de caramelo, la levadura, pizca de sal, trozos de nueces; y revolver con la paciencia de quien hace una escultura para hacer feliz el cuerpo adentro”, me contó la señora H, ella por la que suspiro y lloro al hacer un pastel... mi abuela. 

         Menos mal que pocos disfrutamos ese momento a solas en la cocina o nos sentamos en un rincón a tomar capuchino con un trozo de pastel: el inicio de todo desasosiego. Y me gusta que nadie llame, que las ausencias se celebren en el silencio paquidermo y que las manos no esperen con la ansiedad del pasado de una cita acordada.

          “El de tiramisú, la tartaleta de agraz, el volcán de chocolate, el pudin de limón y las galletas de avena... esos son mis preferidos”, pronunció el señor F, mientras escogía los postres en el salón de onces La Florida ubicado en el centro de la ciudad, que llevaría a su familia.

         Llega la cara de lunes y lejos el descanso para escribir un poema en vez de una lista. No habrá nadie en casa y el gato se tornará entre las pantorrillas mientras lame las gotas de harina del suelo. Ya está el molde y el horno caliente, espero media hora para que la casa empiece a oler a encuentro familiar.

       “Las abuelas hacen los mejores pasteles, por eso hay que aprender a hacerlo para que nunca se olvide que el amor puede comenzar por el paladar”, dijo la joven F, quien siempre sueña con el encuentro inesperado.

      Por fin llega el día de todos los años, el día en que no hay excusas ni hay que dar explicaciones para celebrar que es 'martesmente', el momento de cantar el cumpleaños y celebrar que en las tardes deseamos estar en un café con una libreta y un lápiz en mano, sin que haga falta el postre para  estar pensando en una mujer.   


Escrito por Estefania Almonacid V.
Diciembre 2015
                                                                                     

Renuncié y no me he muerto de hambre...

Fotografía de la escritora James Tiptree, Jr.

    Renuncié a mi trabajo y no me he convertido en un monstruo como Gregorio Samsa, estoy bien. De hecho nunca me había sentido con tanta energía creativa y me parece que eso es bueno.

    Creo que la mayor parte de eso que llamamos presión social puede resumirse en una pregunta cotidiana: “¿En qué trabajas?, ¿Para quién o en dónde trabajas?” El mundo no está preparado para escuchar la respuesta de “haciendo realidad un sueño, un proyecto personal”, “obteniendo inspiración para mi libro”, “estoy creando una serie fotográfica de lo que la gente pisa con la suela de sus zapatos”, “hago dibujitos y los publico en mis redes sociales”, “me gusta ir a ver pelis y después reseñarlas en mi blog”, “hago croché”, ”tengo un taller de vitrales en casa”, “toco el Ukelele”, “entrevisto gente en la calle”, “hago malabares”, “bailo”, “cocino y experimento con alimentos”, o “viajo y cuento historias del movimiento del mundo”.

         NO.

  El mundo no está preparado para escuchar que tienes escrita una lista de objetivos idealistas, aunque sean específicos, medibles, alcanzables, aunque tengan sentido y significado; y que además estés tratando de tachar punto por punto de esta lista. El mundo además cree que esa es la opción fácil, cuando en realidad cuesta y cuesta desde adentro porque la verdad es que para ese mundo, es más fácil complicar que simplificar.

     Me cuesta creer que haya gente de mi edad que sigue soñando con jubilarse para dedicarse a aquello para lo que nació, cuando tenga prescripción médica para enfermedades derivadas del estrés de toda una vida, pantuflas y por fin libere la hipoteca de una casa llena de cosas inútiles que no podrá llevarse a la tumba. ¿Por qué seguimos viviendo como si fuera a haber tiempo siempre? (una vieja pregunta).

    Ayer por ejemplo estuve caminando por el centro y curiosamente en diferentes momentos, me encontré con tres amigos. Todos de escalas socioeconómicas diferentes (así nos miden ¿no?). Uno es vendedor ambulante de películas (tiene las mejores siempre), otro es profesional, talentoso y empleado. El tercero, un gerente de un importante lugar de la ciudad. Eran las 5:30 pm y los tres estaban devastados, ojos rojos, lentos, torpes. No eran lo que yo he conocido de ellos. Por supuesto me hicieron espejo, me vi a mi misma hace meses, secándome.

    Cuando estamos ocupados nos volvemos estúpidos, estoy convencida de que las mejores ideas, proyectos y la mejor versión de nosotros mismos surge cuando nos regalamos tiempo… y esto es raro porque nacemos con tiempo pero malvendemos las horas de nuestra vida a empresas y a proyectos en los que no creemos y cuyos valores no compartimos.

     En la edad media, el Feudalismo decía que teníamos que poseer tierra para ser felices, luego vino la era industrial inventando necesidades que comprar para alimentar el capital y hacernos sentir miserables sino lo teníamos y ¿ahora? No soy yo la única que siente que las cosas están cambiando, ésta generación tiene muchas cosas qué decir.

      SER + HACER +TENER = NACER + ESTUDIAR + TRABAJAR + COMPRAR +REPRODUCIRSE +MORIR

     Todos los días leo posts, tuits o converso con amigos y me convenzo de que resulta extremedamente complicado obtener éxito/felicidad/satisfacción o que nos vaya bien, haciendo algo que no amamos. Yo creo que no hemos venido a este mundo a hacer cosas que odiamos a cambio de unos cuantos pesos, sería pedirle demasiado poco a la vida, y eso es algo que la muerte súbita de tres seres queridos me ha enseñado.

    Tampoco es justo dejar de hacer algo que amamos por dinero y para ello hay que estar muy conectado con los pocos deseos, deben ser pocos, que nos son esenciales. (Ahora parezco Coelho… perdón, es lo que me atraviesa en este momento y este es mi blog).

      Hace meses escribí una historia para una revista que me remuneró económicamente por ello. No pude estar más feliz y lo tomé como una señal. El editor, a quien admiro muchísimo, me reseñó como “escritora colombiana”. Lo que me sorprendió de esto es que alguien muy cercano a mí me dijo que era una pretenciosa, que yo no era escritora “tenés que poner que sos abogada, ese es tu título” ¿Abogada? pero si yo no ejerzo, ¿Qué dirían los realmente abogados de alguien como yo?

       Voy a cumplir 27 y tengo varios diplomas de los cuales uno o dos me hacen sonreír. Al mirarlos comprendo que el oficio (hermosa palabra) no nos lo da nuestro título. El oficio, nos lo da nuestro talento. Escribir, para mí es una forma de respirar, no son solo signos de colores que se escurren en una página, no es solo seguir llenando libretas Moleskine compulsivamente.

     Hace poco leí que lo único que necesitamos para convertirnos en artistas (léase Escritores) es la capacidad de asombro. He dedicado estos últimos días a salir a buscar lugares y personajes que habitan el mundo para encontrar así aquello que nos hace sentir vivos…a todos.

     Entonces, ¿no soy escritora? o ¿tengo que ganarme el premio Alfaguara, un nobel, y esperar a que alguna editorial me haga digna de ser explotada por las regalías de un libro para que después me entrevisten y algún círculo de intelectuales me destroce? o ¿puedo seguir autopublicándome, escribiendo por encargo y seguir creando con confianza y disciplina?. El mundo necesita seres que pongan su talento a circular en este proyecto colectivo que se llama planeta tierra. Así vibra la cosa, nada es original pero vale la pena poner al servicio de los demás esas pequeñas cosas que bien enfocadas nos hacen únicos y así ir desarrollando y perfeccionando lo que amamos hacer.

          ¿Y esto cómo para qué o qué?

    Para vivir. El dinero llegará como consecuencia, como valor o señal de que le estamos aportando algo al mundo o a la sociedad a la que elijamos pertenecer. Esto hasta el más racional lo sabe, el dinero fluye y como se va, vuelve. Después de todo el dinero es, lo que hagamos con él. Algunos aún sueñan con acumularlo… yo creo que en ese sentido, es más importante la creatividad que el dinero.

      Me quedo con esa frase que le escuché a Pepe Mujica, uno va haciendo suyas algunas frases, “Cuando tú compras con plata, no compras con plata, compras con el tiempo de tu vida que tuviste que gastar para ganar esa plata”… hay que escuchar a los sabios.

      Así que la próxima vez que alguien me pregunte ¿En dónde trabajas o a qué te dedicas? voy a responder soy escritora… freelance.


Escrito por: Carolina Chavate







sábado, 24 de octubre de 2015

Una mujer misteriosa

       
Tomado de http://madomartinez.com/


 Mado Martínez es española y camina como si estuviera conociendo el mundo, ella que ganó el prestigioso premio  novela Ateneo Joven de Sevilla con su novela La Santa, ella que es doctora en Lengua y Literatura, ella que es una de las pocas periodistas de misterio que hay en el mundo.

         Como periodista me gusta pasar desapercibida, escucho y dejo que las cosas fluyan sin mí- dice Mado.

El día que la recibí en el periódico, Mado llevaba puesto un pantalón claro, un buso de rayas gris y unas botas bajas. El matiz de su piel es pálida pero su pelo entrecortado la hacen ver una chica sin miedo. A su vez sonrió y mostró simpatía, recuerdo que alguna vez un amigo me dijo que las mujeres lúcidas sonreían muy poco, sin embargo Mado es una excepción.

    Viajo y vuelvo, investigo y escribo, no me canso nunca de buscar historias dignas de una novela-dice esta periodista. 

Mado, un nombre de origen inusual formado por la combinación de los nombres María y Dolores, es como la paz y la guerra, el amor y el odio, el placer y el dolor. 

De forma pausada narró todo lo que había encontrado en su travesía por el país, sucesos que logró recopilar en su nuevo  libro 'Colombia Sobrenatural' (Ediciones B).

           Caminé e investigué este país encantado. Fue muy importante hacerlo porque las historias están en vía de extinción -afirma la escritora.

Miro el libro y en la solapa hay una boca escondida y una mirada misteriosa. Ojeo un par de páginas y encuentro que el olor del libro se parece al de ella. Mado tiene un acento español de tono bajo que hace que sus palabras suenen como una revelación; igual al momento en que nombró a un hombre de Medellín que estaba haciendo un censo de los fantasmas en Colombia.

   La historia paranormal más emocionante fue la de un cabaret de muertos en Funza (Cundinamarca). Un lugar misterioso donde se aparecía una dama blanca en habitaciones oscuras, un lugar de abortos y de una insólita existencia del altar del negro Felipe a quienes las prostitutas le rezaban- narró Martínez.

Después de todo Mado estuvo frente a mí y no se veía cansada a pesar de su larga travesía por la frontera de lo oculto, todo lo contrario, ahora quiere continuar y escribir la segunda parte de 'Colombia Sobrenatural'. 

      No sé si existen los fantasmas. He escuchado, visto, sentido tantas cosas y energías que no logro descifrar lo que pasa-aseguró la escritora. 

Dejó el tinto servido después de hablarme de fantasmas. Tomó un taxi y la vi partir con las manos en los bolsillos, un gesto sencillo que no se ve a menudo en las personas que han ganado premios y han estudiado mil carreras.



Escrito por:
Estefania Almonacid Velosa




Mado Martínez (1979), nació en Alicante (España), creció en Monforte del Cid (España) y se trasladó a vivir a Inglaterra. Ha viajado y vivido en diferentes países. En el 2014 se alzó con el prestigioso premio de novela Ateneo Joven de Sevilla con su novela La Santa. Es directora editorial de la revista Ispectrum Magazine www.ispectrummagazine.com.








jueves, 8 de octubre de 2015

Diatriba contra estar enamorado



       Ortega y Gasset definió el enamoramiento como “un estado de imbecilidad transitorio”. Tenía razón.



Fotografía de Edouard Boubat
Jardin du Luxembourg, Paris


         Pero enamorarse es también una enfermedad que nos cae de repente, como una gripa o un cólico miserere. Con una atroz diferencia: mientras estos males no duran sino horas, el enamoramiento nos puede durar semanas, meses y, ¡Dios no lo quiera!, años. El mal puede atacar en cualquier lugar: en clase de Cálculo o en misa, en TransMilenio o en casa del mejor amigo —y más vale que el enamoramiento no sea de la mamá— y hasta en el laboratorio médico, mientras esperamos con la muestra del coprológico en la mano. 

        Una mirada o un tropezón y ya está. Desde ese momento uno o una —para ser fiel a la gramática de Petro y Maduro— queda convertido en otro o en otra. Digámoslo claro y en argot callejero: desde ese momento usted está llevado del putas. El primer síntoma será la pérdida de concentración, que de inmediato va a desencadenar otras pérdidas: la amistad del amigo, por ejemplo, si es que este se entera de que la traga del momento es su mamá; y la del sentido del ridículo, la del sentido común, la de la objetividad, el orgullo y hasta la del instinto de conservación. O si no, pregúnteles a Romeo y Julieta. 

         Si usted está enamorado de un ser inalcanzable, desde el amanecer su única ilusión será toparse con el oscuro objeto del deseo. Por tanto, se va a bañar, a perfumar y a vestir pensando en ese momento. Y a deambular todo el día como un sonámbulo esperando la repentina aparición. Y cuando esta se da, una de dos: o usted huye antes de que el otro alcance a oler la fragancia que para él se puso, o saluda muy parlanchín, pálido y con las axilas empapadas, mientras balbucea toda clase de lugares comunes sobre el clima. Eso sí, fijo: a la una de la mañana se despertará, iluminado por la genialidad que habría tenido que decir. 

          Si tiene suerte y conquistó al ser inalcanzable, tema: corre el riesgo de comprar —y hasta de leer— la obra completa de Benedetti, de despertarse cantando Quién de Ricardo Arjona o de empezar a escribir acrósticos. Y como el yo tiende a diluirse, si está enamorado de una bióloga puede terminar apasionándose por las condiciones de cultivo del ñame o trepando por las piedras de Suesca, aunque sufra de vértigo, porque su amado es alpinista. Pero no hay que remontarse a cuestiones épicas: cuando menos lo piense usted puede verse a sí mismo acompañando a la mamá de su novia a la iglesia del Divino Niño, ayudándole al hermanito a hacer una ciudad de plastilina o hablando con el abuelo de las Guerras Púnicas. Seguro que el olor a sobaco del otro le parecerá afrodisíaco y las medias rotas, una ternura. 


        También es posible que le dé por comprar desde chocolates hasta osos de peluche, pasando por libros de fotografía —carísimos— con tal de sacarle al otro una sonrisa, aunque luego no pueda pagar el arriendo. De repente comprenderá que en el clóset no hay nada que valga la pena y, sobre todo, que hay que reemplazar urgentemente toda la ropa interior. Fue lo que le pasó a la pobre Madame Bovary, que se endeudó comprando vestidos cada semana, aunque bien sabía que se los iba a quitar apenas entrara a la pensión de Rouen. 

           Y ay, Dios mío, si el otro nos bota y entramos en tusa. Qué odio el que se siente cuando el que llama es la mamá y no el amor de la vida. Porque para ese entonces, ya ese será “el amor de la vida”, y nunca, nunca volveremos a querer igual. “Pero usted qué le ve” es una pregunta que pueden llegar a hacerle sus amigos, extrañados de su elección. ¡Como si usted estuviera en capacidad de ver! Que esa sombrita tan sexi sobre el labio era en verdad un bigote solo lo comprenderá cuando haya vuelto a un estado de normalidad y se encuentre a su exnovia unos meses después. Y se pregunte qué carajos le podía estar pasando cuando se enamoró de ella. Entonces, alégrese: otra vez usted habrá vuelto a ser como los otros, esos que tienen los pies en la tierra, los mismos que de vez en cuando suspiran por volver a enamorarse.



Escrito por Piedad Bonnet
Revista Soho 



 (Amalfi, Antioquia, 1951) es licenciada en Filosofía y Letras de la Universidad de los Andes y profesora de esta Universidad desde 1981. Tiene una maestría en Teoría del Arte, la Arquitectura y el Diseño en la Universidad Nacional de Colombia.

sábado, 26 de septiembre de 2015

Su majestad el bolero

Amalia Aguilar con el músico y poeta Agustín Lara.  
Tomada de http://un-viaje-en-blanco-y-negro.tumblr.com/


     El mejor invento del género humano, después de las mujeres y los huevos con jamón, es el bolero. Únicamente se le asemejan, y podrían compararse con él, la empanada de maíz que venden en el mercado de Lorica y los crepúsculos amarillos que uno puede ver a través de una ventana cuando llega diciembre en Cartagena.

       Los periódicos han dedicado en estos días una verdadera marejada de papel y una lluvia de tinta para registrar lo que se ha bautizado como el centenario del bolero. Las crónicas afirman que fue un cubano, hace exactamente un siglo, el que compuso la primera canción con apariencia de bolero.


        Se equivocan, naturalmente, porque el bolero es como el amor y como el odio, como el dolor y la alegría, que no tienen padre ni madre. Porque no pueden tenerlo. Yo estoy seguro de que el bolero nació cuando puso sobre la tierra sus pies el primer hombre, en Java o en Cromagnon, en Neanderthal o en La Habana.


          El bolero más viejo del mundo es el de Adán y Eva. El argumento es perfecto para Roberto Cantoral: el hombre melancólico, como distraído, triste, un poco zurumbático, mirando lejos, con los ojos alelados, como si tuviera lombrices sabiendo qué era lo que quería pero sin poderlo pedir. Ni siquiera sabía cómo se llamaba porque el mundo era tan reciente que esas cosas no tenían nombre y había que señalarlas con el dedo.


        Ella, a su vez, sabiendo lo que el hombre añoraba, viéndolo padecer, sintiendo su respiración jadeante, oyéndolo hablar a solas, pero sin arriesgarse a ofrecerle la medicina para sus males. Como dice el maestro Esteban Montaño en su vallenato inmortal, "lo iban a dejar morir por falta de ese remedio".


          Entonces llego la víbora, sibilina y cínica, y creyendo que resolvía el problema lo que hizo fue provocar su expulsión del Paraíso. Ese es el bolero más viejo que conozco, y el mejor, de manera que a mí no pueden venir a contarme cuentos sobre inventores y pioneros. Sería como creer que el doctor Barnard invento el corazón simplemente porque se atrevió a cambiarlo de sitio. Sería tan majadero como creer que alguien puede ir con un memorial a la Oficina de Propiedad Intelectual del Ministerio de Gobierno a registrar la patente del amor.


         Quienes hemos crecido alimentándonos con la leche nutricia del bolero, con la voz de Alberto Beltrán diciendo que cantando quiero decirte lo que me gusta de ti, el bolero es como el aire que respiramos, como el jabón que nos limpia por dentro, como el purgante que quita los parásitos y limpia los intestinos del alma. El bolero es una parte de nuestra propia vida, como la madre, la mujer, los hijos y el trabajo.


       El otro día, en la estupenda revista Diners, Daniel Samper Pizano escribió unas crónicas tratando de rastrear aquellos boleros en los cuales se invoca a Dios para bien o para mal, para agradecerle que nos haya regalado el amor de la muchacha o para increparlo por una traición femenina. Antonio Abello Roca, desde Barranquilla, prosiguió con la lista iniciada por Samper, y descubrió una joya auténtica en la que el hombre le pide a Dios una oportunidad para tener el discreto encanto de una aventura con una señora casada. Tamaña solicitud no se le ocurre ni al Fondo Monetario Internacional, pero es que en los territorios románticos donde crece el bolero hay licencia hasta para la herejía, y para pedirle al Señor que se nos vuelva alcahueta de un adulterio.


          Yo recuerdo, ahora que viene al caso, el único ejemplo de un bolero en el que se invoca a Dios no solo una vez, sino dos, y de una manera abiertamente desafiante. La verdad es que esa obra no nació como bolero, sino como valse peruano, pero el inolvidable Pedro Infante la volvió eterna cambiándole la melodía. Se llama "El plebeyo" y fue el primer disco que vi girar en mi vida, cuando llevaron a San Bernardo del Viento la radiola de madera de mi tía Saide.


        Luis Enrique, el plebeyo, se enfrenta valerosamente con la Divina Providencia y le pregunta a gritos por qué los seres no son de igual valor. Semejante cosa no se le había ocurrido, con música, ni a Carlos Marx. Pero, como si fuera poco, diez compases más allá envalentonado por la falta de reacción de la ira celestial, Luis Enrique, el plebeyo, el hijo del pueblo, el hombre que supo amar y que sufriendo va esa infamante ley de amar a una aristócrata siendo un plebeyo él, se arriesga a lanzar esta afirmación: "Siendo el amor humano tiene algo de divino. Amar no es un delito porque hasta Dios amó". Y sigue tan tranquilo con su dolorosa letanía. No se inmuta, claro, porque sabe que Dios le perdona todo a los boleros.


        En fin. Ustedes no le paren bolas a ese cuento del centenario. El bolero, como estado de alma es anterior al hombre. Porque tenía que existir para que el bípedo parlante cantara sus dolores y sus angustias. Primero fue el bolero y dirán ustedes que después fue el hombre. No: después fue el encoñamiento, que es el resultado natural de todo bolero. De manera que, con un bolero en el corazón y una mujer al frente, no había estado de pureza que resistiera.


       Acabo de hacer un terrible y sombrío hallazgo de carácter teológico: lo que perdió a Adan no fue la desobediencia, ni la serpiente, ni la fruta del bien y el mal. Fue el bolero. La culpa la tiene Agustín Lara...




Escrito por: Juan Gossaín
Revista Semana. Febrero 1986. 




 Juan Gossaín nació en San Bernardo del Viento, Córdoba, en 1949. Se dio a conocer con sus crónicas y reportajes en El Espectador El Heraldo. Trabajó también en Cromos antes de convertirse en director nacional de noticias RCN. En los últimos años se ha dedicado a la novela. En la revista Semana publicó su columna "Desde San Bernardo de Viento", que recopiló en el libro La nostalgia del alcatraz. Recibió el Premio  Vida y Obra, del Círculo de Periodistas de Bogotá en el 2006 y es miembro de la Academia Colombiana de la Lengua.



lunes, 14 de septiembre de 2015

Milagros del verano tropical


La pequeña Marilyn. Fotografía de  Edouard Boubat, París, 1975

         Estas noches de verano me tienen enamorado. Cuando la luna aparece encima de las montañas, en esos minutos durante los que se desnuda, aún amarilla, encima de la gasa azul del firmamento, dan ganas de salir corriendo a un libro romántico, ponerse a releer versos, a evocar anocheceres de juventud, a caminar por territorios como los de don Jorge Issacs. 

        Los vallecaucanos lo han vivido en este dulce tránsito de julio a agosto, cuando el cielo es más cielo y la tersura de en las manos cerradas de un bebé, vuelve a aterrizar desde el cielo en una música que se oye lejana, se levanta en el humo desde las quemas en los cañaduzales.

       Las estaciones se marcan severamente en las ciudades de este trópico. En la franja que va desde Cartago, al sur de la zona cafetera, hasta el mar seco del Patía, antes de que empiece en Junambú el ascenso hacia las montañas de Pasto, el verano estampa una dura marca. Se vuelve más transparente el cielo, se imprime en esta geografía sobre la tierra y resuda encima de la piel de los habitantes. Por eso aquí el calendario escolar es distinto que en todo país. Por eso en el medio del año aquí la gente se viste de otra manera y el tiempo adquiere un tono liviano, una forma de se aún más sencilla.

        Quien llega de las tierras frías o de las zonas montañosas se ve tomado por ese cambio. Nada se comporta igual en el verano. En las calles ardidas de resolana se ven paraguas abiertos al mediodía para proteger a las ancianas. Bajo el sol hay viseras y sombreros de paja tupida, como los del Pacífico, para crear sombra en los rostros. 

        La ciudad disminuye un poco su trajín y se respeta al calor. Las piscinas y ríos se pueblan de visitantes. El tráfico automotor se hace un poco más suave en las horas ardorosas del sol fuerte y con el caer de la tarde los centros comerciales vibran en una nueva alborada, esta vez, de anochecer.

       Me encantan las vacaciones recreativas que se programan para los niños. Soy entusiasta de ese tiempo vacío cuando se los ve en en todo tipo de actividades. La nostalgia de los paseos de olla, del prender fuego entre las piedras para cocinar un sancocho o asar unos trozos del lomo de res o dorar unos plátanos me vuelve agua la boca. Me maravilla iniciar la candela con trocitos de hojas secas. Me gusta el humo que avasalla desde el forgón ardiendo. 

         En cambio me parece traído de los cabellos inventar cabalgatas de asfalto por la ciudad. O hacer comparsas comerciales de chrivicos. O anunciar bailes sin bailarines. O lanzar a la vía saltimbanquis despistados. O poner en aprietos a zanquilargos de ladera. Mi espíritu conservador se queda se queda con las costumbres sencillas de tiempos viejos. Estoy más acompasado con un bolero que con un reguetón.

       Pero que vengan todas las alegrías del verano. Que los amaneceres sigan estallando con fuerza amarilla sobre las suaves montañitas del oriente caleño. Que el viento alce faldas. Que la gente sonría sin motivo y que haya fresca expresión en todos los rostros. Que el verano nos siga regalando la luz inesperada.



Escrita por Álvaro Burgos Palacios
Tomada de El País, "Campana", 3 de agosto de 2004.





Álvaro Burgos Palacio, periodista, escritor y abogado, nació en Bogotá, en 1945. Máster en Ciencias Políticas en la Universidad Javeriana de Bogotá. Ha ejercido como juez y catedrático universitario. Redactor del diario El Tiempo, jefe de redacción de Cromos y coordinador editorial de El País de Cali. Ganador de varios premios de periodismo. Su obra literaria figura en los libros colectivos Obra en marcha y Antología enédita de Colombia. 

miércoles, 26 de agosto de 2015

Eduardo, la voz maravillosa


Tomada por Estefania Almonacid Velosa


         “¡Señoras y señores, amigos y amigas, sean bienvenidos al primer escenario de cultura popular de nuestro país de teatro al aire libre La Media Torta. Tenemos hoy el gusto de presentarles a los mejores artistas!” Así es como Eduardo Corredor presenta todos los fines de semana y desde hace 34 años a los mejores cantantes, bailarines y actores del país y del mundo que han pasado por este lugar desde el año 1938, fecha de su inauguración.   

      Eduardo Corredor llega a La Medita Torta en traje formal y luce gafas oscuras, el escenario está vació y en las escalinatas del público solo se encuentra él que contempla los recuerdos de todos los artistas que ha presentado, están fijos, casi intactos como cuando Piero se subió al escenario cantando Mi viejo y la gente se estremeció; o cuando se presentó el grupo Menudo y las chicas se enloquecieron.

     “Para sacar a Menudo de este escenario fue terrible, las chicas lloraron al punto de la histeria, al escenario cayeron sostenes y cucos, además algunas de las chicas se filtraron y les tocaban a los integrantes del grupo sus partes íntimas, varios de ellos se sintieron violados”, dice riendo este músico, melómano, locutor, periodista e investigador bogotano, además padre de 6 hijos.

Eduardo corredor en las emisoras El Dorado en 1980.
      La voz de Eduardo es afinada y fuerte, por eso hasta un simple saludo lo da con la misma entonación de sus presentaciones, menos mal no se equivocó el día en que teniendo 12 años se prometió ser presentador en esos días maravillosos cuando sus padres lo llevaban a La Media Torta.


       “Cuando  tenía 12 años mi padre y mi madre nos traían a este lugar a ver espectáculos, me fascinó tanto que decidí que quería hacer en la vida. Vivíamos en barrio Fátima y tomábamos el bus que demoraba 45 minutos para llegar a La Media Torta, en ese momento el presentador era Paco Hugueta, él hacía la misma labor que yo hago, formaba público”, cuenta Eduardo que no le gusta que le reconozcan como presentador sino formador de público.

       Pasaron los años y Corredor logró alcanzar el sueño de estar presentado ante miles de personas a los más grandes artistas, era el año de 1981 cuando comenzó todo, además la juventud estaba a flor de piel pues comenzó a trabajar en La Media Torta y al Instituto Distrital de Cultura y Turismo cuando apenas tenía 20 años.

        “Mi madre quería que yo fuera médico, pero a mí nunca me gustó por lo tanto fue una decepción para ella, también estudié música y trabajé con una orquesta que se llamaba el Clan Latino, incluso hice teatro experimental, posteriormente estudié locución y publicidad. Le dije  a mi madre que desde muy pequeño había definido qué quería hacer, eso era lo que me fascinaba”, narra este hombre que se trasforma cuando está en el escenario con micrófono en mano y se entrega al público como un artista.

       ---Eduardo, ¿qué es La Media Torta en su vida?---

      Las escaleras se enfrían, dubitan,  el cielo se vuelvo ceniciento.


Los Melódicos de Venezuela en 1960, en la Media Torta. 

     "La Media Torta para mí ha sido la vida como presentador, formador y como investigador, este lugar ha logrado que yo haga muchísimos amigos, no solamente por parte de los artistas, también del público, por eso para mí es muy gratificante ir por la calle y encontrarme a personas que me dan las gracias por la labor que realizo en La Media Torta", cuenta Corredor quien es un experto en música colombiana. 

         Ahora Eduardo Corredor baja las escalinatas de La Media Torta y mira sus zapatos con nostalgia, señala el resplandor del escenario rememorando todos los festivales que nacieron en el lugar. Suspira y trata de borrar el malestar de la pensión que le rechazaron a pesar de tantos años de trabajo, sin embargo este hombre seguirá alzando su voz el tiempo que le permitan para decir: ¡Señores y señoras, bienvenidos a La Media Torta!


Escrito por Estefania Almonacid Velosa
Agosto 2015





lunes, 17 de agosto de 2015

El negocio de la sonrisa

Tomada de http://blogs.infobae.com/

          Los Estados Unidos están comercializando la sonrisa. No es una cosa extraña en nuestra sociedad de consumo, pero tampoco se trata de un adefecio. Detrás de Mr.Smilie, el mono esquemático que sonríe y que ahora aparece en botones, chalecos tejidos, relojes de pulso, joyas, mancornas, afiches y hasta sobre la parte trasera de los pantalones de alguna preciosa muchacha, hay una intención psicológica explicable y poderosa: hacer sonreír a la gente. Algo más de ocho millones de norteamericanos ---y norteamericanas--han comenzado a usar estos símbolos. Y ello, en el breve espacio de diez meses. La demanda de todos estos objetos, con la cara de Mr.Smile, aumenta a cada momento. Tal vez esta moda, como tantas otras, llegará hasta nosotros. Y será oportuno. Oportuno ver sonreír a un empleado público tras su escritorio, o a un funcionario inflado, de esos que tanto abundan en nuestras oficinas y despachos. No sería justo, sino paradójico, un rostro agrio o demasiado importante, mientras en la solapa le sonríe, al mismo ciudadano, el mofletudo y simpático símbolo de los nuevos norteamericanos. 

          A nosotros nos hace falta sonreír, efectivamente. Y sonreír con una buena y cordial sonrisa, que no es precisamente abrir la boca y mostrar los dientes. Ya se sabe. Lo contrario de la risa no es el llanto: es la sonrisa. En el camino que va de las lágrimas a la carcajada, se encuentra ese ademán sugestivo, ese esguince que el hombre tardó milenios en incorporar a su vida. Muchas gentes que descubren el milagro de la sonrisa en un paisaje, en una mirada o en unos labios ---y que la consideran como un gesto connatural de todo rostro-- caen en el mismo error de perspectiva de aquellos que imaginan que el amor nació al mismo tiempo que el sexo. La verdad resulta bien distinta. Porque entre el uno y el otro, entre el amor y el sexo, se interpone una buena distancia de siglos. La risa, el llanto y el sexo, es innegable, rondan continuamente a nuestro lado. Son atributos biológicos que nacieron con el primer hombre en el paraíso. Pero el amor y la sonrisa, por el contrario, son mecanismos del alma que demandan una madurez espiritual y una proceso de cultura. La risa, el llanto y el sexo se dan silvestres, son gérmenes que proliferan lo mismo en la ciudad que en la caverna. El amor y la sonrisa, en cambio, necesitan una quietud de laboratorio. Son como las flores de cultivo. Necesitan riego y los afanes de unas manos. 

        La sonrisa es oficio de los labios, en tanto que la risa es oficio de los dientes. Nos obstante, la sonrisa sabe invadir todo el rostro y se escapa por los ojos, aunque los labios permanezcan cerrados. Todos hemos visto tal vez, frente al rostro que amamos; una sonrisa que cruza por la mirada, sin bajar a la boca y, muchas veces, en los labios, una luz que anticipa y no alcanza a subir a los ojos. El viejo Hugo, poeta entre los poetas, y por lo mismo, un intuitivo, solía decir que la sonrisa de la mujer que amamos se comunica aun entre la oscuridad de un cuarto. 

            Reír y llorar son negocios físicos, casi groseros. Plauto y sus amigos, en el mercado de la vieja Roma, contrataban a los hombres, los enmascaraba, les enseñaban deliciosas vulgaridades para que contagiaran con su risa a las gentes los romanos de nuestro tiempo, los americanos, están buscando algo parecido. Desde que el mundo es mundo, el negocio de las plañideras que se deshacen en lágrimas remuneradas, no se ha cancelado en este paradójico tiempo del átomo. Risa y llanto se pueden comprar al antojo. Pero la sonrisa es tremendamente independiente. Es como el placer, que se puede pagar en cualquier esquina, en tanto que el amor no será nunca negociable. Porque la risa, como ciertas formas del llanto, como el sexo mismo, es una manifestación social. En tanto que la sonrisa será siempre solitaria. 

       A Bergson---primo político de Proust---que escribió sobre la risa, no se le ocurrió escudriñar la ironía, la gracia recóndita que suponen unos labios que sonríen. En el Infierno hay carcajadas, y Dante nos transcribe ese eco al través de su accidente viaje. En el Purgatorio y en el Paraíso, en cambio, solo la sonrisa tienen sus dominios. Nunca, ni en Biblias ni en libros de devoción, se habla de la risa de Dios o de sus santos. Solo de su sonrisa. En cambio, la carcajada del Diablo--del pobre Diablo ahora tan venido a menos--- espantaba a la gentes desveladas en las noches de la Edad Media. Y un país, lo mismo que un hombre, solo en la plenitud de sus virtudes, cuando el demonio no lo habita, solo en la garantía de un porvenir pagadero en letras a poco plazo, sabe sonreír. Los países, los pueblos sojuzgados por la tiranía o el desmedro, usan apenas del llanto o de la carcajada. Por eso es tan importante que aprendamos a sonreír. Que abrochemos sobre nuestro ojal, como lo ha hecho sobre su nalga la muchacha que ilustra estas consideraciones, a Mr.Smilie, símbolo de esa ancha sonrisa que tanta falta nos hace. 

         


Escrito por Eduardo Mendoza Varela
Tomado de Lecturas Dominicales, El Tiempo. 3 de octubre de 1971.





Tomada de http://www.banrepcultural.org/
Eduardo Mendoza Varela. Poeta y periodista boyacense (Guateque, marzo 29 de 1918 - Bogotá, marzo 8 de 1986). Erudito intelectual, Eduardo Mendoza Varela se interesó especialmente por establecer las relaciones entre lo nacional y lo universal. Fue colaborador de las revistas Mito (1955), Lámpara, Boletín Cultural y Bibliográfico y Correo de los Andes; profesor de humanidades de la Fundación Universidad de América y secretario de la Embajada de Colombia en México. Durante dieciocho años, 1958 a 1977, trabajó en el periódico El Tiempo, donde dirigió las Lecturas Dominicales y fue subdirector general y director encargado. Allí mantuvo dos columnas: "Primer Plano", que aparecía en las páginas editoriales, y "Cruz y Raya", en el Suplemento, de la cual se publicó, en 1973, una selección.