miércoles, 29 de octubre de 2014

EL PIYAMA DE CARNE


EL PIYAMA DE CARNE 



Por Álvaro Bejarano

        Cuando el hombre aprenda a gozar con elementalidad ha principiado a salvar su vida. Cuando retrotrae su mirada a la niñez, y dentro de todas las limitaciones la encuentra cargada de ternura, un hálito de rescate le cruza de pies a cabeza. No recuerdo si fue Graham Greene, quien en un apasionante libro (La niñez perdida) dijo que en la infancia de Judas fue traicionado Cristo. Tal vez en nuestra niñez fue estrangulado el elegante hombre que todos llevamos dentro, y por eso toda la ropa que usamos hoy se ha ido adaptando a las adiposidades que va mostrando nuestro cuerpo. Quienes fuimos niños pobres tenemos la vivencia de las adaptaciones que hacían para nosotros de los trajes de los mayores. 

    Aún recuerdo cuando de la mano tierna de mi madre llegábamos a la sastrería de Nicandro Soto en Buga. Portaba yo bajo el brazo  un vestido "heredado" que había lucido un pariente tamaño oficio. De esa sotana ---que o otra cosa era--- extraían un vestido que no cuadraba a nuestro cuerpo por ninguno de sus puntos cardinales. Después, cuando la precaria economía daba la sensación de haber mejorado volvíamos a hacer el mismo recorridos hasta donde Sergio Soto para que nos hiciese el primer vestido entero y de primer cuerpo. 

      La madre resplandeciente de júbilo en su rostro, ordenaba se nos tomasen las medidas y exclamaba con aire de bíblico: "Échele bastante a esas mangas, que ese muchacho se está estirando mucho". El sastre obediente fabricaba un verdadero anaco bajo cuyas mangas nuestras manos se escondían como los ganchos de los muñones de los lisiados de guerra. 

Tomado de: http://www.uaa.mx/



 "Échele bastante a esas mangas, que ese muchacho se está estirando mucho"


        


         Pero nuestro cuerpo obediente se adaptaba también a ese modelo que era una verdadera piyama de carne. Definitivamente los niños pobres no tenemos goces completos en la primera edad, pero en cambio todos tenemos un cuerpo dúctil que se atempera "como el agua obediente a la imperfecta realidad del vaso". 

      A mí cuando niño me hicieron unos vestidos que si llegasen a estornudar me había salido de ellos con la facilidad con que salen los salivazos de las gargantas tumefactas de las brujas. Creo que todos los hombres elegantes de hoy, lo son  porque no tuvieron los tíos robustos que tuve yo. Esa talla gigantesca de esos hombres ha de pesar sobre nuestra vida por siempre. Uno queda signado y los músculos en desarrollo de todo niño se acomodan a todas las contingencias que tiene un traje de tercera mano. Los pobres definitivamente no tenemos goce ni comprando nuestra propia ropa. 

     Nosotros no tenemos vestidos sino piyamas de carne. Nosotros somos los inválidos de la elegancia. El único rescate que tenemos cuando adultos es que podemos vestirnos por clubes y desvestirnos al contado. A los pobres nos sirve todos. Todos tenemos cuerpo de cuñado. 

      No se puede pasar impunemente de la sastrería de Sergio Sotoen Buga a la Chemise Lacoste, pero algo es haber salido de aquel pueblo mágico. Ninguna prenda nos sirvió de chicos pero ninguna nos luce suficientemente hoy. Al menos la gente no nota cuando nos ponemos nuestra ropita fina. Ojalá tampoco lo noten cuando hayamos de quitárnosla. 


28 de enero de 1972
Tomado de Redes y vientos, Cali, Universidades del Valle, 1978.




      Álvaro Bajarano nació en Sevilla (1928), pero su infancia transcurrió en Buga. Estudió Filosofía en la Universidad Nacional de Bogotá, con su maestro Danilo Cruz Vélez. A finales de los años cuarenta comenzó su vida periodística en El liberal, El Espectador, Crítica, El Tiempo y La nueva Prensa, de Bogotá, y a partir de los años setenta escribió en la prensa caleña. Recibió el premio Simón Bolívar a la mejor columna de opinión. 

        

lunes, 20 de octubre de 2014

Recordando a los 14 cañonazos bailables...



CARNE DE CAÑÓN





Por Heriberto Fiorillo

       La carátula de un disco suele ser esa ventana de color estática y tantas veces antiestética en la que una muchachita vende música con sus carnes. A esta definición llega uno, observador bien prevenido, mirando las cubiertas de estos discos llenos de ritmos populares, que los bailadores de nuestro país han convertido en éxito de venta cada año. Podría también añadirse aquí, guasonamente, que esta es una de las pocas justificaciones que tienen algunos maridos colombianos para aparecerse en casa con la foto de una mujer semidesnuda y no enfurecer sino alegrar en consecuencia a la propia. 

      
        El despe o empelote cuando Antonio Fuentes ---quien había fundado 47 años atrás su casa disquera en Cartagena--- tuvo la ocurrencia de recolectar en un solo volumen todas las piezas de éxito que su empresa había producido ese año. Con el precedente glorioso de un larga duración que recogió los mejores porros y cumbias de todos los tiempos, el novedoso paquete de su invención tendría que resultar explosivo, así que por amor a su Cartagena heroica resolvió bautizarlo 14 Cañonazos. 

       
        Y de verdad que causaron impacto. Tanto, que Fuentes se vio obligado a seguirlos disparando cada seis meses. Algunos conjuntos de aquella época: Pedro Laza y sus Pelayeros, Guillermo Buitrago, José María Peñaranda, Clímaco Sarmiento y la Sonora Cordobesa. Me consta que los zapatos solos empezaban a hacer tap-tap al escucharse el ritmo de los anteriores. 

         Entonces las carátulas eran obvias, nada metafóricas o es que la metáfora estaba ya dada por el título. Recuerdo la de una mujer y un hombre, con atuendos guerreros, tapando sus oídos mientras disparan un cañonazo al otro lado de la mural. Completa o recortada, esta misma foto continuó utilizándose durante varios números. Lo que cambiaba en esencia era lo que esos discos llevaban por dentro. 

           
          El volumen siete marcó el cambio más drástico en la presentación de los cañonazos bailables. El hombre y el cañón desaparecieron para dar lugar y tema a una mujercita en bikini que levanta incómoda su pierna mientras sus manos la sostienen colgando de la parte superior de un faro. La respuesta del público se reflejó en las cifras de venta. Para unos quedaba demostrado que más que los cañones de hierro montados en cubierta, lo fundamental era la pólvora musical de las canciones que llevaba el acetato, adentro. Para otros, mujer desnuda derrota a hombre con cañón.


          El último cañón que ocupó Cartulina Fuentes salió dibujado en el número ocho, junto a una muchachita oriental, acostada, sugerida en cueros, sobre el heno. Con ciertos intervalos de alegres jovencitas pero hasta los pies vestidas, el desfile anual de cañonazos ha sido la tómbola en portada de modelitos con mucha ansiedad y pocos trapos. Una excepción contada, la ex reina del carnaval, Margarita Rosa Donado, que mira altiva y vestida desde el fondo negro de su rectángulo; y para enriquecer el anecdotario, la demanda que alguna soberana de Medellín le pusiera al fotógrafo Daniels al descubrir que sus curvas encendían ese año la mecha popular de sus cañonazos. 

        La mayoría de las cubiertas no dan crédito a la modelo ni a su capturador gráfico. Que algunas las tomó el capitán Molina, muerto el año pasado en un accidente de avión en Tampa dicen. Que las demás pueden salir del maletín de un fotógrafo nacional o extrajero, tomadas aquí o en cualquier parte. Siempre y cuando se la foto de un lindo cuerpo. Y a veces, ni es, sino un cuerpo bueno, entrando en carne, sugerente y voluptuoso que ayude a vender títulos tan dotonantes como El enterrador, La señorita, Pajarito platanero, La burrita de Eliseo, El pajonal o La danza de la tanga. 

         En primer plano un bikini con una ramita adentro. Tras una sombrilla china, la modelo espatarrada luce una toalla en la cabeza. Solo una tanga sin nalgas. Una rubia en éxtasis sobre el lomo de una tumbadora. Otra que no puede, pobre, acomodarse encima de la superficie de un sofá. Rubias, rubias todas, rubias cenizas como la Marlene Hoffman (homónima de la artista) que decora tres portadas de los cañonazos, viringa en el volumen veinte, adornada apenas ligeramente con una cadena de oro alrededor del cuello. 

       Por razones tan obvias, le han salido imitadores a Fuentes. En esos tiempos de fin de año invaden las vitrinas de los almacenes de discos numerosos ejemplares que recogen las canciones de mayor éxito según cada casa productor. Y la hembrita -carne suele estar en la puertita de cada disco. "La competencia es saludable", comenta ahora Gabriel Pulido, de Discos Fuentes. "La mujercita en portada es un gancho, así no tenga nada que ver con la música. También gracias a ellas se venden unos 400 mil discos al año".

          Se venden tanto que, de los números viejos, ni en la propia empresa tienen un archivo. Y el desfile de intérpretes ha sido tan largo como diverso. Estuvieron los Teen-Agers, Los Ocho de Colombia, Los Black Stars, Los Hispanos y todo esos golden boys que un profano confunden con Los Graduados.  Esto nos sirven para recordar, de paso, que el cantante más reproducido en Cañonazos ha sido Rodolfo Aycardi, que tres canciones han resultado repetidas, en versiones distintas, a lo ancho de 321 Cañonazos Fuentes, que alguna vez fueron trece piezas y no catorce, pero con mosaico que es más largo y que con el tiempo y por esas vueltas comerciales de la vida la rumba de este sello heroico se cachaquizó y disminuyeron los intérpretes costeños de sus discos y como manda el mercado y los disc-jockeys lo que ahora escuchamos es puro "ruqui-ruqui" del interior, aunque todavía en sus carátulas, modelos semidesnudas coman patilla  bajo el extenuante sol de nuestras playas. 




Tomado del libro 
Nada es mentira
Crónicas y otros textos
Heriberto Fiorillo

          

          


lunes, 6 de octubre de 2014

Lenguas, no armas de fuego...




Lenguas, no armas de fuego 


Lorenzo Morales y Emiliano Zuleta. Tomada de http://portalvallenato.net/


Por Heriberto Fiorillo 


        ¿Cómo empezó el hombre, largo tiempo atrás, a reflexionar sobre sus actos de violencia? ¿Acaso cuando vio por primera vez su propio rostro en el agua de la fuente? ¿Empezó también ahí a ver al otro? ¿Estaba ya en aquel primer diálogo la larva viva de nuestra conciencia y nuestro análisis?

         En los tiempos juveniles de Emiliano Zuleta, por ejemplo, o en la infancia solitaria de Lorenzo Morales, en pueblos como Guacoche y La Jagua del Pedregal, donde también eran inmensas y profundas las distancias y los hombres vivían aislados dentro de su propia tierra, fueron muchos tal vez los que aprendieron a derrotar el miedo y a domeñar sus bestias interiores en fiestas de pueblo y parrandas callejeras, mientras músicos como Emiliano y Lorenzo los acercaban con sus versos de precisión y sus canciones del alma.

         ¿No fue desde esos inicios la piqueria ---ese arte que ambos cultivaron con maestría--- batalla lúcida y genial del verbo y de la mente entre individuos de raigambres distintas y orgullosas? ¿Personas que hallaron así una nueva metáfora civilizada y gozosa de la guerra, una forma distinta de expresarse, disentir y discutir sin matarse y sin matar siquiera los símbolos de su controversia, como se matan hoy en la gallera los gallos de la apuesta?

         Afilando la mente y la lengua ---en lugar del machete y la espuela--- trovadores y junglares de esos tiempos aprendieron y enseñaron a sus congéneres que se podía vivir e incluso matar de otra manera (algo que sicoanalistas académicos han llamado sublimación de la violencia) como se vive y se mata en el ajedrez, como lo hacen gatos y ratones inmortales de ciertos dibujos animados, como los niños que juegan a héroes y bandidos en esa tierra de todos y de nadie que, despiertos y felices, confundimos con el sueño. 

          Aquellas multitudes de la Guajira y todo el Valle de Upar que vieron tocar y cantar a Lorenzo y a Emiliano, tal vez no aprendieron a dominar el acordeón ni a cantar en rima ni a versear como ellos, pero es probable que algunos lograran comprender y asumir que los humanos podíamos también herirnos y soportarnos, pensarnos y reírnos con el vuelo agudo y puntilloso que va de la imaginación a la palabra, sin el más mínimo derramamiento de sangre.

        También las barras de seguidores y furtivos correveidiles de junglares crecieron allí en su capacidad de fabulación, al azuzar con inventos y exageraciones de vereda lo que cada músico terminaba cantando sobre el otro, en respuesta a lo que aquellos mismos correveidiles le habían dicho que el otro cantaba sobre él.

        La palabra une, la música ennoblece, domestica. La metáfora protege la vida, mete en un juego el impulso depredador de la muerte. Aquella rivalidad legendaria de Emiliano Zuleta con Lorenzo Morales, contendores que por lo demás tuvieron siempre un rostro, no convirtió jamás la maravilla de su caudal de palabras en moretones de golpe siquiera, ni heridas de bala, ni se trasformó con el tiempo en un odio descarnado de familias que buscaran extirparse de la faz de la tierra. No. Emiliano y Lorenzo siguieron trasformando esa pugna suya, más allá del juego creativo de sus mentes, en una admiración compartida, un respeto mutuo y un compadrazgo cercano al amor, que sembró en la memoria y la conciencia de sus pueblos, semillas de arte y tolerancia, para que también después de ellos, ahora, por ejemplo, la vida pudiera se menos trágica.


2002
         

             Heriberto Fiorillo.  Periodista, guionista y director de cine. Nació en Barranquilla. Estudió periodismo en la Universidad Javeriana, en Bogotá, y realizó un curso de producción y adaptación de radio y televisión en New york, en donde vivió de 1988 a 1994. Su trayectoria en prensa escrita lo ha llevado a  trabajar en diversas publicaciones. Fue cronista, jefe de redacción y subdirector de Cromos, director del suplemento literario y asesor editorial del Diario del Caribe, y colaborador de Semana y El Espectador. Sus trabajos han recibido cuatro premios nacionales de televisión, además de diez nominaciones y otros reconocimientos nacionales e internacionales en periodismo, cine y televisión. 

Tomado del libro Notas Ligeras colombianas. Maryluz Vallejo y Daniel Samper.