martes, 26 de agosto de 2014

Homenaje al bluyín...



Homenaje al bluyín


Tomado de http://www.andreavilallonga.com/


Por Eduardo Escobar



       El bluyín, una prenda moderna, de lavar y planchar, hecha para aguantar usos y abusos, y cuyo origen se disputan genoveses, judíos y alemanes, liberó el cuerpo inferior del claroscuro de los pliegues y lo reveló en su candidez, poniéndolo en evidencia. Se impuso como otra piel en la feria de la vanidades terrenas. Pero sobre todo, es la exaltación contemporánea del trasero. 

      El bluyín consiguió lo que no consiguieron los grandes pensadores de utopías, los agitadores políticos con sus aspavientos y los místicos con sus paradojas, palabreríos, manifiestos, y constituciones. Fue esta prenda democrática por excelencia, la que objetivó el antiguo anhelo de dar preeminencia a los últimos, a los más humillados y pobres, encargados de los oficios más ruines. El bluyín eliminó las diferencias entre las clases y los sexo, nivelándolos por el culo. No las proclamas ni los discursos de apasionadas razones de los sicólogos de la liberación de los instintos que florecieron a lo largo del siglo xx. 

Tomada de http://elvisandtrends.com/
        Claro que hay culos de culos. Hay muchas maneras de ir el último. Hay culos bastante culos, en verdad. Algunos merecen más que otros la exaltación del bluyín. El de aquella Lolita que cruza el parque, hablando por un teléfono inalámbrico color perla. El de aquella muchacha de retaguardia de luna llena que pasea un perro bisojo, rojo. Y hay culos sin importancia colectiva. Ejemplares de lo que no debería ser un culo.

     También hay bluyines de bluyines. Desde los hechos en Pereira que se venden en Pereira y Medellín y Miami, hasta los que se venden a precio de oro, de azafrán o de cocaína, en Roma, Londres y París, cosidos por muchachitas amarillas y malpagadas del tercer mundo, muchas veces, vestidas con bluyines, casi siempre. 

      Contras las dolorosas realidades que encarnan, no podemos negar a los bluyines, sin embargo, el mérito de haber pasado de ser los rudos aditamentos del vestuario de mineros de mala vida y vaqueros de mala ley, a servir de empaques a los culos de los privilegiados de la tierra: los culos de las reinas, las princesas, las actrices, las modelos multimillonarias, los empresarios del espectáculo, los musitadores de  baladas, que pasean por sus ranchos y en las grandes avenidas del mundo sus preciosos traseros, traseritos y traserotes, envueltos en el azul de unos bluyines que cuestan un ojo de la cara. 

     Usan sus propios bluyines las jóvenes prostitutas, las ricas y las pobres y sus tinieblos, las vírgenes impúberes de la pequeña burguersía y las jóvenes madres de compras en los templos climatizados de las grandes superficies, los maricones internacionales, los ministros en escarnio público, mientras llega el día del juicio y del indulto. 

Tomada de http://contextotucuman.com/
     Por años, hasta los últimos de la década de los setenta, cuando apareció la variación de los de botas acampanadas, los bluyines permanecieron inalterables: fueron siempre los mismos calzones estrechos, sin pretensiones, cómodos y duros, para echarse en los pastos húmedos a ver pasar las nubes, para sentarse en la arena de los andenes y las playas, para trabajar, enamorar y viajar. Luego, en el desenfreno comercial de las casas de moda y el consumismo galopante de las postrimerías del siglo xx, se comenzaron a operar transformaciones esenciales en esta prenda universal. Y aparecieron los bluyines descaderados, los de seis y los de cinco botones tan arduos de desabotonar en los afanes del deseo, los hechos para caderas y muslos anchos, para caderas anchas y piernas delgadas y con cuerpos delgados y con poca cintura y para masas anchas con cinturas anchas y caderas anchas. 

        El bluyín milagroso en su carrera de éxitos llegó al extremo de negar, en la gran inestabilidad de las cosas, el azul esencial en su nombre, cuando aparecieron los bluyines de colores. Y los desteñidos y los rotos. El bluyín se atrevió en su metamorfosis a negar incluso su función natural, su naturaleza simple de vestido: un tiempo, en efecto, los bluyines no fueron más que un pretexto para sustentar en sociedad un montón de agujeros y roturas. Entre los ricos de los países ricos, sobre todos, que por alguna razón isondable gozan tanto adoptando las costumbres de los pobres, que llevan sus agujeros por necesidad, como el alma, sin el menor asomo de orgullo. 

Tomada de do.flowmag.com
      Además, el bluyín se inventó para la inconsciencia, de cualquier marca o nacionalidad que sea. Todas las otras maneras de vestir son precisamente eso: maneras. Amaneramientos. Manierismos. Exigen del sujeto unos ademanes, una postura, un talante, un modo de marchar. Lo dirigen. El corbatín obliga a ir erguido. La corbata exige cuidados a fin de que no meta la lengua inoportuno en los ceniceros y los platos. El sombrero, un mínimo de equilibrio interior. El bluyín, en cambio, se calza y se olvida. 

          Por si importara, diré que prefiero los bluyines clásicos, ni sueltos ni ajustados, que no opriman, como los que vengo usando desde que me conozco. En las adolescentes, sin embargo, los prefiero muy ceñidos, los que encarecen mejor la dulce curva del trasero. Y en las mujeres maduras, los que destacan el hogar, la patria perdida de la pelvis femenina. 

      No entiendo por completo los bluyines bajeros de la nínfulas del comienzo del siglo XXI, con un diamante en la noche del ombligo, sobre la pretina, cuya línea me recuerda la boca de un cáliz que no he de beber. Son demasiado religiosos para mí con sus promesas imposibles de bosques de Venus, tiernas heridas y hostias. 

     Los bluyines son sin duda las prendas emblemáticas del siglo xx, sobre los privilegios y las gracias de la minifalda. Una invención modesta y positiva entre la multitud de sus inventos descalabrados. No conoce los dobleces. Sus valores últimos no dependen de sí mismos, su precio, su nacionalidad o el atrevimiento del corte, sino de las cualidades intrínsecas del cuerpo que alberga, reguarda y revelan con franqueza. No sabe mentir.  



        Nota tomada de Prosa incompleta. Bogotá, Villegas editores, 2003. 



Eduardo Escobar nació en Envigado (Antioquia) en 1943 y se vinculó tempranamente al movimiento nadaísta. Después de destacarse como poeta empezó a escribir columnas y notas ligeras. Ha publicado catorce libros de poesía, una antología de artículos y una novela. Colabora con la revista Soho y desde hace varios años mantiene la columna "Contravía" en El Tiempo. 

       

Tomada de Notas ligeras colombianas. Maryluz Valejo y Daniel Samper Pizano.


miércoles, 20 de agosto de 2014

Klim en pantuflas...



Klim en pantuflas 





Por Elvira Mendoza



---¿Qué defectos cree tener del boyacense?

---Que soy incapaz de decir no.

     La afirmación la hace un hombre alto, que se parece un poco a los retratos del Greco. Un rostro delgado, una chivera bien cuidada, unos ojos grandes que miran condescendientemente. Porque ese hombre, "que no sabe decir no", es Klim, el famoso humorista. Y porque no sabe decir "No" aceptó que lo entrevistáramos. Después (muy en boyacense) empezó a dar explicaciones, a postergar la fecha de nuestra cita, a tratar de que fuéramos nosotros quienes dijéramos "No".

      A las seis de la tarde llegamos a un lujoso edificio. En un quinto piso silencioso aparece el apartamento de Klim. O mejor, de Lucas Caballero Calderón. En el salón, muebles cómodos en verde, una repisa llena de porcelanas, un gran ventanal por donde se asoma el Paruqe de la Independencia con su paisaje siempre verde. Todo habla de sobriedad, de buen gusto, de distinción, de orden. Nadie diría que aquel apartamento pertenece a un hombre que vive solo, que tiene fama de bohemio y que su "modus vivendi" es el periodismo. Esta es la primera sorpresa. 

     Lucas está en bata. Se ve limpio, pulcro. La bata es su atuendo preferido.Los chistes, los informes sobre los personajes, le llegan a su apartamento. Los encuentra en el periódico, en la radio, en la televisión, en la charla de sus amigos. Así han surgido "Pototó", "Telepadre", "Minhecticor"... Así se alimenta su leída columna. Klim no sale. No va a fiestas. No recorre las calles. No va al periódico ni para cobrar. Klim es "muy casero". Y es tímido. Por lo menos así nos lo dice él y pude creérsele.  

     La timidez fue tal vez la causa de sus primeros tragos. Quería darse valor para sacar a bailar a las niñas bonitas. Cuando al fin se resolvió, las niñas no lo aceptaron. Estaba "jalao".

      Klim habla en voz baja. Despacio. Como en su columna, siempre dice una frase simpática, graciosa. Pero lo hace naturalmente, sin ánimo de ser chistoso. Nunca lo pretende. Y menos aún cuando está en reunión. Entonces, los que no lo han tratado se acercan curiosos, sonrientes, pendientes de que todo o que diga sea chistoso. El le tiene terror a esa gente. Por eso no le gustan las fiestas. No es muy sociable, pero tiene un grupo de amigos con quienes le encanta charlar. A ellos los recibe en su casa después de las tres de la tarde. A esa hora ya ha leído los periódicos, ha escrito su columna, ha almorzado. 

     Con su primer sueldo de periodista pensó hacer una fiesta, pero el dinero que recibió casi lo hace renunciar a su carrera: 70 centavos por columna. 

      Klim se levanta tarde. O, mejor, se despierta tarde: a las 10 de la mañana. Se desayuna en la cama, lle los periódicos, habla un poco por teléfono y empieza es escribir. Cuando tiene tema, sus dos índices vuelan en la máquina. Cuando no se le ocurre qué comentar, ni cómo se chistoso ("es tan difícil ser gracioso a la fuerza") lee, relee, se siente imbécil, rompe el papel y termina diciendo cosas tremendas contra alguien "para que no lo publiquen". Este último sistema era el más fácil antes del Frente Nacional. Entonces no lo "echaban al gancho". Ahora, la cosa es más difícil. El Frente Nacional exige mucha diplomacia. 

       Klim nunca ha guardado recortes. Hubo una época, recién casado, en que su esposa, "como una demostración de amor", recortaba y pegaba cuidadosamente todas sus columnas. En un trasteo echó aquel álbum a la basura. 

      Escribir rodeado de gente, con mucho ruido, no le es fácil. Prefiere estar solo. Pero como todo periodista, muchas ha tenido que hacerlo mientras se charla de distintos temas a su alrededor, la gente va y viene, se dan gritos. Cuando se veía en esas circunstancias, no se atrevía a confesar que le era difícil concentrarse, y no quería desengañar a los que le rodeaban, demorándose a pensar. Entonces, lo dice ahora sonriendo, se sentaba frente a la máquina y muy rápidamente escribía bestialidades, lo que se le pasaba por la cabeza: "Este tipo es un idiota... perro, niño, casa". El elogio siempre le llegaba: "¡Caray, qué agilidad tiene usted para escribir!".

      A la profesión de periodista entró hace 27 años y sin habérselo propuesto. Entonces, ya había comenzado a estudiar Derecho y había interrumpido la carrera porque le "aburría mucho". Fue uno de los fundadores,, en la Universidad Javeriana, de la cátedra de Ciencias Económicas. "Me quería hacer gerente, dice, pero cuando me di cuenta de que al terminar no tenía qué gerenciar, me salí". Comenzó entonces a llevar una vida poco santa. Borrascosa. "Me mandaron a Tipacoque a una especie de cura de reposo (cura de reposo para los de la casa, naturalmente), y empezó a escribir asiduamente a la familia. Eran cartas en que hablaba del alcalde de Soatá, de las costumbres del pueblo, del cura. Una de estas cartas la vio don Luis Cano y entonces le mandó proponer que hiciera una columna para "El Espectador". "Me trajeron otra vez a Bogotá (lo dice en un tono de mansedumbre como si nunca hubiera matado una mosca) y empezó a escribir. Alberto Galindo, que era el jefe de redacción resolvió firmarle Lukas, así con K. En ese tiempo, Lucas cuidaba mucho los originales. Los hacía a mano, " pasaba a limpio" y cuando salía a la calle "me ponía colorado pensando que todos habían leído mi columna".  Un mes duró esta colaboración diaria. Aún no sabía lo que iban a pagarle, pensando al fin de mes hacer una fiesta con la plata que le dieran. El dinero que recibió casi lo hizo renunciar momentáneamente a su carrera periodística: Setenta centavos por columna. 

      Así comenzó en el periodismo. Antes nunca había escrito. En el colegio ni siquiera "sacaba cinco en redacción"."Estaba acomplejado por Eduardo, mi hermano. El era el literato. Desde los tres años era el niño prodigio. El que hacía prosas el día de la madre y escribía lindo. Justamente Eduardo fue quien me consiguió el primer puesto ofiacial. Fue en la Contraloría, con el Contralor de entonces, Plinio Mnedoza Neira. Plinio me colocó en la sección de estadística. Lo único bueno para entonces era el sueldo: ochenta pesos". Lucas, la oveja negra de la familia, empezó a levantarse temprano para marcar tarjeta, y a ser un empleado estupendo. Al poco tiempo. Plinio organizó un curso de estadística, y Lucas fue escogido entre los 20 que iban a hacerse técnico en estadística. El profesor Emilio Guthar dictaba las clases. "En ese tiempo todos trabajamos muy seriamente. Le teníamos miedo al Contralor. Cada vez que lo oíamos se nos bajaba la tensión. Y él acostumbraba a dar vueltas por las oficinas con mucha frecuencia. Además había un portero, boyacense, que era la eminencia gris. Después de Plinio estaba él. En esas condiciones era muy difícil no trabajar". Año y medio permaneció en la Contraloría. El curso duró un año y él recibió su grado de "técnico en estadísticas". "Menos mal que me hice un baño cerebral y no me acuerdo de nada". Al año y medio renunció. 


Tomada de www.biografiasyvidas.com
Entonces, lo dice ahora sonriendo, se sentaba frente a la máquina y muy rápidamente escribía bestialidades, lo que se le pasaba por la cabeza: "Este tipo es un idiota... perro, niño, casa". El elogio siempre le llegaba: "¡Caray, qué agilidad tiene usted para escribir!".


     
El segundo y pultimo puesto oficial que tuvo Klim fue en el Ministerio de Obras Públicas, cuando Alfonso Araújo era Ministro. Estuvo en la sección de archivo. Tres veces renunció Lucas y tres veces no le aceptaron la renuncia. "No la aceptaban ---comenta él ahora-- por consideración a mi papá. Pero yo no podía seguir con ese sueldo de profesor de tiple, y así se lo dije a Alfonso. un empleado tan indispensable, a quien no le aceptan renuncia, debe ganar más. Fue el toque de gracia: me dejó ir".

     "El Espectador" había seguido recibiendo de vez en cuando sus colaboraciones. Se las pagaban un poco mejor: a $1.50. Después le propusieron pagárselas bien, si escribía diariamente, y aceptó. En aquella época "El Espectador" se imprimía en los talleres de "El tiempo". Un día don Fabio Restrepo le propuso que escribiera también para "El Tiempo". Nadie sabría el secreto y le pagarían bien. Sólo tenía que ponerse un seudónimo. Lucas captó encantado. En esa forma lograba mejores ingresos. Y empezó a escribir. El seudónimo surgió de un aviso de leche Klim. Por lo corto le pareció estupendo. Un mes después de estar escribiendo ---secretamente--- en los dos periódicos, lo llamó don Gabriel Cano y le dijo: "¿Te has fijado que en El Tiempo hay un tipo imitándote? ¡Pero tú eres mucho mejor!". La respuesta de Lucas fue: "Modestia aparte, ¡sí soy mejor!".

      Tres meses duró el secret. Al cabo de ese tiempo, se descubrió la verdad. Lucas tuvo que decidirse por un solo periódico porque ese fue el ultimátum que le dio don Gabriel Cano. Y se decidió por "El Tiempo" en vista del sueldo. O, mejo de lo que pagaban por columna, 

      A lo dos años de matrimonio, después del 9 de abril, nació Lucas, su único hijo:"Yo creo que fue una consecuencia del toque de queda". 

       Desde entonces han pasado muchas cosas. Lucas estuvo viviendo un año en Costa Rica, donde su padre, Lucas Caballero era Ministro Plenispotenciario para Centro américa. Allá dejó recuerdos por las fiestas que daba. Unos "Surprise-party" que casi matan a don Lucas. Muchas veces, para salir de su aburrimiento, se iba al Hotel Costa Rica a mirar a las gringas que habían llegado, y las invitaba a la Legación. Don Lucas padre se veía obligado a recibirlas y darles bar abierto.

     Antes de viajar a Costa Rica, Klim había conocido a Europa. Seis meses estuvo estudiando en Suiza. Luego paseó por España, Italia y Francia. De eso hace ya tiempo. Lucas tenía entonces quince años. Ahora, entre sus proyectos, o entre sus deseos, está el de ir nueva,ente. " A los quince años no se conoce todo y no se asimila lo que se ve".

    Seguimos charlando. Nos dispersamos en distintos temas. No sé cómo tocamos el del matrimonio. Klim, como todos los liberales (y claro, también, los conservadores) colombianos, cree que el hombre debe ser jefe supremo del hogar. El que decida todo. El amo. Subsiste, y así lo confiesa, aquella admiración por el hogar de antaño y por lo que entonces era "el señor". Secretamente aspiraba a que, al casarse, siempre oyera: "Lo que diga Lucas... Lo que decida Lucas... ¡Noo!, Lucas dijo que no". Eso deseaba secretamente aunque confesara que estaba de acuerdo con las tesis modernas de que en el matrimonio, ambos formaban una unidad. Ambos deciden como buenos amigos. Ambos se consultan. Ambos son jefes. Quizá por eso, se decepcionó un poco. Y se separaron.

     De su mujer, doña Isabel Sierra de Caballero, se enamoró casi a primera vista. La vio en el Hospital de La Hortúa, donde ella prestaba servicio de enfermera voluntaria "y me encantó la figurita". Lo dice cariñosamente. Tiernamente. Después, cuando habló con ella, se encontró con una muchacha de gran personalidad. Distinta "las fofitas" de entonces. Y lo atrajo. Sin embargo, no alcanzó a declararse. Por eso días ella viajó a Estados Unidos, y allá permaneció cuatro años. Al volver, el primer telefonazo que recibió  fue el de Lucas. A ella tampoco le era indiferente. Salieron y se casaron. Tenían las mismas cualidades y los mismos defectos. O casi los mismos. A los dos años después del 9 de abril, nació su único hijo: Lucas. "Yo creo que fue una consecuencia del toque de queda". Hoy tiene catorce años. Se parece más a padre que a la madre. Delos dos tiene la inteligencia y la gracia.

       Miramos un poco más la decoración del salón. Hay indudablemente un toque femenino en todo. Las porcelanas, las innumerables porcelanas de la de la repisa, están colocadas con paciencia, con un cuidado que es difícil encontrar en un hombre. Les preguntamos a Lucas si él ha sido el decorador, y sonríe. "Noo. Fue Isabel. Ella es mi mejor amiga".

      Así se explica el orden de este humorista, con cara de Nazareno, que vive solo, que no sale a la calle, y que ha hecho reír a todos los colombianos. Aun a los que ha tomado del pelo. 


Revista Diners. 1980. 





lunes, 11 de agosto de 2014

La mujer del café San Moritz...



LA SOMBRA DE LA INQUILINA


Café San Moritz. Revista Diners. 1983



Por

Estefania Almonacid Velosa


     Hilda sabe que si la casa se destruye moriría. Pero aún le quedan fuerzas, las mujeres siempre mueren de últimas, ella no será la excepción.
      
      Los que transitaban por la Callejón de los Libreros en la calle 16 podrán afirmar que existe el Café San Moritz. No es un lugar fantasma como lo hacen creer la ausencia de datos en los documentos bibliográficos. Existe a pesar de que los hombres que visitan el lugar tengan el aspecto de naturaleza muerte con sombrero y periódico.
     
      La naturaleza dentro del San Moritz se vuelve salvaje, los hombres me miran como la intrusa en una reunión masculina. Aparece Hilda Vásquez, propietaria del lugar junto a su hermano David.
      
        La veo en las esquinas oscuras, limpiando las mesas de un rojizo desgastado, sirviendo el café en la máquina marca Faema traída de Milan en los años 30. Ahora está haciendo cuentas en la caja, desaparece y regresa con la seriedad que la caracteriza.  A  veces solo se esconde en el gran mesón que está en frente del pasillo de la entrada del San Mortiz, saluda a los hombres, a veces solo observa. En silencio revisa papeles arrugados y sucios, los hombres beben más, Las lágrimas negras de Daniel Santos les turbe los recuerdos.
     
    Después de estar tanto tiempo en el café me abruma la bella música como si a Don Juan le llegara a abrumar el sexo.
     
   Será el matiz sepia de la luz que cae del techo o los olores despreciables con los conmovedores o  las fotografías cuando Bogotá era en blanco y negro; los marcos de las puertas  o las sillas en donde casi nadie se sienta, el peso de los años que quieren enterrarse para siempre o los objetos que se resisten el uso, los pocillos que se lavan y se suicidan rompiéndose en la baldosa que ya no resiste un paso más.
     
     Todo podría ser causa de la tristeza de Hilda. Veo una grieta en la pared, una parte del techo puede que se me caiga en la cabeza. No es momento para hablar con ella. Se encierra en un cuarto que está en una esquina del café, no creo que salga, es mejor irme.


***

       ----No insista--- Me mira con desconfianza y prosigue. 

      ----No hay la menor posibilidad que yo le cuente mi vida en éste café---
      
          Llora.
       
        La oscuridad del salón de atrás del café le reviven los fantasmas, hace tiempo que no los despertaba, cuando los fantasmas aparecen todo el tiempo es que están a punto de desaparecer.

       ----Mi madre me duele---me dice.

       ---- ¿Qué pasa con su mamá?----

        ----No cuente nada de mí, cuente la historia de ella---

        ----Pero usted es la mujer… --- Me interrumpe

    ----Mi vida no, es la vida de ella. Déjeme pensarlo, llámeme el lunes y le doy mi respuesta.----
         
        En los años 40 los hombres salían del café a la madrugada con los bolsillos vacíos y el corazón borracho. En el presente una mujer sale con la historia vacía, es la fugitiva sensación que canta Agustín Lara.

Tomado por Estefania Almonacid Velosa

***

      Leticia fue la mujer que enterró a su esposo y a tres hijos,  cargó a tantos muertos en  la espalda que fue desapareciendo, porque el perder un hijo significa despedirse de una parte del cuerpo. Su hija Hilda la vio esfumarse y ahora llora, por eso no quiere que la evoquemos en el anticuario de nostalgias, el café.

        
      Leticia…Leticia… Leticia… ¿Cómo un nombre esconde tanto? El misterio de los lugares  tiene nombre propio,  el San Moritz es mujer,  mejor Santa Moritz, es por eso que solo van hombres, es la amante que más les gusta.
        
       ---Yo era la que firmaba por mi mamá. Un día me pidieron que colocara mi nombre, mi firma y el número de cédula y terminé colocando la de mi mamá, era inevitable. Las personas que venían a traer la cerveza y los demás pedidos me llamaban Leticia, señora Leticia firme aquí y yo les dije muy seria, no, que no me volvieran a llamar Leticia, que mi nombre era Hilda---  
    
         Llega un hombre a pedir cerveza, ella se va.


***

       Hilda no va hablar nunca, es desastroso hablar del café San Moritz sin nombrar a Leticia Delgado, el recuerdo más frágil.  Se niega y se disculpa con un trueno en la boca. Ella también absorbe el humo enfermo para alejar los fragmentos de vida,  al igual que su madre los inhaló en el café y murió.
      
       ----A ella la conocí, era una mujer diferente pero cuando murió su madre se le desbarató la vida--- Dice Yolanda Rivera, amiga de Hilda y ex amante del Mortiz.
    
       ----Ella no le gusta hablar del café, no sé  porque trabaja allí si ese lugar le recuerda tanto a su mamá, siempre sufre por ella. No habla para no recordar, pero en el silencio la recuerda más---- comenta Nubia Lasso investigadora de los cafés en Bogotá. 
      
       

      Nunca es fácil abandonar el hogar y menos si hay fantasmas. Ella los conoce muy bien por eso administra el café y coordina todo: el sonido de una nueva grieta en el techo, los títulos de cada bolero, la posición de los pocillo al igual que la grabaciones de la películas que se han hecho como La historia del baúl rosadoCóndores no entierran todos los días,  Roa, o comerciales con personajes como Fanny Mikey,  Isabela Santodomingo y Cesar Mora.
     
           Hilda y Leticia es una misma mujer pero en diferentes generaciones, por eso Hilda no quiere hablar, no sabría qué vida inventarle a Leticia, el alma femenina que ha visto tantas hombres entrar meditabundos o salir amargos. Esa misma que sintió compasión cuando las secretarias de los políticos entraban al café avergonzadas buscando a sus jefes y que tuvo un esposo llamado Gustavo Vásquez que le compró a Guillermo Wills Olaya, fundador del café San Moritz, por 200 pesos.
      
           Hay un bolero,  Humo en los ojos  de Agustín Lara en su rostro, incluso cuando habla por teléfono su voz es fuerte y se marchita como susurrando la melodía de alguna despedida. ¿Cómo son las personas que se criaron a punta de boleros?  Cesar Pagano, el intelectual de la salsa responde ---Enamoradizos, soñadores, seductores, donjuanes, pero también melancólico---. ¿Hilda acaso es enamoradiza, soñadora, seductora, pero también melancólica? Ella que se dormía en el rincón del café arrullada por el bolero, tal vez Hola soledad de Palito Ortega, mientras esperaba a que llegara la hora del cierre.

      Pudo serlo cuando la vida de Leticia aún le corría por las venas.


***

Tomado por Estefania Almonacid Velosa

      Es lunes, martes o miércoles, jueves o viernes, puede ser algún sábado, el domingo no porque ese día no se abre el San Moritz, puede estar Hilda desempolvando el café, haciendo cuentas, muecas mientras mira las paredes, llamadas, puede estar a punto de rendirse y entregar a la suerte el año de 1937, año en que se fundó el San Mortiz por Guillermo Wills, pero no, como dijo su hermano, David Vásquez: el café no está en venta.
      
        A pesar de que la Fundación Niños de los Andes, dueña de la casa donde se encuentra el café, quiere demoler la casa, Hilda sigue ahí de pie aunque su cuerpo ya no resista, aunque sus cuentas no le den y la presión de un ruido en el techo le vulnere su valentía. 
      
     Si no se restaura, la casa dejará de ser casa, el café en café y la historia será polvo, finalmente Hilda se desplomará y todos volverán a sus casas. O mejor, la casa será restaurada, el café historia viva y esa mujer seguirá siendo la misma porque Leticia, la madre, no está, porque en la vida hay amores que nunca pueden olvidarse,  como bien lo dice Tito Rodríguez en su bolero Inolvidable.
     
     ¿Quién dará razón de ella?  Es un alma inquilina dentro de estructuras que han esquivado la severidad de tantos años, algo impúdicas, ya nos les importa resistir, qué más da si se caen, las paredes no mueren de pie como los arboles, sin embargo esa inquilina es la encargada de no dejarlas caer aunque estén agonizando, como si dijera advirtiendo si ustedes se caen todos moriremos. 
    
    Las paredes no se atreven, ni siquiera los hombres de la tercera edad que asisten al café quieren decir adiós, ya es hora de morirme,  ¿acaso algo se está postergando?  La  muerte bogotana quiere sus propiedades, el café pasa saliva, se salva desapercibo para que nunca le llegue el día.
     
     Hilda Vásquez se abstiene del silencio mudo, en su lugar prefiere ese silencio de boleros,  tazas, café servido, risas y hojas de periódico, prefiere seguir contando dinero y no hablar con nadie. Es mejor no revelar que la herida más profunda aun no es cicatriz.
      
         Hay que marcharse, dejar descansar a las sombras.



Junio 2014



lunes, 4 de agosto de 2014

El Bolero...



EL BOLERO


Fotografía tomada por Nereo López


Por J.G Cobo Borda

La más esplendida supervivencia de la tragedia griega


     Soy un adicto a los boleros. Una confesión de esta índole, en momentos en que las adolescentes desfallecen por John Travolta, es un síntoma indudable de vejez. Pero si por una parte me considero abanderado ferviente de la modernidad --los poetas deben andar en Renault 6 y cantar la belleza funcional de los supermercados--- por otra el reaccionario que también me acompaña mira hacia el pasado y añora ese tiempo feliz en que hombres y mujeres sufrían musicalmente: "amar es empapar el pensamiento en la fragancia del edén perdido".

     El falaz consuelo de saber que Ernesto Guevara, en las montañas de Bolivia, leía a Pablo Neruda, ese autor de boleros "ebrio de trementina y largos besos";  "la boina gris y el corazón en calma", no es suficiente. En este, como en otros asuntos de vital importancia, tampoco la ideología da la talla. Lo peor es que dicho vicio ---" el vicio de quererte me domina" --- carece igualmente, de un sólido arsenal lógico que lo respalde. Solo puede aportar un entusiasmo desordenado y, lo que es peor, una fidelidad a toda prueba. Son bien sabidas las relaciones entre el amor y la ceguera, pero implorar una "noche perpetua" es ya un exceso. El bolero, felizmente, trata de eso.

    Además, para alguien cuyo mayor orgullo reside en ignorar todo lo que se refiere al teatro contemporáneo (no es mi culpa: conocí antes a Woody Allen que a Santiago García) el bolero representa, sin lugar a dudas, la más espléndida supervivencia de la tragedia griega. En él los seres humanos avanzan hacia sus fieros desastres poseídos por verdades más intensas que el conocimiento: allí hay fatalidad y derrota; el oscuro mensaje de la sangre; corazones desnudos que no temen en incrementar a los dioses; en él, también, el azar resuelve los destinos, con un golpe seco; " Nosotros , que nos queremos tanto, debemos separarnos".  En la voz Los Panchos entendí, por fin, lo que en varias clases terriblemente aburridas, los despistados catedráticos ---y catedráticas--- de humanidades habían intentado explicarme, en vano, acerca de eso que los griegos llamaban ananke y los latinos fatum, "No me preguntes más, la historia de mi vida ha comenzado cuando llegaste tú". Y aquí está el quid de la cuestión; no es que uno escuche boleros, cuando está enamorado. Es que al oír boleros, uno se enamora. Como toda gran obra de arte, el bolero no remite más que a sí mismo. No es un sustituto para nuestra pobreza verbal, aunque todos hayamos aprendido el vocabulario básico, en dicha escuela. Es una evidencia irrefutable, que anula cualquier voluntad.


En su juventud García Márquez entonaba boleros, daba serenatas rimaba sentidos sonetos románticos. Después de estremecer al mundo de la literatura con "Cien años de Soledad" y de ver frustrada su aspiración de candidatizarse a la presidencia de la República, Gabito compone boleros hoy para Armando Manzanero, un mexicano que puso sus canciones en boca de Frank Sinatra. 

     "Cómo diablos fui a caer" se pregunta, angustiada Amalita Mendoza y la perplejidad de su interrogante es la misma que la de todos aquellos que nos hallamos presos en sus redes. El bolero, rey tiránico, resulta implacable. Allí no hay cronología que valga, pero gracias a una deplorable deformación profesional he descubierto antecedentes ilustres que se remontan a Rubén Darío ---"En tus promesas divinas/ no me hablaste de dolores, / ni en tus pintadas flores/ me enseñaste las espinas" y que llegan hasta el mejor poema que ha escrito Héctor Rojas Herazo y que se llama, como era de prever, "Segunda resurrección  de Agustín Lara". Habla  en él de sus "ojos de anestesiado faraón"; de sus canas de juglar con maletín y cuenta cómo  "entró en el cabaret y buscó a la adúltera. Y no hallándola arrodillada/ como era su deber y como él y todos los testigos los esperaban, se sentó al piano" y bendijo a todos los seres cantando, quizás, aquello de "el hastió es pavo real que se aburre de luz en la tarde", para hacernos entrar en el goce de "un nuevo y esplendoroso sufrimiento". 

    Lo curioso es que todos los adictos se sumergen en él de la misma forma: exentos de toda prevención, y carentes de todo remordimiento. Dichosos de sufrir. Los siquiatras, esos competentes, bien pueden hablar de frustración y masoquismo; los sociólogos  --" la sociología protege al sociólogo de todo contacto con la realidad", ha dicho Nicolás Gómez Dávila--- también han intentado las explicaciones que eran de esperar, el cantante de boleros exalta el vicio y alaba la bohemia haciendo de las mujeres pecadoras el reverso necesario a la construcción de vías férreas y la unificación nacional, como lo explica Carlos Monsivais, en Días de guardar. Pero ni siquiatras, ni sociólogos, han conquistado, que se sepa, la inmortalidad. Aquella que cuida de Roberto Ledesma y Daniel Santos; la que ya canonizó a Armando Manzanero y pronto llevará a los altares a María Luisa Landín; la que ha preservado, para siempre, a Los Tres Diamantes.

     De otra parte, el bolero es físicamente indestructible. Si ha soportado tanta palabrería cursi; tanto noviazgo empalagoso; tanta borrachera deplorable, es muy difícil que algo lo afecte. A estas horas quienes hemos visto pasar el rock- ahh, Billy Haley y sus cometas --- el twist, el bossa-nova... y no sigo para no revelar mi edad, nos queda el consuelo de que en medio de tanta frivolidad, sobreviva un islote: allí , donde con trémulas angustias musicales, caeremos en el  de la fatalidad. Allí, donde las mujeres han de ser soñadoras, coquetas, y ardientes, y donde inventaremos pecados nuevos, para estrenarlos contigo. Allí, donde pediremos que nos mientan, por una eternidad. Al fin y al cabo, la gloria no está en el cielo: la gloria eres tú. 

     "Destino fatal que la vida me trazó al nacer", modula Celio González en un bolero llamado, precisamente, Quimera fugaz, y la resignada altivez con que uno debe asumir el precio del bolero, es una prueba más de su significación: en él conviven la desabrochada arrogancia del hombre herido y el orgullo hecho trizas; la impúdica conmiseración, y el desespero suicida; la miseria de todos los días pero también, y qué le vamos a hacer, los besos eternos y aquello que solo se pueda llamar la Felicidad, con mayúscula. No se trata de una nueva fe, que necesite misioneros (léase: agencias de publicidad). Se trata de una iglesia, sólidamente establecida, a la cual los fieles acuden de modo regular. 

      El bolero no necesita convencer, y cualquier sórdida intención proselitista que pueda asomar en esas páginas, debe ser descartada ipso facto. El bolero sigue allí, imprevisto como el milagro. Lo he oído en una finca de pollo, en Ohio; en un atracadero de botes, a la orilla del Gran Lago de Nicaragua; en el sitio más yermo de la zona petrolera venezolana: Cabimas. Lo he oído también, en algunas páginas de Tres tristes tigres y en muchas de García Márquez. Gracias a esa ubicuidad transnacional no necesito creer en la importancia del Día del Idioma. Entonces, ¿para qué seguir? Solo en el mismo lenguaje del bolero; es decir: la poesía, se puede intentar reflejar, pálidamente, lo que este ha sido en la vida de cada cual. En la mía fue así: 


      OFRENDA EN EL ALTAR DEL BOLERO

¿Habrá entonces otro cielo más vasto
donde Agustín Lara canta mejor cada noche?
¿O seremos a penas el rostro fugaz
entrevista en los corredores de la madrugada?
Aquel bolero, mientras el portero bosteza
 y los huéspedes regresan ebrios. 
Aquel que habla de amores muertos
y lágrimas sinceras. Los amantes
se llaman por teléfono
para escuchar, tan solo, su propia respiración.
Pero alguien, algún día, en el desorden del trasteo
encontrará aquel menú, y un poco de aquellos besos, 
y mientras tararea: 
"déjame quemar mi alma, en el alcohol de tu recuerdo", 
escuchará una voz que dice: " la realidad es superflua". 

J.G. Cobo Borda.


Tomado de la Revista Diners
1991