lunes, 19 de mayo de 2014

Nota ligera de la semana...



LA CIUDAD QUE QUEDA AL SUR DE LAS NUBES

"Bogotá para Alejandro Obregón". Gustavo Zalamea. Bogotá. 1994


Por Rafael Chaparro Madiedo 


     A veces tengo la sensación de que Bogotá es una aldea ruidosa, tediosa y desordenada que queda al sur de las nubes. A veces tengo la impresión de que esto no es más que una fría aldea perdida en Los Andes poblada por diversos tipos de primitivos. Bogotá está creando un tipo de ciudadano totalmente infeliz. Nuestro niños ya no tienen espacios y los jóvenes están en igual condición. En este momento Bogotá es una ciudad infernal donde cada día hay más edificios y menos parques. Ningún alcalde ha entendido la virtud lúdica de los parques. Los parques son los espacios para ir a hacer nada, para ir a perder el tiempo. Pero todo parece indicar que en Bogotá no hay espacio para ir a perder el tiempo. Es muy difícil salir en Bogotá a "pasear", a caminar. 

       Si uno se aventura tendrá que soportar la contaminación, si uno está de malas podrá recibir un tiro a manos de un celador por meterse a una zona privada, le echarán un carro por encima, o cualquier asaltante hará de uno lo que quiera. El ciudadano ha perdido sus espacios porque los dirigentes se los han hecho perder y en parte también porque el mismo ciudadano bogotano no tiene conciencia de ciudad. Bogotá es una ciudad de inmigrantes y como tales estos llegaron a instalarse a Bogotá a cualquier costo. Pero no hablo de la gente de Ciudad Bolívar o cualquiera de los otros barrios de este tipo, que son gente desplazada por la violencia, sino hablo de esta otra gente supuestamente con más "cultura", que han convertido a Bogotá en una horrorosa Pereira grande o si se quiere una horrorosa mega-sogamoso. 

      Bogotá es el festín de la polución arquitectónica. Al lado del asadero de pollos hay una ferretería, y más adelante un motel y en la mitad un colegio, y más allá un taller. Nadie ha sabido ordenar como se debe. Viejos barrios, verdaderas joya arquitectónicas como Palermo y Chapinero han sido destruidos para dar pasos a los edificios. En este momento La Soledad corre el mismo peligro. Es triste ver cómo una ciudad se desmorona poco a poco, ver cómo la idea de barrio se perdió  por completo. Ya no existe los cines de barrio, los restaurantes de barrio, los parques de barrio. Estamos viviendo en la ciudad más fea y desordenada del mundo. Nadie hace nada por nuestro patrimonio arquitectónico. 
      
     A veces tengo la impresión de que esto no es más que una aldea donde es difícil respirar, un aldea al sur de las nube radioactivas. 


La Prensa, 28 de agosto de 1994



Rafael Chaparro Madiedo fue un joven escritor bogotano que murió en 1995, a los 31 años. Estudió filosofía y letras en la Universidad de los Andes. Se destacó como periodista cultural en La Prensa, diario donde también publicó una columna urbana, cruzada por amores literario, el rock y el cine. Fue Premino Nacional de Literatura en 1992 con la novela Opio en la nubes, cuyos temas urbanos permearon en buena medida a su columna. La Universidad de Antioquia publicó una selección de sus artículos titulada Zoológicos urbanos. Historias mutantes. 

Tomado: Antología de nota ligeras. Maryluz Vallejo. 



martes, 13 de mayo de 2014

El destacado de la semana...



ESHER SE HA PINTADO EL PELO

Por Alberto Ángel Montoya

Nereo López, Bogotá. 1957.

   Hasta nuestro retiro campestre nos ha llegado una noticia insólita. Una de esas noticias que no sabemos si nos entristecen, pues nos hacen olvidar hasta el dolor. Nos la trajo el primer tren en la carta de un amigo que, conociendo lo que valen para nosotros las circunstancias imprevistas que pueden variar el itinerario amoroso de un crepúsculo, y quién sabe si la ruta placentera de toda una vida, no quiso esperarse a vernos para darnos la nueva: Esther se a pintado el pelo. 

       ¡Ah! Todas aquellas imágenes inventadas una noche para enaltecer ese racimo de cabellos oscuros que vendimiaron nuestros besos. Aquella cabelleras exprimida en una caricia apremiante sobre la complicidad de la almohada, y que solo perdía algo de su negrura cuando se abrían los ojos en espera de la última palabra angustiosa. Aquella velada inolvidable en que nuestras manos ensayaron los más diversos peinados sobre la loca cabecita, para besar en una sola noche a todas las mujeres de cabellos negros, cuya liviandad las hizo inmortales en la leyenda o en la historia. 

       Aquella figura de carnaval que pintamos en un breve trance impresionista para copiar la embriaguez de la pupilas , mientras las mano, increíble de blancura, detenía un momento sobre le mentón negro antifaz que no pudo ser más negro que las trenzas. Y por último, aquellos poemas en prosa que Esther no escuchó nunca y que ya no debe oír, pues han perdido su virtud ante la barrita milagrosa de la industria de monsieur Lesquendieu. Frente al papel violeta pálido con blasón azul donde unas pocas palabras nos dan cuenta del último capricho de la amiga , nuestros ojos se han quedado extasiados. El final de la carta nos explica que Esther ha tenido el buen gusto de no cambiar el color de sus cabellos con la osadía con que cambia de amor. Ha elegido el color castaño para no pasar del negro absoluto al ruido total. 

      Hemos doblado la carta con la misma unción amorosa con que hubiéramos ensortijado dentro de un relicario el último rizo de un amor abolido, y nos hemos quedado en Shopenhauer, a quien se le olvidó decirnos que el color de los cabellos ayuda a pensar a las mujeres, y que tal vez por eso las canas traen consigo la reflexión. El pensamiento de Esther debe ser en estos días de un tono discreto de caoba que contrastará muy bien con la palidez de sus ideas. Las bellas mentiras en la fisionomía de las mujeres, antes y después del soneto de Argensola, han sido siempre la verdad absoluta. Un lunar que aparece de improviso una mañana en el mismo sitio en que la tarde anterior solo había blancura mate o leve carmín, inventa para el amor el encanto de lo imprevisto y de lo nuevo. 

       Pero para aquellos que gustamos de retornar a ciertas mujeres para volver a hallar lo que en ellas dejaron nuestras palabras o nuestros besos, en un atardecer o en una aurora, estos cambios repentinos nos robaron el recuerdo. Por eso para nosotros la cabeza de Esther será mañana un paraje desconocido y acaso un poco triste, aunque en él haya vuelto a brotar la primavera

       Parecía inadmisible dentro del orden de nuestras ideas un comentario escrito a un capricho de mujer, y mucho más si se supiera que la mujer que lo ha inspirado pertenece a esa clase de muchachas que aprendieron a leer en La dama de las Camelias. Pero no les parecerá extraño a quienes, como nosotros, tienen el convencimiento de que la mujer, condúzcanos a ella un sendero tortuoso de pecados o florecido de inocencia de inocencia, no es otra cosa que el molde carnal que elige nuestro espíritu, para amarse a sí mismo en otro ser, cuando es necesario darle forma real a lo que en nosotros es puramente idea. 


Nereo López, Yopal ,Casanare. 1958

       Concretemos: hemos llegado a la espiritualización de la carne. Solo amamos en las mujeres el amor que les hemos inspirado. Para nosotros los celos serían una defensa de nosotros mismos. El dolor de perder a una mujer, no es más que la angustia de pensar que ella ya nos ama. De donde se desprende que nada importa que la mujer ser arcilla o sea mármol, si al contacto de nuestro deseo o de nuestra ternura , va a ser pura obra amor.  (Así hubiéramos hablado en un banquete ofrecido por una cortesana de Atenas o de Alejandría, cuando las mujeres eran estatuas vivientes y el perlo solo ocultaba algunas partes del cuerpo, para obligar a pensar mejor en ellas. Hoy el vestido es una porción integrante de la mujer, y deberíamos espiritualizar también la moda, en su forma, en su color, en su materia. Una mujer bien vestida es hoy la única mujer digna de desvestirse bien. Y entonces algo de ella se queda en nuestras manos. El maniquí ha reemplazado a la estatua).


       Explicada así la espiritualización de la carne, debemos pensar en la depuración de nuestro espíritu en el molde carnal de la mujer. ---Carnal únicamente, ya que la inteligencia de de una mujer solo es posible medirla con el cariño que nos profesa---. Surge inmediatamente en nuestro pensamiento el predominio del detalle sobre  sobre el total femenino ----el fetichismo, podríamos decir---.  Detalle que es el amor, lo que el alcaloide es al "todo" que lo produce. Cuando se ha amado mucho, y se sufrido más, el hombre que no pone su espíritu al servicio de sus sentidos para dignificarlos, se crea un tipo de mujer que solo es posible encontrar realmente en una dispersión de encantos repartidos entre los diferentes ejemplares de mujer que nos depara la aventura. 

        De todas la mujeres que nos amaron, algunas tuvieron la sonrisa de la mujer interior. En otras encontramos la euritmia perfecta. Una tiene todavía la mirada. Acaso Esther tenía el cabello. El beso que nos ganó la posesión de la mujer ideal a la realidad de una mujer. Hemos visto marchitarse amantes que lograron conservar en plena juventud el motivo que alguna vez fue nuestra alegría o nuestro dolor, y al volverlas a amar las hemos encontrado tan bellas como entonces. 

"Apasionada, Venezuela". Leo Matiz .Colombia, 1956. 

 ¿Se podrá verdaderamente compendiar una mujer en uno solo de sus encantos, así como toda la savia de una planta solo es suficiente para producir una pequeña dosis del espíritu químico que nos brinda el ensueño o la desesperación?  No queremos comprobarlo, pero sabemos que así es. Y he aquí por qué en esta tarde de principios de invierno, mientras el tronco de cabellos va tratando acompasadamente sobre el camino tapizado de hojas caídas que aún guardan la humanidad de la noche, nos ha sobrecogido un leve estremecimiento melancólico, al acercarnos al sitio en que otro tiempo la brisa despeinada junto a nuestro labios los cabellos de Esther. Es el mismo paisaje de alisos y cerezos que gustábamos ver reflejado en las pupilas de la amente. El agua que vino con la luna les ha lavado a las frondas el polvo del camino, y aunque los campos conservan todavía el color ceniciento que les dejó el verano, el aire es fresco y trae aromas de tierra humedecida. 

       Pero no se vaya a creer que venimos a este pasaje encantador, para grabar con el ángulo de nuestra sortija un epitafio dolorido sobre la piedra donde Esther se sentaba con nosotros, mientras una amiga disponía los manteles para el almuerzo campestre de Manet. No;  no vamos a llevar a cabo ningún rito sentimental. El piso está demasiado húmedo para ensayar un breve viaje a través de los recuerdos, y la señora de U** nos espera para el té. Veníamos únicamente para convencernos una vez más de que nada hemos perdido. 

       La negrura de los cabellos de Esther vuelva a ser nuestra. El ébano sedoso que recorrían nuestro labios, murmurando una palabra cuyo significado en vano se trataría de averiguar, ha retornado a nuestro sueño interior. Es la hora que comienzan a escucharse canciones solitarias por el silencio de los caminos. Ya estamos en el sitio de las evocaciones, pero  un momento antes de alejarnos, mientras el cochero disminuye el trote de los cabellos para pasar el puente tendido sobre el río, donde una tarde la amante de otros días se humedeció las manos después de habernos ofrecido entre sus sus dedos los "langostinos y las fresas", nos preguntamos sonreídamente: ¿mañana, cuando entre una y otra pintura del pelo, Esther descubra que en su cabeza han aparecido las primeras canas, denunciadoras de los últimos besos, su cabello volverá a ser negro o será rubio?.



 El Gráfico, 6 de mayo de 1933


Alberto Ángel Montoya nació en Bogotá en 1902 y murió en la capital en 1970. Heredó y quiso interpretar las más finas costumbres santafereñas. Repartió su trabajo de escritor entre ensayos en prosa y poesías que fueron calificadas como galantes y eróticas. Publicó sus artículos Cromos y El Tiempo y recogió sus ensayos y notas lugares en los libros El hombre que se adeleantó a su fantasma, Ángulo y Rincón del memorista. 

Tomado de Antología de notas ligeras colombiana, Bogotá, Aguilar, 2011. 


lunes, 5 de mayo de 2014

El destacado de la semana...



EL SOLTERISMO

Tres mujeres/ Puerto Rico/ 1950 Ca. Leo Matiz


Por Sofia Ospina de Navarro


    Si alguna posición hay ahora cómoda para la mujer es la del solterismo. Los antiguos prejuicios sociales se declararon vendidos ante su ansia de capacitarse por medio del estudio para poder pasar del ambiente familiar al consultorio, al almacén, o a la oficina. Resolución que llega acompañada de cierta amplitud económica que le permite vestir lujosamente, viajar y distraerse con mayor facilidad. Y no puede negarse que todo eso eleva su nivel personal. 

    Sin embargo, a pesar de sus ventajas, ella no ha perdido aún el sentimentalismo propio de su sexo, y desea también hallar un buen marido y llegar a tener un hogar propio. Pero ocurre que a las estudiosas parece que les hubiera faltado algo importante y es el haber tomado un curso sobre amor que les hubiera enseñado el experto manejo del sexo masculino porque en esa difícil materia marcha bastante mal la mayoría. 

    Las muchachas modernas no quieren convencerse de que resulta contraproducente el insinuarse demasiado en las relaciones amorosas. Y en su empeño de buscar marido resuelven llenar la red de pretendientes, que nada prometen, o que si prometen no cumplen. Ignoran también que los hombres son alérgicos a las exageradas manifestaciones del amor; y no saben que a las mamás de sus candidatos les aburre la persecución telefónica, que no deja reposo ni a sus hijos ni a ella. 

     Ni diremos que los derechos de que hoy disfruta la mujer han echado a perder su dignidad. ¡Dios nos libre de semejante calumnia! Lo único que sí reconocemos es que la excesiva libertad ha menoscabado un tanto la pudorosa discreción de otros días. 

      Se les hace ya imposible a las mujeres someterse a las atrasadas leyes sociales que tenía regulado el amor con tan marcada preferencia para el sexo contrario, ya que al hombre le concedieron el derecho a escoger su compañera definitiva entre un atrayente y numeroso surtido; mientras a la mujer le adjudicaron  el oficio de esperar a los aspirantes voluntarios, con la esperanza de encontrar entre ellos su tipo ideal. 

     Pero quizá sería ya ridículo retornar a la boba pasividad amorosa de antaño, que hacía que las muchachas guardaran sus sentimientos en la caja fuerte.

     Una de mis viejas amigas cuenta con mucha gracia que las responsables de su soltería fueron las monjas de "La Enseñanza": Era tanto lo que nos cantaleteaban el valor de la dignidad y el señorío, que ni nos atreveríamos a aceptar una declaración de amor, porque nos daba pena... Yo tuve un pretendiente muy bueno a punto de cuajar pero, cuando me habló ya en serio, me pareció más digno dejarlo insistir, y resolví darle las gracias y decirle que no pensaba casarme todavía. ¿ Y qué ocurrió? Pues que se voló el cliente, y el "todavía" se convirtió en "jamás".



Tomado de Crónicas, 
Medellín, Susaeta, 1983