domingo, 16 de marzo de 2014

EL DESTACADO DE LA SEMANA...



EL CAFÉ DEL RHIN Y LA PALABRA CHURRO



Hombres sentados en la terraza del gran café del Rhin en la avenida de la libertad. Pascual Marin. 1925. Tomada de http://www.guregipuzkoa.net/photo/1110754?lang=es


Por Álvaro Castaño Castillo

     El domingo pasado, en su sección "Programa de ayer" presentó esta emisora HJCK un programa de avocación sobre el Café Automático de la Avenida Jiménez de Bogotá, clausurado hace ya muchos años. En la audición se presentó la entrevista de Gloria Valencia de Castaño tomó hace más de veinte años a Hernando Téllez Blanco, un asistente tan asiduo a esa tertulia que era llamado "el interno del Automático". Pero el Automático no es el único café que merezca el buen recuerdo de los bogotanos. Por aquellos mismos tiempos anteriores al 9 de abril de 1948 comenzó a vivir en el Pasaje Santa Fe el inolvidable Café del Rhin. El Pasaje Santa Fe era una vía peatonal, un impasse, como dirían los franceses, que comenzaba pocos pasos al oriente de la puerta principal del periódico El Tiempo y terminaba en la calle 14 al estrellarse contra el muro norte del Colegio del Rosario. En el comienzo del Pasaje estaban situadas las oficinas de Avianca y frente a ellas la Librería Central de don Hans Ungar. Pocos pasos hacia el sur abría sus puertas una de las heladerías Monte Blanco y finalmente se llegaba al café del Rhin. Si hoy existiera todavía nos parecería muy pequeño y casi inconcebible con sus escasos diez metros de fondo y sus tres o cuatro de ancho. Sin embargo, allí transcurrieron muchas horas de nuestros más hermosos años de juventud. El Rhin era una mezcla de club y de café. Basta decir que cada contertulio tenía su propio posillo de café, numerado. Ramón, el único mesero ---¿dónde estará Ramón? Debe haber muerto-- se conocía de memoria el número que a cada cual pertenecía y sabía, también de memoria, quienes tomábamos "perico" con croissant y quienes café oscuro. Ramón, además, escribía en una libreta las llamadas telefónicas que nos hacían y nunca aceptaba que un cliente novato lo llamara a gritos. 

       Pero los habitantes de ese extraño refugio, que no era propiamente un café aunque se llamara café, y que teníamos además la peculiaridad de pertenecer menos tiempo en la parte interior del establecimiento que que en la puerta donde nos apiñábamos, no tanto para conversar como para observar a las pocas muchachas que se atrevían a circular, éramos estudiantes. La gran mayoría, de la vecina Facultad del Rosario y algunos pocos de la Universidad Nacional. Se agregaban los jóvenes que atendían al público en el mostrador de Avianca y algunos pocos empleados de negocios vecinos como el sofisticado Almacén Bogotá, de don Álvaro Restrepo. Este era la tripulación del Café del Rhin. Si en el cercano Café Automático estaban concentrados los intelectuales que hablaban de Baudelaire y Neruda, de Proust y de Machado, en el Rhin se hablaba también de estos personajes pero sobre todo se vivía alegremente una juventud in discotecas y sin estímulos diferentes a unos cuantos tragos sin discotecas y sin estímulos diferentes a unos cuantos tragos de ron con Coca- Cola. Pero algo más, muy importante: allí se hablaba un idioma hermético, creado y solo utilizado por el cerrado círculo de amigos. A un señor común y corriente se le decía "varón", "vaca" a la muchacha del servicio doméstico; "chicha" a cualquier licor embriagante; " presa" a lo más importantes sitios de anatomía femenina; "occiso" a todo varón adventicio que no perteneciera a los contertulios habituales; "opus" a todo libro o carta o material escrito; "pepa"... "pepa" tenía muchas reflexiones que se acomodan a las más diversas circunstancias; "horno", a lo que sabemos pro en aquel tiempo solo en el Rhin se usaba este vocablo que en otras partes ea reemplazdo por palabras terribles; a la rodilla nunca se le dijo rodilla sino rótula o choquezuela; a la bola de tenis --- y éramos muchos los tenistas--- se le llamaban "furuta"; "gurre" a la mujer fea de solemnidad y saltando al otro extremo, "churro" a las elegidas del Señor.

     
Álvaro Castaño Cartilloen su juventud 
 Churro: Aquí viene la gran conquista del Café del Rhin que le concede un capítulo de honor en la historia de nuestro léxico. Sepan las generaciones presentes y futuras que la palabra "churro", que hoy se utiliza y se repite en todos los sitios del país, nació para Colombia en el Café del Rhin.

      Casi nunca se asiste al nacimiento de una palabras. Las palabras vienen de muy atrás y no se puede precisar el momento exacto en que comenzaron a vivir en un país determinado. La palabra "churro" es la excepción. Entre nosotros nadie la conocí. Comenzó a vivir en Colombia en el Café del Rhin. Llegó de la Argentina en una revista deportiva cuya contra carátula presentaba a una imponente mujer en paños menores que se aplicaba algún unguento. Y en la parte de abajo del aviso un inmenso letrero decía en mayúscula: "¡Qué churro!". Hernando Murillo, llevó la revista al Café y desde entonces todos comenzamos a decirles "churro" a las mujeres de alto cilindraje y la palabra comenzó a rodar y a rodar primero en Bogotá y después en todas las regiones del país, han pasado más de cincuenta años y sigue rodando y hasta se volvió bisexual porque ahora se les dice "churros" también a los varones. 


Tomado de:
"Para la inmensa minoría: sus mejores comentarios en la HJCK". 
Tarous, 2006.





     
 Álvaro Castaño Castillo, abogado y escritor, es uno de los patricios de la radio cultural en Colombia. Nació en Bogotá en 1920 y fue uno de los fundadores de la Universidad Nacional y ditige la prestigiosa HJCK desde el nacimiento de la emisora en 1950. Allí lee semanalmente sus crónicas y notas históricas. Ha publicado cuatro libros y es miembro de la Academia Colombiana de la Lengua. 


domingo, 2 de marzo de 2014

El destacado de la semana...



REFUGIO PARA UNA NEURA



Por Emilia Pardo Umaña


     Al comenzar esta nota, quiero hacer llegar a cuanto lean el íntimo convencimiento de que hablo muy en serio, y solicito a la mayor brevedad una respuesta, ojalá dentro de las condiciones que deseo, o dentro de las que más se aproximen. He aquí el caso. Me voy a veranear. Abandonaré a mis lectores, que ríen, gruñen o dicen malas palabras diariamente contra mi notica ingenua y contra mi vida social; abandonaré la máquina de escribir, a mis relacionados y familiares, y me iré, durante quince días para el campo, con el laudable propósito de descansar.

         ---Y, ¿para dónde te vas, Emilia?

     Eso, lectores, depende de vosotros; os hablaré con el alma en la mano, espero la respuesta, los precios y una rápida contestación. Quiero irme a la casa de un matrimonio honorable, y a ser posible desconocido, al menos para mí. Está casa debe ser de campo, naturalmente en tierra fría pues no admito propuestas a medio que suba el clima, lejos de cualquier lugar en que haya mucho movimiento, o se usen vestidos de veraneo. Si el matrimonio en cuestión fuera viejecitos, me encantaría y, naturalmente, no es obstáculo que vivan con hijos, nietos o sobrinos, siempre que no hayan niños chiquitos. Espero que me den una habitación clara, una buena cama, aseada, cuyas sábanas se mudarán dos veces durante mi permanencia, y una silla cómoda, para sentarme a leer.

    Aparte de esto, me veo en el caso de poner, inmediatamente una larga lista de condiciones, de las cuales no transijo en ningún punto, lista que pido guardar cuidadosamente a la persona que esté dispuesta a admitirme como huéspeda: 

     1ª No voy a ver el ciruelo. Sé que es una maravilla, que está prosperando, y que es de unos "pies" finísimos, que dan unas ciruelas famosas. Pero yo no veo el ciruelo; no lo quiero ver, y no iré.

    No me interesa el sistemas de riegos de la hacienda, ni los problemas que deban afrontar en las épocas de sequía. 

      No quiero que se me diga ni una sola vez de lo bien o mal que escribo, ni del deleite con que me leen, ni de "la gracia tan grande" que es escribir todos los días; aparte de esto, me gusta mucho hablar del resto de El Espectador".

      Desearía poder beber de cuatro a seis vasos de leche fresca, todos los días; pero me negaré terminantemente a ver el cuidados con que ordeñan la vaca, y lo aseado que está todo. Si ,me sirven tentadas de microbios y de leche superpuesta, me da igual, siempre que la combinación tenga buen sabor.

    No quiero que me atiendan ni que me pregunten si estoy contenta. Me voy inmediatamente; a la primera vez que me digan que coma más de una cosa, porque está "rica", o que me tome la sopita, cuando ya haya dicho que no.

     6ª Es inútil que me relaten los apuros que pasan por los impuestos, por los vecinos, los precios del mercado y demás contrariedades, pro que no escribiré una sola palabra sobre las desventuras de mis amigos de vacaciones. 

     No me llama la atención que me conviden a pasear.

      Me niego terminantemente a conocer todas las curiosidades naturales o debidas a la iniciativa del hombre, que haya en cien leguas a la redonda.

      Quiero que me lleven el desayuno a la cama, aunque se muy mala educación.

      10ª Me gustaría que hubiera un buen caballo para montar.

    11ª Me agradaría que mis patrones fueran pobres y gustaran de comer sencillamente, pues si les da por "componer" la comida y servirme platos exquisitos no voy. 

      12ª No quiero ver las gallinas ponedoras, ni la yegua que es hija de una que era del doctor Nemesio Camacho. 

       Suplico al matrimonio --honorable, eh?-- que reúna estas condiciones y dese tener por 15 días nada más una huéspede algo incómoda, que se dirija a "Emilia, en El Espectador", precisando en qué punto está ubicada la finca y qué precios debo pagar, incluías todas las extras. Advierto que nunca pediré nada que se salga de lo común. ¡Ah! Se me olvidaba, es importantísimo que no haya radio en la finca, ni en ninguna próxima. En cambio de todo esto, me comprometo a ser buenecita, algo intranquila, un sí es no es charlatana y pagar por anticipado.  





Enero 19 de 1937