jueves, 6 de noviembre de 2014

Por los caminos de Francisco El Hombre






Por Gonzalo Arango



        Los paraísos perdidos no tienen dirección, ni oficina de correos y telégrafos. Pero sí existe el paraíso, basta abrir la puerta de Sara Daza y entrar.

       En su casa, en ella, están vírgenes esos valores que para mí constituyen la esencia de lo paradisiaco: bondad, sencillez, ternura, y esa llama que arde en su silencio en honor al espíritu: el culto a la belleza.

       Sentí su alma gravitar iluminada de amor, hospitalidad, oasis de reposo para saciar muchas sedes del cuerpo y el espíritu. ¡Qué fresca su agua! Qué hermosa y pura la presencia de esa muchacha a quien enseña a tejer flores y sueños sobre el lino blanco. Me enamoré de su dulzura silenciosa, con un amor en que la pasión lo torna imposible, y por eso eterno.

       Creo, más bien, que me sedujo su pureza, pues necesito ser puro.

         Sara Daza me dio agua de lluvia que sacaba de una tinaja de barro. Tenía un limpio sabor de cielo.

        Me regaló un ramo de buganvillas que trepaban al cielo como llamas de incendio. Y una mochila que tejió en siete crepúsculos sentada en el umbral de su rancho frente a la plaza verde y desierta de Patillal, mientras una pareja de cóndores remaba en el mar tranquilo del aire.

         Sara Daza confiesa su devoción sublime por Dostoievski, Cervantes y los profetas bíblicos a quienes llama “mis hermanos”. A la sombra de sus inmortales alumbra una cálida admiración por mi poesía, y en un álbum de recortes ha dejado constancia de mi efímera y difusa errancia por los pueblos.

         No salgo del asombro ante esta mujer sencilla, despojada de mundanidad, cuya alma alienta una inquietud fervorosa por el arte en este remoto rincón del planeta.

         En medio de este paisaje de cóndores, rebaños de cabras, y soledades cósmicas, rindo tributo a la existencia de Sara Daza, cuya Biblia manché con una mención a su padre, muerto en abril.

            En Patillal no sucede nada como en las novelas rosas, pero la gente es feliz. Tan feliz que Checha Molina, un patriarca de allá, hace treinta años no sale del pueblito, y cada cinco llega el sastre de Valledupar montado en un burro para tomarle las medidas de sus pantalones.

       La historia de Patillal empieza y termina con dos hechos históricos:

       a) Nace Rafael Escalona.

      b) Hace medio siglo nació el doctor Molina, subió a la colina y mató tres cóndores con una escopeta de la guerra de los Mil Días que le regaló el general Sabas Socarrás.

         Desde entonces, la eternidad hace estragos en Patillal. Las noticias llegan de vez en cuando, con más frecuencia en vísperas de elecciones, gracias al sacrificio “loco-motriz” de Pepe Castro, compadre de todo el mundo, y jefe liberal de estos territorios macondianos.

       Por allá lo encontramos en campaña de puerta en puerta, regalando su periódico, cautivando votos para su curul. Diabólica embriaguez la del poder. Este compadre se aventura por trochas del infierno en la más dramática odisea del subdesarrollo, con la ilusión idealista de ser elegido al purgatorio parlamentario. Yo, lo juro, no haría lo que hace Pepe Castro ni para que me eligieran dios.

         En su carro, que en caso de emergencia sirve de Arca de Noé, regresamos a Valledupar bajo una tormenta apocalíptica que duró siete horas, atravesando precipicios y ríos barrosos, como en el Génesis.

         En Badillo hicimos un alto para calentar el cuerpo con un trago, y sacar el lodo del alma. Oramos a los dioses geológicos para que cesara la tempestad, pero la plegaria se ahogó en el agua. 450 años de lluvias han chorreado sobre los muros leprosos de la iglesita, cuya custodia inmortalizó Escalona en un canto vallenato. Dios no estaba en su custodia, ni en Badillo. Un cura progresista lo había “mudado” para una parroquia más próspera, lejos del Cesar.

        Sin esperanzas de que escampara, nos aventuramos en la noche, por trochas que eran ríos navegables, en la tenebrosa desolación guajira, bajo relámpagos que hacían saltar de sus matorrales los ateridos zorros del desierto.

          Rosa Girasol oscila entre la fascinación y el miedo que inspira la pavorosa noche americana, a bordo de esta motonave que cruza los terrenos vírgenes de la prehistoria. Elogia la mirada hambrienta y lila de los zorros hechizados por los faros que avanzan en el barro, devorando la húmeda tiniebla.

          Fangio era un tullido al lado de Pepe Castro: votaré por él. Coronamos la piojosa aventura con un trago en La Paz, el paraíso de “las mudadas”, que Rafael Castro bautizó con sutileza rabelesiana: “Petit París”. Aquí vive Duby, cuya piel saca chispas al deseo, pero omito su elogio por falta de pruebas. Sólo recuerdo que su cuerpo era un crimen perfecto contra la virtud. Amén.

        Codazi es un pueblo algodonero, el segundo en importancia por su riqueza. Cuando López Michelsen fue gobernador del Cesar, lo visitó una vez con su gabinete de economistas y planeadores, más Rafael Escalona, su inseparable, insuperable y subdesarrollado André Malraux de cabecera. Además de los asuntos oficiales, llevaban la galante misión de elegir a la representante del Cesar al Reinado Nacional del Algodón. Con tal fin, el doctor López solicitó al cura párroco de Codazi le reuniera las diez muchachas más hermosas del pueblo. Así lo hizo. En un acto social las presentó al mandatario y su comitiva con un discurso idílico en que exaltó las virtudes “descarnadas” de las concursantes, y que en síntesis decía:

          Amadas hijas, os he convocado a solicitud del señor gobernador para elegir entre vosotras a la más digna, pura y hermosa flor del Cesar, que habrá de ceñir la corona del algodón sobre sus púrpuras sienes. Todas sois dignas de ese honor por la belleza sin par y los divinos encantos que derramó la Providencia sobre vosotras, amadas hijas. Pero la belleza física es flor de un día, flor pasajera, flor que se marchita en el ocaso de la vida, y en la noche no es más que pasto de gusanos. Vanita Vanitates como nos recuerda el sabio Salomón, que no era ningún tonto en materia de mujeres. En consecuencia, amadas candidatas, cerraremos nuestros ojos corporales, ciegos a la belleza esencial, y os miraremos con los ojos del alma para elegir a la jovencita que sea casta como el rocío de la mañana, delicada y tierna como el oro blanco de nuestros algodonales, sencilla como la flor de batatilla, y hermosa como la luna llena de nuestro cielo cesarense... bla, bla, bla...

        Cuando el curita terminó su discurso y se disponía presuroso a dar su fallo, el doctor López le salió al encuentro con un abrazo y le dijo: “Su reverencia ya escogió el alma, ahora dejemos que Escalona nos escoja el cuerpo, ¿no le parece?”.

           El curita no tuvo más remedio que resignarse a la elección profana y carnal del maestro Escalona, que donde pone el ojo clava el dardo, y no exactamente en el “blanco” de la virtud.
Gonzalo El hombre se va
tras su vocación divina
pues lo esperan por allá
como “Enviado” de La Mina.
         Esa había sido una tarde de sol, en son de fiesta, a orillas del Guatapurí. Aquí la naturaleza opone a la eternidad el más fabuloso desafío de piedra: La Mina.

        Dos conjuntos vallenatos, cien automóviles, 400 invitados, asistían a un almuerzo a pleno cielo como clausura del festival, ofrecido por el político algodonero Pepe Castro. Había whisky hasta para botar al río. La molicie del ocio y la felicidad habían plantado su reino en este oasis de rocas. José Jorge Arregocés acompañado por “Los playoneros del Cesar” interpretaba con un coro de beldades la más hermosa canción que oí en los contornos. La Piragua, del poeta y compositor José Barros, Villo Granados y su conjunto repasaron todo el folclor clásico vallenato, desde Francisco El Hombre hasta el 69, Isaac Carrillo y Wilson Sánchez, opacaban el estruendo de la catarata con sus poderosas gargantas. Algo fabuloso.

             A las 5 se inició el regreso, dos horas hasta el valle, por entre un árido paisaje lunar. La caravana era interminable y lenta. Entramos al caserío a esperar que saliera la luna sobre los picos de la Sierra Nevada. Paramos el Jeep frente a la única tienda de La Mina. En el umbral, una viejita sin edad tejía una mochila a la luz agonizante del crepúsculo. Se quedó mirándome con ojos de pescado muerto mientras tejía en su cerebro un pensamiento difícil, o una duda. De pronto desarrugó su cara de acordeón y la iluminó una sonrisa. Era lo único que podía expresar esta momia viviente. Entonces se puso a dar chillidos de pajarito, con una alegría desarticulada y demente: “Llegó el Enviado… el Enviado... llegóoooo”.

        —¿Qué quiere decir? —pregunto a Rafael Castro.

        —Dice que eres “el Enviado”, una especie de mesías...

        —Caramba, me descubrieron... ¿Qué debo decirles?

         —Dale un abrazo a la vieja y dile que por fin has llegado, que estás contento.

           Eso hice, y le besé la frente.

        La anciana llamó a toda la familia para que me conocieran. Se regó la noticia en La Mina. 

          Vinieron muchos niños con mangos de regalo “para el Enviado”. Me miraban con estupor y fascinación. El más estupefacto era yo, repartiendo bendiciones y sonrisas.

      —¿Cómo te llamas? —pregunté a la anciana.

       —Re-me-di-os.

        —¿Cuántos años tienes?

       —No sé... estoy muy viejita.

          Su hija dice detrás del mostrador: tiene más de cien años, pero no se sabe cuántos, es la más vieja de La Mina...

        Y se llama Remedios como las Remedios de Cien años de soledad. Acaso ¿Remedios Moscote? Me pregunto si García Márquez no estuvo aquí sentado en otra tarde semejante mirando la sierra mientras repuntaba la luna en el cielo guajiro. Toñita Visbal descubre allá lejos una piedra en forma ovalada, exactamente como los huevos prehistóricos de Macondo. 

         En verdad todo esto es la materia prima de la leyenda.

        Cuando Jorge Child fue secretario de planeación del Cesar, estuvo una vez en La Mina y en esta tienda. Al quinto whisky, se le ocurrió la idea genial de comprar el pueblo. Hizo venir a los hombres de los quince ranchos. Hicieron el inventario. En total, doce mil pesos. Los “mineros” aceptaron vender el pueblo con una condición: si se quedaba a vivir con ellos. Child pagó la cuenta del whisky y se marchó antes de que le regalaran La Mina: paraíso sin policías, sin iglesia, sin cárcel, sin burdel, sin escuela, sin políticos, sin intelectuales, sin televisión, sin carros y sin semáforos, donde aún esperan al “Enviado”, ese misterioso peregrino que va por los caminos hacia ninguna parte, que su casa es todo el universo y se acuesta sobre la hierba a mirar los planetas en la noche mágica de los siglos y los desiertos donde el árido viento desata un murmullo espectral, el soplo de Dios que se pasea sobre su pequeñito astro de arena, soledad y muerte.

          Y ahí está por fin el rostro de Selene coronando las cimas, y mi corazón de “Enviado” se rebela a abandonar este terrón religioso en que las edades y el viento no han borrado la huella de Dios, ni los pasos de los perdidos caminantes que me precedieron en esta errancia desalmada entre la nada y la eternidad.

          ¡Oh, alma mía, paga a la noche el precio de tus éxtasis y locuras con un adiós infeliz, pero vuelve a curar tus heridas a este oasis de piedad en que la chispa de la bondad humana sigue viva en Remedios, iluminando el tortuoso camino de los Enviados!

Tomado de
Reportajes, Vol. 2. Editorial Universidad de Antioquia, Medellín,
 octubre de 1993, pp: 314 - 320.


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