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Mostrando entradas de noviembre, 2014

Historia de un matrimonio colombiano

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Por 
Esmeralda Gómez de H

 En las vacaciones, nos fuimos al campo. Mi padre había invitado a un grupo de gentes aburridoras que pasaban el día filosofando y bebiendo.Yo, había trabado amistad con todos los veraneantes de las fincas vecinas y, como siempre, comenzó la temporada a girar en derredor mío. Inventaba comedias, excursiones, bailes. Las demás niñas, algunas muy bellas, sentían una especie de envidia admiradora hacia mi y, como era natural, me detestaban, pero buscaban mi compañía. En cuanto a los muchachos, eran totalmente míos. Yo no estaba con ninguno en especial, pero le daba la sensación a cada cual, de que era mi preferido. Como método advierto que no falla jamás. De modo que me rodeaba a diario, y yo hacía de ellos lo que me venía en gana. Repito, que jamás necesité de ser bella. Mis armas eran, catorce años, un par de bellas pantorrillas y una charla viva y amena. Nada más. Mi personalidad era, desde muy chica, definida y sin titubeos. Sexualmente había comenzado a ser u…

El Descanso

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El Descanso


Por Hernando Téllez
Al bello hotel veraniego, de tierra fría, las gentes llegan para descansar. Eses es el propósito orgullosamente declarado por cada huésped.  El sitio está hecho, con rara perfección, para que se cumpla ese deseo: en un rincón del valle, la casa grande y antigua ha sido acondicionada para los servicios del hotel; hay un parque de viejos árboles y de nuevas flores, con "senderos que se bifurcan", como le gustaría a Jorge Luis Borges; el paisaje es sobrio, la luz diáfana, el aire seco y tónico. Hay un pequeño bosque de pinos que flanquean una colina, rincones silenciosos y cómodas sillas donde el viajero puede reposar, meditar, leer, simplemente naufragar en la nada. 
       Observo a los pocos días de mi permanencia, que el hotel parece desierto. Me paseo por todos los sitios y escasamente encuentro alguien con quién cambiar un saludo. Interrogo al propietario. "El hotel está lleno de clientes", me dice. "¿Pero dónde están?", le…

Por los caminos de Francisco El Hombre

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Por Gonzalo Arango


Los paraísos perdidos no tienen dirección, ni oficina de correos y telégrafos. Pero sí existe el paraíso, basta abrir la puerta de Sara Daza y entrar.
       En su casa, en ella, están vírgenes esos valores que para mí constituyen la esencia de lo paradisiaco: bondad, sencillez, ternura, y esa llama que arde en su silencio en honor al espíritu: el culto a la belleza.
       Sentí su alma gravitar iluminada de amor, hospitalidad, oasis de reposo para saciar muchas sedes del cuerpo y el espíritu. ¡Qué fresca su agua! Qué hermosa y pura la presencia de esa muchacha a quien enseña a tejer flores y sueños sobre el lino blanco. Me enamoré de su dulzura silenciosa, con un amor en que la pasión lo torna imposible, y por eso eterno.
       Creo, más bien, que me sedujo su pureza, pues necesito ser puro.
Sara Daza me dio agua de lluvia que sacaba de una tinaja de barro. Tenía un limpio sabor de cielo.
        Me regaló un ramo de buganvillas que trepaban al cielo como llamas de inc…