EL PIYAMA DE CARNE


EL PIYAMA DE CARNE 



Por Álvaro Bejarano

        Cuando el hombre aprenda a gozar con elementalidad ha principiado a salvar su vida. Cuando retrotrae su mirada a la niñez, y dentro de todas las limitaciones la encuentra cargada de ternura, un hálito de rescate le cruza de pies a cabeza. No recuerdo si fue Graham Greene, quien en un apasionante libro (La niñez perdida) dijo que en la infancia de Judas fue traicionado Cristo. Tal vez en nuestra niñez fue estrangulado el elegante hombre que todos llevamos dentro, y por eso toda la ropa que usamos hoy se ha ido adaptando a las adiposidades que va mostrando nuestro cuerpo. Quienes fuimos niños pobres tenemos la vivencia de las adaptaciones que hacían para nosotros de los trajes de los mayores. 

    Aún recuerdo cuando de la mano tierna de mi madre llegábamos a la sastrería de Nicandro Soto en Buga. Portaba yo bajo el brazo  un vestido "heredado" que había lucido un pariente tamaño oficio. De esa sotana ---que o otra cosa era--- extraían un vestido que no cuadraba a nuestro cuerpo por ninguno de sus puntos cardinales. Después, cuando la precaria economía daba la sensación de haber mejorado volvíamos a hacer el mismo recorridos hasta donde Sergio Soto para que nos hiciese el primer vestido entero y de primer cuerpo. 

      La madre resplandeciente de júbilo en su rostro, ordenaba se nos tomasen las medidas y exclamaba con aire de bíblico: "Échele bastante a esas mangas, que ese muchacho se está estirando mucho". El sastre obediente fabricaba un verdadero anaco bajo cuyas mangas nuestras manos se escondían como los ganchos de los muñones de los lisiados de guerra. 

Tomado de: http://www.uaa.mx/



 "Échele bastante a esas mangas, que ese muchacho se está estirando mucho"


        


         Pero nuestro cuerpo obediente se adaptaba también a ese modelo que era una verdadera piyama de carne. Definitivamente los niños pobres no tenemos goces completos en la primera edad, pero en cambio todos tenemos un cuerpo dúctil que se atempera "como el agua obediente a la imperfecta realidad del vaso". 

      A mí cuando niño me hicieron unos vestidos que si llegasen a estornudar me había salido de ellos con la facilidad con que salen los salivazos de las gargantas tumefactas de las brujas. Creo que todos los hombres elegantes de hoy, lo son  porque no tuvieron los tíos robustos que tuve yo. Esa talla gigantesca de esos hombres ha de pesar sobre nuestra vida por siempre. Uno queda signado y los músculos en desarrollo de todo niño se acomodan a todas las contingencias que tiene un traje de tercera mano. Los pobres definitivamente no tenemos goce ni comprando nuestra propia ropa. 

     Nosotros no tenemos vestidos sino piyamas de carne. Nosotros somos los inválidos de la elegancia. El único rescate que tenemos cuando adultos es que podemos vestirnos por clubes y desvestirnos al contado. A los pobres nos sirve todos. Todos tenemos cuerpo de cuñado. 

      No se puede pasar impunemente de la sastrería de Sergio Sotoen Buga a la Chemise Lacoste, pero algo es haber salido de aquel pueblo mágico. Ninguna prenda nos sirvió de chicos pero ninguna nos luce suficientemente hoy. Al menos la gente no nota cuando nos ponemos nuestra ropita fina. Ojalá tampoco lo noten cuando hayamos de quitárnosla. 


28 de enero de 1972
Tomado de Redes y vientos, Cali, Universidades del Valle, 1978.




      Álvaro Bajarano nació en Sevilla (1928), pero su infancia transcurrió en Buga. Estudió Filosofía en la Universidad Nacional de Bogotá, con su maestro Danilo Cruz Vélez. A finales de los años cuarenta comenzó su vida periodística en El liberal, El Espectador, Crítica, El Tiempo y La nueva Prensa, de Bogotá, y a partir de los años setenta escribió en la prensa caleña. Recibió el premio Simón Bolívar a la mejor columna de opinión. 

        

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