El destacado de la semana...



EL PIROPO NO HA MUERTO


Cuando una mujer guapa parte plaza en Madero. Ca. 1950. 
Fotografía de Nacho López. Ciudad de México. Fonoteca Nacional.


Por Heriberto Fiorillo


     Bajo el frondoso palo de pomarrosas, diez muchachitos comen mango con todo y cáscara. Hace mucho calor. Un viejito vende obleas a dos señoras que desde una de las bancas del parque confían admirar también la famosa retreta de la policía municipal. Más de un centenar de personas rodean la rejilla gris que protege la tarima ancha y rústica donde la banda de guerra militar afina y desafina sus instrumentos. Es el parque San José. Son las cuatro de la tarde de un domingo, de cualquier domingo de 1940.

      Quizás allí, en aquel jolgorio popular, entre tanta gente joven, en medio de la estridencia de la corneta y el redoble del tambor, el piropo comenzaba apenas su agonía. La frase obsequiosa del galán a la dama --- que había nacido un siglo atrás en España y que evolucionaba raudamente en toda Europa--- empezaba a experimentar un cambio radical en la costa del Caribe colombiano. Barranquilla transitaba del pueblo a la ciudad. El progreso comercial llamaba gente. Se hablaba español y árabe.   

      El piropo, entonces, ya no podía ser poesía. No alcanzaba el tiempo. Fue mucho antes, cuando la inspiración de un rostro bello, el junglar criollo compuso incontables odas románticas que recitaba luego a los pies de su doncella: "Una pena de amor llevo en el alma/por usted y su gran indiferencia/diga pronto que sí con toda calma/pa' que no le remuerda la conciencia".

       El tiempo principiaba a reducir las distancias y el poeta a su vez hubo de acordar sus versos. Nació así el verdadero piropo, la ingeniosa frase solitaria que electrizó a tantas y amarró a tantos. Surgió la época del esquinero, quien armado de tres o cuatro piropos esperaba el paso de la joven a la tienda para soltarte su me traes la ñapita o pedorle una mirada, de las que no te sirvan. Una leve sonrisa femenina era suficiente para satisfacer en principio al piropiador que, entre ñapa y ñapa, se metía en la grande. 

       La improvisación reemplazó al poema. Lo que importaba era decir algo rápido y efectivo, todavía dentro del respeto y la consideración. La moda recatada de la época llamaba al miramiento. La gente aún se conocía. Sería mucho más tarde, cuando subió la falda y bajó el escote, que el piropo comenzó a cambiar de tono y contenido. Y pudo ser ahí, en el parque San José, donde el más atrevido de los galanes dijo al oído de una muchacha: Adiós, corazón de oro, /tú eres la vaca y yo soy el toro.

     
        Este habría sido el último de los piropos y el primero de los "piropos". De reflejo sexual, lo que fue un día lisonja y galanteo, pasó a ser instinto y cobardía. Se perdió la chispa creativa y apareció el pssst, pssst estéril y el gesto morboso. Hay quienes culpan al desarrollo, a otros simplemente no les importa.

       Doce del día. La contaminación todavía no se ve, pero se huele. El vendedor de guarapo arroja una concha de piña dulce que va a dar al interior de una camioneta. El chofer le corre la medre al guarapero y este persigue con otra concha en la mano al automotor que se pierde en el tráfico. ¿Todo eso es suyo? La gente que trabaja sale a almorzar, la que no trabaja sale a conseguir a la que trabaja, para almorzar. El centro de la ciudad hierve. No queda un solo árbol. Seis personas de todos los tamaños y edades quieren entrar a un bus al mismo tiempo. Adiós, mamazota. Todo el mundo se saluda y nadie se conoce. Las secretarias y las vendedoras se atropellan dentro de aquella mancha multicolor que aplasta el cemento. Estas buena pa'.... El semáforo se pegó en rojo. Huele a periódicos. En la esquina le agarraron la nalga a una señora y el marido casi que mata a un tipo que no había hecho nada. El sátiro se largó. En el relajo se roban tres carteras y un estilógrafo. Tronco'e ....Un policía compra una historieta. Que Barranquilla es tu ciudad dice un letrero medio oxidado que cuelga de un camión  verde. Con larga melena, pantalón de caucho y tacón alto, un hombre cruza la calle. Cómo estás de bueno, exclama una colegiala. Rojo el tipo, muerta de risa la muchacha. El piropo no ha muerto. Ha cambiado de sexo. 



Tomado del libro  "Nada es mentira" Crónicas y otros textos. 
Heriberto Fiorillo.
       
       


Tomada de
 revistavolarcolombia.com
Heriberto Fiorillo.  Periodista, guionista y director de cine. Nació en Barranquilla. Estudió periodismo en la Universidad Javeriana, en Bogotá, y realizó un curso de producción y adaptación de radio y televisón en New york, en donde vivió de 1988 a 1994. Su trayectoria en prensa escrita lo ha llevado a  trabajar en diversas publicaciones. Fue cronista, jefe de redacción y subdirector de Cromos, director del suplemento literario y asesor editorial del Diario del Caribe, y colaborador de Semana y El Espectador. Sus trabajos han recibido cuatro premios nacionales de televisión, además de diez nominaciones y otros reconocimientos nacionales e internacionales en periodismo, cine y televisión. 




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