lunes, 1 de diciembre de 2014

Soy zurdo, a mucho honor...




Por Óscar Collazos

Tomada de  www.diatribasdeumbertocobo.com

     Soy un zurdo contrariado. En mis primeros años de escuela me obligaron a escribir con la derecha. Y lo hicieron a punta de golpes con el filo metálico de la regla cada vez que cogía el lápiz con la izquierda. La letra con sangre entra ---decía uno de los más inhumanos mandamientos de la pedagogía de entonces---. Me volvieron diestro, pues se pensaba que ser zurdo era lo peor que le podía ocurrir a un futuro hombre de bien.

        Me volvieron diestro en la escritura pero no pudieron controlar el resto de mi sistema nervioso. Era y soy zurdo para todo, para los deportes, para los puñetazos de barriada, para orientarme. Creo que sigo actuando como zurdo en toda actividad que reclame esfuerzos musculares, incluida la cama y la mesa: cambio la distribución de los cubiertos y paso el cuchillo a la izquierda; pido que el cuerpo femenino acepte mi condición de zurdo, porque así se requiere menor esfuerzo gimnástico y se consigue mayor eficiencia amatoria. Los diestros que me ven cortar la cebolla creen que me voy a mochar un dedo. Se equivocan: solo pretendo mocharles su arrogancia. 

         Durante mucho tiempo me avergonzó no poder usar ese cuchillo que en los buenos restaurantes destinan para el pescado y los mariscos, una tiranía de los diestros, últimamente remediada en restaurantes de gran vuelo. Me sigo haciendo un lío con las tijeras, pero sé que ya las están haciendo para esa inmensa minoría de zurdos que reclamamos atención a nuestros derecho. Como el estudiante de Barranquilla que acaba de ganar un tutela en la que exigía que los pupitres también fueran para los siniestros. 

         No sé si tenga ventajas ser zurdo. Serlo nos volvió diferentes y, por lo mismo, discriminados, personas que por las buenas o las malas debíamos tomar el camino de los diestros. Ser zurdo era una desviación, una anomalía de la naturaleza. Los zurdos solo éramos bienvenidos en algunos deportes: en el baloncesto o el fútbol, sobre todo. Los zurdos éramos los negros o los maricas del paseo. 

        Los zurdos tuvimos que asumir esta condición como una seña de identidad incanjeable, expuesta a exclusiones pedagógicas. Por mi parte, rechazo el cuchillo marisquero de los restaurantes y exijo que me traigan un cuchillo normal. Hoy es menos anormal ser zurdo, como lo es ser homosexual o negro. Pero nos falta mucho para conquistar el reino de los cielos, que sigue siendo de los diestros, que son siniestros cuando se las pican de exclusivos. 

         ¿Por qué de diestro salen objetivos que denotan habilidad superior? ¿Por qué lo izquierdo es también llamado siniestro? En el lenguaje empieza el guiriguiri, se hacen los chistes contra los judíos, los negros, los árabes, los maricas y las mujeres, metáforas del zurdo obligado a volver al redil. 

            Soy orgullosamente zurdo hasta para pensar. A eso atribuyo mi espíritu de insubordinación. Vivo con un letrero que dice: Prohibido girar a la derecha. Gracias a esta norma, no puedo repetir con Goethe que prefiero la injusticia al desorden. Un filósofo bizco (Sartre) me enseñó que todo desorden es la voluntad de un nuevo orden. Un personaje de Shakespeare, jorobado y feo (Calibán), me recordó que el lenguaje del opresor puede ser también herramienta del oprimido.



El Tiempo, 6 de diciembre de 2001.


Óscar Collazos nació en Bahía Solano en 1942. Escritor dramaturgo, narrador, ensayista, colaborador de numerosas publicaciones nacionales y extrajeras. Ha publicado varios títulos de novela y cuento, y en el 2002 recibió el Premio de Periodismo Simón Bolívar a la mejor columna. Sus columnas han aparecido en El Espectador, y El Tiempo. En este último diario escribe cada semana "Quinta columna". Es autor de varios libros de crónicas y novelas. 

Tomado de Antología de Notas ligeras colombianas. Maryluz Vallejo y Daniel Samper.



martes, 25 de noviembre de 2014

Historia de un matrimonio colombiano



Fotografía tomada de http://politicarock.cl/
Por 
Esmeralda Gómez de H


         En las vacaciones, nos fuimos al campo. Mi padre había invitado a un grupo de gentes aburridoras que pasaban el día filosofando y bebiendo.Yo, había trabado amistad con todos los veraneantes de las fincas vecinas y, como siempre, comenzó la temporada a girar en derredor mío. Inventaba comedias, excursiones, bailes. Las demás niñas, algunas muy bellas, sentían una especie de envidia admiradora hacia mi y, como era natural, me detestaban, pero buscaban mi compañía. En cuanto a los muchachos, eran totalmente míos. Yo no estaba con ninguno en especial, pero le daba la sensación a cada cual, de que era mi preferido. Como método advierto que no falla jamás. De modo que me rodeaba a diario, y yo hacía de ellos lo que me venía en gana. Repito, que jamás necesité de ser bella. Mis armas eran, catorce años, un par de bellas pantorrillas y una charla viva y amena. Nada más. Mi personalidad era, desde muy chica, definida y sin titubeos. Sexualmente había comenzado a ser una mujer. Pero, ¿a quién hablar de eso? Las gentes de mi edad eran, lo que podría confundirse, entre inocentes e ignorantes. Comencé entonces a leer cuanto libro llegaba a mis manos. Mi padre reñía una extraordinaria biblioteca que jamás cerró a mi curiosidad. Sólo me divertía: "De este lado hacia la izquierda, no leas nada, hasta tanto no te autorice". Naturalmente, era lo único que yo leía. Toral, descubrí a Freud, una tarde cualquiera, cuando me apuntaban sobre el cuerpo apenas los quince años. Leía y leía con desesperación horas y horas. La mitad, la comprendía. La otra mitad, la intuía. Resolví entonces casarme.¿Con quién? Lo pensaría. Escogería entre mis adoradores, el que más me conviniera. O, quizás, el que menos. Y hablé con mi padre. Como era lógico, me llamó absurda y tonta. Se rió a carcajadas de mi y me dijo: "Tú no servirás nunca para casada, muchacha". El asunto culminó en que mi madre alarmadísima con mi deseo de contraer matrimonio tan joven, ordenó un viaje a un internado al exterior. Viaje que jamás se realizó, porque mi padre -joven y fuerte- murió repentinamente una mañana del mes de septiembre, a raíz de la resolución.

          Quedé, pues, en un casi toral desamparo. Mi padre era mi guía. Mi amigo. Me asaltó entonces con más fuerza el deseo de casarme. En este medio de prejuicios, de Tradiciones y costumbres retrogradas, era ésta la única forma en que yo podía tener un hombre, con permiso de mi madre y de la sociedad en general. Mi deseo era incontenible. Mis novios me besaban y acariciaban según mi deseo. Los citaba de noche cuando todos en mi casa dormían—, por la tapia del jardín de arras. Ellos saltaban el cerceo y pasaban conmigo, amparados por el "brevo" familiar, un par de horas inolvidables. A mi no me gustaba ninguno en especial. Me gustaban los hombres. Eso era todo. Entre ellos había uno que era homosexual. Me lo confesó llanamente, luego de beber algo de licor. Que su desorientación sexual lo consumía. Una semana después, se suicidó de un balazo en la sien. Era, tal vez, el hombre físicamente más perfecto que he visto en mi vida. Poseía además unos hermosos pies, que no olvidaré jamás. Los pies, han causado en mí toda la vida una tremenda impresión sexual. Prefiero una caricia en un pie, que en cualquier otro sitio del cuerpo. Una noche, uno de mis hermanos me sorprendió en mi cita nocturna cotidiana. Mi pobre novio de torno quedó esa vez bastante descompuesto, ya que mi hermano era un hombre cuadrado, con manos de gigante. Desde entonces tuve que dormir con mi madre. Veinte mañanas después, a las cuatro de la madrugada, me deslicé de su lado como un gato, y me casé.

        La noche en que dejé de ser virgen comprendí mi fracaso. No había cumplido diez y seis años y, con toda la vida por delante, me sentí ante un abismo infinito. "Estar" con un hombre, no era jamás lo que yo había imaginado. No. De ninguna manera. Era todo lo contrario. Era arroz, vulgar y como si fuera poco, absurdamente doloroso. Mi marido (uno cualquiera de mis novios), era un hombre hermoso en extremo. Lo escogí, porque era el desvelo de mis amigas casadas. ¿Otro motivo? Ninguno diferente del de poder entregarme legalmente a un varón. La noche en que fui suya, hacía un calor sofocante. Estábamos en un pueblecito veraniego (había que seguir la tradición) cerca de la capital. Nos encerramos alrededor de las nueve. La habitación del mejor hotel presentaba un aspecto deprimente. Dos camas de hierro con el más destemplado ruido que pueda imaginarse. Un horrendo trípode con platón, jarra y vaso de noche. Dos mesas con sendos botellones cubiertos por un vaso boca-abajo. Dos toallas. Un aparato para matar moscas. Y unas paredes blancas, de hospital, que me produjeron zozobra. Sin embargo, yo no tenía miedo. Tenía curiosidad. Por primera vez vi, con mis propios ojos, un hombre completo. El espectáculo era de verdad maravilloso. El cuerpo humano masculino, jamás esrá tan perfectamente bello como en su estado de emoción activa. Cerré los ojos. ¿Placer? Ninguno. Se me abalanzó como un salvaje. Yo esperaba algo de ternura inicial, de caricias previas. De preparación. Yo no era una perra dispuesta. Era una niña que iba por la primavera vez a entregarme. Su respiración desesperada me causó asco. Su afán. Su torpeza. El trípode, la jarra, las paredes blancas, el sonido del catre, todo me descontroló por completó y eché a llorar desesperadamente. Pasado un tiempo, él se durmió. Yo no pegué los ojos en el resto de la noche. Había fracasado. Eso, no reñía la menor duda; ni tampoco la menor solución. Había dicho que "sí" delante de un sacerdote, y eso era firmar mi sentencia de muerte. Mi sentencia de muerte, en el principio de la vida.

        Esa misma noche me hice el propósito de tener un amante. Lo premedité fríamente a su lado, mientras dormía, a las cuarenta y ocho horas de casada. A la madrugada, despertó de nuevo excitado. Me abrazó y volvió a tomarme. Esta vez con más ahínco, pero también sin prepararme. Había olvidado totalmente que las mujeres somos pasivas y que necesitamos de un período pre-amoroso, que es definitivo. Pero los hombres en mi país, no tienen en absoluto el menor sentido del acto amoroso. Carecen por completo de ese simple principio. Sobre todo en lo que se refiere a la esposa. La mentalidad del marido colombiano, es, en ese sentido absurda y cerrada. Ellos juzgan que hacer el amor bien hecho es corromper a su compañera. Y prefieren dejarla en una ignorancia que, tarde o temprano, sacia, desde luego, con otro. ¿Somos entonces apenas un instrumento de desfogue, un lugar de ubicación para los hijos, o simplemente la compañera sosa para las cenas familiares de la Navidad? ¿Nada más? ¿Y el placer? ¿Y la comprensión sexual? Esto no tiene ninguna importancia. Los colombianos cumplen en casa una vez a la semana, para poder cumplir fuera de ella los otros seis días a cabalidad. ¿Y nosotras? Nosotras que sollocemos amargamente, como me ha tocado a mí, el haberme casado con un hombre que jamás tuvo la generosidad de hacerme saber qué es un orgasmo. 

         Triste y un poco avergonzada llegué a casa de mi madre. Me había casado a escondidas de ella y de todo el mundo. Lo que quería decir que a nadie podría culpar de lo que me estaba sucediendo. Me correspondía, pues, afrontar la situación a mí sola. Mi marido era en esa época un hombre pobre. Trabajaba en el gobierno y ganaba algunos centavos que nos permitían vivir muy modestamente. Entonces ayudaba yo, con el dinero que devengaba en un diario capitalino, donde desde hacía algún tiempo venía colaborando. Mi obsesión continuaba siendo, a través de los días y de la rutina, conocer la verdad del placer sexual. Yo estaba despierta, con desesperación, a ese mundo que imaginaba ilímite. Durante mucho tiempo esperé noche a noche, que me llegara el descubrimiento. Pero sólo hallé lo de siempre. El acto sin preparación, el placer conseguido para él, y el consabido epílogo. Un sueño tranquilo y profundo para mi marido, y un desvelo agotador para mí. Un mes después de casada tuve mi primera infidelidad mental. Como dije antes, yo trabajaba de redactora en un diario bogotano. Escribía una columnilla diaria, que me había proporcionado un cierto buen nombre entre mis compañeros. Hacía además reportajes importantes, crónicas, y, para mis archivos privados y románticos, algunos versos. Eso era, naturalmente, una válvula de escape para mi problema. Que, entre otras cosas, no reñía más solución, que el problema mismo. Conocí en la redacción, pues, a un hombre excepcional. Un poeta de alto vuelo y de reconocido valor intelectual. Mucho mayor que yo; me inspiraba, más que otra cosa, una real admiración. Una tarde, en que había trabajado con intensidad, charlaba con uno de los reporteros del periódico (que murió por cierro ocho días después en una tragedia, en un pueblecito vecino y en aras de su carrera), muchacho tímido y de un desbordante talento, en el dintel de la oficina.Se acercó a nosotros el poeta de mi historia y me estrechó la mano en una forma que sentí una fuerte descarga eléctrica sobre todo mi cuerpo. Esa noche, cuando me romo mi marido, sentí placer por primera vez, imaginando que quien me cubría era el poeta, mi amigo. Este caso, es común y corriente en el medio de mi país. Las mujeres que no llegan a ser infieles materialmente, lo son, sin duda de ninguna naturaleza, y muchas veces, mentalmente. El pánico, la cobardía, las circunstancias, obligan a las mujeres colombianas a prostituirse en la más odiosa de las formas. Imaginariamente. El amigo íntimo de la casa, el primo, el chofer, etcétera, son los amantes mentales de las mujeres honradas. ¿El motivo? Es claro y natural. El fracaso sexual en el matrimonio colombiano no tiene salvación. La mujer carece del elemental derecho de actuar como ser humano en este campo, si una mañana cualquiera le han leído la arbitraria frase: "Le serás fiel a tu marido". Muy al contrario pasa con el esposo: "Le será fiel a tu mujer" y desde la semana siguiente le es infiel con la criada, con la enfermera, con la secretaria, con la amiga íntima, con quien sea. La conocida epístola, en definitiva, solamente reza con la mujer. De ahí que el noventa por ciento de los hombres colombianos, que andan por la calle orondos y con la frente alta, son cornudos de viento. Sus mujeres, son dignas prostitutas mentales. Amantes de tíos y vecinos, en el resbaloso laberinto del sueño.

           ¿Por qué? ¿Una mujer reconocer en mi tierra su fracaso? Nunca. ¿Un hombre aceptar su incompetencia? Jamás. Entonces hay que repensar. Hay que actuar en el tinglado de la farsa. Hay que andar tomados del brazo por la calle, aun cuando una columna de fuego los separe. Hay que contra en el "bridge" que el marido "cumple", así su lecho sea una especie de ataúd sentimental. Hay que mentir. Hay que colgar el amor que no existe, de las cortinas de la vecina. De las silleras de los teatros. De las libreas de los criados. De las mancornas del jefe. Hay que ser felices por fuera, para poder ser desgraciados en paz, por dentro. Hay que acostarse cada día con el amante, para dormir Tranquila con el marido. Nuestro medio ambiente es ese. Prostitución íntima en integridad externa. Yo resolví sentarme en la felicidad, como en una silla. Porque si hubiera protestado, la sociedad, comenzando por la familia, me hubiera cerrado todas las puertas ignominiosamente y yo no tenía edad, ni experiencia para soportarlo. Sin embargo, un buen día, un buen día en que quise ser honrada, honesta y sincera, reuní a mis parientes y les dije que deseaba separarme de un hombre que no amaba en absoluto, y con el cual no me comprendía o era feliz. Que mi intención era seguir «abajando de lleno intelectualmente, y separarme de él. De lo que sucedió entonces, no quiero ni acordarme. Mis hermanos protestaron con energía insólita. Mi madre se echó a llorar amargamente y se enfermó. Mi suegra y cuñados añadieron algunas palabras más al repasado sainete familiar. "¿Una mujer de diez y seis años, separada del marido?" (Esto y una infanticida, era para ellos más o menos lo mismo). Yo no estaba aún embarazada. De manera que mi liberación hubiera sido total. Pero, naturalmente, yo era colombiana, me había casado por lo católico, y, tuve que volver a mi marido, para recomenzar la vida, sin más horizonte que una abominable hipocresía.

       Almuerzo los domingos con toda la familia, en casa de mi suegra. Una o dos veces por semana, cena y reuniones sociales, fuera del hogar. Cumpleaños, aniversarios, misas. Un desesperado tren de comedia. Al fin, casi un año después, quedé encinta. Mi vida sexual continuaba, en un doliente fracaso. De modo que esta noticia me dio ánimo y fortaleza para continuar. Resolví encerrarme en casa y pasar los vómitos, los mareos y todo lo demás, alejada de todo el mundo. Cuando comenzó a crecerme el vientre me asaltó un tremendo complejo que aún no me he explicado y que luego con mis otros hijos nunca tuve. Me avergonzaba aun delante de mi madre. La única persona que no me caía mal, era una criada jovencita que tenía. Ella había abortado —con una sonda que le puso una comadrona cuando tenía catorce años. Y contándome su romance, su caída y su ahorro, pasaba yo las horas recostada en un diván. Mi problema en relación con mi marido se hizo entonces totalmente insoportable. No podía ni sentirlo cerca, porque la repulsión era cruel. Odié con todo mi ser el acto sexual, y cuando debía acceder, ya por consideración con él, escondía la cara en la almohada y lloraba en silencio. ¡Qué Tremendamente doloroso es todo esto!

    Y cómo añoraba mis noches de soltera, sola en mi cama, con un buen libro y un puñado de ilusiones debajo de la almohada. De pronto, una tarde en que el hastío me crecía por la piel como una yerba, me salí a la calle a caminar. Mi vientre era horrendo. Yo me miraba en el espejo desnuda y me daba terror. De frente era monstruosa. Mi cuerpo, mi redondo y bien hecho cuerpo, era ahora un saco ridículo. Y mis diez y siete años, el más desolador panorama humano que pueda soñarse. Sin embargo, en el fondo era contenía. Iba a tener un hijo, y esto constituía ya una razón para vivir. Además la gente me enloquecía preguntándome: ¿No estás enferma? ¿Será por él? ¿Será por ti? Nada. No era ni por él, ni por mí. Era que el amor no llegaba. Eso era todo. Salí, pues, a dar una caminada. La tarde estaba fría y destemplada. Yo me abrigué y eché a andar. Por el camino, luego de recorrer 15 cuadras o algo así, me entraron deseos de aliviarme. Entré a un almacén de miscelánea y solicité permiso para pasar al interior. En efecto entré, y cuando salía, comenzó a llover despiadadamente. En ese instante entró a la rienda una señora. Yo me quedé mirándola de frente. Era una preciosa mujer, tal vez una de las más bellas de mi tierra. Hoy día, aún se conserva linda y llamativa. De una edad regular, es decir, entre la década de los 20 a los , que bien puede ser la de los 30 a los 40, sin perder el equilibrio. No sabría decirlo. Usó el teléfono con algo de misterio. Aceptó una cita para una hora más tarde, advirtiendo que debería estar en casa a las ocho de la noche. Sospeché algo raro, pero no puse tampoco demasiada atención. Jamás me ha interesado la vida de los demás. Me habló ella entonces: "Está lloviendo mucho, señora, acépteme que la lleve a su casa. Tengo en la puerta mi automóvil". Nos vinimos conversando muy amenamente. Era una mujer, además de muy linda, inteligente y culta. Me dijo que su marido era un "buen hombre". El calificativo es triste, pensé para mis adentros y sonreí. Me dejó en casa, y partió. Al día siguiente, a eso de la 11 de la mañana, tocaron a la puerta. Salí yo misma a abrir y -¿por qué no decirlo?- me sorprendí cuando vi la señora de la noche anterior, con una especie de hombre-boa, que se adelantaba hacia mi. Me besó en la mejilla y me dijo muy cordial y confianzuda: "¿No es verdad que anoche comí aquí con tu marido y contigo, queridita?". El hombre me miró de pies a cabeza. Creo que se detuvo en mi estómago con desfachatez. "Sí, sí, naturalmente", contesté con un aplomo increíble, pues poca experiencia reñía yo para esta clase de lances. "¿Y que dejé aquí mis guantes, verdad?". Yo entré y cogí un par de los míos y se los alcancé. Cuando se despidieron, yo quedé aturdida. Dos días después enrabiábamos una amistad íntima con la señora de la historia. Aún hoy, después de diez y ocho años de suceder aquello, continúa nuestro cariño como al principio. Tenía ella varios amantes. El marido, un hombre rico, era una especie de cerdo con buenos apellidos. Y mi amiga era fina, como dije antes, muy bella y, como complemento, poseía una gran inteligencia. Yo pasaba las tardes con ella oyendo los relatos de sus aventuras. Verdaderamente, no esperaba sino salir de mi estado, para poder divertirme también. Sus amigos, expertos y viajados algunos, eran para mí personajes de un mundo maravilloso, al que yo algún día debería llegar. Saboreábamos ambas, con fruición, las anécdotas de sus experiencias. Yo la obligaba a narrarme, punto por punto, los detalles de sus citas. Así que, a través de esta mujer, yo conocí las reacciones íntimas, la fortaleza sexual, y hasta el modo de besar de muchos hombres de mi tierra, algunos de los cuales son hoy altos personajes de la política y la sociedad. Uno de ellos ciñó la banda presidencial meses más tarde. El mismo que, en esa época, cuando yo reñía diez y ocho años, fuera mi primer amante.

        Se venía el mes de diciembre y mi hija iba a cumplir un año. Mi amiga me insinuó que matara el tiempo hablando por teléfono con alguno de sus amigos. Yo, un poco temerosa al principio, con el titubeo natural de los primeros pasos, me comuniqué en efecto con un hombre que a mí me llamaba poderosamente la atención. Era él mucho mayor que yo, desde luego. Y su inmenso, su extraordinario talento, era algo que a mi dominaba, ya que mi compañero era un hombre no solamente limitado, sino de una torpeza escueta y definida. A mi amigo telefónico, le fascinaba mi voz caliente y juvenil. Yo le hablaba con ingenuidad y malicia. Le hacía reír a carcajadas, le divertía con gracia y cariño. De modo que a la vuelta de tres meses de hablar con él, este hombre era un rendido adorador de mi sombra. Fue tanto el amor o la costumbre de hablar conmigo que hacía cosas inolvidables, como pasar durante horas y horas por el sector comprendido entre las diez cuadras donde estaba ubicada mi casa. Era realmente emocionante ver este personaje en su lujoso coche. Sentado atrás, serio y personalísimo bajo el ala enroscada de su sombrero, cumpliendo con el capricho de una sombra telefónica. Un buen día, nos conocimos y fue, como antes dije, mi primer amante. Tenía él un departamento completamente privado en un sector estratégico de la ciudad. Como en ese entonces iba a ser nombrado primer mandatario, su vida íntima era escasa. Su tiempo limitado y sus obligaciones múltiples. Sin embargo, pasaba a mi lado ratos inolvidables. Horas magníficas para mí que jamás podré borrar de mi memoria. Su cultura, su sabiduría amorosa, su personalidad avasalladora llenaron de satisfacción los mejores años de mi vida. Esto continuó durante todo el tiempo que él vivió en Colombia. Aún hoy, somos los mejores amigos.

        Entre tanto, mi vida matrimonial no daba un paso adelante. Al contrario comenzaron a sucederme problemas ya mucho más serios. Mi marido se defendía del complejo de inferioridad conmigo en una forma violenta y casi siempre en público. Abusaba de su fuerza de hombre y me lastimaba en una forma tal que yo muchas veces tenía que guardarcama, entre otras cosas porque no me atrevía a salir en público con la cara hinchada y desfigurada. Esto fue adquiriendo caracteres cada día más graves, hasta el punto de que llegué a tomarle verdadero odio. Odio no solamente a él, sino al ambiente, al injusto y decrépito medio de esta sociedad nuestra, donde las mujeres no tenemos ninguna defensa. Si me iba, entonces era lo que la ley nombra "abandono de hogar", y entonces me quitaban mis hijos. Si me quedaba, debería soportar que a diario se acostara conmigo, aunque este acto me produjera náuseas, y dos veces por semana exponerme a sus estallidos de ira, con los consabidos resultados. Pero, ¿separarme? ¿Separarme en Colombia de mi marido? ¿Ser una mujer "separada"? No. Esto ni pensarlo. Ni mis hermanos, ni mis parientes, ni mis amigos, ni nadie me decía que lo hiciera. Al contrario, todos me sugerían soportar, esperar, tener paciencia. Gracias a mi maravillosa presencia de espirito, a mi carácter siempre juvenil y alegre, yo dejaba pasar el tiempo entre mi afición literaria, el consuelo de mis hijos, algunas copas, y la comedia social de rigor.

        Hasta que llegó el día. Todo en la vida tiene un límite. Yo estaba hastiada de que las gentes se sirvieran de mi vida como de un buen plato. Era necesario reencontrarme antes de que los años, la salud o cualquier otro factor, me hicieran al margen a la fuerza. Mi vida sentimental había sido un rotundo fracaso. La sexual, hallada en la penumbra de unas horas clandestinas, siempre con miedo, con angustia, era también apenas lograda. Solo reñía a mi favor dos cosas: mis hijos y la solvencia económica de mi marido, adquirida durante nuestro matrimonio. En cuanto a mis aficiones intelectuales, me había hecho un nombre contra viento y marea, pues en casa no hallé sino desaprobación y burla. En total: ¿Qué había hecho yo durante diez y ocho años de matrimonio? En primer lugar, regalar mi juventud y mis mejores años a un hombre que jamás amé. Sostener un hogar ficticio, para que mi familia, mis amigos y la sociedad creyeran que existía. Sembrar en el corazón de mis hijos un doloroso rencor contra su padre, al que solo recordaban desde muy pequeñitos, maltratándome y lanzándome a voz en cuello los más soeces y vulgares vocablos. Engañar no solamente a mi marido, sino a cualquier hombre que se acercó a mí, muchas veces con verdadero amor. Porque una mujer casada engaña a su marido con su amante y a su amante con su marido. Es decir, es doblemente inmoral. Se ríe de los dos y a ambos aprovecha. Porque ¿no es acaso cómodo que uno la mantenga y el otro la divierta? ¿No es ese el criterio del matrimonio en Colombia? ¿Tener amante, acostarse con el que sea, engañar al marido, pero sostener a roda costa el hogar? Muchas veces los hombres tienen la certeza de sus cuernos. Pero la prefieren, a tener el coraje de devolverle la libertad a quien se los coloca. Aquí es menos execrable la infidelidad de una mujer casada que el derecho que tendría una mujer separada de rehacer su vida sentimental. Me atrevería a decir, y casi a sostener que el ochenta por ciento de los matrimonios colombianos son un desastroso fracaso. ¿Sostenido, por qué? Unas veces por la necesidad. Otras por la cobardía, otras por la fe, las más por los prejuicios, y siempre por la inmoralidad del medio. Las mujeres aquí no se atreven a volver por el único derecho humano que la congratula a una con la vida: la libertad. Sin embargo, hoy cuando yo rengo entre las manos esa libertad, cuando amanezco sola en mi lecho y miro por la ventana hacia afuera, sin divisar nada distinto de un horizonte claro y despejado, cuando me inclino sobre el sueño de mis hijos y miro hacia el futuro del cual soy única y exclusiva responsable, creo estar certeramente en el sirio que me encomendó la vida. Ahora soy un ser humano con obligaciones, pero con derechos. Ahora cuando tengo conciencia de lo que valgo; de lo debo hacer; de lo que rengo que lograr. No es la libertad el caos que las mujeres de mi país creen que es. No es ese ignominioso cerrar las puertas. Ese saludo destemplado de la miga mojigata. Ese juez incandescente de los hijos. Ese cuchillo envenenado de la familia y de la sociedad. La libertad, es la superación. Y por ella hay que romper con la inmoralidad de los matrimonios fracasados. Hay que recuperar el decoro, la vida y sus derechos. El hecho indiscutible de que Colombia esté vergonzosamente a la deriva en materia de problemas sociales en el mundo, no quiere decir que nosotras, consumamos nuestra fuerza viral, nuestro derecho humano, a la sombra de un matrimonio ficticio. Colombia no es una tara para las mujeres. Es una Patria. Y si sus leyes no nos defienden, si su ambiente no nos deja vivir, si el fanatismo nos hunde en el sacrificio, si las tradiciones absurdas nos arrebatan el mínimo derecho de ser elementos humanos, pasemos por encima de todo y tomemos la vida como lo que es. Como el más extraordinario don que recibimos y que además, dignamente, tenemos el privilegio de dar. 


Tomado de la revista Mito
Bogotá, octubre 7 de 1955


        Notas
      Evidentemente se trata de un seudónimo. La autora es una dama bogotana...Es curioso anotar que la violencia de esta historia vivida se debe a la palabra escrita. Si se reflexiona bien, se halla que, hablada, es un tema cotidiano de nuestra sociedad. Aun cuando la dirección de Mito no está de acuerdo con el tono ni comparte la actitud complicada en este testimonio(nosotros pensamos que la solución no será individual, sino social), hemos aceptado publicarlo. ¿Por qué? Desde un principio hemos decidido correr el riesgo de la sinceridad.- N. de la D. 



lunes, 17 de noviembre de 2014

El Descanso



El Descanso

Tomado de guadalajaraayeryhoy.blogspot.com


Por Hernando Téllez

            Al bello hotel veraniego, de tierra fría, las gentes llegan para descansar. Eses es el propósito orgullosamente declarado por cada huésped.  El sitio está hecho, con rara perfección, para que se cumpla ese deseo: en un rincón del valle, la casa grande y antigua ha sido acondicionada para los servicios del hotel; hay un parque de viejos árboles y de nuevas flores, con "senderos que se bifurcan", como le gustaría a Jorge Luis Borges; el paisaje es sobrio, la luz diáfana, el aire seco y tónico. Hay un pequeño bosque de pinos que flanquean una colina, rincones silenciosos y cómodas sillas donde el viajero puede reposar, meditar, leer, simplemente naufragar en la nada. 

       Observo a los pocos días de mi permanencia, que el hotel parece desierto. Me paseo por todos los sitios y escasamente encuentro alguien con quién cambiar un saludo. Interrogo al propietario. "El hotel está lleno de clientes", me dice. "¿Pero dónde están?", le pregunto. "Al amanecer toman desayuno e inmediatamente salen las familias enteras, en sus automóviles, o en los autobuses, para las poblaciones vecinas. A veces vuelven para almorzar, otras veces hasta la hora de la comida". De manera, pienso yo, que este parque, este bosque, la paz de estos rincones, el encanto de estos patios, la sombra de estos árboles, el esplendor de estas flores, la profunda dimensión del silencio en estos sitios, carece realmente de atractivo para las gentes que , según dicen, han venido hasta aquí para descansar. 

      Me resisto a creerlo e imagino que el propietario exagera. Pero unos días más de observación confirman lo dicho por él: aquí nadie viene a descansar. Las gentes se organizan para activos y constantes desplazamientos por la comarca. El parque está solo, las sillas permanecen vacías, en el bosquecillo no resuena un voz, nadie se pasea por los patios ni por los jardines. Y esto es, sin embargo, un lugar de privilegio para distender el alma y el cuerpo. Pero, ¿quién quiere, quién desea radical y hondamente esa calisténica física y espiritual? ¿Quién desea sumergirse, por unos horas, por unos días, en el pequeño mar interior de sí mismo? ¿Quién desea descansar, si el descanso es una posibilidad cierta de encontrarse cara a cara consigo mismo, con el propio personaje?

                La tesis parece oscuramente reaccionaria. Y lo es, juzgada desde el otro lado del espejo, como diría Alicia, la del País de las Hadas, quiero decir juzgada por un progresista que creyera, como cree todo progresista, en la eficacia de cualquier fórmula abstracta. Por ejemplo: el descanso es un derecho. No, no es un derecho. Es una detestable obligación, inventada por el sistema, por los sistemas. El ser humano no es sino por excepción capaz de sobrellevarse a sí mismo, de enfrentarse con sus fantasmas, de resistir, impávido, la carga de tedio que lleva secretamente en las cavernas interiores, dispuestas a estallar si las circunstancias son propicias. Facilitar esas circunstancias, es lo que se propone inconscientemente todo sistema que acepta la teológica fórmula de que el trabajo es una maldición, y el descanso una sustitución laica del paraíso perdido con el pecado original. 

             Pero basta el experimento parcial de de ese paraíso, para que el más lerdo perciba el fraude de la fórmula. Basta visitar una playa de moda, una estación de reposo, una colonia de vacaciones, un hotel como el que he descrito, o entrar en comunicación con esas vidas de millonarios retirados de los negocios, para caer de bruces en la fórmula contraria: el descanso es la verdadera maldición, el verdadero pecado original. Condenada la criatura humana a descansar, es decir, a batallar con su tedio y con su persona, no sigue sino la más oscura y bélica perspectiva en las relaciones humanas. Gracias a que el hombre no puede y no quiere descansar, la civilización ----cualesquiera que ella sea--- no parece definitivamente envuelta en el asesinato colectivo. Una ciudad moderna, con los hombres vacantes, descansados y libres para hacer de su tiempo lo que quieran, sería un siniestro escenario de horrores. Gracias al cansancio, al trabajo, a la lucha vital por el pan y el dinero, por el poder o la simple supervivencia, la amenazante criatura que puebla esta corteza, se distrae de su insignificancia esencial, y pueda evitar así la que sería catastrófica confrontación diaria con su destino. 


                      No. Está bien, sumamente bien, que el bello hotel de mis predilecciones, parezca desierto, y que, hecho como está para descansar, para soñar, para entrar al nirvana, no sea, para quienes a él llegan en busca de una fementida y no deseada tranquilidad, un punto de llegada sino de partida. Una segura base para cambiar de angustias y engañar el tedio. 


Tomado de Confesión de parte, Bogotá, 1957

            

                
 
papelycigarrillo.blogspot.com
 Hernando Téllez, lúcido intelectual y exquisito prosista, nació en Bogotá en 1908 y murió en 1966. A los trece años empezó a trabajar en el semanario Mundo al día, y pasó luego a la revista Universidad de Germán Arciniegas, epicentro del movimiento de los Nuevos. En 1929 inició su columna "Espejo de los días" en El Tiempo. Fue comentarista de El liberal, y trasegó de la literatura al periodismo y  a la política. Escribió una anotaciones fugaces con el título de "Márgenes", que inició en la revista Semana y continuó en Mito, de contenido literario.




jueves, 6 de noviembre de 2014

Por los caminos de Francisco El Hombre






Por Gonzalo Arango



        Los paraísos perdidos no tienen dirección, ni oficina de correos y telégrafos. Pero sí existe el paraíso, basta abrir la puerta de Sara Daza y entrar.

       En su casa, en ella, están vírgenes esos valores que para mí constituyen la esencia de lo paradisiaco: bondad, sencillez, ternura, y esa llama que arde en su silencio en honor al espíritu: el culto a la belleza.

       Sentí su alma gravitar iluminada de amor, hospitalidad, oasis de reposo para saciar muchas sedes del cuerpo y el espíritu. ¡Qué fresca su agua! Qué hermosa y pura la presencia de esa muchacha a quien enseña a tejer flores y sueños sobre el lino blanco. Me enamoré de su dulzura silenciosa, con un amor en que la pasión lo torna imposible, y por eso eterno.

       Creo, más bien, que me sedujo su pureza, pues necesito ser puro.

         Sara Daza me dio agua de lluvia que sacaba de una tinaja de barro. Tenía un limpio sabor de cielo.

        Me regaló un ramo de buganvillas que trepaban al cielo como llamas de incendio. Y una mochila que tejió en siete crepúsculos sentada en el umbral de su rancho frente a la plaza verde y desierta de Patillal, mientras una pareja de cóndores remaba en el mar tranquilo del aire.

         Sara Daza confiesa su devoción sublime por Dostoievski, Cervantes y los profetas bíblicos a quienes llama “mis hermanos”. A la sombra de sus inmortales alumbra una cálida admiración por mi poesía, y en un álbum de recortes ha dejado constancia de mi efímera y difusa errancia por los pueblos.

         No salgo del asombro ante esta mujer sencilla, despojada de mundanidad, cuya alma alienta una inquietud fervorosa por el arte en este remoto rincón del planeta.

         En medio de este paisaje de cóndores, rebaños de cabras, y soledades cósmicas, rindo tributo a la existencia de Sara Daza, cuya Biblia manché con una mención a su padre, muerto en abril.

            En Patillal no sucede nada como en las novelas rosas, pero la gente es feliz. Tan feliz que Checha Molina, un patriarca de allá, hace treinta años no sale del pueblito, y cada cinco llega el sastre de Valledupar montado en un burro para tomarle las medidas de sus pantalones.

       La historia de Patillal empieza y termina con dos hechos históricos:

       a) Nace Rafael Escalona.

      b) Hace medio siglo nació el doctor Molina, subió a la colina y mató tres cóndores con una escopeta de la guerra de los Mil Días que le regaló el general Sabas Socarrás.

         Desde entonces, la eternidad hace estragos en Patillal. Las noticias llegan de vez en cuando, con más frecuencia en vísperas de elecciones, gracias al sacrificio “loco-motriz” de Pepe Castro, compadre de todo el mundo, y jefe liberal de estos territorios macondianos.

       Por allá lo encontramos en campaña de puerta en puerta, regalando su periódico, cautivando votos para su curul. Diabólica embriaguez la del poder. Este compadre se aventura por trochas del infierno en la más dramática odisea del subdesarrollo, con la ilusión idealista de ser elegido al purgatorio parlamentario. Yo, lo juro, no haría lo que hace Pepe Castro ni para que me eligieran dios.

         En su carro, que en caso de emergencia sirve de Arca de Noé, regresamos a Valledupar bajo una tormenta apocalíptica que duró siete horas, atravesando precipicios y ríos barrosos, como en el Génesis.

         En Badillo hicimos un alto para calentar el cuerpo con un trago, y sacar el lodo del alma. Oramos a los dioses geológicos para que cesara la tempestad, pero la plegaria se ahogó en el agua. 450 años de lluvias han chorreado sobre los muros leprosos de la iglesita, cuya custodia inmortalizó Escalona en un canto vallenato. Dios no estaba en su custodia, ni en Badillo. Un cura progresista lo había “mudado” para una parroquia más próspera, lejos del Cesar.

        Sin esperanzas de que escampara, nos aventuramos en la noche, por trochas que eran ríos navegables, en la tenebrosa desolación guajira, bajo relámpagos que hacían saltar de sus matorrales los ateridos zorros del desierto.

          Rosa Girasol oscila entre la fascinación y el miedo que inspira la pavorosa noche americana, a bordo de esta motonave que cruza los terrenos vírgenes de la prehistoria. Elogia la mirada hambrienta y lila de los zorros hechizados por los faros que avanzan en el barro, devorando la húmeda tiniebla.

          Fangio era un tullido al lado de Pepe Castro: votaré por él. Coronamos la piojosa aventura con un trago en La Paz, el paraíso de “las mudadas”, que Rafael Castro bautizó con sutileza rabelesiana: “Petit París”. Aquí vive Duby, cuya piel saca chispas al deseo, pero omito su elogio por falta de pruebas. Sólo recuerdo que su cuerpo era un crimen perfecto contra la virtud. Amén.

        Codazi es un pueblo algodonero, el segundo en importancia por su riqueza. Cuando López Michelsen fue gobernador del Cesar, lo visitó una vez con su gabinete de economistas y planeadores, más Rafael Escalona, su inseparable, insuperable y subdesarrollado André Malraux de cabecera. Además de los asuntos oficiales, llevaban la galante misión de elegir a la representante del Cesar al Reinado Nacional del Algodón. Con tal fin, el doctor López solicitó al cura párroco de Codazi le reuniera las diez muchachas más hermosas del pueblo. Así lo hizo. En un acto social las presentó al mandatario y su comitiva con un discurso idílico en que exaltó las virtudes “descarnadas” de las concursantes, y que en síntesis decía:

          Amadas hijas, os he convocado a solicitud del señor gobernador para elegir entre vosotras a la más digna, pura y hermosa flor del Cesar, que habrá de ceñir la corona del algodón sobre sus púrpuras sienes. Todas sois dignas de ese honor por la belleza sin par y los divinos encantos que derramó la Providencia sobre vosotras, amadas hijas. Pero la belleza física es flor de un día, flor pasajera, flor que se marchita en el ocaso de la vida, y en la noche no es más que pasto de gusanos. Vanita Vanitates como nos recuerda el sabio Salomón, que no era ningún tonto en materia de mujeres. En consecuencia, amadas candidatas, cerraremos nuestros ojos corporales, ciegos a la belleza esencial, y os miraremos con los ojos del alma para elegir a la jovencita que sea casta como el rocío de la mañana, delicada y tierna como el oro blanco de nuestros algodonales, sencilla como la flor de batatilla, y hermosa como la luna llena de nuestro cielo cesarense... bla, bla, bla...

        Cuando el curita terminó su discurso y se disponía presuroso a dar su fallo, el doctor López le salió al encuentro con un abrazo y le dijo: “Su reverencia ya escogió el alma, ahora dejemos que Escalona nos escoja el cuerpo, ¿no le parece?”.

           El curita no tuvo más remedio que resignarse a la elección profana y carnal del maestro Escalona, que donde pone el ojo clava el dardo, y no exactamente en el “blanco” de la virtud.
Gonzalo El hombre se va
tras su vocación divina
pues lo esperan por allá
como “Enviado” de La Mina.
         Esa había sido una tarde de sol, en son de fiesta, a orillas del Guatapurí. Aquí la naturaleza opone a la eternidad el más fabuloso desafío de piedra: La Mina.

        Dos conjuntos vallenatos, cien automóviles, 400 invitados, asistían a un almuerzo a pleno cielo como clausura del festival, ofrecido por el político algodonero Pepe Castro. Había whisky hasta para botar al río. La molicie del ocio y la felicidad habían plantado su reino en este oasis de rocas. José Jorge Arregocés acompañado por “Los playoneros del Cesar” interpretaba con un coro de beldades la más hermosa canción que oí en los contornos. La Piragua, del poeta y compositor José Barros, Villo Granados y su conjunto repasaron todo el folclor clásico vallenato, desde Francisco El Hombre hasta el 69, Isaac Carrillo y Wilson Sánchez, opacaban el estruendo de la catarata con sus poderosas gargantas. Algo fabuloso.

             A las 5 se inició el regreso, dos horas hasta el valle, por entre un árido paisaje lunar. La caravana era interminable y lenta. Entramos al caserío a esperar que saliera la luna sobre los picos de la Sierra Nevada. Paramos el Jeep frente a la única tienda de La Mina. En el umbral, una viejita sin edad tejía una mochila a la luz agonizante del crepúsculo. Se quedó mirándome con ojos de pescado muerto mientras tejía en su cerebro un pensamiento difícil, o una duda. De pronto desarrugó su cara de acordeón y la iluminó una sonrisa. Era lo único que podía expresar esta momia viviente. Entonces se puso a dar chillidos de pajarito, con una alegría desarticulada y demente: “Llegó el Enviado… el Enviado... llegóoooo”.

        —¿Qué quiere decir? —pregunto a Rafael Castro.

        —Dice que eres “el Enviado”, una especie de mesías...

        —Caramba, me descubrieron... ¿Qué debo decirles?

         —Dale un abrazo a la vieja y dile que por fin has llegado, que estás contento.

           Eso hice, y le besé la frente.

        La anciana llamó a toda la familia para que me conocieran. Se regó la noticia en La Mina. 

          Vinieron muchos niños con mangos de regalo “para el Enviado”. Me miraban con estupor y fascinación. El más estupefacto era yo, repartiendo bendiciones y sonrisas.

      —¿Cómo te llamas? —pregunté a la anciana.

       —Re-me-di-os.

        —¿Cuántos años tienes?

       —No sé... estoy muy viejita.

          Su hija dice detrás del mostrador: tiene más de cien años, pero no se sabe cuántos, es la más vieja de La Mina...

        Y se llama Remedios como las Remedios de Cien años de soledad. Acaso ¿Remedios Moscote? Me pregunto si García Márquez no estuvo aquí sentado en otra tarde semejante mirando la sierra mientras repuntaba la luna en el cielo guajiro. Toñita Visbal descubre allá lejos una piedra en forma ovalada, exactamente como los huevos prehistóricos de Macondo. 

         En verdad todo esto es la materia prima de la leyenda.

        Cuando Jorge Child fue secretario de planeación del Cesar, estuvo una vez en La Mina y en esta tienda. Al quinto whisky, se le ocurrió la idea genial de comprar el pueblo. Hizo venir a los hombres de los quince ranchos. Hicieron el inventario. En total, doce mil pesos. Los “mineros” aceptaron vender el pueblo con una condición: si se quedaba a vivir con ellos. Child pagó la cuenta del whisky y se marchó antes de que le regalaran La Mina: paraíso sin policías, sin iglesia, sin cárcel, sin burdel, sin escuela, sin políticos, sin intelectuales, sin televisión, sin carros y sin semáforos, donde aún esperan al “Enviado”, ese misterioso peregrino que va por los caminos hacia ninguna parte, que su casa es todo el universo y se acuesta sobre la hierba a mirar los planetas en la noche mágica de los siglos y los desiertos donde el árido viento desata un murmullo espectral, el soplo de Dios que se pasea sobre su pequeñito astro de arena, soledad y muerte.

          Y ahí está por fin el rostro de Selene coronando las cimas, y mi corazón de “Enviado” se rebela a abandonar este terrón religioso en que las edades y el viento no han borrado la huella de Dios, ni los pasos de los perdidos caminantes que me precedieron en esta errancia desalmada entre la nada y la eternidad.

          ¡Oh, alma mía, paga a la noche el precio de tus éxtasis y locuras con un adiós infeliz, pero vuelve a curar tus heridas a este oasis de piedad en que la chispa de la bondad humana sigue viva en Remedios, iluminando el tortuoso camino de los Enviados!

Tomado de
Reportajes, Vol. 2. Editorial Universidad de Antioquia, Medellín,
 octubre de 1993, pp: 314 - 320.