sábado, 28 de diciembre de 2013

El destacado del domingo...

LOS RELOJES

Pintura de Salvador Dalí

Por Álvaro Bejarano

      Los relojes pierden el tiempo, dijo Luis Vidales en su momento cenital como poeta mayor de Colombia. Otros más hablaron de la clepsidra del tiempo. No hemos logrado entender por qué los humanos tienen semejante preocupación por el desgranar del tiempo "si con el nacer solo buscamos un sitio que la muerte no señala". 

       Aquí en las pocas veces que abrimos la radio escuchamos entre atónitos y sorprendidos que nos dicen qué hora es en diferentes ciudades del mundo como queriendo con ello conectarnos con una realidad circundante. ¿Si nuestro pueblo vive matinalmente la angustia de su vida desamparada, para qué infiernos le importa saber qué hora señala el reloj de Moscú o de Berlín?

     Es el tiempo quien nos vive y como eso es un desleírse hacia la muerte, la mejor prefiguración del tiempo es la que nos dio en sus desdoblados y desajustados relojes el gran histrión catalán que es Salvador Dalí. Los relojes del catalán universal se desgonzaban en un vano empeño de cobijar la soledad del tiempo.

       Aquellos relojes se estrechaban como la cintura de la mujeres imposibles y goteaban las horas que se iban en fuga irremisible.

     Los otros relojes que por absolutamente silenciosos fascinan nuestra visión del tiempo, son los de arena que gotean las construcción que nunca pudo consolidarse con esas arenas agarradas a la orillas de un mar que se devora el tiempo. 

    Si el tiempo valiera la pena no debería ser medido. Por ejemplo, un niño que vive su mundo elemental de ensoñación nunca sabe qué hora señalan los relojes. En ellos está la felicidad de su existencia . Los relojes se hicieron para medir las angustias, por ejemplo la del condenado a muerte que mira mientras agoniza en vida, la agónica manera de correr las manecillas del reloj.

    ¿Y para qué las manecillas? ¿Para qué sirve una mano que nunca ha de estrechar otra mano? ¿Quién inventó ese término absurdo? Sin duda alguien que entrelazó la suya con otra mano enamorada.

     Pobrecitos los relojes que no se dan cuenta que marcan la hora del amor, la hora de la amistad, la hora de la entrega, la hora de la esperanza.

     ¿Quién bautizó su ruido como el tic-tac?  Sin duda fue alguien que no escuchó jamás el vasto rumor de la sangre prisionera que clama por salir y expresar en vida, en vida que será medible. Sin lugar a dudas los relojes pierden el tiempo. Todos los tiempos fueron perdidos porque lo que realmente vive está más allá de la esclavitud de los relojes. ¿Qué le importa al enamorado saber la hora que precede al beso tierno? ¿Qué le importa a la parturienta esperanzada la hora o el minuto en que sale al mundo su tierno mamoncillo?

     Qué horror son los relojes. Son esclavistas sin látigo. Carceleros sin llave. Bedeles sin ojos. Cantores mudos. Oidores sin oídos. Los relojes pierden el tiempo.

      Por ejemplo, son las cinco de la madrugada cuando escribo esta nota. ¿Para qué me sirve el reloj? Para comprobarme que estoy esclavizado del tiempo. De un tiempo que no podré buscar como Marcel Proust, porque estoy satisfecho de haberlo perdido. Satisfaga la vida que se hizo a sí misma en amoroso enlace sin saber qué hora es. 



10 de octubre de 1974, 
Redes y vientos, Cali, Universidad del Valle, 1978.

lunes, 2 de diciembre de 2013

El destacado de la semana...


EL PELIGRO DE RONCAR


Tomada de www.kienyke.com

Por Álvaro Bejarano

Los periódicos del jueves trajeron una noticia que conturba porque la gran mayoría de los mortales padecemos del mal del ronquido. El señor Harris Robinson, curtido lobo de mar de la Armada Norteamericana, tiene hoy 59 años y anduvo por los mares del mundo. Los licores, los mareos, las zambras portuarias tornaron los sueños del contramaestre en una penalidad a quienes le quedan cerca, a excepción de la esposa que en quince años de forzosa compañía se ha acostumbrado a los ronquidos expelidos por la garganta del lobo de mar. 

Nosotros ignoramos las causales para que un humano produzca tan desapacibles ruidos que semejan un pujante camión ascendiendo la cumbre montañosa de Armenia a Ibagué. Conozco un amigo que cuando cierra el párpado es la única persona que duerme en muchos metros a la redonda. Un marido roncador tiene como absoluta responsable de los ruidos a la esposa, pues esposa con iniciativa para las maromas de alcoba no deja dormir a su consorte. Quienes sean potables como seres  humanos deben ser como ese inolvidable personaje de Borges, "La lujanera" a quien "mirarla no daba sueño".

Los hombres que roncan tiene sin lugar a dudas una acentuada virilidad. Es potestativo de las fieras el roncar. Los pobres gatos apenas emiten un gutural sonido. Los perros falderos de las señoras chic, apenas producen un ronroneo intenso. En cambio en donde duerme un león o un tigre hay la sensación de que un dios violento está mirando sus propias interioridades. El roncador está en batalla consigno. Cada sonido es la afirmación de que el sueño es apenas un pequeña evasión del mundo real pero que sigue aferrado a él. En el sueño morimos un poco y si no roncamos quiere decir que nos hemos desvinculado y hemos muerto de verdad. Ronco, luego existo, podemos decir parodiando al francés.

El roncar es un acto de soberanía. Alguien llamó a la cama la isla de los sueños, y uno es su propia y particular isla puede hacer lo que le venga en gana como lo hace en Los Ángeles Harris Robinson sin que ello sea motivo para demandas judiciales. Como Colombia está recobrando su soberanía yo puedo decir tranquilamente que soy: Roncador y Quitasueño.



  17 de septiembre e 1972. 
Tomado de Redes y vientos, Cali, Universidad del valle, 1978.