martes, 5 de marzo de 2013

El destacado de la semana...

"No andaba colgado de las vanidades y reposó en la almohada de una deliciosa independencia. Tejada era un poeta del goce adorado de lo pequeño en su sentido literal"
José Gers

REFLEXIONES DE UN CRONISTA RECIEN CASADO
Por Luis Tejada

Mi querido Peréz Sarmiento:

Con cierta discreta indiscreción me pides para tu revista algunas reflexiones matrimoniales, ya que yo he cometido la sublime calaverada de casarme  sin saberse cuándo ni cómo.

Un paisano, muy aficionado a los chistes simples, decía que el matrimonio es un negocio en el que el hombre pone el capital y la mujer los gastos. Tal vez haya algo de verdad en ello, pero en este caso, el matrimonio sería el único mal negocio en que sale ganado el perdidoso; porque se gana una mujer, esa cosa extraña y magnifica que es una mujer, ese delicioso animalillo de ojos fulgurantes, ese pequeño se magnético que ves por la calle cubierto de pieles, tan mimoso y tan poderoso, tan delicado y tan fuerte, tan flexible y tan heroico.

Además, tener una mujer pobre, garantizada para toda la vida, es el único lujo que se puede dar un muchacho pobre; porque los otros sports, aún cuando no cuesten mucho por sí mismos, sí requieren una decoración imponente; si te dedicaras, por ejemplo, al automovilismo o a la equitación, lo menos que tendrías que hacer sería afeitarte todos los días para que te diferencien hasta cierto punto de tu chófer o de tu jockey;  dentro del matrimonio, en cambio, puedes vivir todo lo modestamente que quieras, porque tu mujer, si te ama, será capaz de acomodarse contigo en el ventilado palomar de un cuarto piso, y pasar, sin embargo, muy feliz. Amigo mío: la mujer es al mismo tiempo lo más decididamente lindo y lo más relativamente barato que Dios ha puesto en el mundo.

En esto el amor, el matrimonio y la pobreza, hay una inefable paradoja que yo no he logrado comprender jamás, pero que resulta cierta: y es que dos personas pobres juntas son menos pobres que una persona pobre sola; la fórmula huele a enunciado de teorema; sólo que es también tan absurda y tan misteriosas, como todas las formulas exactas; yo no he podido explicarme nunca por qué menos por menos da más, en el álgebra de los números y en álgebra del amor.



Lo que sí aconsejaría yo a mis amigos que deseen casarse, es que no lo piensen mucho ni lo preparen demasiado; eso debe hacerse de una manera súbita y relampagueante, como cuando se va a tomar una ducha fría.


A mí me preguntan a menudo: bueno, ¿y cómo fuer eso? Y yo contesto que fue un accidente de viaje,  porque yo iba muy tranquilo para Manizales, pero, de pronto, me casé en Pereira; y ¡claro! me tuve que devolver. A fin y al cabo, el amor es una enfermedad del corazón, y lo más natural es que uno se case de repente.

Y ahora, después del suceso, no he dejado de pensar un poco en las palabras de Sócrates, quel viejo socarrón que hacía chistes transcendentales: "si me caso, me arrepiento, y si no me caso, también me arrepiento". Pero, viéndolo bien, ¿no será mejor arrepentirse uno de casarse que de no casarse? Por que lo único terrible e imperdonable que debe haber en el universo será el arrepentimiento de algo que no se ha hecho.

           Tu amigo afectísimo.
            Luis Tejada. 
El Espectador, 7 de ontubre de 1922




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