sábado, 28 de diciembre de 2013

El destacado del domingo...

LOS RELOJES

Pintura de Salvador Dalí

Por Álvaro Bejarano

      Los relojes pierden el tiempo, dijo Luis Vidales en su momento cenital como poeta mayor de Colombia. Otros más hablaron de la clepsidra del tiempo. No hemos logrado entender por qué los humanos tienen semejante preocupación por el desgranar del tiempo "si con el nacer solo buscamos un sitio que la muerte no señala". 

       Aquí en las pocas veces que abrimos la radio escuchamos entre atónitos y sorprendidos que nos dicen qué hora es en diferentes ciudades del mundo como queriendo con ello conectarnos con una realidad circundante. ¿Si nuestro pueblo vive matinalmente la angustia de su vida desamparada, para qué infiernos le importa saber qué hora señala el reloj de Moscú o de Berlín?

     Es el tiempo quien nos vive y como eso es un desleírse hacia la muerte, la mejor prefiguración del tiempo es la que nos dio en sus desdoblados y desajustados relojes el gran histrión catalán que es Salvador Dalí. Los relojes del catalán universal se desgonzaban en un vano empeño de cobijar la soledad del tiempo.

       Aquellos relojes se estrechaban como la cintura de la mujeres imposibles y goteaban las horas que se iban en fuga irremisible.

     Los otros relojes que por absolutamente silenciosos fascinan nuestra visión del tiempo, son los de arena que gotean las construcción que nunca pudo consolidarse con esas arenas agarradas a la orillas de un mar que se devora el tiempo. 

    Si el tiempo valiera la pena no debería ser medido. Por ejemplo, un niño que vive su mundo elemental de ensoñación nunca sabe qué hora señalan los relojes. En ellos está la felicidad de su existencia . Los relojes se hicieron para medir las angustias, por ejemplo la del condenado a muerte que mira mientras agoniza en vida, la agónica manera de correr las manecillas del reloj.

    ¿Y para qué las manecillas? ¿Para qué sirve una mano que nunca ha de estrechar otra mano? ¿Quién inventó ese término absurdo? Sin duda alguien que entrelazó la suya con otra mano enamorada.

     Pobrecitos los relojes que no se dan cuenta que marcan la hora del amor, la hora de la amistad, la hora de la entrega, la hora de la esperanza.

     ¿Quién bautizó su ruido como el tic-tac?  Sin duda fue alguien que no escuchó jamás el vasto rumor de la sangre prisionera que clama por salir y expresar en vida, en vida que será medible. Sin lugar a dudas los relojes pierden el tiempo. Todos los tiempos fueron perdidos porque lo que realmente vive está más allá de la esclavitud de los relojes. ¿Qué le importa al enamorado saber la hora que precede al beso tierno? ¿Qué le importa a la parturienta esperanzada la hora o el minuto en que sale al mundo su tierno mamoncillo?

     Qué horror son los relojes. Son esclavistas sin látigo. Carceleros sin llave. Bedeles sin ojos. Cantores mudos. Oidores sin oídos. Los relojes pierden el tiempo.

      Por ejemplo, son las cinco de la madrugada cuando escribo esta nota. ¿Para qué me sirve el reloj? Para comprobarme que estoy esclavizado del tiempo. De un tiempo que no podré buscar como Marcel Proust, porque estoy satisfecho de haberlo perdido. Satisfaga la vida que se hizo a sí misma en amoroso enlace sin saber qué hora es. 



10 de octubre de 1974, 
Redes y vientos, Cali, Universidad del Valle, 1978.

lunes, 2 de diciembre de 2013

El destacado de la semana...


EL PELIGRO DE RONCAR


Tomada de www.kienyke.com

Por Álvaro Bejarano

Los periódicos del jueves trajeron una noticia que conturba porque la gran mayoría de los mortales padecemos del mal del ronquido. El señor Harris Robinson, curtido lobo de mar de la Armada Norteamericana, tiene hoy 59 años y anduvo por los mares del mundo. Los licores, los mareos, las zambras portuarias tornaron los sueños del contramaestre en una penalidad a quienes le quedan cerca, a excepción de la esposa que en quince años de forzosa compañía se ha acostumbrado a los ronquidos expelidos por la garganta del lobo de mar. 

Nosotros ignoramos las causales para que un humano produzca tan desapacibles ruidos que semejan un pujante camión ascendiendo la cumbre montañosa de Armenia a Ibagué. Conozco un amigo que cuando cierra el párpado es la única persona que duerme en muchos metros a la redonda. Un marido roncador tiene como absoluta responsable de los ruidos a la esposa, pues esposa con iniciativa para las maromas de alcoba no deja dormir a su consorte. Quienes sean potables como seres  humanos deben ser como ese inolvidable personaje de Borges, "La lujanera" a quien "mirarla no daba sueño".

Los hombres que roncan tiene sin lugar a dudas una acentuada virilidad. Es potestativo de las fieras el roncar. Los pobres gatos apenas emiten un gutural sonido. Los perros falderos de las señoras chic, apenas producen un ronroneo intenso. En cambio en donde duerme un león o un tigre hay la sensación de que un dios violento está mirando sus propias interioridades. El roncador está en batalla consigno. Cada sonido es la afirmación de que el sueño es apenas un pequeña evasión del mundo real pero que sigue aferrado a él. En el sueño morimos un poco y si no roncamos quiere decir que nos hemos desvinculado y hemos muerto de verdad. Ronco, luego existo, podemos decir parodiando al francés.

El roncar es un acto de soberanía. Alguien llamó a la cama la isla de los sueños, y uno es su propia y particular isla puede hacer lo que le venga en gana como lo hace en Los Ángeles Harris Robinson sin que ello sea motivo para demandas judiciales. Como Colombia está recobrando su soberanía yo puedo decir tranquilamente que soy: Roncador y Quitasueño.



  17 de septiembre e 1972. 
Tomado de Redes y vientos, Cali, Universidad del valle, 1978.


lunes, 21 de octubre de 2013

El destacado de la semana...


LA VIDA ENTRE LOS LIBROS

Revista Cromos, No. 3298, marzo 31 de 1981

Por

Pedro Gómez Valderrama


    Entrar a las librerías da siempre la sensación de invadir un mundo secreto. La librerías están habitadas por presencias impalpables, que se depositan en los libros que esperan al buscador de tesoros. Es una entrada al país de nunca jamás, el país maravilloso en el cual la realidad tiene un sentido diferente.

     Hay un género de librerías que se ha ido restringiendo cada vez más. Es el de las librerías de viejo, en el antiguo sentido, donde se podían encontrar las más insospechados libros, y en ellos la memoria del tiempo pasado. Recorrer ese mundo de los estantes era algo maravilloso. Algo de eso sentí recientemente, cuando en un misterioso restaurante  El Café de Rosita se realizó una subasta de libros en la cual estuvieron presentes-- y lo digo deliberadamente-- autores de varios siglos, en ejemplares tentadores de aquellos que hicieron el largo recorrido en barcos de vela. 

   
Bogotá tiene librerías atractivas, en las cuales los libros tienen un sentido diferente de la simple colección en hileras impersonales. Algunas han desaparecido, como la Librería Médica del Pasaje Hernández, donde se podían encontrar en ediciones originales los primero libros de Rubén Darío. O la librería de Camacho Roldán, en la cual se encontraban libros editados a principios del siglo.  En la carrera séptima se alineaban, frente al Palacio de la Carrera, librería pequeñas, en las cuales el comercio de los libros tenía sus puertos misteriosos.

    El tiempo pasa, y naturalmente el concepto de la librerías cambia. Hace ya mucho años se instalaron dos excelentes librerías, Buchholz y la Librería Central, y más tarde la Librería Nacional. Con ellas la corriente de los libros extranjeros empezó a traer nuevas perspectivas a los lectores. Estas librerías se mantienen, y hay otra serie de pequeñas librerías, como la excepcional La Caja de Herramientas, con el nombre de Foucault.

   Ahora al norte de la ciudad, el recinto del café Oma, estilo de café europeo, tendrá ahora su propia librería, instalada con todos los detalles, incluso el sofisticado y muy importante del del computador, que no permitiría que un libro existente no se encuentre por quien lo busca.  En un recorrido que tuve la oportunidad de hacer en ella, pude darme cuenta de su amplio surtido, y del concepto que le ha infunsido su directora y propietaria, Marlene Biermann, con la asesoría de una de las personas más versadas en el mundo de los libros, María Victoria Dávila. Esta librería tiene algo muy peligroso y tentador: su horario.

    Desde las once de la mañana a la una del día siguiente será posible mirar, buscar y comprar mirar, buscar y comprar libros. Me recuerda mucho una librería en París, y editorial a la vez, situada en Saint Germanin des Pres, La Hune.

     Dos son los vicios en torno a los libros. El de leerlos, y el de comprarlos. La búsqueda afanosa de ediciones únicas, de bellos volúmenes es parte muy importante del arte de leer. Actualmente se ha creado en algunas grandes editoriales ese concepto de la edición hermosa, que durante tiempos estuvo muy abandonado. Pero hoy en día incluso los libros de colecciones populares tienen una presentación admirable. Y es evidente que por los ojos entra no solamente la lectura, sino la presentación de los libros, y que es mucho más grato leer un libro bien presentado, bien editado, cuyas hojas se mantengan en su sitio, cuya impresión no le dé trabajo a los ojos fatigados. El arte de las portadas, del cual Bogotá tuvo en pasados días --- y tiene todavía--- una demostración admirable en la exposición de Daniel Editorial, es algo absolutamente inseparable, hoy, del libro mismo. Como lo es la presentación atractiva de las librerías, la presentación acogedora. El comprador de libros no es un simple cliente casual. Es una persona que siente siempre que tiene algo más que ver la librería de la cual es frecuentador. 



"Los pasos perdidos", El Tiempo, diciembre 2 de 1984.
    

sábado, 21 de septiembre de 2013

El destacado de la semana...



JUBILACIÓN

Tomada de http://himajina.blogspot.com


Por Eduardo Caballero Calderón
(Swann)


Hace unos cuantos días en el Consultorio Sentimental de El Espectador --- cuya lectura como documental humano es apasionante-- me enteré del caso de un empleado, tal vez un ejecutivo, a quien le llegó el día de su jubilación deseada con ahínco desde hace varios años. El hombre podría ahora desayunar en la cama, hojear sin afanes el periódico  deambular por las calles en horas de oficina, pasear en automóvil con su mujer, tener largas sobremesas con los amigos en café, gozar de espectáculos que nunca tuvo tiempo de ver, oír en el tocadiscos la música que nunca tuvo tiempo de escuchar, comprar los libros que siempre quiso leer, conocer el país y viajar por el mundo que para él siempre permaneció sepultado e las enciclopedias y los textos de geografías que tanto le aburrieron cuando era niño.


"...los he visto sentados en al banca de un parque, con las manos heladas sobre las rodillas y los ojos cerrados, tomando el sol mientras la vida pasa por la calle."

La consultante, esposa de nuestro pobre jubilado ---un jubilado rico, por lo demás--- relataba relataba con angustia que bastaron tres meses de ocio bien ganado por su marido para que este se convirtiera en otro hombre. Al rayar el alba tenía que levantarse pues no podía soportar las cobijas ni el ruido que venía de la calle. Había descubierto la incomodidad de desayunar en la cama. El periódico le aburría. El libro que tanto había deseado leer se le caía de las manos. A pasear por la ciudad no encontraba a nadie con quién hablar. Sus antiguos colegas de oficina --de quienes había jurado sacudirse la coyunda cuando lo pasaran al retiro --- eran en realidad sus únicos pero ahora ellos , y no él, le sacaban el cuerpo. Le cansaba pasear, no tenía la menor curiosidad de conocer el mundo y descubrió dentro de la más profundo depresión que por haber pasado la vida trabajado con la ilusión de que llegara el día en que podría darse el gusto y el lujo de comenzar a vivir, ya era demasiado tarde para aprender a hacerlo.

Como este pobre hombre imagino yo que habrá millones de seres en el mundo que, de viejos, no saben holgar porque de niños no aprendieron a soñar, ni de adolescentes a ver y a oír , ni de jóvenes a vivir de veras. Viejos que no van al museo a regalarse una vez más con la visión de un cuadro que no vieron de niños; viejos que no pueden releer porque nunca tuvieron tiempo de leer; viejos incapaces , por falta de costumbre  de sentarse a escuchar ante el tocadiscos un bello trozo de música que no oyeron jamás. Pobres viejos con el alma seca como un esparto y el corazón relleno de cenias, como las manzanas del Mar Muerto. No solo aquí sino en muchas ciudades del mundo, que para ellos sigue siendo incompresible y ajeno, los he visto sentados en al banca de un parque, con las manos heladas sobre las rodillas y los ojos cerrados, tomando el sol mientras la vida pasa por la calle.



Lecturas Dominicales, 6 de abril de 1975.



martes, 3 de septiembre de 2013

El destacado de la semana...



DÍAS DE PRENSA



Yo, Emilia Pardo Umaña
pertenezco al triste y zumbón grupo
de los que no sabemos escribir.

La imprenta noctámbula
me pregunta
¿Qué haces rezándole a los periódicos
que morirán mañana?
¿Qué haces pisando fuerte,
gritando y fumando
como cualquier varón,
ellos que dicen que para ser periodista
hay que ser ante todo un caballero?

Los moquitos los voy matando
con el contrapunteo de la máquina,
con la burla de mi soltería
con mi literatura de urgencia.

Noches enteras en bocanada,
la redacción entre Los Nuevos
anhelando a ser poetas. Estaba
en medio con la opción
de ser como las demás damas:
letras y encajes.

Es la época Dorada
yo soy un mal necesario,
a ratos saltarina de la tinta,
a ratos la Emilia atenta
a una muerte en la legación.

Por Terracota, Agosto del 2013


lunes, 5 de agosto de 2013

El destacado de la semana...



BREVE ELOGIO DE LOS PIES



Por Alfonso Fuenmayor


     Un capricho universal ha contrapuesto, no es su ubicación especial pues que se escapa a la voluntad de todos, sino en su significado espiritual, los pies a la cabeza. En el primer sentido la oposición es evidente, en cambio en el segundo es bastante arbitraria y no poco injusta.

    En realidad, se dice que la cabeza es el asiento de la sabiduría, la bóveda en donde el hombre guarda su más preciada joya: la inteligencia. Es el pretendido símbolo de su perfección. Por ella se identifica, es ella la parte de su cuerpo que siempre somete al inocuo desparo de la cámara fotográfica, es la que hace, esa superficie mínima, que sea bien o mal parecido, y tiene una gran importancia en la simpatía que le atribuye sus amigos. También sirve para meditar sobre un parecido y sacar alguna conclusión relacionada con su árbol genealógico. En el rostro de una persona se pretende adivinar su ocupación: ingeniero, poeta, descifrador de crucigramas  pintor, etc. También tiene la cara atribuciones bibliográficas mediante las cuales se pueden leer las huellas de las trasnochos, los vicios, y las posibilidades como artista en la pantalla. En consecuencia de este gran preponderancia que irradia su soberanía desde un altar secular, el rostro humano, ha sido erigido en objeto, playa de las cremas, destino de los cosméticos, tema de los poetas, Su estética, tan provechosa a la ciencia como el cáncer, ha originado la cirugía plástica. No en vano es la porción del cuerpo que más se separa de la tierra, extremidades como un amago trunco de ascensión.

     En cambio los pies, extremidades vilipendiadas, son blanco de innumerables injurias, sobre los cuales se han complacido todos los desdenes. No obstante, son un colaborador eficacísimo para las funciones intelectuales. Muchas son las personas que aciertan a pronunciar una frase genial con solo mirarse los pies. Estos son indudablemente más elocuentes que el silencio y que la palabra. Y además, ¿cuántas obras maestras de la humanidad no se hicieron a bordo de una caminata que sosegó el espíritu, abstrayéndolo  de preocupaciones sin trascendencia y lo condujo a parajes apacibles en donde la mente captó una idea sublime? El peripatetismo intelectual no es solo una alusión confortante de la historia: es también un sistema de altas especulaciones. Es el punto en que los pies y la cabeza guardan confabulados en el camino de la sabiduría. ¿No fue acaso caminando como Newton describió la ley de la gravedad? Los pies son el aplomo del hombre. Cuando una persona tambalea o cae---por razones de cualquier índole ---este triste espectáculo mueve al ánimo a risa o a compasión, porque los pies son el soporte de la dignidad humana. Por otra parte, una persona sin pies sufre mucho más que una persona sin cabeza. Esto da una ligera idea de su importancia.

     Sin embargo, meter la pata es una expresión trivial de cada día con al cual se quiere indicar que en determinado momento hicimos mal empelo, inoportuno por lo menos, de nuestras facultades intelectuales. Esta es otra tremenda injusticia, una de esas injusticias que irreflexivamente hacen carrera afortunada y que reflexivamente también hace carrera. Es una injusticia irremediable. Lo que metafóricamente equivale a introducir las extremidades es una empresa mucho más delicada de lo que generalmente se le supone. Lo imperdonable, en esto como en todo, es hacerlo sin talento ni elegancia y este error procede únicamente de la cabeza y jamás de los pies. El que mete la pata está lejos de meterse en un zapato. Podría hasta ser una de esas personas importantes que se llaman antipáticas y cuya presencia se rehúye sistemáticamente. Pero quienes siempre se encuentran en dificultades cuando ocurre una metida de mata, que muchas veces es superior al más sublime de los pensamientos, son los miembros de auditorio y más directamente el que es víctima inmediata, que en estos casi debe meterla a su turno a mayor profundidad como la única salida digna. Meter la pata significa además un acto de franqueza ruda, una impertinencia totalmente honrada. En cambio, meter la cabeza, que ha sido sustituido por asomarla, es un acto de abominable hipocresía, de repugnante fisgoneo, de vil y premeditado hurto de cualquier secreto.

     Pero no todo es injusticia y desdén para con los pies. Los hombres han construido para ellos hermosos parques, han hecho espaciosos andenes que cada día son desvelado objeto de las preocupaciones de  los urbanistas. Hay un código que defiende a los peatones. Y para ellos, para los los pies son los flamantes zapatos, los brillantes estribos. Tienen también profesionales que los cuidan tiernamente, como los pedicuros, y su buena presencia, recubierta de cuero, ha dado origen ala muy ilustre profesión del limpiabotas. Por otra parte, los hombres han creado singulares deportes como el atletismo, el fooball, etc., para recreo de los pies. Estos son el símbolo indiscutible de la libertad. Ellos solo son un himno. Una persona es vejada en su decoro y dignidad con que solo le impidan mover los pies. Sus enfermedades los callos y juanetes, son tan respetables como la caspa y los dolores de cabeza.

     La cabeza no ha dado origen a un arte, tan espléndido, que resuma tanta belleza, tanta armonía, como la danza con sus giros y vueltas y ritmos. ¿Qué cuidado ha merecido la cabeza a través de su empenachado itinerario por la historia de género humano que se pueda comparar con el cuidado que los pies han merecido a los chinos?

     De todos modos, los pies son la base, los cimientos, el fundamento de toda cabeza.


Tomado de Sábado, 12 de agosto de 1944.



martes, 23 de julio de 2013

El destacado de la semana...


ESTÁ PARA LA FIRMA

Fotografía de Abú El Jaieck.  Germán Arciniegas.

Por Germán Arciniegas 

    Cuando recibo una carta, invariablemente pienso en contestarla. Pero no es que no lo pienso así no más. Yo medito la respuesta hasta en sus detalles más íntimos. Peso cada palabra para resolver, por ejemplo cuál ha de ser el tratamiento más adecuado: si digo muy señor mío, o querido amigo, o, sencillamente, Roberto. Esto último me agrada. Luego escojo los temas que puedan interesar a mi corresponsal, mido los párrafos  firmo unas veces. G. Arciniegas, otras Germán Arciniegas, o si no, G. Esta G simplísima me parece un bello toque de amistad. En fin, que hago una carta perfecta... pero una carta que jamás escribo. Cuando llego a mi escritorio, inconscientemente vuelvo un bodoque el papel que voy a contestar y lo arrojo al cesto. Una semana después tengo tan presentes los detalles de mi respuesta, que dudo entre si la escribí o no la escribí, inclinándome al primero entre estos dos términos de la duda. He aquí por qué mi peor enemigo es mi propia imaginación. Por eso soy tan inútil e ineficaz.  Pienso una cosa, la redondeo, la acaricio, la pulo, y luego, como si ya estuviera hecha. Yo hago la parte más larga y difícil del camino. Pero dar el último paso, convertir tanta idea excelente en un hecho sencillo, es un anhelo que jamás se me cumple. Vive en el aire. En el infierno de una imaginación que no se aplica, como dirían los prácticos.

     Lo grave es no ser yo, en esta república virginal, la excepción sino la regla. Todos los colombianos vivimos en el aire. Alelados, casi idiotizados de idear tanto y realizar tan poco. Si cada año, en vez de reseñar los libros que se han publicado, reseñáremos los que no se han escrito, tendría este país una de las bibliografías  más copiosas del mundo. Es infinito el número de mis compatriotas que tienen que levantarse a las siete de la mañana. Ellos arreglan su despertador para las seis y media, suena la campana, dan un saltito de sobresalto, se frotan los ojos, tiran las cobijas, se sientan al borde de la cama, lo piensan breves instantes, abren la llave del agua, humedecen la brocha, oprimen el tubo de la crema, se enjabonan el rostro, se rasuran, se lavan, se peinan, apresuradamente se echan encima las ropas, toman el desayuno a soplo y sorbo, vuelven al espejo, perfeccionan el nudo de la corbata, se tiran a la calle, pasa una hora, pasan dos horas, y no han salido de entre la cama. Esto es lo que se llama una pesadilla. Son las nueve. Y el colombiano que se levantó y luchó y se desesperó por ser cumplido mentalmente, en realidad sólo viene a dejar el lecho cuando ya el tren está a cuarenta kilómetros de la ciudad.  

    Consuélense mis conciudadanos pensando en que a Bécquer le ocurría lo propio. Este poeta turulato escribió alguna vez: "Me cuesta trabajo saber qué cosas he soñado y cuáles me han sucedido. Mis afectos se reparten entre fantasmas de la imaginación y personajes reales. Mi memoria clasifica, revueltos, nombre y fechas de mujeres y días que han muerto o han pasado, con días y mujeres que no han existido sino en mi mente". Digamos, pues, que no somos imaginativos sino becquerianos, con lo cual mejoraremos de escuela, y digamos que toda Colombia es becqueriana o turulata. Porque ¿habrá nada más becqueriano que un Gobierno en Colombia? ¿Ha sufrido usted, lector mío, lo que en buen romance aquí llamamos está para la firma?

    ¿Recuerdan ustedes lo que le pasó a mi amigo Jaime Barrera? Jaime se fue para Génova, y no se fue. Fue nombrado Cónsul, y no lo nombraron. El Ministro resolvió designarlo para el cargo, fijó el sueldo, señaló los viáticos, pero no resolvió, ni fijó, ni señaló nada. El derecho estaba, pero estaba para la firma. Y así pasaron, como en la fábula, una, dos, tres, cuatro, cinco, seis, siete semanas. Hasta que un teatro se desplomó sobre Jaime, y Jaime murió estando ya para la firma.

    Y todo en Colombia está para la firma. Hecho, resuelto y convenido. Y nada. Que al menos, la república idealmente es perfecta. Es la república ideal. Este es un título que nadie nos arrebatará. Lo demás, que lo firme el diablo, que lo hagan los prácticos. Hay que valorizar el trabajo intelectual. Ahí está Bécquer.



El Tiempo, 28 de febrero de 1936




martes, 9 de julio de 2013

El destacado de la semana...


LA PARADOJA


Por Alberto Ángel Montoya

    Hay una diametral distancia entre la paradoja y el abusado prurito de hacer frases, más o menos ingeniosas. La paradoja es entre las sintáxicas maneras literarias, la que mejor define y explica, sin tener que ocurrir al análisis, un momento ético, psicológico, social, político ---político sobre todo---. Y es que en la paradoja el análisis va por dentro. Más que leerla, hay que desentrañarla. Esa frase breve, ese contraste negativo que afirma, es al luengo análisis ----para usar la comparación que alguna vez escribí --- lo que el gramo de opio al bosque de amapolas. Desde luego todo esto se refiere a la alta paradoja. El brillo de la paradoja de Oscar Wilde engastó su paradoja en la filigrana del "humor" británico. Le dio un tono de alto mundo. Yo he sido un admirador constante del gran esnob de Dublín, encarcelado en Reading. 

    Pero su paradoja me pareció siempre ---salvo en algunas muy pocas y muy originales excepciones --- una paradoja con rostro de girl. Una paradoja con cutis de inglesa. No se advierte en ella esa cicatriz que deja el tajo profundo que la pensamiento filosófico le infirió la vida. La mayoría de la paradojas de Wilde hacen reír, y las que no hacen reír, hacen sonreír un momento antes de hacer pensar. La risa más que una fácil expresión de sorpresa o contento, es una endemia, y como todo contagio, un contagio progresivo. Y es así como para las gesntes que se divierten con las novelas y en las comedias, tratando de representar en la vida real, con vano empeño y con un malísimo resultad, las comedias y las novelas, todas  las paeafojas, aun aquellas grandemente dolorosas o analíticamente exactas, seguirán siendo, o por lo menospareciendo, de Oscar Wilde. ¿Y entonces los griegos y los latinos?  ¿Y Agustín de Hipona? ¿Y Bocacio? ¿Y Villon? ¿Y Maquiavelo?¿Y Saint Simón? ¿Y Mirabeau? ¿Y Taillerand? ¿Y Fouche? ¿Y Shaw? ¿Y Anatole France? Claro está que no creer en Oscar Wilde, uno de los más grandes genios de todas las literaturas inglesas, sería una paradoja.


Tomado de  la  revista "Estampa", 26 de junio de 1939

martes, 11 de junio de 2013

El destacado de la semana...


LOS PERSONAJES QUE PARECEN ETIQUETAS

Por Héctor Rojas Herazo

   La propaganda, como el universo de ficción, tiene sus personajes clásicos. El hombre del gran bacalao a cuestas en los frascos de emulsión; el perro auditivo en los discos de la Víctor,  el cuáquero de las latas de avena; el cien científico victoriano en la portada de los almanaques Bristol; la vendiamiadora del amplio vanasto en las cajeticas de uvitas pasas; el dandy trotamundos que, impertinente y risueño con su monóculo en el ojo derecho, trata de atravesar desde hace 145 años el breve espacio de una marca de whisky escoses. Todos ellos han dejado ya de ser simples referencias comerciales para penetrar, con sobrados méritos, enun circuito de de fantasía que que los hace vecinos de Pinocho, del gato con botas, de Caperucita Roja y de Pulgarcito. Han dejado de ser etiquetas de productos comerciales para convertirse en personaje de carne y hueso. El secreto de esta mutación radica en cada uno de ellos nos ha sido familiar desde la infancia. Han sido personajes pintorescos con con algo de caseros como el vendedor de helados o caramelos, como la lavadora que nos visitaba los domingos, como el alguacil de nuestro barrio. Somos eso simplemente: rostros que se detienen ante las vitrinas de abarrotes, niños que comimos dulces, ingenuos que cosechamos el ritmos de las cosechas o el futuro de una pasión amorosa en el almanaque,  desmirriados infantes con una madre plantada ante nosotros con una cuchara de emulsión en la mano, charlatanes de bar alrededor de una botella.

    Para lo único que sirve los almanaques Bristol es para envejecer en los baúles. Cuando nos encontramos con uno de ellos, siempre tiene varios años de retraso. Sus cálculos, como es de toda lógica, tratándose de una adivinanza sideral, siempre son errados. Pero cuánta poesía, cuánto adorable chiste malo, cuánto ingenio consejo y cuántas máximas de escuela pública hay en sus páginas. Encontrarse con un almanaque Bristol es como encontrar una carta amorosa de un pariente fechada en un día misteriosamente lejano. Todo su anacronismo desaparece de golpe, nos borra el tiempo, para dejarnos sumidos en una atmósfera de imprecisión, de aromas vagamente aspirados, de memorias que pugnan por arribar nuevamente al paraje de nuestros sentidos. El señor que indefectiblemente aparece en la portada del almanaque  sin bigotes pero orlado por una suave barba, parece el médico bueno y humanitario de una mala novela de Dickens, De esa novela que, precisamente por no haber sido escrita, dejó al personaje a mitad de camino.

    El hombre del gran pez a la espalda es ese camino Gulliver que llegaba todas las mañanas a nuestra casa y ponía su escamosa carga sobre la mesa del comedor. Entonces, a una hora precisa de la luz y de la voz de la madre, despertaban suavemente los ruidos marinos y los timbres verbales de la casa. El hombre de la emulsión, el hombre que venía hasta nosotros desde su hiperbórea patria de hielos y de bruma, era un pariente más, un bulto entre los árboles, alguien que tenía derecho a esperar, sentado en un taburete de cuero, son su sombrero sobre las rodillas, su parte del desayuno. El pescador era una sonrisa grande y bondadosa sobre unas vestiduras apacibles. Algo de leyenda o de música emanaba de él. Lamíamos la cuchara y mirábamos su cara ancha sobre el fondo vegetal del pueblo. Recostado al horcón del vidrio del frasco de emulsión. Paternal y amable con su carga de juventud futura , de miembros sólidos y futuros, entre su pez de calcomanía.

    La zagala del cesto cargado de uvas vivía en la azotea de la alacena. Necesitábamos una silla, un libro sobre la silla y un cajoncito vacío sobre el libro para dialogar con ella. Era una princesita de cuento disfrazada de vendimiadora. Con su carita de Blanca Nieves y sus brazuelos de tierna manzana. Toda ella era un aroma, profundo y dulce, como el de la tabaquera que nos daba a oler el médico ingles que visitaba a nuestro tío. Un aroma solido que era violentamente masticado por nuestras fauces nasales apenas rebasábamos el murito de la azotea de la alacena.

   Abajo, entre los senderos del patio, seguía paseándose el hombre del bacalao a cuestas. Y nosotros en la cima,  mientras consumíamos las uvitas rugosas, cuya sabrosura aumentaba la prohibición, conversábamos ---en una conversación sin palabras, hecha de vocablos del regusto, con los vocablos de las glándulas salivales y de la travesura satisfecha----con la infantita sonrosada que cantaba a la puerta con su palacete de cartón. Era como vivir y respirara en la pagina de un cuento. El comedor y el tramo de la techumbre,  que alcanzábamos a divisar con nuestras pupilas oblicuas, se tornaba manso y colmado de  palpitantes olores como una bestia respirando. La casa entera ---con su dichosa condescendencia  con su quietud, con sus rincones cómplices --- participaba de nuestra trastada. En esos brevísimos instantes éramos felices. Definitivamente niños felices  Gozando de esa alegría sobresaltada y nueva que tiene el primer vuelo de un pájaro.


Tomado  de Señales y Garabatos del habitante, Colcultura , s.f.


miércoles, 22 de mayo de 2013

El destacado de la semana...

EL VETO A MICKEY

Tomado de http://contenido.com.mx
Por Álvaro Cepeda Samudio 

   Los comunistas franceses lanzaron hace pocos días un absurdo manifiesto en el que condenaba toda influencia norteamericana sobre el pueblo de Francia. Y entre las cosas que según los exaltados "camaradas" influye nefandamente sobre los franceses, está el simpatiquísimo Mickey Mouse. El ratón que un día se empinara sobre sus paticas traseras al trazo mágico del lápiz maravillo de Walt Disney, es un motivo de preocupación para los comunistas, Y no podía ser de otra manera. Michey Mouse y sus compañeros de humanísima irrealidad han conquistado para los Estados Unidos un territorio espiritual mucho mayor y más valioso que el conquistado por las bombas, los fusiles y los tanques. Los ejércitos de dibujos animados, con Mickey Mouse al frente, embarcados en sus trasportes de lata han invadido los más lejanos rincones  de la tierra. Ante los ojos asombrados de los hombres del mundo ha desenvuelto Walt Dinesney su fantástico telón y a un golpe de luz comenzando a moverse las figuras subyugantes que yacían apresadas entre las páginas de los libros de cuentos. 

    Los "camaradas" condenan al travieso ratón porque es la imagen perfecta del espíritu que anima al pueblo norteamericano. La frivolidad  el sentido que anima  al pueblo norteamericano. La frivolidad, el sentido deportivo de la vida, el goce sano y abierto de la risa que brota espontáneamente ante las cosas amables, la indiferencia ante las actitudes solemnes y el destierro de todo lo serio y desagradable que inventan los hombres para mortificarse, son las características que distinguen al ciudadano de Norteamérica.  Y todo esto es lo que encarna formidablemente Mickey Mouse y todos sus compañeros que pueblan el mundo inmortal de los dibujos animados.  

   
Tomado de http://newmediaandsocietyblog.
blogspot.com
     Los "camaradas" de todas las latitudes no pueden comprender que haya un pueblo que antes que en planes quinquenales para el incremento de la agricultura, piense en el incremento de los deportes como pura diversión.
Y menos aún que, en vez de quedarse en casa admirando los zapatos producidos en serie que le regaló el Estado, se vaya descalzo al destartalado cinematógrafo de la esquina a admirar las aventuras que fragua sobre el paisaje movible de celuloide la fauna humanizada de los dibujos animados. Y eso no lo pueden comprender los "camaradas", porque ellos han tomado una actitud trascendente ante la vida. Un pueblo que se ha organizado para las privaciones colectivas, para el vivir austero y trabajoso, no puede comprender que otro pueblo se haya organizado para la comodidad, para las diversiones, para la alegría. 

    El veto a Mickey Mouse es el mayor crimen que pueda cometerse contra la sana y sencilla alegría. Cuando un pueblo llega al extremo de cambiar los desfiles extravagantes de los ratones que organizan cruzadas contra el gato que se relame los lacios bigotes, de los patos que vistiendo su uniforme marinero comandan una cáscara de nuez sobre un mar de tintas azulosas, de los pericos que hablan portuges y bailan las zambas (sic) de ritos suaves y pegajosos, cuando un pueblo cambia toda esta deliciosa irrealidad por los desfiles de altivos soldados, de tanques deslumbrantes, de aviones que ofuscan el cielo con motores, ese pueblo está irremediablemente perdido para la paz. Muy mal anda quien veta a Mickey Mouse. 


 Tomado  de  Antologías, Bogotá, Concultura, 1977.

domingo, 12 de mayo de 2013

El Destacado de esta semana...


ESTÁ DE MODA DE SER DELGADO
Publicidad Años 50- Tomada de http://blogs.vogue.es
Por Gabriel García Marquéz 

   Sí, está de moda en casi todo el mundo, y aun en el tercero, donde a tantos seres humanos les cuesta tanto trabajo comer para sobrevivir. Hace unos años, los artículos más leídos en periódicos y revistas eran los relacionados con el cáncer. Ahora lo son los que hablan de la dieta, entendida ésta como las restricciones alimenticias para adelgazar y no como "un régimen que se manda observar a los enfermos o convalecientes en el comer y el beber", según la inefable descripción del diccionario de la Academia. Los libros sobre esta materia son cada día más numerosos y solicitados. En las reuniones sociales, más que la política y los signos del zodiaco, las conversaciones sobre métodos para recobrar la línea son casi obsesivas. Siempre hay alguien que pretende haber encontrado una dieta ideal -e irreal, por supuesto-, que permite adelgazar como una gacela sin ningún sacrificio. Se reparten copias entre los amigos. Se cuentan puntos de calorías, se habla de comida antes de comer, y cuando se llega a la mesa se tiene tanta hambre que hay un acuerdo unánime: "Hoy no hago dieta, empiezo el lunes". Hay quienes no sólo cuentan puntos sino que pesan los alimentos en la mesa con un granatario de farmacéutico.
   La duración de las conversaciones telefónicas aumenta porque hay un tiempo suplementario destinado a hablar de la dieta. A veces le invitan a uno a comer, y el anfitrión es tan discreto que decide cocinar para que nadie engorde y se termina comiendo peor que en el hospital.
    Al cabo de tantos años de estar viviendo dentro de esta logia de dietistas puedo sacar algunas conclusiones generales. La más curiosa, desde luego, es la de que los hombres son mucho más obsesivos que las mujeres por la conservación de su línea, sobre todo después de cierta edad. Parece ser que las mujeres renuncian más temprano. Recuerdo una amiga esclava de su silueta que, en medio de la pachanga ruidosa y multitudinaria de sus treinta años, me dijo: "El sueño de mi vida es cumplir los sesenta para poder comerme todo lo que me dé la gana". Es probable que cuando los cumpla -y el día está lejano- se sienta atravesando una segunda juventud, y entonces sea más intensa que ahora su ansiedad por mantener el peso. Pienso, en cambio, que los hombres tenemos el sentimiento contrario, y que, a medida que nuestra vida avanza, tenemos una mayor preocupación por no parecer más feos de lo que Dios nos hizo.
Tomada de http://www.vitonica.com
    La mejor solución, desde luego, es ser rico en la India, donde el tamaño de la panza se considera en proporción directa con la respetabilidad.
      Los fabricantes de alimentos y los propietarios de restaurantes empiezan a preocuparse. Acabo de comprobar que en Italia hay una campaña publicitaria para convencer a los clientes de que el plato nacional, o sea, las pastas en todas sus formas, tiene la virtud mágica de no engordar si se las come solas. En todo caso, durante muchos años seguidos, y nunca fue desmentido que la cantante de ópera de peso completo, María Callas, que en sus mocedades pesaba casi cien kilos, recobró su figura corporal para siempre con una dieta drástica de espagueti. La creencia de que las pastas no engordan si se comen solas está muy generalizada en Italia. Sobre todo entre la gente de cine, que es la que más tiene que cuidar su apariencia para vivir. Sin embargo, Mónica Vitti es una de las mujeres más bellas y esbeltas que conozco, y la he visto comerse dos platos de espagueti a la putanesca y un conejo entero con berenjenas y, enseguida, dos kilos de helado de crema, mientras veía en la televisión una película de pandilleros. Nunca he podido saber, y siempre he olvidado preguntárselo, si la cara de complacencia infinita con que miraba la pantalla era por el placer del helado después de haber comido tanto, o por la felicidad con que los bandidos ametrallaban a los policías.
Tomada de
http://www.banrepcultural.org
   Como es natural, ante la obsesión de la dieta ha surgido la obsesión contraria: tratar de demostrar los peligros de la dieta. Hace poco, una amiga se encontró con un amigo que parecía haber envejecido treinta años durante los seis meses en que se habían dejado de ver. "Pero qué te ha pasado", exclamó ella, convencida de que aquel pobre hombre era víctima de una enfermedad fatal. Pero el amigo le contestó: "Es que hice la dicta de los carbohidratos". Este método de adelgazamiento, que se volvió muy popular hace años, con el prestigio real o falso de haber sido creado para los pilotos de la Fuerza Aérea del Canadá, tiene ahora, en efecto, la rara reputación de ser muy eficaz, no sólo para adelgazar, sino también para envejecer sin necesidad de vivir demasiados años. Según la Academia de Ciencias de Estados Unidos -citada por una agencia de Prensa-, ciertas dietas pueden provocar diversos tipos de cáncer, como casi todo, al fin y al cabo, pues si uno cree lo que lee, aun en revistas especializadas y serias, se termina por pensar que lo que produce el cáncer es el hecho simple de estar vivo. Pero los datos de la Academia de Ciencias de Estados Unidos son precisos y alarmantes: las dietas podrían ser la causa del 40%, de los casos de cáncer en los hombres y del 60% en las mujeres.
   Menos mal que otro artículo sobre el mismo asunto, publicado hace poco en el New York Times, dice la misma cosa, pero vista por el lado positivo: una dieta acertada puede prolongar la vida más allá de los límites imaginables: "Si la respuesta del ser humano a la restricción de los alimentos fuera similar a la de los animales de laboratorio", dice el artículo, "la duración máxima de la vida podría extenderse hasta 140 años, y el promedio actual de vida podría aumentar a más de 120".
    Nada me gusta más en este mundo que comer. Tengo la inmensa suerte de que ningún problema me quita el hambre, sino todo lo contrario, me la estimula. Hasta el punto de que en una mala época puedo estar comiendo sin pausas durante todo el día. Además, quedo encerrado, entonces, en un triángulo vicioso: cuando no me está saliendo bien lo que escribo, caigo en cierta desmoralización que me produce un hambre insaciable, y de tanto comer para tratar de saciarla termino por engordar sin ningún control, y esta gordura me produce un estado de desmoralización que me impide escribir bien.
    De modo que tengo razones científicas, inclusive profesionales, para preocuparme por las dietas. Pero no creo mucho en ellas, porque me parece que todo lo que entra por la boca engorda, así como me parece que todo lo que sale de ella envilece. Es un mal destino: haber pasado la mitad de la vida sin comer porque no tenía con qué, y tener que pasar igual la otra mitad, sólo por no engordar.

Tomado de " Notas de Prensa"  1980-1984, Mondadori, 1991.

domingo, 28 de abril de 2013

El destacado de la semana...

TRABAJO AL AMANECER
Por José Umaña Bernal

"Encierro" Úbate- 2012 Por E.A
     Está el escritor en su mesa de trabajo. En el claroscuro del amanecer. No es la noche ya; ni el día, en el cielo una distante franja violeta. El violeta de los poemas de Juan Ramón Jimenéz. Que tuvo el corazón sembrado de violetas. Aun cuando quiso ser sobrio, cerebral y metálico. En los árboles frescos de la lluvia nocturna, brincan los primeros trinos. El escritor abre la ventana; es trasparente, seco, helado, el aire. La primera lección del nuevo día; escribir con limpidez, con claridad; entre el hielo y la luz modulada. Que el trópico circundante se llena de guirigayes y dulcedumbres. El clima del escritor es la zona media. Y en la vigilia del viaje ---¿hacia dónde?--- Sin iracundia, ni entusiasmo. Nada entusiasma, o indigna, ya al escritor. Conoce, en muchos años, el clima y la altura, y las gentes que los habitan. Está el escritor al margen de todo riesgo. Ninguna encrucijada lo sorprende. (Siempre asediado de encrucijadas). Conoce las águilas --- ¿dónde ya las águilas?--- y los camaleones. Tiene, clasificado, su zoológico: su serpentario, sus jaulas de especies conocidas. Y escribe ahora las memorias de su tiempo. Y la biografía de los camaleones.

    Ahora está el escritor en su laboratorio de periodista. Y comienza, en las primeras luces, a golpear, con índices inexpertos (nunca sirvió para secretario el escritor) la máquina de escribir; "Royal": 1930. Su trabajo diario; la literatura allimentaire; pani lucrandi decía Unamuno.  Asediado por la realidad circundante; que no distingue muy bien el escritor. Pero ya volverá la noche para recobrar su soledad; y su conversación con los libros; y con los hombres que los escribieron; los compañeros de viaje del escritor. En la juventud de riesgo y aventura, en la expectante y templada madurez; ahora en las primeras cenizas.

     Debe el escritor ----es su oficio de periodista--- escribir al margen de los actual; los hombres y los hechos accidentales y transitorios; los grandes hombres provinciales. Y realiza una tremenda gimnasia intelectual para lograr su propósito. ¿Qué es lo actual; y lo inactual qué es? La pregunta del escritor todo los días. Hojea los periódicos; todos iguales; unánime canto litúrgico; consensocracia. Solo  en las noticias internacionales salta, a veces, la liebre para la certera puntería del escritor. Lo demás, el esperanto criollo; el mullido lenguaje del paraíso. Pero el escritor, el periodista, no encuentra el paraíso. Falta la guía del paraíso para los perplejos.

    Fue siempre el escritor, en su larga y rauda vida, un periodista profesional. Periodista en la universidad; periodista en la política; del parlamento al periodismo; y al periodismo desde la diplomacia. En Bogotá, en Barranquilla, en La Habana, en Nueva York;  en Santiago de Chile. Desde los años veinte; en el declive de la primera posguerra. En la etapa del cosmopolitismo abandonó el escritor la universidad, y compró su maquinilla portátil, y el billete de ferrocarril  y el pasaje de barco. Y, hasta 1920, el viaje sin rumbo; periodista en el expreso nocturno, en el camarote de zinc, o en las agencias de Cook, entre maletas de cuero, y mantas escocesas. Y no hubo nunca para el escritor vida mejor. Que se la ido el periodismo. Es su oficio sin tregua.

     Sin que el periodista olvide al escritor. No todo escritor es periodista. Pero todo periodista debe ser escritor. Y cuidar con el deleite, con sensualidad, las palabras. Mimarlas con caricia de amante. Declamar la guerra a la retórica, y la paz a la sintaxis, como quería Víctor Hugo. Escribir seco; con acre y cortante humor; sin jipios, ni cancioncillas. Y contra la corriente; a contrapelo siempre. Y resistir; es la obligación del escritor y del periodista. Decir no; revolucionario. No hay periodismo impersonal, ni objetivo, ni ---horrible palabra--- "constructivo", el periodismo es oficio de hombres libres, y solo en la rebeldía se conserva la dignidad.

    Y hasta aquí la tarea cotidiana. Ya está el sol, alto, en los cerros.


Tomadas de Carnets, Bogotá, Concultura, 1976.

jueves, 18 de abril de 2013

En destacado de la semana...


LA NÁUSEA


Por Eduardo Zalamea Borda
(Ulises)

Un militar, un obrero cesante, una dama solitaria, cuatro niños que juegan desganadamente, unos cuantos árboles que parecen alzar desesperadamente las ramas al cielo en un interminable desperezarse, una fuente de la cual sale un lento chorro de agua desganada, una estatua que duerme su metálico sueño interminable, son los elementos de ese paisaje que resume todos los tedios: un parque de Bogotá cualquier día de trabajo a las tres de la tarde.

La ciudad es tediosa porque es repetitiva.
Imagen de Juan Yanés, 2010.

¡Qué desolación más singular! Entre el verdor de los prados y de las hojas de los árboles, entre las explosiones cromáticas de las flores, que bajan la cabeza bajo el sol de altura, parece reptar como un ofidio maléfico, un inenarrable fastidio.

Capital del bostezo, no es en ese lugar ni siquiera posible la pereza, que tiene algo de lujo. Se trata, más bien de un tristísimo aburrimiento, casi de una náusea sartreana. Y quien llega a mirarla por un instante cara a cara, se siente con algo pegajoso e incómodo en la piel del alma y emprende la fuga para confundirse de nuevo con el fragor del tránsito, con la vida del trabajo y el afán, lejos de ese mentido oasis al revés, que es un desierto en donde todo parece agostarse y morir de aburrimiento.

Intermedio , "La ciudad  y el mundo", El Espectador, 15 de enero de 1954.


lunes, 8 de abril de 2013

El destacado de la semana...


SIEMPRE ES DOMINGO
Tomado en el centro de Bogotá por Estefania Almonacid. 1 de abril del 2013

Por Eduardo Caballero Calderon

Aunque yo no tengo el menor sentido cronológico y nunca sé cuál es el día ni la fecha entre semana, reconozco el domingo aún sin abrir los ojos. En la ciudad es más silencioso, un oasis mudo en medio del ajetreo frenético de las semanas. En el campo el ladrido de un perro o el canto de un gallo llegan más pronto que otros días, en una atmósfera delgada y trasparente. En el recuerdo los domingos infantiles aparecen dorados aunque afuera, en la calle o en el huerto, no hiciera sol. Imaginariamente los contemplo como a un lienzo donde el tiempo se hubiera cristalizado dentro del marco.

Tomada en el centro de Bogotá por E. A 1 de abril 2013
Años más tarde, en el fervor de la adolescencia y el presentimiento del amor,  el domingo me ardía en la piel y era una quemadura al aire libre. Dejaba de dormir para comenzar a soñar: sueños poblados de imágenes , con niñas que jugaban en el parque o pasaban raudas en bicicleta, con los ojos más brillantes que entre semana y la cabellera más luminosa por ser domingo. El cual vibraba al compás de esas campanadas lentas embadurnadas de miel solar, que echaban a volar la torre dela iglesia de barrio. Despojadas de la angustia escolar, las nueve de la mañana se dilataban en ondas concéntricas y sonoras que rodaban por los tejados de la ciudad y se perdían en las montañas azules que arrugan la piel del campo. La adolescencia y la mañana danzaban cogidas de la mano y la piel del domingo se podía besar.

Luego la juventud, impetuosa detrás de ese motocicleta irreverente que despierta la intimidad dominical, tibia y soñolienta entre las ropas del lecho. La juventud saltaba de domingo a domingo, cada vez más de prisa, sobre la monotonía de las semanas. Y llega el día el día, con la madurez, en que los domingos se deslizan con creciente aceleración. Son cuentas del rosario que la beata apenas roza con los dedos, saltándose dos o tres por temor a quedarse dormida sin llegar a los tres Glorias finales. Y en la vejez del domingo se vuelve gris y frío aunque el sol se eche a dormir en los tejados de la ciudad y en el campo juguetee con las hojas de un árbol o se condense en una gota de miel en el pico de un colibrí. Domingos breves, tristes  herméticos, feos, que a final de la vida y de la vejez se volverán de hielo y de ceniza y se los llevará el viento cuando sople la muerte.

Tomado de Lecturas Dominicales, 6 de abril de 1975.