miércoles, 25 de enero de 2017

Pisar el páramo más hermoso del mundo


Páramo de Ocetá-Monguí- Boyacá. Tomada por Estefania Almonacid Velosa.  


A una altura de casi 4.000 metros sobre el nivel del mar se encuentra el páramo de Ocetá, ubicado en el municipio de Monguí en el departamento de Boyacá. Un lugar de belleza impresionante y considerado el más bello del mundo, según organizaciones ecologista, expertos y caminantes.


1. 

    Desde que era una niña hasta entonces mis ojos sienten felicidad al ver a King Kong, el gigantesco gorila de la selva que fue a parar a un rascacielos de New York (Estados Unidos) con una mujer atrapada en la mano. Pero lo que más recuerdo es la escena de la película cuando los exploradores caminaban por la inmensidad de montañas y rocas, entre la bruma y el eco de la naturaleza en la búsqueda de un mito. Nunca imaginé que estando el Páramo de Ocetá iba a trasladarme a un paisaje idéntico al grito del gorila enamorado. ¡Increíble!


Uno de los lugares más asombrosos del páramo. Tomada por Estefania Almonacid.



2. 

    Antes de subir al páramo se realizó una parada al parque principal de Monguí. El sol tenía los ojos abiertos, la música sonaba en pleno fulgor por la verbena que se realizaría en la noche; las tiendas, fábricas y el Museo del Balón tenían las puertas bien abiertas para exhibir los balones más auténticos del país. También se veían artesanos y las panaderías expresaban un aroma a café y empanada. Todo lucía despierto porque las casas en Monguí son blancas, con flores en las ventanas y las calles empedradas dan la sensación de seguir recorriendo las esquinas, una y otra vez. 


3. 

    Un hombre con rostro sonriente y habitante del pueblo fue quien nos guió por el páramo. Hacía bastante calor y la caminata sería de 6 horas o más, al decir eso y señalar el camino por donde se llegaría algo se aceleró, pudo ser las ansias de subir o el cansancio mental de solo imaginar la travesía. Antes de empezar el sendero dos hombres y dos mujeres jóvenes, con todo el equipo para acampar y escalar, se preparaban para subir el páramo. A solo 10 minutos salimos detrás de ellos con el ánimo de alcanzarlos. 


Los cuatro caminantes y el guía. Tomada por Estefania Almonacid.


4.

     El camino se ajustó perfectamente a los pies, las piernas tomaron el rumbo por su cuenta y un corazón acelerado estuvo ansioso de encontrar algo. Pasamos por el lado de los cuatro caminantes, de dos extranjeros y su guía, también de grupos familiares que bajaban del páramo. A cada paso el pecho estaba más cansado, pero a medida que el aliento se resistía algo logró que llegáramos casi corriendo. Al conquistar la cúspide de una montaña todo se convirtió alrededor en papeles blancos. Era la bienvenida del primer asombro: 'La roca de los sacrificios', profundidad dura, perfil que se asemejaba a las estatuas Moái de Pascua (Chile). La maravilla de estar en ese lugar se metió en la boca como un eco que retumba el interior. 


La piedra del sacrificio en el páramo de Ocetá. Tomada por Estefania Almonacid.



5. 

    Caminamos por  cuevas, murmullos, enfoques de luz, humedad, vientos, frailejones, espejos de agua y lagunas que parecían el vientre infinito. Además hubo tanta ilusión en ascender una montaña y ver desde su corona la misteriosa laguna Negra del páramo, pero a medida que las vibraciones del andar aumentaron todo se nubló completamente, la lluvia empezó a caer y el frío fue bastante irreverente. Esperamos a que se dejara ver pero fue en vano. Todo temblaba, el azúcar del bocadillo nos dio energías, llevábamos más de tres horas caminando y aun faltaban más asombros por delante.    


Dentro de la cueva situada en el páramo. Tomada por Estefania Almonacid 


6. 

     Como si nunca se pretendiera volver.... Todo estaba lejos estando en Ocetá, una distancia intemporal, lejos de uno mismo, tan solo el vacío de la sábana de frío. La caminata intensa y difícil hizo más impresionante el paisaje, porque estuvimos en un lugar que se le llama 'Las torres gemelas', debido a que hay dos rocas alargadas e imponentes como el vuelo del águila que pasó sobre nosotros. Tan certero e inquietante, tranquilo y salvaje, cada calamidad en la aberturas de la luz, todo danzando y al mismo tiempo jugando a los congelados, y uno tan pálido, tan pequeño, tratando de respirar y retener todo en la memoria.  


Las torres gemelas del páramo de Ocetá. Tomada por Estefania Almonacid.


7. 

    Luego llegamos a 'La ciudad perdida', peña compuesta de vegetación y rocas, que parecían mujeres y hombres durmiendo. Personas de carne y hueso frente a las de piedra, el gesto del misterio y el regreso en espiral. Pero no todo fue neblina y lluvia, el sol también nos acompañó; se despidió frente a la cascada, a contraluz nos calentó el pecho agitado. Allí merodeamos, el olor de mandarina perfumó el aliento y el dolor de rodillas.... Por fin desaparecería lo inerte. 


La ciudad perdida del páramo. Tomada por Estefaia Almonacid Velosa. 


Puesta de sol desde el páramo. Tomada por Estefania Almonacid Velosa. 


Cascada del páramo de Ocetá. Tomada por Estefania Almonacid Velosa. 
8. 

     De nuevo llegamos a Monguí  cuando estaba a punto de morir el día. A pesar de las seis horas de caminata  hubo alientos para recorrer el pueblo de noche que reunía a muchas familias por las calles encendidas y el candor del festejo musical. Nos reunimos en el café del Indio Rómulo a tomar canelazo y allí sentados recordamos todo lo que vivimos en ese día en que tuvimos las manos muy frías pero el corazón caliente, bien caliente. 


Una de las iglesias de Monguí- Boyacá. Tomada por Estefania Almonacid Velosa.






Escrito por: Estefania Almonacid Velosa. 

martes, 17 de enero de 2017

El antihéroe de San Silvestre


Álvaro fue una de las figuras del deporte colombiano en los 60 y 70. Deportista del año en 1965 y 1966, por sus triunfos en San Silvestre . Tomado de Colarte.com



    Ustedes han oído hablar de mí, pero muy pocos saben quién soy. Para empezar diré que soy un hombre mediocre. Ésa es la verdad. No soy el deportista número uno de Colombia, hay otros mejores que yo. Piensen en Cochise, por ejemplo, él es mejor. 

    No tengo la culpa de que los periódicos hayan hecho de mí un mito. Nunca he querido dejar de ser cualquiera. No soy un predestinado. Claro que fui campeón de San Silvestre, eso nadie lo puede negar, como nadie negaría que es un hijo de su mamá. 

    Pero ese triunfo no lo conquisté por ser un predestinado, ni gracias a los dioses, sino a mis piernas, a un entrenamiento tenaz. Lo demás son cuentos. 

   En atletismo no hay milagros. Hay esfuerzo y sacrificio, y ganará el que más pueda correr dentro de las condiciones físicas y técnicas más eficaces. 

   No creo que la estrella de la buena suerte decida por uno. Personalmente tengo la estrella más negra que puede alumbrar sobre el destino de un hombre. Nunca me fío de las estrellas. 

   En la vida y en el deporte no le debo nada a los santos ni a los milagros. No soy supersticioso. Todo lo que soy se lo debo a mi esfuerzo. 

   Nadie gana una carrera por azar, sino por razones físicas invencibles. 

   No niego que la voluntad ayuda al triunfo, pero no da el triunfo. 

   Y nadie que yo sepa ha ganado una carrera por voluntad, o por amor a la gloria. 

   Como no tengo interés en que piensen que soy un hombre superior, confieso que no esperaba ganar la Maratón de San Silvestre. Pero la gané porque estaba mejor preparado que los otros. 

Aquí vemos al atleta Álvaro Mejía
en una carrera en México. (1968).

   Es una hazaña que se pueda repetir, o no. Pero no estoy obligado moral o físicamente a repetirla. No se hagan ilusiones. 

   En lo que de mí dependa, prometo que haré todo lo posible por ser mejor cada día. No por darles gusto a ustedes, sino porque es un deber ante mí mismo. Mi superación es asunto que me concierne exclusivamente. 

   Detesto que la fama haga de mí un semidiós, un mito invencible. Óigase bien: no estoy dispuesto a dejarme tiranizar por el mito del papel. 

   No exijan lo que un hombre no puede dar, eso es inhumano. 
  
    Lo humano sería que ustedes comprendieran que yo siempre haré lo posible por ofrecer lo mejor de mí, sin que ustedes se sientan traicionados, y sin que yo me sienta miserable. 

   No olviden que un atleta nunca corre solo, que los otros también existen y luchan terriblemente por ser los mejores, a veces con mejores estímulos que uno, que corre por amor, por idealismo. 

    Si yo corriera solo, pues sería el campeón absoluto mí mismo, pero eso no tendría gracia. Uno se enfrenta a los competidores para vencerlos o ser vencido, es un juego limpio, y cada atleta corre soñando en la gloria. 

    Pero la gloria como la manzana es un fruto femenino, y no siempre se da cuando uno quiere, sino cuando ella quiere. 

    Y otra cosa: no se entrega al que más la desea, sino al que la conquista. 

     Claro que estoy orgulloso, infinitamente orgulloso de mi triunfo en Sao Paulo, y en lo más hondo del corazón se lo dediqué a Colombia. Pero no estoy convencido de poderlo repetir, pues por cada competidor hay una posibilidad menos de triunfo, y para ganar haya que vencer a cada uno y a todos. 

    Así es el deporte, así es la vida. Pelé es el Rey del Fútbol, pero eso no quiere decir que lo será dentro de un año. 

     En este momento, en el extramuro de algún barrio proletario, hay un caritriste que se entrena con una pelota de trapo para ser su sucesor y ocupar el trono esmeralda de las canchas del mundo.

     Cassius Clay es un tanque, pero un día será abatido por el puño aterrador de otro tanque que pegue más duro que él. 

    En el deporte nadie tiene segura su corona, ni siquiera al otro día de habérsela ceñido. 
 El colombiano Álvaro Mejía Flores cruza
victorioso la meta de la Maratón de Boston
(1971.)

     Yo fui mejor que muchos una vez, pero no seré mejor que todos siempre. Es absurdo que me exijan eso. 

     Hay en la gloria deportiva una crueldad inexorable, pues el fin de los excampeones no se necesita gran cosa, de eso se encarga la edad, la fatiga , la decadencia. No sucede lo mismo en otros campos, digamos en la literatura, la astronomía, el psicoanálisis, ellos trabajan con la mente, en la soledad, y su experiencia los hará cada vez más sabios, más artistas. Para ellos el porvenir está en su favor, el tiempo es aliado de su gloria. 

    En cambio para un deportista el tiempo es su enemigo, su ocaso. Y lo que llaman el porvenir, ¡qué paradoja!, no es más que la rutina de su gloria. 

    Entiendan eso, por Dios: que en el deporte cuenta menos la inteligencia que la fuerza, menos la voluntad que el poder físico.

   Entonces, no estoy dispuesto a dejarme enterrar vivo por la fama. 

   No estoy dispuesto a ser una brizna de vanidad que trae y lleva la tormenta de la publicidad, para ser alabado o abatido por la furia y el fanatismo ciego de las muchedumbres. 

    Por eso me he negado sinceramente a aceptar esos homenajes epilépticos y delirantes en que me adora como a los héroes antiguos. 

   Odio eso por una razón: porque no soy un héroe. Al contrario, soy un hombre mediocre, es decir, un antihéroe. 

    Es peligroso jugar al heroísmo porque si uno falla, nadie le perdona; los fanáticos quieren cobrar el precio de su adoración "traicionada", la pidándonos y enterrándonos vivos. 

   Yo quiero ser, y seguir siendo, Álvaro Mejía, nada más. El mismo que era antes de ser campeón. El mismo de quien la gente se mofaba en las carreteras gritándole "loca" o "coja oficio". Lo prefiero mil veces a que ahora los choferes al reconocerme como "Héroe de San Silvestre", en vez de insultarme como antes, me digan "móntese, campeón".

    Si así me quieren admirar, no como un mito, sino como un deportista, me sentiré muy honrado de su admiración. Pero si no, reserven sus homenajes para otro que ame la bulla y el tumulto.  Yo me sentiré mejor en el silencio, corriendo solo entre los campos de trigo. 





Escrito por Gonzalo Arango


Tomado de 'Obra negra' Gonzálo Arango. 
Fondo Editorial Universidad EAFIT.
2016. 






Gonzalo Arango, el profeta del nadaísmo, nació en Andes, Antioquia, en el año 1931, y murió en 1976 en un accidente automovilístico. Antes de escandalizar a la parroquia fue profesor de literatura, bibliotecario y colaborador del sumplemento literario de El Colombiano. En Cali difundió, en el año 1958, el primer Manifiesto Nadaísta. Allí fundó Esquirla, suplemento literario de Relator, órgano del nadaísmo. Entre sus columnas periodísticas, teñidas por la poesía y el sarcasmo, figuran: 'Signo de escorpión', 'Bolsa de valores', en El tiempo, 'Todo y nada' en La Nueva Prensa, 'El Heraldo negro' en El Heraldo y su famosa 'Todo y nada' en la revista Cromos. 






     

sábado, 14 de enero de 2017

Pasar la tarde con ella



Santa Rosa de Viterbo- Boyacá. Tomada por: Estefania Almonacid Velosa. Enero 2017.


El segundo domingo del nuevo año llegué a Santa Rosa de Viterbo  para hacer más intenso el recuerdo. Una manada de perros merodearon el parque principal donde la imponente estatua de Rafael Reyes, ex presidente de Colombia y nacido en el pueblo, se reflejaba en los charcos. Después de la lluvia el silencio se apoderó de los jardines, el parque, las tiendas, la iglesia y las calles; el cielo cenizo protegía las casas, a lo lejos las vértebras de las montañas se asomaban con serenidad, como quien espera la hora prudente para ir a dormir. Olía a frutas y helado, aromas que jugueteaban en el vientre al igual que las piruetas de dos niños en la esquina de la tienda ‘4 esquinas’.


***

Estatua de Rafael Reyes. Santa Rosa de Viterbo, Boyacá.  Tomada por Estefania Almonacid V.  Enero 2017. 

Una muchacha morena se paró a la entrada de la iglesia, miró todo lo que estaba al frente y por último levantó su mirada, luego se inquietó y sus ojos merodeaban como buscando a alguien, además, su boca provocó el mismo vacío del pueblo. Lo único que le hizo perder la concentración fue el perro altísimo, la vendedora de obleas, el vuelo de una paloma y la rebeldía del viento.

A su vez, el vacío de la iglesia la llenó un hombre que se sentó frente al altar, después de unos cuantos minutos se levantó y con lágrimas en los ojos se marchó a tomar un café en la panadería que queda situada a un lado de la iglesia. Luego volvió a salir, encaminó sus pasos por los laberintos de arbustos y cruzó el teatro municipal, casona desvencijada e inmensa.

Hilda debió pasar por ese teatro siendo muy niña, sin embargo, al pasar por el asfalto húmedo el tiempo pareció detenido, fue capaz de apagar el sol y encender las lámparas de la entrada del teatro. Mujeres, hombres y niños con sus mejores trajes, ella también con el vestido blanco y su silueta morena, adornada de flores en el pelo, ansiosa de ver el espectáculo… Pero desapareció la arriesgada imaginación y volvió el teatro de puertas cerradas.  

Teatro Municipal de Santa Rosa de Viterbo-Boyacá. Tomada por Alexander Haller. Enero 2017. 

-¿En ese teatro presentaban películas, cierto?- le peguntó una muchacha a una mujer mayor que no le contestó y agachó la cabeza dudosa, por eso la muchacha se apresuró a decir que seguramente también presentaban obras de teatro, los ojos le brillaron, quizás al imaginar todo lo que se vivió adentro. 

En ese instante pasó un campesino en su bicicleta por la carretera que dejaba   ver a los lejos un edificio antiguo que engalana las montañas, lugar donde funciona la Escuela de Policía Rafael Reyes. Un perro negro ladró a la entrada de la escuela, miró con ojos intensos y corrió por la pared de anuncios desvanecidos para buscar comida.


***

Campesino en bicicleta. Santa Rrosa de Viterbo- Boyacá. Tomada por Estefania Almonacid V. Enero 2017. 


En otra parte el sol cayó mareado en los tejados de las casas, pero en Santa Rosa de Viterbo la neblina lo acobijó todo. Eran las seis de la tarde y en el parque una mujer de ojos verdes vendía obleas, postre de limón y arroz con leche en una carpa.

¡Está haciendo un calor! pronunció la señora irónicamente mientras servía los postres a sus clientes.

Esa tarde tuvo el sabor del arroz con leche y en cada cucharada la leche se derramó por todo el cielo, las paredes y el suelo, hasta invadir el recuerdo de una vasija de plástico que contenía harina, esencia de caramelo, azúcar y huevos. Todos estos ingredientes empalagaban las manos de Hilda, manos morenas, despiertas, esas que preparaban manjares y que yo las acariciaba con ternura, tratando de descifrar los caminos dispuestos de sus intuiciones de niña en este pueblo, así como los senderos que la condujeron a Bogotá y  a convertirse en la madre de mi padre.

Alguna vez un profesor de la universidad me dijo: “Uno debe enterrar a sus fantasmas para no tener que cargar con ellos en la espalda y doler, doler más de lo que uno pude resistir”. Ahora cargo con el fantasma de Hilda por todas partes, no es doloroso, me contraigo de felicidad al tenerla tan presente, bella y latente. Por eso pisé Santa Rosa de Viterbo con el gesto de un bolero, tan parecido a la de la abuela, para perseguirla por todos sus indicios, para remediar con mi respiración sus fracasos, para que el recuerdo me haga mirar a la cúspide y todo me sepa a pan de azúcar.


Escrito por Estefania Almonacid Velosa




domingo, 6 de noviembre de 2016

Las gafas, las mangas y el desempleo

Fotografía de Alex Timmermans.




         Todo era lo mismo que aquel día, dos años antes, en que recibiera su nombramiento de ayudante del registro municipal. La alcoba, un cuartucho de cinco metros, pugnaba por abandonar la penumbra y recibía una lucecilla tenue de amanecer en las claraboyas de la puerta principal. A la izquierda estaba su cama de pino, con las cuatro colchas, el edredón y tres almohadones. A la derecha, la cama de su mujer, un tanto más curiosa y acicalada. Al fondo, el armario de nogal, con el espejo roto y pintado de florecillas amenas que disimulaban los desperfectos. A la entrada, el tocador con la enorme palangana esmaltada, la jarra azul, su bata de baño y los cepillos de dientes. Todo era lo mismo. Zumbaban las moscas, halagadas por la vecindad de la alcantarilla. La decoración de los muros, cubistas, daba vueltas prezosamente. El reloj despertador, sobre el velador, traqueteaba su coranzoncillo mecánico y quería estallar. 

         Despertó constipado, con un ácido sabor entre la boca, y en la nariz un cuerpo extraño que lo punzaba caprichosamente. Abrió los ojos y contempló los muros, la cama de su esposa, a su esposa, dormida y resoplante, cuyo cuerpo obeso se dibujaba sobre las frazadas. Miró el reloj: las 6 de la mañana. Se pasó las manos por los cabellos, untados de manteca perfumada. Bostezó. Repitió el bostezo. Resbaló la lengua por las encías. Se enderezó un tanto. Había tiempo de dormir un poquitín más. 

         Entornó de nuevo los ojos. Juntó las rodillas con el pecho. Quedó convertido en un número tres. Se agarró las mangas de la piyama (malditas piyamas siempre grandes para su diminuta estatura), y cuando ya se sumergía en un leve sopor, la realidad golpeó el cerebro, bárbaramente. 

       Cierto. La tarde anterior estaba en su escritorio, todo cubierto de manchones de tintas y de sucios papeles. Hacía el eterno registro:

                                     Muertos                        16
                                     Nacimientos                18
                                     Registro civil                24
                                     Matrimonios                15
                                     Testamentos                13

                                      Suma total                   86

       Trazó con excelente caligrafía de empleado modelo las cifras bobas en la planilla de estadística. Se zafó las mangas de diagonal negro, lustrosas en los codos por el uso y la antiguedad. Guardó sus gafas ''de cerca'' en el estuche de cartón y se caló las gafas ''de lejos''. Preparándose para salir a la calle cuando el señor jiménez, jefe se la oficina, muy enternecido, con una vocecilla amanerada y compleja comenzó a decirle:

                Don Salatiel, le tengo una mala noticia... Una mala noticia, don Sala, que había querido ocultarle hasta el momento, pero que ahora me veo precisado a comunicarle...Don Sale...

         Pensó inmediatemente. Nueva deducción de sueldos. Cuestiones del déficit presupuestales. Ganaba $50 al mes. Según los cómputos, no podría quitarle más de $5. ¡Bueno! Cinco pesos era mucho dinero. Pero, ante lo inevitable, ¿qué vamos a hacer?

             Sí, don Sala, los tiempos están malo. El señor contralor ha resuelto hacer una completa reorganización de las oficinas. Hay que balancear el presupuesto. Las recaudaciones disminuyen. Yo -y ya verá usted que desempeño mi empleo perfectamente y que tengo grandes ''palancas''-he sido degradado. Y a usted, don Sala, le darán, eso sí, ¡no faltaba más!, su mes de sueldo y algo de la caja de auxilios. Su empleo ha sido suprimido. El trabajo de usted lo haré yo, con el mismo sueldo. No fue posible conseguir que se le dejara a usted. Domínguez, Gutiérrez y yo intrigamos bastante. Con lo que le den en la caja, monte un negocito, don Sala. Pueda ser que le vaya bien. Esto de estar empleado, al fin de cuentas, es una miseria. Gastamos toda nuestra vida, para que después hagan con nosotros lo mismo que han hecho con usted. Don Sala, todos estamos a sus órdenes para lo que se le ofrezca y...

        No aguanto más. Bien lo recordaba. ¿Humillarse ante el señor Jiménez, que siempre lo había mortificado con sus alusiones a sus viejos vestidos, a sus remendadas camisas y escarraladas corbatas? Nada. ¡Moriríase de hambre! Él y su esposa y sus cuatro pequeños. ¡Pero nada diría!

     Recogió las mangas de diagonal negro, las envolvió en un paquetico. Sacó de la gaveta de su escritorio algunos papeles particulares -dos libranzas y cuatro letras -, arregló el tintero, limpió las plumas, la de "la roja" y la de "la negra"; arrancó del calendario la hoja del día, San Juan Nepomuceno; saludó a Rodríguez, a Domínguez y a Gutiérrez. Compúsose las gafas y abandonó el local del registro. Llegó a la casa. Comió poco, desabrido de angustias. Relató a los pequeños algunas historias de hadas y duendecillos. Y a las 8 se recogió. Durmió como un santo. Tuvo varias pesadillas atroces. Vio cómo sus mangas de percal negro abofeteaban al señor Jíménez y a Domínguez y a Gutiérrez y al jefe de la oficina, y al señor contralor y al judío de la libranza. 

     ¡Valientes golpes! De cada uno caían los follones, espantados, al suelo. Después tuvo calma. Percibió los ronquidos de su esposa, en la cama vecina, y las respiraciones inocentes de sus hijos. Y ahora, a las seis, se despertaba, olvidado de todo, obedeciendo a la rutina, y  saltaba del lecho, y se calaba las pantuflas y se pasaba la lengua por las encías, ¡Como si todo fuese lo mismo!

      Meditó: "¿Hacer escenas? ¿Para qué?". Diríale su esposa la eterna verdad: "Eres un imbécil, un idiota. No conservas un empleo más de dos años. El esposo de Garcilasa hace 15 años que trabaja en la empresa de papel y ha sido ascendido hasta ganar ¡$150 al mes! Tomás, el marido de Engracia, hace 17 años que trabaja en el Ministerio. Y le ofrecen una colocación mejor, que de seguro aceptará. Todos se hacen una carrera y ascienden y progresan. Sólo tú, viejo zorro, cada seis meses estás cesante. Pero, también, ¿cómo siendo tan bruto puedes mantenerte en un mismo puesto? Gracias a Dios que yo pongo la cara por ti, intrigo, hablo e intercedo con mi familia, si no, ¡nos hubiésemos muerto de hambre!".

        Y los chiquitines lo mirarían abismados, pensando en sus bombones y en el colegio. Y Juan, el menor, chico estúpido, se pondría a llorar, y agarraría de las faldas a la madre, y todos llorarían después. ¡Y oirían el escándalo en la casa vecina y se regaría la noticia y lo sabría la dueña de la tienda y la empresaria de la lechería! ¡Vaya, por Dios!

       En verdad, se metió entre sus pantuflas, muy pasito, sin hacer ruido. Fue al baño. Diose su ducha de agua clorada y fría. Vistió su eterno terno carmelita, deshilachado en las rodillas. Se peinó los ralos cabellos con su desdentada pinilla. Reposose otra vez las encías con la lengua gorda y áspera. Llegó al comedor, y para hacerse respetar, gritó:

             Eduviges, ¡el desayunoooo!
              Acudió, somnolienta, su esposa. Lo miró con odio y con asco. Al cuarto de hora e trajo un tazón de chocolate con un pan de a centavo. 

             A Josesito le hace falta un libro para el colegio. La sirvienta pide aumento de sueldo. Yo estoy desnuda, cubierta de chiros. No tengo ni sombrero ni zapatos. No puedo salir a la calle, ni hacer mercado. Y tú te levantas y gritas y nos despiertas a todos por el maldito desayuno. ¡Vaya el esposo considerado y el padre ejemplar!  Antes que no te han botado, que cualquier día de éstos te quiten el puesto por molondro  y bruto. 

     Y vociferaba. Y a cada palabra se le escapaba un sollozo. Y los senos flácidos por la maternidad le bailaban como dos grandes pelotas. Y la caja de dientes le zumbaba y querían salírsele de entre la boca. Resistió todo, sin una protesta, sin un solo ademán de queja. ¿Con qué derecho? Recogió su sombrero de pelo, le pasó las mangas para alisarlo. Allá en el comedor, su esposa seguía insultándolo. Al salir, el sonido del timbre de la puerta lo volvió a la realidad y le despertó una llamita de rebeldía. 

       —¿Pero cómo -pensó- pude casarme con semejante cacatúa?

      Una neblina viscosa cubría las calles. Los tranvías, solitarios, rascaban el silencio. Cuatro beatas de mandila caminaban, presurosas, a misa. Maquinalmente tomó las mismas calles de siempre. Llegó al edificio del Registro. El portero le miró con sorna. Dio media vuelta. Siguió por la carrera 7a. Llegó al parque. Se sentó en una banca y con la uña del pulgar derecho comenzó a dibujar garabatos, estropeando el barniz. 

      ¡Qué largas horas! ¡Eternos los minutos! Cuando había dañado una tabla entera del banco, sonaron las nueve. ¡Y a las 10 y 30 se salían de la oficina! Vagó por el parque. Fue al quiosco de las retretes y se imaginó varias cosas. Entretúvose en examinar las nuevas edificaciones. De pronto cincuenta pitos hirieron el espacio. Eran las 11. Paso a paso, encaminose a su hogar. Silenciosamente ingirió su ración de mazamorra y las tajadas de plátano frito. Durmió su siesta como siempre. Un tremendo vacío le mortificaba el cerebro. A la una, "se fue a la oficina". Llegó al parque. Cuatro desamparados, con las pupilas bobas, las ocas abiertas, las ropas arrugadas y sucias. 

     Eran como él, hombres sin empleo, desamparados, vagabundos forzados. 

     Subió a un montecillo cubierto de hierba fina y húmeda. Recordó a Domínguez, a Gutiérrez, a Rodríguez , al señor Jiménez. Imaginó sus mangas, organismos muertos. Sus mangas de percal, sin objeto, sin trabajo, sin empleo. 

      Se acostó boca abajo, contra la tierra. Recordó a los hijos, Josesito, Juanillo, Rafael y Jaime. Cuatro bocas inocentes tenían hambre. Imaginó a su esposa, en otros tiempos, y un estremecimiento de locura le cruzó las entrañas. 

      Acercose más a la tierra. Sudaba un vaho purificador, eterno, maternal. Metió el rostro entre las verdura y la yerba. Se le refrescó la memoria. Se cogió los dedos de la mano izquierda con la mano derecha y se entretuvo así varios días. El sol, arriba, despachaba sus rayos. Por la avenida transitaban tranvías, automóviles, hombres y carros de basura. Como la pupila de Dios, brillaban en el cerro la torre de Monserrate. 

      Se paso la lengua por la encías. Aquietó las manos. Se caló las "gafas de cerca". Maquinalmente hizo la cuenta: 

                             Muertos                       18
                             Nacimientos               14
                             Registro civil              13
                             Matrimonios              15
                             Testamentos               16

    Comenzó a sumar. Al frete, sus mangas de percal danzaban una danza obscena. Allá arriba, el sol y Dios y los angelitos. 

     De nuevo metió a cabeza entre la yerba y quedamente, muy pasito, soltó cuatro grandes lagrimones, amargos, ácidos, gruesos. Quiso mirar hacia arriba. Todos estaba nublado. 

        ¡Valiente cosa; tendrían que calarse las gafas "de lejos"!




Escrito por Ximénez




José Joaquín Jiménez -o simplemente Ximénez, el nombre con el que firmó sus textos más emblemáticos- es, junto con Ismael Enrique Arenas, Felipe González Toledo y Rafael Eslava, uno de los cuatro grandes de la crónica roja entre los años treinta y cuarenta del siglo xx en Colombia. 




  

domingo, 23 de octubre de 2016

Los mataperros


Tomada por Ivón Fernanda Almonacid 


      Vivimos en una época de alucinación y de frenesí colectivo, y los sentimientos y las ideas se cruzan como ráfagas contrapuestas en una noche de tempestad. Si, como se creía antaño, la literatura de un pueblo no solo contribuye a formarlo, dándole unidad por la lengua y el espíritu, sino que a la vez lo refleja en lo que es en él la esencia, lo duradero, no ha de sorprendernos que nuestra poesía y nuestra novela de mañana, de ahora mismo, sean dadaístas. 

      Aquí todos estamos dadaístas. Se inicia una campaña en favor de la higienización de México, dizque para raer la concha de lepra que ciñe los palacios ilustres, y el súbito resultado de ese movimiento es la aparición de los mataperros. Y ni en los ritos magiares, en que la posesión de la tierra no se hace sagrada sino derramando sobre los terrones removidos la sangre de un animal, a latigazos de muerte; no, en ningún tiempo se ha visto más lúgubre. 

       Junto  los mansos ojos de los perros, donde un alma delicada no puede hallar sino misteriosos reflejos, y junto a sus dientes, que recuerdan a Jesucristo, según la parábola tolstoiana, "una hilera de perlas" - los empleados de la policía, que han de instituir la higiene pública en esta ciudad, parecen hienas: lo que hay en la entraña de la bestia humana, el ímpetu de herir y de gozarse en el dolor, la sevicia, todo se reveló ahí. Cuando los garrotes caían sobre las cabezas de las inermes bestias, en el sacrificio feroz y horrible, hubiera podido verse en los ojos de los mataperros algo como un brillar de espadas revolucionaras. ¡Rodolfo Fierro huiría con sus hombres!

        La iniquidad hirió una fibra del corazón indiferente de México, y he aquí a la prensa blandiendo sus arcangélicas espadas en defensa de los perros. Diríase que los reporteros y editorialistas evocan la memoria de aquel pequeño Pelleas, cuya muerte constituye para el filósofo "una pequeña luz entre las sombras"; dijérase que Cipión y Berganza no son ya imaginaciones, sino carne y huesos que andan y que acaso escriben para los diarios matinales...

         Pero no, esta visión es lóbrega. Si los perros escribiesen, ahora que hay libertad de imprenta, sus inteligencias escarnecidas -donde se esconde, sin embargo, la agudeza que da el dolor- nos desconcertarían con la revelación de verdades angustiosas. Quizás conoceríamos así la lógica de los pronunciamientos, de los asaltos, del abandono de los niños a la intemperie, de la sangre vertida en agitaciones obreras en que la picardía de los líderes pone a su servicio la ingenuidad de los que trabajan...

       Y, francamente, la pobre especie humana podría decir a la especie perruna, si esta se querellara del tormento en las comisarías, la frase inmortal de nuestra epopeya:

               -¿Estoy yo acaso en un lecho de rosas?



Escrito por Porfirio Barba Jacob

Tomado de Escritos mexicanos, Fondo de Cultura Económica, 23 de junio de 1922. 



Porfirio Barba Jacob, fue como se conoció al poeta y periodista que nació en Santa Rosa de Osos en 1883 y murió en Ciudad de México en 1942, y cuyo verdadero nombre era Miguel Ángel Osorio. Fue un trashumante que vivió en varios países de América, pero dejó la mayoría de sus escritos en prensa centroamericana, como los que recogió Eduardo García Aguilar en Escritos Mexicanos. Fernando Vallejo publicó una de sus mejores biografías, titulada 'El Mensajero' (1991). 

jueves, 15 de septiembre de 2016

Débora Arango



Si le hubiera hecho caso...



"Si le hubiera hecho caso a todas las cosas que dijeron de mí, si me hubiera tomado en serio todo lo que escribieron, me hubiera quedado pintando bobadas. Me criticaron y no me importó. Mi encierro en Casablanca no fue premeditado. Mis dos hermanos médicos nos propusieron, a los hermanos solteros, que pasáramos una temporada en la finca con mi padre, para superar, entre todos, la muerte de mi madre. Me enamoré de la casa y me olvidé, sin querer, de Medellín, de las exposiciones y, de paso, de las críticas".

Débora Arango.

A los noventa años (los cumplirá el próximo 11 de noviembre), Débora Arango vive, en Casablanca, con su hermana Elvira, de ochenta y dos años; con Carmelina, la empleada que los vio crecer, y con otra muchacha que las cuida aunque no cocina (de la sección de alimentos se encarga Elvira, con la misma mística de toda la vida). 

El plato que más le gusta son los fríjoles de Elvira, con chicharrón y patacones (cortados en rueditas pequeñas, no muy gruesas y estripados con piedra). Toda la vida ha detestado madrugar, y lo más temprano que se levanta es a las diez de la mañana, a dirigir el arreglo del jardín. 

Adora a Roque y a Martín, los perros consentidos; oye la misa todos los días a las 6:30 de la tarde y no se pierde la telenovela 'Dos mujeres'. 

Esta mujer de noventa años, que le tiene fobia a las cucarachas, que sólo quiso vender nueve de sus trescientas cuarenta y dos obras, y que adoptó una gata que apareció de pronto y que ya tiene más de quince gatos semisalvajes, pintó, el año pasado, cuatro cuadros al óleo durante una estadía de dos meses en Cartagena, que la volvió a inspirar. 


Débora Arango en su estudio en Madrid, pintando el retrato al óleo de su amiga Maruja Sañudo, 1955.


Casablanca, la casa de Envigado que ya estaba en pie en 1870 cuando nació su padre, Cástor Arango, parece que se hubiera quedado detenida en el tiempo. Su patio central lleno de flores y colores. Techos altos y habitaciones gigantes. Olores a tierra y humedad. Lejos, los ladridos de Roque, y más lejos, los motores de los carros y de los buses que, a gran velocidad, recuerdan que el tiempo sí pasa y que la modernidad llega. Una modernidad que Débora Arango recibe con admiración. Una modernidad que vuelve a conocer cada vez que logra escaparse y hacer un recorrido por Medellín y descubrir cosas nuevas. Como aquel paseo en metro que espera repetir cada vez que inauguren una nueva estación. 

Para Débora Arango y sus onces hermanos, la casa de los abuelos en Envigado era aquel lugar lleno de vacas, caballos y gallinas, donde la abuela Mamá Rufina alcahueteaba toda clase de juegos y caprichos. Iluminada con velas y velones, de piso de tierra limpia, fogón de leña y ollas gigantes, la casa (o mejor la finca) se convertía en el paseo obligado de vacaciones y fines de semana (viajaban en tren desde Medellín) y era el sitio donde se comían, sin discusión alguna, los mejores fríjoles, todos los días a las cinco en punto de la tarde, hora de la comida.

Cuando murió Elvira Pérez (madre de la pintora), Cástor Arango se deprimió tanto que decidió, al igual que cinco de sus hijos, salir de la casa de Medellín y pasar una temporada de dos meses en la casa de Envigado. Dos meses que para Débora y su hermana Elvira (únicas que aún viven) se han convertido en 58 años. 

El oficio...


Débora Arango con una de sus cerámicas, 1946. Foto de Gabriel Carvajal. 

Débora Arango descubrió que pintaba bien cuando se dio cuenta de que, por solicitud de su maestra, la religiosa italiana María Rabaccia, era ella quien corregía los cuadros que sus compañeros dibujaban para la clase de pintura en el colegio María Axiliadora, de las Hermanas Salesianas, donde cursó la secundaria. María Rabaccia creyó en su pintura de niña y le insistió en estudiar en serio, con un verdadero maestro. 

En 1932 ingresó a clases particulares en la casa de Eladio Vélez, en el barrio Boston de Medellín. Gracias a él se enamoró del retrato, su único amor. Pero fue de la mano de Pedro Nel Gómez que descubrió su propia pintura. Los cuadros del maestro, cargados de gente, figuras y movimientos, le revelaron un arte que no se conformaba con la más pura y limpia reproducción, sino que exigía que en él se plasmaran los sentimientos y expresiones. 

Débora Arango entró a formar parte del selecto grupo de mujeres discípulas de Pedro Nel Gómez. Salían al campo a pintar acuarela y se dedicaban al óleo en la casa-taller del barrio Aranjuez. Fue en una comida de Nochebuena que el maestro le propuso a sus alumnas dejar los bodegones y los paisajitos y apostarle al desnudo. Todas, aterradas, se negaron. A pesar del señalamiento de sus compañeras y de la amenaza de sacarla del grupo, Débora Arango decidió pintar desnudos, teniendo como su primera modelo a su compañera menor, a quien poco le importaba las advertencias de sus amigas pues debido a su vocación de religiosa, en pocos días entraría al convento. 

En su casa en la calle Caldas, entre el paseo de La Playa y la calle Colombia, Cástor Arango le había adaptado a su hija un gran cuarto como taller. Hasta allá iban sus modelos. Nunca pintaba más de un cuadro a la vez y jamás empezaban uno nuevo sin dejar terminado el anterior. Rápida, sin agüeros y en total silencio, sus modelos casi nunca tenían que ir más allá de una vez. 

Con modelos o con los bocetos que hacía cada vez que pasaba en su enorme Packard (aprendió a manejar antes de los 16 años y fue la primera mujer que manejó en Medellín) por el barrio Guayaquil, cuando iba a cobrar los arriendos de sus locales o a visitar a sus muertos al cementerio, empezó, sin querer, a escandalizar.


Débora Arango pintando durante unas vacaciones en las Islas Barbados, 1963.

No sólo escandalizó a sus amigas compañeras de té. También escandalizó a la conservadora sociedad antioqueña, a la iglesia (que la quiso excomulgar), a la prensa (que en más de de una ocasión declaró que sus trabajos eran tan indignos que ni siquiera un hombre podía pintar de esa manera), al gobierno nacional (que la consideraba 'peligrosa') e incluso al gobierno español (el generalísimo Franco hizo desmontar una exposición en Madrid a las pocas horas de haber sido inaugurada).

A su taller llegaba agitado su hermano Enrique, sacudiendo con fuerza un recorte de periódico, repitiendo las bestialidades que sobre ella escribía la prensa y pidiéndole que dejara esa idea absurda de pintar mujeres en bola. Pero su taller entraba su padre, quien estudiaba con cuidado cada obra y le insistía en lo bonito que le había quedado aquel cuadro. Y también entraban sus hermanas quienes, además de ser sus cómplices en viajes de estudio por Europa, México y Estados Unidos, se peleaban el derecho a ser retratadas. 

Captó el color y la fuerza. Pintó a la mujer sensual, erótica, atrevida. Una mujer que sostiene la mirada. Descubrió el rostro de las prostitutas y de los borrachos. Convirtió a la mujer pueblerina en protagonista del arte, y eso la sociedad no se lo perdonó. Ni se lo perdonó el gobierno cuando se sintió desenmascarado. Ni se lo perdonó la iglesia cuando se vio ridiculizada. 

La intolerancia...

Nunca bajó la guardia frente a la intolerancia. Una intolerancia que, en Antioquia , llegaba hasta el punto de prohibir el suéter en las mujeres y la entrada a cine de las parejas que no demostraran estar casadas. Una intolerancia que, incluso, llegó a exhibir en una de las principales universidades, una foto enmarcada de Hitler, durante la segunda guerra mundial. 

Pero en la intolerancia bullía la vida. En la década de los treinta el barrio Guayaquil se convirtió en una especie de puerto sin mar. Aquel barrio que en el siglo pasado había sido el asentamiento de la aristocracia y de los industriales, se fue convirtiendo en el lugar de los inmigrantes. Allí llegaban el ferrocarril de Amagá y el transporte de los pueblos vecinos. Por las mañana una vida de comercio y de plaza de mercado se apoderaba del sector. Después de las 5:30 de la tarde, el turno era para las prostitutas que se paraban frente a sus pensiones y para los campesinos y los obreros que se dedicaban, durante horas enteras, a beber en aquellas cantinas que, muchas veces, eran tan grandes como una cuadra entera. Por supuesto, también era el refugio del tango, engrandecido debido al accidente histórico de la muerte de Gardel en Medellín. 

Ese Medellín fue el que vio, sintió y plasmó Débora Arango. Es un ejemplo de independencia, no sólo pintó lo que quiso. Se dedicó a hacer arte en una sociedad de comerciantes que se levantaban a las 4:30 de la mañana a producir. Renunció a la idea de que la mujer, para ser feliz, debe casarse, tener hijos y formar un hogar, y asumió su tolerancia con convicción, de manera decidida. Se enfrentó a la iglesia moralista y derechista a pesar de su profunda devoción y de sus madrugadas a rezar. Se refugió en su Casablanca y le importó muy poco todo lo que de ella pudieran decir. 

La columna vertebral...



'Autorretrato con mi padre' Débora Arango.
"En mi vida hubo una persona fundamental: mi padre. Con él, venía todos los domingos a traerle regalos a mi abuela. Mi madre nos acompañaba hasta la estación del tren y nos mandaba la bendición varias veces, hasta que el tren desaparecía. Con mi padre fui, durante muchos años, a misa a las 4:00 en punto de la mañana. Con él aprendí que mis cuadros eran bonitos y fue él quien alcahueteó que a los diez y seis años aprendiera a conducir el Packard, aquel carro que nunca se varó. Cuando murió, pinté 'Autorretrato con mi padre', mi único autorretrato. Aparezco de espaldas, sentada en el piso y llorando sobre sus rodillas. Sólo me pinté una vez, con mi padre, porque sólo con él quería estar. Aunque estuviera muerto".

La señora de Pedro Nel...


Retrato del artista Pedro Nel Gómez.
"En esta casa, en esta sala, me gustaría tener colgado, al lado de mis cuadros, el retrato que el maestro Pedro Nel Gómez le hizo a su mujer. Ese cuadro me gusta, y no sólo por su valor estético. Significa también una manera de agradecerle a una señora que creyó en mí y en mi pintura, aún más que el propio pintor. Un día que el maestro y yo estábamos pintando a mi hermana Elvira, entró su mujer y dijo: "Pedro Nel, ¿te fijaste en las manos que pintó Débora?". Hasta ese día el maestro me dio clases."

La política...

"De política no me gusta hablar. Ya pinté varios gallinazos, gallinas, micos, hienas, perros, reptiles y sapitos. Hoy en día sé que el zoológico se podría ampliar. Cuando veo noticieros me dan ganas de hacer apuntes y pintar a varios políticos. Pero se queda sólo en eso, en las ganas". 


'La república' Débora Arango,


El mito...


'La estela de la madrugada' Débora Arango. 
"Nunca me metí a las cantinas ni fue a los barrios escabrosos. Cuando iba a cobrar los arriendos de mis locales o a visitar a mis muertos al cementerio tenía, inevitablemente, que pasar por el barrio Guayaquil. Allí veía a las prostitutas en la calle, con sus largas melenas, paradas en las puertas de las cantinas. También estaban los borrachos, cantando, gritando o peleado. Yo los veía y, enseguida, veía también el cuadro. Componía en mi cabeza y en la libreta donde hacía los bocetos y cuando llegaba a a casa me encerraba  pintar. La Débora Arango que deambuló por barrios bajos y cantinas nunca existió. Sólo fue un mito".

El amor y la religión...

"Para mí, el amor es un aroma que se huele y se va. Sólo una vez, cuando tenía once años, creí estar enamorada. Se trataba del hermanito de la novia de mi hermano Enrique. Un niño con el que nunca nos dimos un beso, pero con el que nos comimos unos sancochos buenísimos. La religión, en cambio, es lo más importante en mi vida. Entre más días pasan, más amo a Dios. 




Escrito por Marta Beltrán
Tomado de la revista Gaceta.
Septiembre/diciembre 1997




Marta Beltrán es comunicadora social y periodista de la Universidad del Valle, nacida en Cali en 1972. Este reportaje se publicó en el marco del Homenaje Nacional a Débora Arango que realiza el Ministerio de Cultura para celebrar los noventa años de vida de esta pintora antioqueña.